Mostrando entradas con la etiqueta Ton y Lola. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ton y Lola. Mostrar todas las entradas

14 febrero 2014

Ton, Lola, y san Valentín.

Habíamos vuelto a discutir. Uno de esos líos en que acostumbro a meterme antes de saber lo que está pasando. La cuestión es que Lola me había mandado otra vez a dormir a la oficina.  A la mañana siguiente, me levanté tarde, pero me levanté. El puto sofá me había hecho papillas las vértebras cervicales y lumbares. No sé si existen más vértebras. Lo único que había hecho en toda mi vida era complicarlo todo y trabajar de detective. Era todo cuanto podía hacer. Lo que es otra forma de decir que todo cuanto podía hacer  se reducía a muy poco. Y si dejaba de ser detective, no tendría ni sería nada. Era un hecho duro de afrontar: el que no fuera más que una nulidad que no hacía nada bien. Y a esta preocupación se sumaba otra más. Que pudiera perder el amor de Lola, porque había empezado a sospechar últimamente que los clientes no estaban del todo satisfechos conmigo. Que  esperaba que hiciera algo más que sonreír, bromear y mirar  las piernas de las mujeres que acudían a la oficina buscando ayuda,  o no sé qué. Y, la verdad, no sabía qué hacer al respecto. Lo mejor es que tomes una decisión, Ton — pensé para mí—, porque si no lamentarás no haberlo hecho. De modo que me puse a pensar y pensar, y luego pensé un poco más. Y decidí que no sabía qué mierda hacer. Así que como ya era la hora de comer me fui al restaurante de la esquina. Era 14 de febrero, San Valentin, y ahí estaba, sentado solo frente a un plato de pescado frito y un pan de centeno. Estaba demasiado fastidiado para comer una comida en condiciones; demasiado preocupado por mis preocupaciones. Terminé la comida y fui al lavabo de caballeros. Me lavé las manos y la cara, asintiendo al tipo que estaba  de pie, leyendo el periódico, a dos metros de mí.  Llevaba un  traje estampado de color mandarina tango mezclado con tonos azules y verdes y calzaba unas zapatillas deportivas de color vitaminas. No, no era Justin Bieber, tampoco Joe Jonás, pero se acercaba bastante.  Me dirigió una mirada prolongada y sus ojos volvieron a lo que hacían momentos antes. No sonrió ni dijo nada. Asentí hacia el periódico que leía el individuo.

— ¿Qué le parecen los chinos esos? —dije—. ¿Cree usted  que acabaran con los tibetanos y con el Dalai Lama?

Gruñó, pero siguió sin decir nada. Me sequé las manos con  el secador automático, a pocos pasos de él. La cosa era que yo quería echar una meada. Pero no estaba seguro de que debiera entrar en el retrete. La puerta no estaba cerrada del todo, o sea que debía de estar vacío, sin embargo, el tipo seguía allí y quizá quisiera hacer lo mismo que yo. Así que, aunque el lugar estuviera vacío, no habría sido muy educado anticiparme. Esperé un rato. Esperé, removiéndome y retorciéndome, hasta que ya no pude esperar más.

—Perdón —dije—. ¿Espera para entrar en el retrete?

Pareció sobresaltarse. Me lanzó una mirada grosera y habló por primera vez.

— ¿Le importa mucho?
—Claro que no —dije—. Lo que pasa es que quiero entrar y pensé que usted iba a hacer lo mismo. Es decir, pensé que había alguien dentro y que usted estaba esperando…

Miró la puerta del retrete entreabierta. Me miró luego a mí, entre perplejo y molesto.

— ¡Por el amor de Dios! —dijo. ¿No  ve que hay alguien dentro? ¿No ve que el retrete está ocupado por una mujer desnuda  que lleva una perrita  Yorkshire en brazos?
—¡Ah sí! —exclamé—. ¿Y cómo se ha atrevido una mujer a utilizar el lavabo de caballeros?
—Por  la perrita Yorkshire —dijo—. También tenía que mear el animalito.
—Pues desde aquí no veo a ninguno de los dos —dije—. Es curioso que no pueda verlos en un lugar tan pequeño.
— ¿Me está llamando embustero? ¿Dice que no hay una mujer desnuda con una perrita Yorkshire en brazos ahí dentro?

Dije que no, por supuesto que no. De ningún modo había dicho nada parecido.

—El caso es que me urge bastante —dije—. Lo mejor será que vaya al lavabo de mujeres.
— ¡Ni lo piense! —dijo—. Nadie me llama embustero y se marcha tan campante.
—Yo no —dije—. No he querido decir lo que usted insinúa. Yo sólo...
— ¡Ya, claro! ¡Le voy a enseñar quién dice la verdad! Se va a quedar usted ahí hasta que salgan la mujer y la perrita Yorkshire.
— ¡Pero tengo que mear! —dije—. Es decir, tengo verdaderas ganas, y…
—Pues usted no sale de aquí —replicó—. No saldrá hasta que vea que digo la verdad.

Bien,  el caso es que yo no sabía qué hacer. No lo sabía. Puede que vosotros lo supierais, pero yo no. Durante toda mi vida me he comportado tan amable y educadamente cómo se puede comportar una persona normal. Siempre he creído que si  era simpático con los demás, vaya, pues que los demás serían simpáticos conmigo.  Por fin, cuando ya estaba a punto de cabrearme, entró un tipo que sin pensarlo se metió en el retrete y cerró la puerta.  No lo pensé y  salí. Me fui de allí a tanta velocidad que no tardé nada en llegar al lavabo de señora, y oriné: y, creedme, fue un alivio. Volví  a mi mesa,  por el otro pasillo, para no encontrarme otra vez con el tipo del traje estampado de color mandarina tango mezclado con tonos azules y verdes, cuando vi a  Jessica Carolina, una amiga de juventud.  Estaba segurísimo de que ella también me había visto, pero hizo como que no. Vacilé durante un minuto junto al asiento que estaba a su lado, y entonces me crucé de brazos y me senté. No lo sabe nadie,  nunca lo he dicho,  porque procuramos mantenerlo en secreto, pero Jessica Carolina  yo tuvimos una gran intimidad en otro tiempo. El caso es que nos hubiéramos casado de no ser porque su padre me puso tantas pegas. Así que esperamos y esperamos a que el viejo se muriera. Y entonces, una semana más o menos antes de que ocurriera, Lola me enganchó. Desde entonces no había visto a Jessica Carolina salvo un par de veces en la calle. Quería decirle que lo sentía y hacer lo posible por explicarme. Pero ella no me daba ninguna oportunidad. Y si hacía ademán de detenerla, cruzaba a la otra acera.

—Hola, Jessica  —dije—. Bonita mañana.

La boca se le tensó un poco, pero no dijo nada.

—Ha sido una agradable casualidad encontrarte aquí —dije—. ¿Qué haces, si es que no te molesta la pregunta?

Respondió. Lo preciso.

