22 septiembre 2011

Lola y Ton...La verdadera historia. (XX)

-…El enfoque...eh,  vamos, el  enfoque…Cariño, no lo ves…

Recibí un codazo, y por poco se me atragantan las palomitas.

-Sí, ya… la peli está desenfocada-respondí yo-.
-¿Que la peli está desenfocada? ¡Pero no ves que no se ve nada!

Se oyó un crash, y la pantalla se quedó en blanco.

-¡Oh no!... Ahora se les ha quemado  la cinta del celuloide. ¡Maldita sea! ¡Cariño, se ha roto la peli, haz algo!
-¿Qué quiere decir: “haz algo”? ¿Será que no sabes qué pasa cuando un proyector   quema la película? Verás nena, estamos en un autocine al aire libre, en Egipto, de vacaciones, en pleno mes de Agosto. ¡Observa amor mío! Ves esto a mi derecha, es el Nilo. -¿Y Sabes qué es aquello que tiene forma de poliedro en medio del desierto? –Dije señalando a mi izquierda-, son las pirámides, las tumbas de los faraones. Estamos en Egipto, Lola, y aquí usan equipos de proyección viejos, y el calor, aunque sea de noche,  les afecta.  ¡No estamos en el cine Coliseum de Barcelona, sabes!
-Eh, señorita, un poco de paciencia, ya lo arreglarán-dijo un hombre que estaba en el coche de al lado-.
-¡Oiga cállese, que no hablo con usted!  Eh, señor, -dijo llamando la atención de uno de los empleados  que con una linterna en la mano pasaba cerca de la fila de automóviles- . ¡No ve que se ha roto la película! ¿Es que no piensan hacer nada?
-¡Esta bien,  está bien señora! No grite más y tranquilícese, no creo que sea el fin del mundo. Voy a ver qué pasa.
-¡Maldita sea! Esto nunca pasaría en un país civilizado. Esto solo puede pasar en un país de gaznápiros.
-¡No fastidie usted más, señorita, y si no le gusta Egipto, lárguese! ¡No sé qué demonios hace usted aquí con lo tranquilo que estábamos!
-Escúcheme un momento fantoche. Hablaré en la clase de lenguaje que  pueda comprender: ¡Lo que piense usted me importa un comino, y yo voy donde me da la gana!
-Eh, oiga,  quiere callarse de una puñetera vez. Se ha roto la película, no el mundo-gritó una señora desde un coche verde-.

Al oír esas palabras, lola se quedó lívida. Con un pequeño rictus y todo el aspecto de querer estrangularla, farfulló:

-¡Cállese usted, maleducada! Su lengua es lo que debería haberse  roto.
-Señorita, tenga un poco de paciencia, esto suele ser habitual, pero Muhammad lo arregla siempre-dijo un chico con gorra que parecía ser un vigilante del lugar.

Saqué un billete de 50 dólares, y se lo metí en el bolsillo de la camisa.

-Ahí tienes, chico. Y no te preocupes-dije yo-.
-¡Vaya,  encima le das propina!  Pues dile-replicó Lola mirándolo- que lo arregle tan deprisa como sepa y que no pierda el tiempo.

Al terminar la frase, la imagen y el sonido volvieron  de nuevo a la pantalla.

-¡Lo ve! ¿Qué le dije? ¡Ya está todo solucionado! -exclamó el chico con una sonrisa-.

Pero No. No estaba todo solucionado, porque el coche descapotable que estaba delante nuestro, iniciaba el proceso mecánico de subir la capota, cuando, incomprensiblemente y con tan mala fortuna, el  mecanismo se  atascó  justo en la mitad del recorrido, dejando desplegada la capota,  en  el punto más alto, impidiendo la visión de la pantalla gigante.

-¡Eh oiga!-.interpeló Lola-, quiere bajar esta maldita lona polvorienta.
-Señorita, eso quisiera yo, pero se ha atrancado-contestó secamente el dueño del coche-.
-¡Bueno, pues  haga algo!  ¡Hágala bajar tirando de ella! –Gritó Lola-.

Un tronar de cláxones y pitos se hizo oír. Esto se estaba complicando.

-No pienso forzar nada. ¿Qué quiere, que rompa el mecanismo?-contestó el hombre-.
-¡Vamos señorita deje de gritar, no se oye nada más que a usted!-dijo la acompañante que parecía ser su mujer-.
-Ya que no puede bajar la maldita capota, quiere hacer el favor de mover este coche…
-Haga lo que le dice, o esta mujer no se va a callar-gritó otro hombre desde un coche rojo-.
Entonces, en medio de la algarabía, llegó un policía. Lola saltó del coche y se plantó delante de él con la cara enrojecida por la ira.
-Oficial, exijo que saquen este coche de aquí-y casi a gritos especificó por qué -: No me deja ver la pantalla y me estoy perdiendo el final de la película.  Vea  usted mismo-dijo señalando la capota del coche…Ton explícale lo ocurrido-me dijo a mi-.

El agente me miró. Yo lo miré a él. Lola nos miraba a los dos.

-No ha ocurrido nada. Lo lamento  señor agente.
-¡Maldita sea, Ton!-estalló Lola-. Di la verdad, explícale que primero se ha desenfocado la película, luego se ha quemado la cinta, y ahora esta maldita capota que no nos deja ver nada.

Acompañó estas palabras  de una mirada de berrinche  que yo pasé por alto.

-Quieres callarte, cariño-dije sin alterarme- y dejar de montar el número.
-Eh, espere un momento, ahora ya funciona, mire -dijo el hombre del descapotable, señalando el  restablecido movimiento del mecanismo de cierre de  la capota.