—Comer. Esto es un restaurante.
—Claro. No he hecho más que buscar la oportunidad de hablarte, Jessica—dije—. Quería explicarte ciertas cosas.
— ¿De veras? —me miró de soslayo—. A mí me parece evidente la explicación.
—No, no —dije—. Sabes que nadie podía gustarme más que tú, Jessica. Nunca he querido casarme con nadie que no fueras tú, ésa es la verdad. Te lo juro. Te lo juraría sobre un montón de Biblias, Jessica.

Parpadeó precipitadamente, como solía hacer para contener las lágrimas. Le cogí la mano, se la apreté y vi que le temblaban los labios.

—En... entonces, ¿por qué lo hiciste, Ton? ¿Por qué tú...?
—Eso es precisamente lo que quería contarte. Lo que pasa es que es muy largo, y... mira, bonita, ¿por qué no te vienes contigo, nos metemos en un hotel durante un par de horas y...?

Sí, vale, ya sé que era San Valentin, pero era precisamente lo que no tenía que haber dicho. En aquel momento era lo menos indicado. Jessica Carolina se puso pálida. Me miró con ojos fríos como el hielo.

— ¿Es eso lo que piensas de mí?—dijo—. ¿Es eso lo único que quieres... lo único que has querido? Casarte conmigo no, oh, por supuesto que no, no te basto para el matrimonio. Sólo llevarme a la cama y...
—Por favor, nena —dije—, yo...
— ¡No te atrevas a camelarme, Ton!
—Pero si no estaba pensando en eso, en lo que tú creías que yo pensaba —dije—. Lo que pasa es que llevaría mucho rato explicar lo que ocurrió entre Lola y yo, y supuse que necesitaríamos un lugar para...
—Ni lo pienses. ¿Comprendes? Ni lo pienses —dijo—. Ya no me interesan tus explicaciones.
—Por favor, Jessica. Déjame por lo menos...
—Te diré una cosa, Ton, y será mejor que abras las orejas. Como vuelvas a hablarme de hoteles y sexo  va a haber jaleo. Jaleo del bueno. No voy a callarme, ya me conoces, y a buen entendedor, con pocas palabras basta.

Sus palabras se metieron en mi cabeza como un enano con un soplete en una mano y una pistola en la otra. Le dije que esperaba que no le dijera nada a Lola. Por el propio bien de Lola, claro.

— ¡Lo veremos!—sacudió la cabeza y se puso en pie. Déjame pasar, por favor.


Me empujó para abrirse paso y salió hacia la puerta, la cabeza erguida, las caderas sacudiéndose y balanceándose. Cuando llegó a la puerta, quise decirle adiós con la mano, pero ella volvió la cabeza al instante, dando otra sacudida a sus caderas, y echó a andar hacia la calle. Así que aquello fue todo, y me dije que quizá no estuviera tan mal. Porque, ¿cómo habríamos podido decirnos nada tal como estaban las cosas? Lola existía, y  por tanto seguiría existiendo el problema hasta que Lola o yo muriéramos de viejos.

08 febrero 2014

Lola vuelve al trabajo.

Me levanté, me enjuagué la boca con mi elixir preferido, Jim Bean, me afeité y me di un baño. Aunque estábamos aún a lunes y ya me había bañado a conciencia el sábado anterior pensé que no me haría daño. Me puse luego la ropa de los  festivos, me acomodé delante del espejo y me observé cuidadosamente por todas partes para asegurarme de que no parecía un tío de pueblo. A mí no me lo pareció. Hoy era un día especial porque quería ir a ver a mi abogado para que me aconsejara sobre mis problemas, y siempre que iba a ver a mi abogado me acicalaba al máximo. Ya camino de la puerta de la calle me detuve ante el cuarto de Lola; ella había dejado la puerta entreabierta para que corriera el aire y, sin que se percatara de lo que yo hacía, eché un vistazo. Entonces entré y me la quedé mirando otro ratito. Me acerqué de puntillas a la cama y me planté a su lado para mirarla a gusto, relamiéndome y sintiendo un no sé qué. Os diré algo de mí. Y por una vez, os lo diré en serio. Hay dos cosas que no me han faltado nunca. Los problemas y las mujeres. Apenas era poco más que un niñato con pantalones cortos que las niñas empezaron a insinuárseme. Y cuanto mayor me hacía, más mujeres había. Pero también os diré otra cosa: ninguna como Lola había sabido tirar del hilo mágico de mi imaginación. De vez en cuando me decía a mí mismo: "Ton,  será mejor que hagas algo con tu vida. Así no puedes seguir,  porque si no te consumirás como una vela japonesa."
El caso es que no lo hice. Quiero decir que no hice nada para cambiar mi vida, porque mi vida era Lola. En cuanto Lola me mira a los ojos, me tiene cogido. Como digo, para volver con lo que estábamos, nunca he tenido escasez de mujeres, todas han sido de lo más generosas conmigo, pero ninguna como Lola. Digo esto para justificar la manera con que la miraba ahora mismo. Relamiéndome y sintiendo cierto cosquilleo. Es verdad que Lola era en muchos casos un poco borde conmigo,  pero también os quiero decir que  por los cuatro puntos cardinales  era como una diosa griega. Creedme, Lola era una mujer peligrosamente adictiva. Pero el problema está en mí, que soy un poco de ideas fijas. Me pongo a pensar en una cosa y ya no puedo pensar en nada más. Y quizá debería cambiar, pero ya sabéis cómo son estas cosas. Cuando estás enganchado a una mujer, cuando solo tienes ojos por una mujer…Quiero decir que es igual que comer palomitas de maíz. Cuantas más comes, más  quieres. Como la calefacción estaba a tope  no llevaba puesto nada, salvo su diminuto tanga rojo con lazos fúcsias; además, había revuelto y apartado la sábana. Estaba boca abajo, de manera que no podía verle la cara, pero su cuerpo era tan hermosamente perfecto que al mirarlo el corazón parecía querer  salirse de su ubicación natural, y tocarme el paladar.  De modo que allí estaba, mirándola, poniéndome más caliente que la caldera del Orient Express, hasta que ya no pude aguantar más y empecé a desabrocharme la camisa y a bajarme los pantalones. “A fin de cuentas” —me dije—, a fin de cuentas, Ton, esta mujer es tu mujer, así que tampoco haces nada ilegal si te frotas un poco con ella. Yo lo miraba de este modo. Bueno, supongo que ya sabéis lo que pasó. Aunque creo que no lo sabéis. Porque no conocéis a Lola y en consecuencia, no lo podéis saber. Como sea, el caso es que se dio la vuelta de repente y abrió los ojos.

— ¿Qué vas a hacer? —dijo.

Le expliqué que iba a ver a mi abogado para resolver temas fiscales de la empresa. ¡Malditos temas fiscales! Que probablemente estaría fuera hasta bien entrada la noche y que como lo más seguro era que ella y yo nos echáramos de menos, pues que quizá debiéramos estar juntos antes.