Esta bajó lentamente,  hasta su punto de anclaje  y oímos el clic correspondiente al punto final de la operación. Entonces Lola pudo por fin ver la pantalla, y las letras de créditos… cerrando la película.
La cara de muñeca de Lola se contrajo para componer un rictus de desesperación y pesadumbre.

-¡Pero qué diablos!… ¡Dios mío, cariño… la peli ha acabado… ha acabado…y no sé cómo ha acabado! –gritó ella casi llorando-. Dos horas aguantando las peripecias en el desierto, luego en aquella isla infernal, finalmente  de vuelta a la realidad, y ahora, justo ahora que iba a conocer el desenlace…me lo pierdo-concluyó  sollozando-.

Me quedé un rato pensativo sin saber qué decir. Hice un esfuerzo por no sonreír. La miré y la verdad es que me sentía fascinado por Lola. Tal vez fuera su audacia al pedir a gritos que arreglasen el proyector para poder ver el final de una película mala de solemnidad. La mayoría de la gente nunca  habría reaccionado así, como ella,  por una situación tan ridícula.
Sin duda, había que tener valor y una gran dosis de sentidas emociones para enfrentarse como lo había hecho, sin el menor rubor, a toda aquella gente. A muchos, seguramente, les parecerá un gesto de mala educación de una niña mal criada, pero para mí que la había estando observando desde la sombra, comiendo palomitas en mi asiento del coche, me pareció admirable.
Entonces intenté comprender qué era lo que me gustaba tanto de ella. No, no era solo su belleza, había algo más en esa chica provinciana. Tenía una lengua muy afilada, eso lo sabía. También exigía más de lo que estaba dispuesta a dar. Sin embargo había algo en ella que me atraía sin remedio y, después de pensar un rato en ello, creí haber descubierto lo que era.
Había reconocido en Lola la misma espontaneidad, el mismo deseo ingenuo y a la vez salvaje de vivir, la emotividad por encima de la prudente  educación,  y los sentimientos a flor de piel que yo tuviera en el pasado. Aquello explicaba que siempre pusiera por delante lo que sentía a lo que los demás pensasen. Creo que esta naturalidad es lo que me condujo sin duda a enamorarme de ella.

—Bien, veamos a ver si lo entiendo, cariño. ¿Has montado todo este escándalo, y ahora lloras,  porque no has podido ver el final de la historia?
-¡No te burles de mi, Ton! Era una historia tan hermosa que no quería que acabara así. Estaba segura que Ton, el de la película, no tú… ¡Eh, por cierto! -dijo vistiendo su cara de una sonrisa limpia-.  ¿Te has dado cuenta que los dos protagonistas se llamaban como nosotros?
-Claro que me he dado cuenta…casualidad, nada más-respondí yo-.
-Pues como te decía-continuó ella-, estaba segura que habría un giro inesperado al final, y que todo acabaría como en los cuentos de hadas… y que Ton y Lola vivirían felices y comerían perdices. Era una historia tan increíble, tan bella y con tantos giros inesperados que me recordó a esas muñecas tradicionales rusas que son huecas y que dentro de la más grande hay otra más pequeña, y así sucesivamente…
-Se llaman Matrushkas-interrumpí yo-.
-Sí, eso es-asintió ella-, esta película era como una Matrushka,  y yo, me he quedado sin saber si había otra muñequita dentro de esta última.  Por eso me puse como una fiera, ¿me entiendes, Ton?
-Lola, contéstame a lo siguiente-dije yo-: ¿No se te ha ocurrido pensar que si esto se hubiera complicado, y te hubieran insultado, o agredido, me hubiera visto obligado a intervenir, con todas las consecuencias?

Lola asintió con un parpadeo.

-Y dime,  ¿Te hubiera gustado?

Ella sacudió la cabeza. Luego  suspiró.  Finalmente me tocó suavemente la mejilla y dijo:

-Perdóname cariño, soy una tonta egoísta, insensata  y caprichosa.
-Lo eres-afirmé yo-.

Me miró pensativa, con sus enormes ojos verdes, y encontró los míos, atrevidos, que observaban con capricho cada detalle de su cálida figura. Luego se humedeció los labios y con una mirada sensual, de deliberada complacencia, añadió:   

 -Siendo así… ¿Como has podido enamorarte de mí?

Había en ella algo muy cismático. Tenía ese fuego ardiente  y esa sensualidad que me volvía loco y respondí:

-La verdad…No me costó mucho.

FIN.

Lola y Ton...La verdadera historia. (XIX)

…Lentamente, con lentitud indecible,  Tawe,  la del cuerpo de fuego, rebosante de vida, y al mismo tiempo suave como el terciopelo,  deslizó los finos tirantes del negligé, que se escurrió por  sus curvas, con ese roce susurrante peculiar de la seda. Resbaló hasta el suelo, formando un rollo en torno a sus tobillos. Los pies sortearon la prenda con toda la gracia con que hubiera podido salvar un pequeño obstáculo. Afín de impresionarme con toda la sensualidad de la maniobra, la concluyó sirviéndose, tan solo, de la punta del pie, y lanzando el finísimo trapo hacia mí.  Yo la miré.  Ahora estaba completamente desnuda, semejante a una diosa de piel bronceada por el sol en trance de entregarse a su amante.  La verdad es que yo no acertaba a desviar los ojos de sus piernas. Eran preciosas,  graciosas y torneadas... ¡Piernas soberbias!  Piernas todo curvas y fuerza. Piernas tan bellamente trigueñas que ninguna media hubiera podido prestarles realce. Bellísimas piernas que, naciendo en un vientre plano y terso, se dilataban en muslos levemente redondeados que evocaban    una utopía.  Sus senos… ¡bellísimos! Firmes y turgentes; llenos de fortaleza y de suavidad a un tiempo. Tawe estaba tan bella, tan vivaz… ¡Tan provocativa!  
Sacudió la cabeza y sus cabellos cayeron en negra cascada sobre los hombros. Entonces, dio un paso hacia mí, tendiendo los brazos, inflamada de pasión la boca. El olor de su cuerpo era el más turbador de los perfumes. Se inclino ante mí, rodeándome el cuello.  

- ¡Anda, pídeme lo que más te guste!

Me di cuenta de que me costaba trabajo mantener el control sobre mí mismo. El efecto que Tawe tenía en mí era electrificante. Me sentía hambriento de ella.
Un segundo más tarde la tumbé con cuidado sobre los cojines del  sofá  y me coloqué encima de ella. Nuestros labios se encontraron cuando nuestro abrazo se hizo más íntimo. La pasión hacia palpitar sus senos. La abracé tan fuertemente como pude. Lanzó un gemido al tiempo que se estremecía cada vez que palpaba su cuerpo. La bese en los hombros y el temblor inicial se torno contorsión. Cuando levanté la cabeza para mirarla, vi que sus ojos expresaban ansia y ardor.  Llego a morderme clavándome los dientes en el cuello. La estreché aun más contra mí, y entonces tuve la impresión  de que ella perdía el aliento. Se restregaba furiosamente contra mí, en un intento de avivar el fuego que consumía su interior. Y es que ¡Santo dios!, lo hacía de maravilla.
En un acto instintivo y natural, alargué la mano para bajar la intensidad de la  lámpara y las sombras nos envolvieron.

—Oh, Ton…

En labios de Tawe, mi nombre no era más que un dulce murmullo en la oscuridad. Un murmullo que me provocó oleadas de pasión.
Bajé la mano suavemente y le acaricié los muslos. Ella suspiró al notar la suave calidez de mi mano entre sus piernas.  Cuando la oí gemir con suavidad, empecé a explorarla más detenidamente.
Volví a acariciarla y noté la humedad caliente de ella en mis dedos. La besé.

— ¿Te gusta esto, Tawe?
—Sí. Oh, sí. Por favor, Ton

Respiré profundamente para controlar mi propio deseo y volví a acariciarla. Ella arqueó el cuerpo contra mi mano., y sentí como se estremecía.

—Estás muy excitada —dije, maravillado.
—Oh, Ton…Yo… Yo nunca había sentido tanto. ¿Qué me estás haciendo?

Percibí la excitación en su tono de voz y me quedé admirado al comprender que Tawe estaba a punto de tener un orgasmo. Seguí acariciándola con alevosía y finalmente me metí muy dentro de ella…un momento después percibí los efusivos y rabiosos temblores que emanaban de su cuerpo.

—Ton…

Me di cuenta de que iba a gritar y le cubrí la boca con la mía. La abracé y sentí tanto placer con el orgasmo de ella como con el mío.
Tawe se quedó inmóvil al fin y, durante largo rato, me contenté con yacer a su lado saboreando su perfume y su proximidad.
Al fin, ella se movió ligeramente.

— ¿Ton?
— ¿Sí?
—Eso ha sido… maravilloso.

Le sonreí en la oscuridad.

—Sí lo ha sido. Nunca había visto nada igual.

Tawe se echó a reír.

—Te estás burlando de mí.
—No, hablo en serio. Ha sido estupendo.
— ¡Oh, Dios mío! —murmuró ella—. Quiero más…

Entonces acerqué mis labios a los suyos para besarla, pero algo me lo impidió. Un ligero sonido procedente de algún lugar de la casa. Un sonido que no era normal.

— ¿Ton? ¿Qué ocurre? ¿Ocurre algo?
—Calla.

Le puse los dedos en los labios en señal de advertencia y para obligarla a callar. Luego me senté lentamente en el sofá.
El sonido, un pequeño ruido metálico, parecía proceder del vestíbulo. Tawe se sentó también y se tapó con un cojín... La  toqué en el hombro y le murmuré al oído:

—Quédate aquí. No te muevas.

Ella asintió y luego acercó sus labios a mi oreja.

— ¿Llamo a la policía?
—No. Todavía no. Pero debes estar preparada.

Me puse en pie y avancé hasta la puerta del salón. Escuché un momento hasta que percibió el débil sonido metálico y supe con certeza que provenía del vestíbulo.
Avancé con precaución, mis pies descalzos no producían ningún sonido sobre la alfombra. Cuando llegué a la puerta que se abría al vestíbulo vacilé una vez más.
Abrí la puerta. Los goznes crujieron ligeramente. El pasillo que conducía al vestíbulo estaba completamente a oscuras. Si había alguien allí, debía tener ojos de gato.
Pero mi instinto me decía que algo raro pasaba. Esperé un momento más y luego decidí encender la luz. Me apoyé contra la pared y me agaché. Si había alguien oculto allí, no quería presentar un blanco fácil. Extendí el brazo y apreté el interruptor.
Se encendió la luz y…

(Continuará…)

20 septiembre 2011

Lola y Ton...La verdadera historia. (XVIII)