— ¡Ya! —exclamó, casi fulminándome con la mirada. ¿Y pensabas que iba a dejarme, aun en el caso de que tuviera ganas?
—Bueno —dije—, se me ocurrió pensar que quizás pudieras. Es decir, esperaba que fuera más o menos así. En otras palabras: ¿por qué no?
— ¿Por qué no?  Porque ya te dije ayer noche que hasta que no me expliques qué está pasando entre tú y la nueva secretaria de tetas operadas que has contratado sin contar conmigo, dormirás en el sofá. ¡He aquí el por qué! ¡Porque ya no aguanto tantas miraditas entre vosotros!
—Bueno —dije—, tampoco es para que te pongas así. O sea, no digo que  la mire de vez en cuando, sino que es normal que la mire cuando le dicto una carta. Bueno, el caso es que no tienes por qué echarme la culpa de haber contratado a una secretaria que tiene las tetas operadas. El mundo está lleno de secretarias con las tetas operadas.
—Es que no es solo eso: es que la rubia de bote ni siquiera sabe redactar una carta. Su ortografía es un desastre y no sabe manejar el Office. Es lo menos parecido a una secretaria que he visto en mi vida. ¡Es idiota! Pero tú siempre contratas a idiotas. Con esta ya van tres.

Bueno, aquello me dolió un poco. Siempre estaba diciendo que yo no sabía contratar, y esto me sentaba mal. Realmente, no podía contradecirla cuando decía que la chica era idiota, porque a lo mejor no era muy lista, pero ¿quién quiere una secretaria lista? Creo más conveniente contratar a una chica guapa que a una fea. Cuando uno debe pasar horas en el despacho es lo mejor. ¿Quién iba a aguantar tanto tiempo mirando a una secretaria fea? ¿Quién iba a tener ganas de ir al despacho, eh? Lo que quiero decir, qué narices, es que si hay que trabajar lo mejor es trabajar a gusto, ¿no?

—Bueno —dije—, si piensas eso, que todo lo hago mal, ¿por qué te casaste conmigo?

Se le pusieron los ojos como platos y tragó aire a bocanadas.

—Ton, no me tires de la lengua. No me tires de la lengua. Mira, será mejor que alejes ese par de tetas operadas de mi empresa, Ton. Porque no olvides que es mí empresa, Ton, mi empresa. Y en mi empresa no quiero rubias sin alma.
—Sí, claro —dije—. El problema es que no tiene alma. Lola, todas las personas tenemos alma.
—Esa rubia tetona ni tan siquiera es persona.
—Pues si no es personas, ¿qué es entonces?
—Es una rubia operada, y nada más. Hoy mismo te deshaces de ella. Ya lo hablamos ayer, o ¿sabes lo que pasará de lo contrario?
—Te diré lo que pasará exactamente —respondí—. Que entonces no pisaré el despacho.
— ¡Y tanto que lo pisarás! A partir de mañana volveré a ser  tu secretaria. Además, así ahorraremos gastos.

Me quedé pensativo unos segundos, componiendo mentalmente el nuevo escenario. Lola otra vez junto a mí. Me la imaginaba magnífica y deliciosa vestida de secretaria. Guapa, tan guapa que me dolían las meninges con sólo imaginarla. Luego rebusqué en mis bolsillos, pero no encontré ninguna aspirina ni tan siquiera medio vaso de vino tinto para templar el sistema nervioso. Finalmente le dije:

— ¿En serio? ¿Cómo en los viejos tiempos?
—Como en los viejos tiempos —Ton —dijo, inclinando la cabeza a un lado—. Y contestando tu pregunta te diré que nunca he querido casarme con nadie que no fueras tú, ésa es la verdad. ¿Por qué no te quedas unos minutos, eh?
—No sé —dije, fingiendo estar enfadado—, No estoy de humor después de todo lo que me has dicho.

No creí que fuera a responderme tan rápidamente. Pero lo hizo.

—Ven aquí—dijo, llamándome con un dedo—. Puede que yo te haga recuperar el humor, ¿eh? —Añadió cogiendo mi mano y tirando de ella para acercarme  a la cama, más…y más—.

Sus manos eran suaves como la flor de la azalea, su boca, un cálido e inefable abismo, y en sus ojos llameaba ese fuego bravío, primitivo, del animal salvaje; ojos ávidos, voraces, cuya mirada me hacía estremecer de ansias también ancestrales. Sé que pensaréis que soy un tío débil. Pues no. Y no me parece justo que lo penséis. Además, eso solo me ocurría con Lola. Pero voy al grano. No sé si por culpa de un embrujo, o simplemente por los torzales de una temporada extraña de perturbadora soledad debido a mis muchos viajes de trabajo,  el caso es que el perfume de Lola me atenazaba de nuevo. El perfume, sí,  y ese maldito reverso de perversidad que hay en los encantos sensuales del mundo de las formas y las curvas, cuya mayor cima era, a mis ojos, el cuerpo de Lola. La miré fijamente y pude percibir los muchos caminos de desconcierto y confusión que comunican, o incomunican, a dos egos tan distintos. Pero también percibí un camino que me guiaba con la sencillez de la línea recta, hacia frenesíes y porciones de un corazón enamorado. Nadie me puede culpar  por ello. Nadie. Se trata de una ley muy primitiva y referida; se trata de la magia del amor, y reside infinitamente más en el dar que en el recibir. Al fin y al cabo, cuando dos enamorados se unen, sin quererlo, ensanchan el pecho y se vacían para llenarse del otro en un santo broche de éxtasis.

18 diciembre 2013

Ton vuelve a Cabo verde.

Hacía ya medio año que Lola se había marchado. Cogió la salida  y traspasó su umbral. Nunca sabré si esa pequeña pausa tras la puerta significó algo. Quizás sí, o quizás no.  Lo que sé es que empecé con un gin-tonic y acabé en un frío motel a veinte kilómetros de la ciudad y a un abismo de mi mente. Y allí  fui testigo de la muerte de una persona. Su nombre: Carlos Alberto Ben Mansur  El Hammoudi.  Todo lo que sigue, todo lo que van a leer,  es la consecuencia de aquella  muerte, trágica, y nada accidental. 

Nos encontrábamos mi amigo Abdul Bagud del oasis de Baghera yihad  y yo, sobrevolando el océano. Concretamente el famoso océano atlántico en dirección a la capital de Cabo Verde: Praia. Esta se encuentra al oeste de Senegal. Los hombres, las plantas, el cielo, la atmósfera, hasta el agua de los ríos es “distinta” en esas afiebradas tierras de sol. Un abismo en donde todo lo que conocemos se convierte en una interrogante. Ha tenido muchos nombres: el  archipiélago volcánico macaronésico de Cabo Verde, el estado soberano insular de Cabo verde, y  la República de Cabo Verde. El cielo estaba oscuro, y a poca distancia se divisaban unas nubes más negras que el alma de mi casero. La pequeña avioneta Cessna 208 Caravan se aproximaba al aeropuerto internacional de Praia.