…Me duché y afeité en un santiamén para, a continuación tomarme una taza de café. Miré mi reloj: las 18 h. La noche anterior, Tawe, la hermana de lola, me había pedido al terminar la velada que fuera a su casa, en Vilanova i la Geltrú, para ayudarla a conectar el equipo de home-cinéma al televisor de plasma. Lola, en su afán de epatarla, le dijo durante la cena que yo era un experto en electrónica de hogar… una mentira más… Mi pericia se limitaba a saber colocar un euroconector entre una televisión y un aparato de video, y lo más cerca que he estado nunca de un equipo completo de Home-cinema, fue el día que mi amigo Roberto me invitó a su casa para ver un partido del Barça, en su nueva súper-tele compuesta de doce woofers de 30 W de potencia, que según él no necesitaban crossover.
Tawe me esperaba a las siete en su casa. En lo tocante a mi primera impresión de ella, la noche pasada, no lograba hacerme a la idea que fuese hermana de Lola, eran tan diferentes…
Subí al coche, y puse en marcha el motor. Si había una cosa capaz de templarme en situaciones como esta, era precisamente el ruido estruendoso de un motor de 420 caballos de un Porsche 993. Metí la primera, el coche dio un salto hacia delante y enfilé la calle de Josep Carner en dirección a la ronda Nord, y desde allí, hasta la C-32 dirección Sitges. Al llegar a la misma, delante de mí, se extendía un tramo de carretera semi-vacía donde los abismos del cielo y  las iluminadas formas de los edificios juntaban sus intangibles fronteras. Eché una rápida ojeada al espejo retrovisor y puse el selector del cambio de marchas en semiautomático a la vez que pisaba con fuerza el acelerador. Mi cabeza se echó con fuerza hacia atrás y sentí cómo mi espina dorsal se aplastaba contra el respaldo del asiento. Con un sonido de gadget electrónico, el selector de velocidades alcanzó la cuarta. El coche siguió acelerando: ciento cuarenta, ciento cincuenta, sesenta, setenta... Entonces apareció la salida 26 y puse el pie en el freno. El ronco rugido del motor dio paso a un ronroneo constante mientras reducía hasta los ciento diez, tomando con facilidad las escalonadas curvas que enlazaban con la carretera de Sitges que  discurría por una delgada franja costera.
Caía el crepúsculo. El sol rojizo del atardecer de aquella tarde de finales de Octubre  lucía sobre las delgadas crines blancas de las negras ondas, sin una nube sobre su órbita. Sus colores al acercarse a la línea del horizonte se mezclaban con la negrura del mar, surcándose de saetas de luz, suavemente ondulantes, al compás de las leves olas de la superficie. La brisa silbaba entre sus rayos sesgados, tristes y fríos que caían de lleno en las dilatadas pupilas sin hacer pestañear los párpados. Aquel mar de luces que se divisaba a lo lejos, a la izquierda, era Sitges, y más lejos aún, entre una bruma ligera que comenzaba a velar el horizonte, se distinguía un nuevo resplandor, más intenso: Vilanova i la Geltrú. Llegue al pueblo. Las farolas a la entrada de la dársena, se balanceaban en la cima de los frágiles soportes, mostrando sus resplandores de frígida luminosidad. Esparcidos por todo el ópalo reluciente del fondeadero, los barcos anclados flotaban casi inmóviles bajo la débil claridad de los fanales. ¡Qué espléndido panorama! – pensé para mí –.
Miré mi reloj. Eran las siete menos cuarto. Metí el coche entre la hilera de vehículos estacionados en la zona de aparcamiento, justo al lado de un deportivo color plata que llamó mi atención y salí de un salto. Eché una mirada a mí alrededor, y me dirigí primero a la dársena, donde unos rederos seguían trabajando inclinados sobre unos aparejos de pesca. La sal desecada de las redes extendidas, brillaba como escarcha bajo la luz de los fanales. Me acerqué al borde del muelle para respirar ese olor tan particular de algas y salitre y oír con mayor definición el sonido de las gaviotas que, aun a pesar de  quebrantar la regla de muchos conocida de que no vuelan al ponerse el sol, seguían sobrevolando el lugar, supongo que para reafirmar que  la razón principal de volar, es comer.
Cuando llegué a la puerta del edificio de Tawe, las luces que brillaban en el primer piso me dieron a entender que estaba en casa. Pulsé el timbre de la portería. Un instante más tarde sonó un zumbido dándome paso. Entré, y subí por la escalera.

-Soy yo… serías tan amable de abrirme-dije al llegar a la puerta.
-¡Pues claro!

Oí como quitaba la cadena. Al abrir la puerta encontré ante mis ojos a una mujer deliciosamente bella y joven.

-Entra, me dijo.
-Gracias.

Entré, y eché una ojeada a mi alrededor. En el ambiente flotaba un suave olor a perfume. A pesar de su concepción ultra moderna el saloncito resultaba acogedor. En cuanto a la decoración, quienquiera que la hubiese ideado había tenido ciertamente en cuenta la personalidad de  la propietaria. Las paredes ostentaban un ocre de inefable tonalidad salmón, que armonizaba con los oscuros cortinajes. Las ventanas impedían el paso de la claridad exterior, proviniendo la única iluminación, muy tamizada, de puntos de luz dispuestos estratégicamente en las paredes. En el suelo una alfombra de cuatro dedos de grueso neutralizaba todo ruido de pasos y de algún lugar impreciso brotaban los acordes del “Shine on you crazy diamonds” de Pink Floyd. Tawe me condujo hasta un par de sofás separados por una mesita de cristal. Con un gesto me ofreció sentarme en uno de ellos. Yo tomé asiento, y con una espontaneidad natural me dijo:

-¿Te gusta mi vestido, lo he comprado esta tarde en Barcelona?

Giró sobre la punta de los pies como una bailarina de ballet, mirándome por encima del hombro para ver mi reacción.
El vestido era de una sola pieza, de punto, y se ajustaba tanto a su cuerpo que inducía a pensar en una sirena. Tapaba, y al mismo tiempo lo insinuaba todo. Atravesó  el salón con paso airoso y volvió hacia mí. Su figura, así realzada por el vestido era soberbia, y ciertamente su apariencia, distinta a la de la otra noche. Sus pechos firmes parecían tener vida propia, y sus piernas largas y torneadas enfundadas en unas finísimas medias de fantasía me devolvieron al banquillo del equipo de “los pecadores de pensamiento sin redención”.

-Bueno, ¿es que no te gusta? –insistió ante mi mudez.
-Oh, sí, sí… ¡Es precioso, de sobra lo sabes! -sonreí encantado-.