   —Radar de Praia, aquí bonanza alfa 3, adelante… Radar de Praia, aquí bonanza alfa 3, adelante. ¡Mierda! Esta puta tormenta nos va a joder el día — dije nervioso mirando de reojo a  Abdul, quien observaba con ojos desorbitados los múltiples relojes del cuadro de control—. 

De repente el motor del avión hizo un ruido extraño y dejó de funcionar. Atrapado como por una fuerza sobrenatural, se dirigía hacia las nubes de la tormenta a más de 9 000 pies de altitud. 

    —¿Todo va bien, Tony Pachá? —Preguntó inquieto—.
    —Sí, solo que estamos perdiendo altura y no encuentro la forma de salir de esta corriente de aire frío —repliqué, pálido y sudoroso—. No funciona nada...ni esto, ni esto —dije señalando los distintos aparatos de navegación—… ¡nada! —Exclamé con desespero—.

Nos encontrábamos delante de la muerte,  cara a cara. Al frente estaba la única oportunidad de escapar, un pasillo estrecho, sin turbulencias, en medio de la tormenta, pero este se cerraba rápidamente. La brújula giraba como una peonza, los instrumentos fallaban más que el neoliberalismo actual. “Este avión pronto será una víctima más de la globalización” —pensé para mí—.

      —No controlo nada, Abdul…estamos cayendo —grité con angustia—.

La situación era desesperada, casi agónica…pero aún no estábamos muertos. Apreté fuerte  los mandos del avión. Tiré con fuerza de ellos variando así la orientación y posición de la aeronave. El cabeceo era insoportable. Al girar la palanca de mando se produjo la deflexión diferencial de los alerones: al tiempo que el alerón de una de las alas subía, el alerón de la otra ala bajaba, siendo el ángulo de deflexión mortalmente desproporcional al grado de giro del eje transversal del aparato.  Finalmente conseguí hacerme con el control sobre el timón de dirección presionando desesperadamente los pedales, consiguiendo un movimiento de guiñada hacia la derecha. Esto provocó una deflexión del viento relativo (debido a la velocidad de vuelo del avión, se entiende) hacia este lado, lo que causó una reacción que empujó el plano de deriva del aparato hacia la izquierda y,  el resultado fue un giro del morro a la derecha sobre el eje vertical de la avioneta. El tremendo viento lateral tendía a desviar el avión hacia la derecha de su ruta, pero pude corregir el efecto del mismo presionando el pedal izquierdo y girando la rueda del compensador de dirección hacia la izquierda. Finalmente  vi a mi izquierda entre las nubes, el relieve fantasmagórico de la torre de control. Sin motor ni timón de cola, decidí caer en movimiento de autorotación hasta encarar los últimos metros de caída. Sin los mandos primarios era la única solución. Luego, usando los secundario, flaps, slats y spoilers conseguiría modificar la sustentación, y entonces levantando el morro, provocaría el efecto de aerofreno necesario para mantener el aparato deflectado, corrigiendo su desviación para aterrizar con la panza del avión. Abdul por su parte seguía agarrado a su asiento, tembloroso y atemorizado, mirándome de reojo, supongo que rezando al profeta Mahoma por el éxito de mi intervención. El plan era arriesgado, las maniobras inciertas, pero no tenía nada mejor que hacer en ese momento; no quería que este maldito avión fuera mi tumba. Solo quería intentar salvar el pellejo. Bueno, y el de Abdul.

    —¿Todo bien? —me preguntó nervioso—.
    —Sí, solo que seguimos perdiendo altura, vamos directos hacia la torre de control, y no puedo sacar el tren de aterrizaje.
    —¿Entonces qué está bien, Tony pachá? —se quejó gritando—.
    —¡Basta ya, Abdul, no me seas tiquismiquis! Ni que fuera la primera vez que caes en avión.
    — ¡Por  la gloria del profeta Mahoma, las bendiciones y la paz sean con él! ¡No quiero morir!—Exclamó Abdul—.

La avioneta chocó violentamente con su parte trasera sobre la pista secundaria,  apta para culminar el peligroso aterrizaje de emergencia, y después de arrastrarse durante más de 200 metros se detuvo, justo a cuatro palmos  de un inmenso Baobab que se levantaba orgulloso y soberbio, al final de esa lengua de negro asfalto. 

   —¡Bien! ¿Qué te ha parecido? —Pregunté sonriente, a Abdul—.
   —¿Dónde estoy? —repuso medio aturdido—.
              — En la capital de Cabo Verde ¿Qué? ¿Te ha gustado mi aterrizaje? 
   — Uff…Ahora sé que Mahoma, las bendiciones y la paz sean con él,  existe —me contestó secándose el sudor de sus manos con un pañuelo blanco de encajes, poco apropiado para la ocasión—. 
   —Al final me va a gustar esto de volar—le dije—.

Me dirigí  a la puerta para abrirla y poder salir. 

   —Cerrada, debe de haberse bloqueado con el impacto—observé mientras trasteaba la cerradura—.
   —¡Vaya! —exclamó él—. ¿Cómo vamos a salir? —Preguntó nervioso—.

Entonces le di una patada a la puerta. No se me ocurrió nada mejor.

    —Deprisa ha comenzado a arder… el avión va a explotar —dije cogiéndolo de la chilaba para sacarlo de la carlinga—.

Corrimos unos metros, nos echamos al suelo, y el aparato estalló en mil pedazos.  Me volví hacia Abdul, lo miré fijamente y le dije:

     —Bienvenido a Cabo verde. 

Abdul, algo cabreado, cerró la mano,  formando un puño del tamaño y el color de una berenjena grande, para amenazarme.

     —No me mires así, Abdul. Estamos a salvo, ¿no? 
     —Soy Abdul Bagud del oasis de Baghera yihad, el que ha brotado de la frente de la estirpe de Mahoma, y te juro Tony pachá, que no subiré nunca más a un avión contigo.
     —Está bien. A propósito, no te habrás dejado el estuche de madera en el avión, ¿verdad?
     —No Tony pachá —gruñó—, lo guardo bajo la chilaba.
     —Menos mal. Entonces, vayámonos. Creo que nos espera un coche en el parking del aeropuerto.
     —Por cierto, ¿Qué es lo que contiene este misterioso estuche de madera? —Me preguntó Abdul, curioso.
     —Contiene una dentadura postiza.
     —¿Una dentadura postiza? —Gritó encolerizado—.
     —Sí, una dentadura postiza. Pero no cualquier dentadura postiza. 
     —¿Y me puedes explicar, Tony pachá, por qué llevamos una dentadura postiza a Cabo Verde?
     —Porque el dueño de esta dentadura postiza,  el señor Carlos Alberto  Ben Mansur  El Hammoudi  es el difunto esposo de la señora que nos espera, aquí, en cabo Verde.
     —¿Difunto? ¿Quieres decir que ha muerto?
     —Sí,  falleció hace tres días, por culpa de una explosión. Y de él solo queda esta dentadura postiza.
    —¿Una explosión de gas?
    —No, su coche explotó. Una bomba lapa. Por lo visto el señor Carlos Alberto  Ben Mansur  El Hammoudi   tenía muchos enemigos.  
    —Ah, ¿Y quién es la esposa? ¿Es amiga tuya?
    —Es una gran amiga. Pero tú también la conoces. Se trata de Belén Trinkova.
    —¡Por el profeta Mahoma, las bendiciones y la paz sean con él! ¿La señorita Belén Trinkova? ¿La que mantiene el apellido de su primer marido, un aristócrata ruso muy rico de San Petersburgo, porque es muy musical?  ¿La que ganó Diez millones de euros en un premio de Infografía convocado por uno de los mafiosos más ricos de Cabo Verde “Ricky el Porompompero”? ¿La amiga de Johnny “Dedos largos” el dueño del Jazz Club de Nueva Orleans? ¿La que se culpa a si misma del tsunami que asoló la ciudad de Nueva Orleans en el año 2005? ¿La que…?
     —¡Basta ya, Abdul!  Sí a todo. Y ahora ha vuelto a quedarse viuda la pobre, así que espero de ti que sepas comportarte. Me he enterado por un amigo común que  Carlos Alberto  Ben Mansur  El Hammoudi   fue el hombre de su vida...que lo quiso apasionadamente y que la noticia de su trágica muerte la ha afectado  considerablemente. 
      —Entiendo —dijo Abdul—. Debe estar muy afligida.
      —Mucho. Toca Debussy  todas las tardes, desde que se pone el sol hasta que se queda sin luz para leer la partitura, y hace ejercicios de yoga mientras toma jalea real. Cuando hablé con ella por teléfono, para decirle que le llevaría personalmente la dentadura de su querido esposo, la noté abatida. Era curioso verle así, porque ella no lo necesitaba a él. No necesitaba a nadie en realidad. Siempre tuvo estímulos y fuerzas suficientes como para no necesitar a nadie. Sin embargo, ahora,  es el dolor lo que la tiene atada a su piano de cola  y a Debussy.              
      —Pero recuerdo que ella se casó con Ricky el Porompompero, ¿no?
      —Ricky el Porompompero murió al probar un crece pelos de dudosa procedencia, así que Belén,  después de guardar un riguroso luto de 48 horas se casó con un rico terrateniente, hijo de una estirpe de rancio abolengo,  de cabo Verde: Carlos Alberto  Ben Mansur  El Hammoudi .
      —Ah,  ahora lo entiendo…espero que pueda superar esta desgracia. Le rezaré al profeta Mahoma,  las bendiciones y la paz sean con él.

Llegamos al parking del aeropuerto donde un negro,  pesado y ancho, de piernas sólidas, un poco combadas en apariencia, lo que no es frecuente entre los negros, pero fuertes como cariátides de piedra que bajo la luz de la luna parecían que sostuvieran la cúpula resplandeciente de un edificio glorioso,  nos esperaba. El pompón de su bonete de lana azul caía hacia adelante, danzando alegremente sobre su ceja izquierda y el  corto pelo ensortijado tenía un toque negro.  No oscuro… sino negro como el ala de un cuervo a media noche. Era el chofer que Belén Trinkova había enviado para recogernos y trasladarnos a su mansión a las afueras de la capital. Subimos al coche, un Rolls Royce Silver Wraith de color burdeos, y veinte minutos más tardes  se paraba en la explanada de la suntuosa mansión con forma de castillo renacentista.  Bajamos del coche, Abdul y yo. Desde ese punto, en  lo alto de la colina, bajo la débil claridad de una Luna secuestrada por un velo de nubes argénteas,  la vista era maravillosa. Las luces de la franja costera lucían sobre las delgadas crines blancas de las negras ondas marinas.  Desde aquí, la suave brisa silbaba entre la hilera de farolas que bordeaban el ancho camino de gravilla y piedras que conducía a la gran escalinata de la mansión.  Me subí el cuello de la chaqueta,  encogí  los hombros para protegerme del frescor de la noche, y, las manos en los bolsillos, me dirigí a la mansión. La luz de la luna se extendía como una sábana blanca por el cuidado césped del jardín, excepto por debajo de un grandioso baobab, donde había una oscuridad espesa como el terciopelo negro. Detrás de él había árboles más pequeños, dragos y ceibas, recortados tan cuidadosamente como el pelaje de los perros de compañía,  y después de ellos, un inmenso invernadero con techo en forma de cúpula. A continuación había más árboles y, completamente al fondo, se veían las líneas sólidas, desiguales y apacibles de las faldas de las colinas. En la mansión había luces encendidas en dos de las ventanas de la planta baja y en una de las del piso de arriba que se veían por delante. Recorrimos el sendero de piedras, unos mosquitos gigantes zumbaban endiabladamente y no picaban sino que mordían. Llamé  al timbre. Abdul me miró sin decir nada. Sujetaba el estuche de madera entre sus manos. Esperamos unos segundos hasta que un hombre alto, delgado y de pelo cano, de unos sesenta años, más o menos,  nos abrió la puerta.  Era el mayordomo. Sus ojos oscuros eran todo lo remotos que pueden ser unos ojos. Tenía la piel reluciente y se movía como un autómata. Me presenté y  dijo con voz totalmente metálica:       

     —Si quieren esperar aquí, iré a avisar a la señora.

El vestíbulo principal de la residencia tenía una altura de dos pisos. Sobre la doble puerta principal, que hubiera permitido el paso de una manada de elefantes africanos, había una amplia vidriera que mostraba a un caballero de oscura armadura rescatando a una dama atada a un árbol y sin otra ropa que una cabellera rubia muy larga y conveniente.  Había  grandes puertas acristaladas al fondo del vestíbulo y, en el lado este  una escalera exenta, con suelo de azulejos policromados, que se alzaba hasta una galería con una barandilla de hierro forjado y otra historia caballeresca recogida en vidriera. Por todo el perímetro, grandes sillas de respaldo recto con asientos redondos de tapizado rojo ocupaban espacios vacíos a lo largo de las paredes. No parecía que nadie se hubiera sentado nunca en ellas. En el centro de la pared orientada hacia el oeste había una gran chimenea vacía con una pantalla de latón dividida en cuatro paneles por medio de bisagras y, encima de la chimenea, una repisa de granito rojo  con un gran reloj  de metal con esfera de porcelana sujeta por una ave mitológica y base de mármol veteado en el centro. Sobre la repisa colgaba un retrato al óleo de grandes dimensiones. El retrato era de un oficial en una postura muy rígida y con uniforme de gala, aproximadamente de la época de las guerras napoleónicas. El militar tenía bigote  negro, ojos duros,  también negros como el carbón,  y todo el aspecto de alguien a quien no sería conveniente contrariar. Pensé que quizá fuera el retrato del abuelo de  su primer marido: el Vizconde Vladimir  Trinkov  Semiónov  Gólubev.  Todavía contemplaba los ojos negros del militar cuando se abrió una puerta, muy atrás, por debajo de la escalera. No era el mayordomo que volvía. Era una jovencita como de unos veinte años, no muy alta y delicadamente proporcionada. Llevaba una falda corta de color azul pálido que le sentaba bien. Caminaba como si flotase. Su cabello era una magnífica onda leonada. Los ojos, gris pizarra, casi carecían de expresión cuando me miraron. Se me acercó y al sonreír abrió la boca,  mostrándome sus dientes blancos,   tan blancos  y tan relucientes como el caolín, que brillaban entre sus labios finos, demasiado tensos. A su cara le faltaba color y reflejaba cierta falta de salud. Se mordió el labio y volvió la cabeza un poco mirando hacia mí de soslayo. Entonces bajó las pestañas, que casi acariciaron sus mejillas, y las levantó de nuevo lentamente, como un telón.
      —¿Quién es usted? —Preguntó muy seria ella—.
      —¿Y tú? —repliqué automáticamente—.