Tawe, rio mi comentario, me cogió el brazo y me condujo a la cocina. La mesa estaba dispuesta para dos. Encima de ella, lubina con frituras francesas.

-Todo está listo hace media hora, de manera que, a sentarse y a comer -me dijo señalando una silla y atándose un delantal en torno a la cintura -.
-¿Horario americano?-pregunté yo sorprendido-.
-Sí, en EE.UU cenamos a esta hora -contestó riendo mientras servía mi plato-.

Me comí la lubina y toda la fritura. Tawe tampoco se quedó corta, pero fui yo, sin duda, quien más cenó. Tras un trozo de tarta y una taza de café, me arrellané en la silla, más satisfecho que una vaca.

-Quien haya cocinado esto, merece un premio, créeme- manifesté-.
-¡Maldita sea! Rio ella. Yo fui quien preparó la cena.
-Pues el día que decidas casarte no te faltaran pretendientes.
-En realidad es un sistema muy antiguo-replicó ella-. Verás, es muy sencillo: atraes a los hombres a tu casa, les preparas una buena cena, y antes de despedirse ya se te  han declarado.

Los dos reímos y le ayudé a recoger los platos. Me tendió un delantal que con todo disimulo colgué en el respaldo de la silla. No me hubiera visto con él. Finalmente pasamos al salón. Tawe se acomodó en un sillón, y yo casi me derrumbé en el sofá. Encendimos sendos cigarrillos, entonces, ella sonrió y dijo:

-¿Qué tal con Lola?

La pregunta me chocó.

-Muy bien. Tenemos nuestros altibajos, como todos.
-¿La quieres?
-Nos queremos-contesté yo-.

De pronto dejó de hablar y, tras una pausa, inclinando un poco la cabeza, miró su reloj y dijo:

-Perdóname, pero tengo que hacer una llamada, fúmate el cigarrillo tranquilamente, ahora vuelvo.

Apresuradamente se internó en el pasillo, desapareciendo en el dormitorio.
Estaba ya a punto de encender un segundo cigarrillo, cuando Tawe reapareció. La verdad es que me hizo bailar la cabeza. En vez del vestido de punto que antes llevaba, lucía un negligé color marfil, cuya principal característica era la sencillez. Llevaba el cabello suelto y su cara aparecía luminosa y tersa. Con una sonrisa fue a sentarse a mi lado. Yo me moví para dejarle sitio.

-Siento haberte dejado solo, pero es que la llamada era importante...
-No te preocupes, la mayoría de mujeres tardan mucho más cuando hablan por teléfono.
Tawe se rio.
-Pues yo no. Ya lo has visto.

Cruzó las piernas y se inclinó para coger un cigarrillo de la cajetilla que había sobre la mesa. Me vi forzado a volver la cabeza. No era cosa de meterse en líos amorosos con la hermana de mi novia.

-¿Un cigarrillo?-me ofreció-.
-No, gracias.

Se recostó en el sofá y envió un anillo de humo al vacio.

-Este es el Home-cinema-dijo señalando una caja de color marrón-soy un desastre para estas cosas… como mi hermana Lola, soy más de letras que de ciencias o tecnologías.

El espectáculo que ofrecía mal cubierta por el negligé de transparente tejido, no me dejaba concentrarme en lo que me estaba diciendo.

-Como ya sabrás-continuó- estudié lenguas orientales para poder trabajar en la ONU.

Tawe modificó su posición, entreabriendo sus piernas para deslizar una bajo el cuerpo, al tiempo que se acercaba más a mí. A todo esto el borde del negligé se deslizó todavía más arriba y ella no se apresuró nada en cubrirse, permitiendo deliberadamente que mis ojos se holgasen en el espectáculo de unos encantadores muslos de piel tostada. Todo ello me hizo sentir seca la boca, y agarrotada la lengua.

-Hoy en día, quien sabe manejar las lenguas, tiene mucho ganado-dije yo-.
-¿Tú crees?-contestó mojándose el labio con la punta de la lengua sonrosada y abarcándome con una mirada incendiaria de sus hermosos ojos negros.

Reparé en su boca, túrgida, humedecida y provocadora.

-No lo creo…estoy seguro-afirmé-.
-¿Sabes que Lola y yo tenemos el mismo pequeño antojo en forma de frambuesa?

Este giro en la conversación mediante el “antojo en forma de frambuesa”  me parecía sobremanera interesante, a la vez que peligroso.

-¡Qué curioso! Lola lo tiene en el hombro, ¿y tú?
-Yo no.
-¿Y donde lo tienes?
-Por qué no lo averiguas.

¡Ay, señor, esta mujer me va a buscar problemas!-pensé para mis adentros-.

(Continuará…pero mañana acaba)

19 septiembre 2011

Lola y Ton...La verdadera historia. (XVII)


…Oí un zumbido de voces, mientras que, en mi hombro derecho sentí una resuelta y decidida sacudida. Sin hacer mucho caso,  me olvidé sobresaltarme.  Abrí lentamente mi ojo derecho, y en el espacio luminoso entre la ventana y el sillón donde me encontraba, una silueta móvil, apareció un instante, borrosa, sin relieve, como recortada en hojalata. Abrí mi otro ojo y,  con lentitud deliberada extendí los brazos, estirándolos,  permitiendo así tensar toda mi musculatura tanto rato adormecida. Al perpetrar este movimiento, algo que reposaba sobre mi regazo cayó sobre la alfombra.
En ese mismo momento, sobre mi cabeza, en el estante de la biblioteca, el reloj de estilo Luis XV, dio su primer campaneo de los ocho exigidos. Eran las ocho de la noche, efectivamente.

-Ton, ¿como has podido hacerme esto? –Aulló Lola-. ¿Como has podido dormirte? ¡Mira la hora que es! Y tú sin estar arreglado…ni afeitado, ni duchado, ni vestido…
-Cariño, desnudo no estoy, o no lo ves-dije sonriendo-.
 - ! Sabes muy bien que a las nueve llega mi hermana, te lo dije por teléfono, te lo recalqué… te lo recalqué -gritó desencajada-. Te dije que llegaba hoy de Nueva York para conocerte, te lo dije, ¿si, o no?
-Si nena, me lo dijiste, pero me enfrasqué en una lectura apasionante, y ya ves, me metí tanto en la fantasía que el sueño me pudo.
¿Y qué es esto?-dijo inclinándose para recoger el libro que había caído de mi regazo al despertarme ella a grito pelado y a sacudidas-. ¡Ja! Atlántida: El Mundo Antediluviano de Ignatius Donnelly. No me extraña que te durmieras leyendo esto. Mira Ton, mi hermana debe estar al llegar, y quiero que tenga una gran impresión al verte…y no así, sin afeitar y con pantalón tejano raído y roto-dijo sollozando-.
-Cariño, mis pantalones son de marca, y ahora se lleva la barba de tres días.
-¡Ay Ton!  ¿Por qué me has hecho esto? Sabías muy bien, lo habíamos hablado, que mi hermana es una chica sibarita y mundana que…
-¿Una pija? –interrumpí sonriendo-.
-…que se mueve solo entre la crême de la jet set política de Nueva York-continuó ella obviando mi comentario-. Yo únicamente la quería impresionar, presentándole a mi novio, al hombre más maravilloso y elegante del mundo. Llevo seis meses hablándole maravillas de ti. ¡Y tú vas y me haces esto!  Ton, ¡Eres un desgraciado!

Ten calma, muchacho, ten calma -pensé para mis adentros-. Es una chica. No la apabulles. Todavía no. Espera, no te arrebates, serénate primero y luego tal vez puedas propinarle gentilmente unos cuantos azotes en el trasero que le aviven el seso.
Saqué la cajetilla para encender un cigarrillo, pero me tomó la delantera y cogió uno para ella. Advertí entonces que sus manos temblaban de puro nerviosismo. Le di fuego, cogí un cigarrillo para mí y lo encendí.

—Me asombra tu estupidez —le dije secamente-.
—A mí, no —masculló—. Es mi estado natural. Y además,  ¿por qué estás conmigo si piensas que soy estúpida?
—Sabes, una vez, cuando era un chiquillo, vi a un lacero a punto de echar el lazo a un perrillo. Le pegué un puntapié en la espinilla, cogí el chucho en mis brazos y eché a correr. El maldito cachorro me mordió y se escapó, pero no obstante me alegré de haberlo rescatado-repliqué yo, con la mejor de mis sonrisas-. Por cierto, ¿No sientes curiosidad por saber qué me ha pasado, y por qué me he dormido? —le pregunté.
-No. No particularmente. Ya te conozco, Ton. Tú solo has querido arruinarme la velada.
-No te lo vas a creer. Estaba... —titubeé un segundo— estaba leyendo ese libro maravilloso, y caí en un sueño profundo y fantástico. Me vi inmerso en una aventura que ni el mismísimo Julio Verne podría haber soñado escribir. La percepción era, aguda, tajante, como si no fuera un sueño, sino una viva, tangible, espantosa realidad. —Le di al cigarrillo una segunda y más prolongada chupada que lo redujo a colilla. Luego la agarré de la mano y la senté en mis piernas—. Y lo mejor de todo: tú estabas allí-rematé mirándola a los ojos-.

La seriedad la abandonó al instante. Lola era una magnífica y deliciosa mujer, con una boca pecadora. Sus labios se entreabrieron en una sonrisa amorosa, e iban acercándose a los míos centímetros a centímetros, ansiosamente, al tiempo que  puso su mano sobre la mía. Una mano suave, cálida, cuya tierna presión me dijo que todo iba bien.

—Te quiero, Ton —me dijo—. Te quiero más, y más que nunca, aunque no debiera hacerlo porque eres incorregible... No te tomas nada en serio.

La besé  con pasión... y le dije:

—Lola... —Y me miró, sabiendo muy bien lo que iba a decirle—. Enséñame las piernas.

Sonrió como una niña traviesa y brillándole los ojos adoptó una postura como jamás habría imaginado el fotógrafo del calendario Pirelli. Era una astuta, una bruja tentadora, la imagen viva de la voluptuosidad, una estatua de mármol caliente cuya contemplación sólo me estaba reservada a mí. El borde del vestido había ascendido rápidamente, permitiendo mostrar las redondeces de una simetría mágica, terminando en el puro deleite del color trigueño de sus muslos. Entonces dijo:

—Está bien, Ton. Fin de la exhibición.

Luego se echó a reír, con aquella risa profunda suya, me envió un beso y me dijo, sonriente:

—Ahora, ya sabes lo que debió sentir Sansón.

Lo supe ahora. Sansón fue un primo -pensé para mí-. No hubiera debido cortarse el pelo nunca.

De pronto sonó el timbre de la puerta. Entonces sus ojos reflejaron un momentáneo terror. Parpadeó y dijo:

— ¿Vas a quedarte aquí parado toda la noche?
—Es que aún no sé qué he de hacer. Me dan ganas de largarme, y dejarte a solas con ella.

Se dirigió hacia la puerta. Oí que hablaba con alguien, que no tardé en ver delante de mí.

-Ton, te presento a mi hermana Tawe -me dijo Lola-.