Sus ojos se agrandaron. Estaba confundida. Pensaba.

      —Soy Elvira, una de las hijas de la señora Trinkova —comentó.

Me quedé sorprendido. No sabía que Belén tuviera hijos y menos aún hijas. 

      —¿Cuantas sois? —Pregunté sorprendido—...sus hijas quiero decir.
      —Nueve en total.  
               —¡Caray!  Muchas son. ¿Y de qué edad a qué edad? …Quiero decir, ¿cuántos años tiene la menor?
      —16 
      —¿Y la mayor? -
      — Yo soy la mayor: 19
      —Como va a haber solo tres años de diferencia entre todas… es imposible —dije yo—.
      —Todas somos hijas adoptivas.
      —Ah, claro. Y dime, ¿no hay ningún hombre en la casa? Quiero decir que si no hay ningún hijo adoptivo.
       —No. A mi padre le gustaban las chicas —contestó ella.
       —Desde luego, no era tonto —murmuré yo—. 
       —¿Cómo dice?
       —Nada, nada.

El mayordomo volvió a  aparecer, en el mejor momento, y dijo sin entonación: “La señora le recibirá ahora mismo”.
Nos miramos un momento y el mayordomo inició la marcha. Nos condujo a través de un largo pasillo hasta el gran salón. Entramos. La blanca alfombra, que llegaba de una pared a otra, tenía el aspecto de una nevada en el lago Manitoba.  Miré al fondo, y ahí estaba ella. El espectáculo era magnifico para mi mirada que dominaba y abarcaba todo el conjunto. Estaba sentada en una esquina, de espaldas a uno de los grandes ventanales del salón, en la parte menos sombreada, donde su figura brillaba con un fulgor tranquilo y deslumbrante, acariciada por una estrecha faja de luz dorada. Bajo una frente límpida, enmarcados por los arcos simétricos de oscuras cejas de tonalidad natural, resaltaban, llenos de vida unos hermosos ojos color  cobalto,  sombreados por largas pestañas. Llevaba un tocado con un peinetón grande, que supuse de su madre que era de Durango y con apellidos de doce y trece letras,  y una mantilla negra que marcaba la intensidad del luto ,  dejando parte del cabello al descubierto.  En realidad no era una mantilla sino lo que comúnmente se llama  "velo de misa". Era de encaje, como una mantilla, pero mucho más pequeño.  El vestido era también negro,  de una pieza,  por debajo de las rodillas, con el largo de la manga hasta el codo  y un  escote  prudente. Las piernas iban cubiertas con medias, negras pero no muy tupidas y llevaba  unos zapatos también negros, cerrados, estilo salón  y de medio tacón. En la mano, unos guantes,  un discreto rosario de plata, y  un bolso, pequeño, de carey oscuro que, junto a lo anterior, le confería la belleza y elegancia de la clásica Dama española.Al mirarla, Abdul no se escudó tras su habitual mutismo. Se le iluminó el semblante como un semáforo carmesí.  Tenía los ojos  desmesuradamente abiertos. Movió la boca como para articular alguna palabra, pero ningún sonido salió de ella. El pobrecillo empezó a sudar mayúsculas gotas que descendían en reguero por sus mejillas. Fue entonces cuando por fin dijo, casi gritando de júbilo:        

     —¡Señorita Belén, las bendiciones y la paz sean con usted!

Ella se acercó a nosotros,  con paso airoso. Su silueta, así realzada por su peineta y mantilla, era soberbia. Me di cuenta de que me costaba trabajo mantener el control sobre mí mismo. El efecto que Belén tenía en mí era electrificante. Las pasiones pasadas nunca pasan, ni cesan sus ardores. La seriedad la abandonó al instante.  Sus labios se entreabrieron en una sonrisa  franca al tiempo que  puso su mano sobre la de Abdul, con una tierna presión que decía que todo iba bien. Después me miró, sus ardientes ojos echaron chispas, y dijo:

      —Hola Ton.

En sus  labios,  mi nombre no era más que un dulce murmullo en la  oscuridad. Un murmullo que me provocó oleadas de pasión.

       —Eso es todo lo que queda de los Ben Mansur  El Hammoudi —añadió, apenada,  mirando el estuche de madera que sostenía Abdul—. 
        —Nada más que eso —contesté—. Pero quiero que sepas que tu marido vivió igual que murió, Belén...al servicio del país. 

Mentí, pero las mentiras piadosas no cuenta. Además, no podía decirle que su marido murió en un motel de carretera después de echar un polvo con una cabaretera. No podía.

        —Creí que me correspondía a mí el doloroso deber de devolverte sus restos —añadí—. Lo que me sorprendió cuando hablé contigo por teléfono, hace tres días, es que supieras ya que tu marido había fallecido.  ¿Cómo lo supiste?
         —Me lo dijeron. 
         —¿Puedo preguntar quién te lo dijo?
         —El  Ubanghi-Changuii  mayor.
         —¿Quién?
         —Cuéntale a Ton lo del Ubanghi-Changuii  mayor, —dijo, mirando a su hija adoptiva  Elvira,  que estaba junto al resto de sus hermanas, sentadas cerca de la chimenea—.
       —Cada vez que muere un Ben Mansur  El Hammoudi, el Ubanghi-Changuii  mayor desciende de las montañas atravesando las colinas, tocando una triste melodía —relató la chica—.  Y siempre se le pone un cuenco doble fuera de la casa para tranquilizarle —concluyó—.
        —¿Un cuenco doble? 
        —Sí, lleno de zarzaparrilla—añadió Belén—.
        —¿Es un Ubanghi-Changuii   de verdad? —Pregunté con curiosidad—.
        —Naturalmente —dijo ella—, lleva a cabo este rito desde hace más de cuatrocientos años. 
        —Entiendo -dije, sin entender nada-.
        —Así que eso es todo lo que queda de mi esposo —Volvió a repetir,  mirando el estuche de madera.
        —Desgraciadamente… nada más —Dije yo—.
        —¿Dónde lo encontraron, Ton?
        —Apareció en un árbol a cien metros de donde estaba yo. Despegó, por así decirlo y voló como un pájaro. Pero dime, Belén, ¿crees de verdad que  una dentadura postiza debe recibir cristiana sepultura?