El espectáculo era magnifico para mi mirada que dominaba y abarcaba todo el conjunto. Era alta, arrogante, con un pelo tan negro como una noche sin luna. Guapa, tan guapa que me dolían los huesos con sólo mirarla. Su boca, un cálido, inefable abismo, ansioso de devorar lo que fuera. Me sonrió alegremente, y observé cómo se encaminaba hacia mi…sin perderme un solo detalle de su andar felino. Había en el juego flexible y blando de sus caderas como un vago trasunto de fiera depredadora, una reminiscencia de la jungla. Me ofreció la mano y me besó por dos veces. Su mano era fino terciopelo, y al abrazarme, incluso a través del vestido se sentía la firme presión de sus pechos, seres vivos que me acariciaban tácitamente.

Entonces dio un paso atrás,  me observó y meneó la cabeza con aire dubitativo.

— ¿No te gusta mi  indumentaria, verdad?
—Me encanta. El pantalón tejano te sienta divinamente.

(Continuará…)

18 septiembre 2011

Lola y Ton...La verdadera historia. (XVI)

…Casi de inmediato, divisé las dos antenas espinudas de una langosta gigante, o mejor dicho,  de un monstruo con forma de langosta gigante, que apuntaban hacia mí en forma inquisidora. Su cuerpo era moteado. Había salido por sorpresa del lecho del rio. Ahora sus ojos, rojos y rabiosos, estaban abiertos ampliamente. Me observaban y vigilaban. Se adelantó y escudriñó tentativamente con las rosadas antenas hacia arriba. Preparaban un ataque rápido y único, tan cerca a la vertical como fuera posible. Las espinas de alambre, filudas como agujas, que coronaban su cornuda cabeza, amenazan con ser proyectadas hacia mí. Se lanzó hacia adelante y hacia abajo. Entonces con rapidez agarré una gran caña de  bambú, en forma de pica,  del suelo arenisco,  y se la clavé. La langosta gigante había sentido la pequeña ola de choque de la lanza. Hubo un revuelo de agua y arena. Entonces se giró como un ave en vuelo, e huyó en busca de refugio en la profundidad del rio, en cuyo fondo cubierto de algas, se enterró, confiada en su mimetismo formidable...Pero en la corta lucha, una de sus espinas me había herido.
Con delicadeza Lola tocó y apretó el área blanca alrededor de la herida. Sí, la piel se había adormecido totalmente y ahora un latido de dolor comenzó a punzar en el interior.

-¿Te duele?- Preguntó ella preocupada-.
-Más me dolió la separación-contesté yo intentando, con esta estúpida respuesta, quitar dramatismo a la situación-.
-Muy pronto se convertiría en un dolor insoportable –interrumpió Tawe acercándose lentamente-. Luego el dolor se extenderá por todo el cuerpo, volviéndose tan intenso que gritará,  tratando de librarse de él. Vomitará y echará espumas por la boca y luego vendrán el delirio y las convulsiones, dominándolo hasta que pierda el conocimiento-añadió mirándome a los ojos-.
-¡No hacía falta ser tan explícita, Tawe!-exclamó Lola-.
- ¿Y después? ¿Porque habrá un después, no? –Pregunté yo con fingido humor-.
-Si no te inyectamos el antídoto,  sobrevendrá el ataque cardíaco y,  la muerte -remató ella sin pestañear-.

La perplejidad puso una arruga en mi frente.

- ¡Fantástico! ¿Cuanto tiempo me queda entonces?
-Todo el ciclo se completará en cerca de un cuarto de hora -eso es lo que te queda- ¡quince minutos de horripilante agonía! Y todavía hay algo más-añadió enigmáticamente
-Veamos-dije yo-.
-Todo lo que acabo de decir, es contando con un corazón  fuerte capaz de soportarlo…Con uno débil, la agonía se acorta bastante.

Esta chica me gusta cada vez menos-pensé para mis adentros-.

-Habrá algo que podamos hacer, ¿o no?-preguntó Lola, cada vez más nerviosa-.
 -Existen calmantes para aliviar el dolor, por supuesto: procaína, antibióticos y anti-histamínicos-dijo ella-.
-¡Menos mal! –Murmuré yo retorciéndome de dolor-.
- Pero ahora mismo, aquí, no tenemos ninguno –añadió Tawe-.

La primera explosión de dolor me golpeó el cuerpo  e hizo que me doblara en dos. Luego vino otra y otra, extendiéndose por el estómago y  las extremidades. Luego sentí un sabor metálico en la boca. Entonces, Lola,  en un acto que nunca podré olvidar, mientras de mi labio inferior mordido de rabia y dolor,  brotaba un poco de sangre, se inclinó ante mí, con cuidado, tendiendo los brazos para rodearme el cuello, inflamada de pasión la boca,  y con una ternura que en aquel momento me pareció de otro mundo, me  besó.

 La miré y,  aún sabiendo que estaba en el estertor de la muerte, mis  labios temblaron de puro placer.

-¡Llevadle a la orilla del rio! -gritó el anciano que había presenciado la escena desde la distancia-. Y metedle la cabeza dentro del agua… y que beba…que beba mucho. Solo el agua del rio de la vida podrá salvarlo.

Lola y Abdul me levantaron, yo me agarré el estómago con la mano libre, y me
arrastraron por la arena, hasta llegar a la orilla. Mientras llegaba al último tramo me puse de pie y el dolor me hizo tambalear, hacia adelante y hacia atrás, como si fuera una marioneta manipulada por hilos. Por fin pude llegar y con un supremo esfuerzo de voluntad pude mantenerme quieto mientras hundía la cabeza dentro del agua de la vida. Entonces abrí la boca para permitir que entrara el líquido y, de allí pasara a mi sangre para limpiar el veneno que me había inoculado la espina de aquel animal diabólico. 
Al entrar el líquido en mi cuerpo sentí un estallido de dolor que me golpeó  y me hizo retroceder, catapultándome de espalda sobre el arenal. Un alarido apagado reventó por encima de ese mundo silencioso y hostil.

-¡Ya estás curado, amigo! -se escuchó balbucear al anciano-.

Pero, frente a mis ojos  se extendía todavía una bruma gris. La reconocí como la frontera de la inconsciencia y cansadamente moví la cabeza para tratar de aclararla.
Tres caras, moviéndose excitadamente, me miraban, y se agitaban en torno mío.Reconocí a Lola, Abdul y Rachid...Tawe no estaba.

— ¡Vaya, vaya! ¿Cómo te sientes?-Me preguntó Lola-.
—Fatal.
—Sí, ése es justo el aspecto que tienes.

Moví los hombros en un esfuerzo por acomodarme mejor... Lo único que conseguí fue que una oleada de dolor me recorriera el pecho.

— ¿Sabes una cosa, cariño?-dije yo-.
— ¿Qué?
—Necesito un descanso. Tal vez un mes o algo así.
-Escucha, Ton…esta vez has escapado, pero no puedes ignorar el hecho de que  estas a punto de cumplir los cuarenta y no te mueves con la misma agilidad de diez o quince años atrás.
-¿Me quieres decir algo, cielito?
-Que te estás haciendo demasiado viejo para aventuras de este tipo. ¿Cuándo demonios vas a aprender a no meterte en líos?
-¡Lola, te acabo de salvar! -grité yo-.
-Me acabas de salvar porque me tú me has traido hasta aquí…¿o lo has olvidado?
—No te preocupes, tesoro—dije yo, con gentileza—, si salimos de esto, solo me dedicaré a ver deportes en la tele.

Tawe que estaba a unos metros de distancia, carraspeó antes de que ella pudiera responder.

—Vaya susto me has dado, pensaba que te morías. Me siento muy aliviada al ver que estás bien—murmuró ella, con un tono poco convincente— ¿Crees que puedes continuar en tu presente estado?

La miré, y sonreí lentamente. Su cuerpo brillaba, semejante a una diosa de piel bronceada y sus ojos negros, entre sus largas pestañas, eran como dos fragmentos de antracita. Su mirada no era la misma, ahora era fría y distante – a mí, eso, en otro momento me hubiera excitado, pero ahora me intranquilizaba.

-Aún en este estado, yo soy lo mejor que hay disponible -repliqué-.

A Tawe no le gustó mi sonrisa. Creo que la puso nerviosa. Escondía algo, lo intuía. ¿Pero qué era?
Se inclinó hacia mí, mas lo hizo lentamente, afín de impresionarme con toda la sensualidad de la maniobra, y se acercó, todavía más,  hasta notar su mirada pegada a mí. El olor de su cuerpo era el más turbador de los perfumes, y sus piernas, soberbias, torneadas, tan bellamente trigueñas que ninguna media hubiera podido prestarles realce, eran cosa más de quimera que de realidad.   Entonces, clavándome sus ojos, con una seguridad escandalosamente sugerente, me dijo:

—Muy bien. Seré franca y te diré que no creo que estés en condiciones de seguir. Creo que aquí acaba la expedición.

Permanecí durante unos segundos más callado que un muerto en su tumba, pensativo, y repliqué:

—Comprendo. ¿Algo más?

En aquel momento la miré con fijeza para comprobar en su mirada el efecto que habían producido mis palabras. Sus ojos miraban con un aire de inteligencia insondable, de imperturbable expectación, de impenetrable silencio, firmes, con aire de hospedar algún proyecto oculto y sibilino. Sonrió con frialdad y juntando sus labios me envió un beso imaginario. Era indómita y soberbia, y en sus ojos salvajes y espléndidos, había algo augusto y majestuoso…y un puntito de crueldad femenina. Luego se levantó, me dio la espalda y se dirigió hacia el anciano.

Esperé a que se alejara lo bastante, y me volví hacia Lola.

-Hay algo en ella, en su comportamiento,  que no me gusta.
-Sí, claro… ¿y desde cuando no te gusta? Me lo puedes decir, porque creo recordar que la otra noche, en…
-Está bien, está bien -interrumpí yo-, ya sé dónde quieres ir a parar, pero escúchame, su comportamiento ha cambiado, no es la misma.
-¡Interesante! -murmuró con sequedad e ironía-. Muy bien - declaró en tono autoritario - estoy dispuesta a escuchar tus teorías. ¿Por qué no empiezas, Ton?
-El problema es que no tengo nada en concreto… solo que noto a Tawe distinta… ¡No es la misma, créeme!

-¡Ah, ya entiendo! No es tan cariñosa contigo, ¿es eso?
-¡Por dios, Lola! -exclamé-, no se trata de eso.
-En tu condición actual, ves cosas raras por todas partes -repuso ella incrédula-.

Se puso en pie y  con movimientos rápidos y nerviosos, dijo al alejarse:

 -Pero quizás será mejor que lo discutas luego con ella.

La miré divertido. Estaba claro que estaba celosa, y no se daba cuenta de nada.

-Me parece buena idea —contesté con sarcasmo, y algo enrabietado por su falta de comprensión-.

Se giró, pero no respondió. En la luz dorada de aquel inframundo misterioso vi una sonrisa… una brillante sonrisa de fácil significado, aparecer en sus labios de color carmesí.

Abdul que estaba cerca me miró, solemne. Lo que me faltaba-pensé para mi-.

—Ten cuidado, Tony pashá. No la provoques. Nuestra Lola es  una mujer de carácter y no está acostumbrada a que nadie juegue con ella. El profeta Mahoma, las bendiciones y la paz sean con él me ha dicho que…

Solté un ligero suspiro, volví mi mirada hacia él, y mientras me levantaba con mucho esfuerzo, le interrumpí y dije:

-Abdul, ¿Tú crees que estoy en condiciones de jugar a nada?

(Continuará…)