En aquel momento la miré con fijeza para comprobar en su mirada el efecto que habían producido mis palabras.

      —Claro que sí. Será considerada como bien...patrimonial. Elisa—dijo, entregándole el estuche—, pon esto junto a las otras reliquias de la familia Ben Mansur  El Hammoudi. 

Luego se giró hacia mí y dijo:

      —Todas las que estamos aquí sabemos que mi esposo era un hombre diferente cuando visitaba España—continuó—.  Que trataba con gentes  poco recomendables. Ya me entiendes. Pero las mujeres de la familia  Ben Mansur  El Hammoudi   no hacemos preguntas. 
      —Y qué vas a hacer ahora, Belén —pregunté—.
      —Según la tradición de la familia  Ben Mansur  El Hammoudi, cuando muere el cabeza de familia, seis vírgenes descalzas deben apresar un carnero vivo en las tierras de la familia  Ben Mansur  El Hammoudi. 
      —Y después —pregunté todo intrigado—.
      —Después, yo misma lo ejecutare.

La miré, sorprendido. Era indómita y soberbia, y en sus ojos salvajes y espléndidos, había algo augusto y majestuoso…y un puntito de crueldad femenina. 

       —¿Al carnero? 
       —Sí, al carnero. Luego las hijas le sacaran el estómago, y lo rellenaran con vísceras...
       —Vísceras lustrosas —añadió Elvira la hija mayor.
       —Lo cerraran, lo hervirán y luego lo servirán —continuó Belén—.
       —¿Y lo comerán? —volví a preguntar —.
       —Muy caliente— repuso ella, con mucho énfasis—.
       —Ya veo—dije yo—.
       —El festín empezará mañana a media noche. Haremos bajar de la montaña al Ubangui-Changuii mayor,  para avivar la sangre para la danza.
       —¿La sangre? ¿La danza?
       —Sí: El rito fúnebre de los Ben Mansur  El Hammoudi. Bailamos hasta caer al suelo. Y después de una hora de reposo el Ubangui-Changuii mayor  nos despierta al son de: vamos al Bulweria bulwerii. Y todas vamos a la caza del Bulweria bulwerii.
        —Me parece que el Bulweria bulwerii  no está de temporada.

Entonces dio un paso atrás,  me observó,  meneó la cabeza y dijo:

        —Cuando muere un Ben Mansur  El Hammoudi,  el Bulweria bulwerii  está de temporada.


(Continuará…)

04 julio 2013

Contestación a un mail inexistente.

La vida es demasiado complicada para mí. Sigo mirándola con los ojos de un adolescente que nunca aceptó correr los 50 metros en 28 segundos y medio. Tardo mucho en entender las cosas, la verdad es que sabes que tardo mucho para todo, las respuestas de las personas, mis propios actos en ocasiones. Sin embargo, sabes que todo ello intento compensarlo con la memoria de elefante que heredé de mi abuela Mariana. Supongo que es esa mezcla lo que me lleva a veces a darme cuenta de que Si hay una facultad de nuestra naturaleza que puede considerarse maravillosa, esa es la memoria. 

Querida amiga, no recuerdo el contenido del mail nº 54 del que me hablas, porque no existe. Miento, recuerdo el contenido pero no era el mail nº 54, sino el 45. De nuevo tu dislexia numérica galopante, querida, te ha jugado una mala pasada. También recuerdo que había bebido mucho, demasiado, incluso puede que más de la cuenta como para quedarme dormido mientras lo escribía. Es más, ahora que caigo, creo que lo terminé de escribir al despertarme los aullidos de placer de mi vecina del quinto, Jessica, la puta que vive encima de mí, que como de costumbre hacen retumbar la finca entera. Ya sabes, porque te lo conté en mi mail nº 33 que Jessica, mi vecina, ha sido siempre una apasionada de las culturas diferentes, de los países extranjeros; sin embargo, debido a una enfermedad congénita —la pobreza— no ha podido viajar mucho, por lo que se ha dedicado a ser puta a tiempo completo, actividad que le ha permitido conocer a hombres de Moldavia, República Checa, Costa Rica, Mali, Colombia, Ecuador, Brasil, Marruecos, Cuenca y otros países, sin salir de Barcelona.
Mientras muchos de nosotros dormimos el sueño de los justos (eso
es una expresión de origen griego que originalmente hacía referencia a quien dormía en forma muy tranquila, porque no tenía cargos de conciencia, o sea alguien que como ha llevado una vida ética, moral, nada lo perturba) ella viaja cada noche, entre las sábanas de su lecho, a los países más fascinantes, a conocer las costumbres más subyugantes, las perversiones más excitantes. Jessica es una destacada aventurera y exploradora de las selvas recónditas, y de las posturas del Kamasutra en peligro de extinción. También sabrás, eso te lo expliqué en el mail nº37, que la conocí un viernes cualquiera del otoño del 2007, a las cuatro de la mañana; llovía, como siempre, y un viento húmedo me acercaba al sepulcro más de lo deseado, cuando me recluí en el calor de un bar sin nombre, buscando el cariño de alguna alma en pena. Allí, entre las brumas del tabaco de contrabando y los vapores de alcohol etílico, la vi por primera vez, sentada frente a la puerta de entrada, bebiendo cerveza Coronitas, su marca preferida, y comiendo Cheetos con sabor a chorizo cantimpalos. En fin, mi amor, no sé por qué te digo todo eso si ya te lo escribí en el mail nº 41. ¡Y ya me he perdido! ¿De qué hablábamos? Ah, sí, del mail nº 54 que resulta ser el 45. Mira, querida, nunca he querido hacerte sufrir y, solo por eso, he intentado mantener oculta mi tormentosa relación con Lola, mi novia. Pero ahora no es momento para lamentaciones, tiempo habrá, y prometo contarte a partir de ahora mis vicisitudes y tribulaciones. Por cierto, ¿te he contado alguna vez que estuve en Sharm el- Sheikh con mi novia Lola el verano de 2006? ¿No lo hice en el mail nº 7? ¿O fue el nº 9? ¡Ah, Egipto que gran país! Las pirámides, el valle de los reyes, el desierto, las egipcias, el Nilo. ¿Sabes que el Nilo siempre estuvo allí? Mucho antes que todo, mucho antes que las tumbas de los faraones. Por esa razón en el Nilo palpitan recuerdos. Ya ves mi amor, nos conocemos hace casi 4 años, y eso apenas es un picosegundo para esta parte del mundo. Se diría que no es posible vivir junto a este rio sin preocupaciones de eternidad, y aquí está siempre también, el misterio. Hay cosas que jamás se llegan a saber. Un largo cortejo de preguntas que nunca nadie podrá contestar. Reconozco que me gustan los misterios, si son inexplicables más, si están relacionados con las pirámides más aún y si el enigma afecta a algún faraón, y me da igual que sea de la quinta dinastía, de la cuarta o de ahora, me descontrolo. ¿Sabes, querida, que Blaise Pascal, el científico y filósofo francés, escribió en su obra “Pensées”, que si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta, la historia del mundo habría cambiado? Jajaja, lo dijo en alusión a que su belleza y encanto no hubiesen sido los mismos frente a julio César y Marco Antonio. Pero eso seguro que tú ya lo sabías, creo que te lo dije en el mail nº 22. Jajaja, como me gusta Egipto, su historia, sus misterios. Sí, me gusta. Y ahora, tú estás allí. ¿Recuerdas, amor mío, la frase lapidaria que te endilgué hace unos días, en el mail nº 26, del amigo Lao-Tsé? jaja, era premonitoria, ¿no te parece? Por si no la recuerdas, o no encuentras el mail nº 22, que todo es posible, te la recordaré, decía: Un viaje de mil millas comienza con el primer paso. Jajaja, me rio porque quien me iba a decir a mí, que tú que te mareas al subir y bajar la acera, saltarías el charco para investigar el misterioso misterio de la estancia de Mubarak en un hospital de Sharm el- Sheikh en Egipto. Jajaja, Sharme el – Sheikh, es increíble, tú en Egipto, e investigando a Mubarak. En fin, como dice la canción de Pedro navaja:

“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ay Dios.
Cuando lo manda el destino no lo cambia ni el más bravo,
si naciste pa' martillo del cielo te caen los clavos.
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ay Dios.”
Bueno, querida, ya te contaré más cosas en el próximo mail, será el nº 47, no lo olvides, y tú, por tu parte tenme al corriente de la investigación que llevas a cabo. Ah, en cuanto a las fotos de Messi, te las mando por la noche, ahora voy a dormir un rato, ya sabes que no he pegado ojo por culpa de la puta de Jessica. Un besote, bonita.
Te quiero,


Ton.

06 junio 2013

Más primitivo que Stonehenge.

¿Sabes qué me dijo la muy zorra? Ya sé que no te lo vas a creer, Richard, pero te lo juro por mi panteón familiar al completo. Me dijo:

“Pobre Lola cuanto la comprendo ahora; si es que eres  un desgraciado y además  más primitivo que las piedras de Stonehenge."

Una y otra vez retumbaban en mi cabeza estas infames palabras, Richard. Y por segunda vez en mi vida sentí ganas de llorar. Alejandro Magno lloró ante el túmulo de Aquiles porque envidiaba su gloria. Julio César, a los 31 años, al pasar por delante de una estatua de Alejandro Magno lloró también por no haber logrado nada importante cuando a esa edad Alejandro ya era dueño del Mundo. Claro que no es lo mismo llorar por eso que por un miserable comentario dicho en el calor de los celos.
Desistí pues de llorar, pero me invadía un furor tal que estuve a punto de estallar. No obstante estaba demasiado furioso para eso. Por el contrario pensé:   “Por dios no pierdas los estribos, te conozco demasiado para saber que eres capaz de llevarte por delante a cualquiera, metiéndote en un lio del que no podrás salir”.  Sí, lo reconozco, soy malo cuando odio, Richard, y tú lo sabes, por algo eres mi amigo. También sé que ahora no es el mejor momento para contarte mis contingencias, tú ya tienes bastante con la zorra de tu ex mujer que te ha denunciado por no pasarle la pensión compensatoria, pero me conoces bien y sabes que la imperiosidad de escribir es algo contra lo que no puedo luchar. Créeme si te digo que el día en que le eche el guante a esa media periodista de pelo-paja que se ha ensañado de este modo conmigo, deseara no haberlo hecho. No se hará esperar el momento en que la tenga delante de mí. Y cuando ese momento llegue, la miraré a la cara, le meteré la lengua hasta la campanilla y aguardaré a verla morir de pasión para recordarle sus mezquinas palabras. No sé quien dijo que el hombre siempre debe tener el nivel de la dignidad por encima del nivel de la autocompasión, pero fuera  quien fuera acertó de lleno, seguro que era como yo, un tío que se viste por los pies.

También me ha llamado la muy zorra, en tono cínico,  decimonónico y trasnochado… a mí. Y todo porque mi estilo es elegante y utilizo cursivas cuando escribo. No te creas Richard que todo eso que te cuento me haya caído de nuevo. ¡No, de eso nada! Siempre supe que ella era una mujer de carácter, aunque no tenía claro de qué tipo. Siempre supe que en su mente, como yo en la mía, se imaginaba diciendo frases de cine como” Cuando soy buena, soy buena; cuando soy mala, soy mucho mejor.” Todos sabemos que a veces la vida es como una película, y el cine permite tomarse ciertas licencias; pero esta vez se ha pasado tres pueblos la tía esta oxigenada. Ahora creo que está en algún lugar de China, seguramente buscando alguna historia que contar. Pobrecita, a China se tiene que ir para encontrar algo que relatar a sus escasos lectores. ¿Te he dicho, Richard, que trabaja en un periodicucho de mala muerte?  Siempre viajando por el mundo como alma en pena. Así la conocí, en un viejo y destartalado hotel de Freetown. Está mal que lo diga después de lo que acabo de escribir de ella, pero debo reconocer que quedé prendado en aquel momento y en aquel lugar del  dominio que tiene  la muy zorra del monólogo interior. Es impresionante, y  apabulla sin pretenderlo. Sí, Richard, ahora has entendido que hablo de aquella desalmada que me llevó a la cama aprovechando que estaba bajo de defensas. Me había peleado con Lola una vez más y la muy cabrona no dejó escapar la ocasión de seducirme. Y cuando acabó conmigo me  dejó tirado en la cama, como un condón usado. Tú ya la conoces, no tanto como yo, pero la conoces. ¿Recuerdas que te conté que creció rodeada de artistas e intelectuales, junto a sus tres hermanas y su hermanastro, que la acosaba sexualmente? Eso le causó varias crisis nerviosas y a su hermanastro unas cuantas patadas en los cojones. Tiene carácter la chica, ¿sabes? Y es la única después de Lola, mi novia, capaz de sacarme de mis casillas. Pero la quiero a la condenada.

 En fin, Richard,  como dijo el poeta: si lloras por una pocas palabrillas, las lágrimas delatarán que estas hecho de mantequilla. Bueno, ya sé que no rima mucho, debió ser una mierda de poeta, pero tú me entiendes, ¿verdad?
Bien, no te entretengo más, que bastante tienes tú con la zorra de tu ex mujer. Yo ahora estoy en Abudabi en una misión para el gobierno de la Generalitat de Cataluña, pero eso es otra historia…ya te contaré.

Un saludo,

Ton.

14 diciembre 2012

En busca de las huellas del Argentinosaurus en la Patagonia argentina (Final)


Decía Lin Yuang que el humor es parte de la vida y en consecuencia no debe ser excluido, ni aun de la literatura seria. Lin Yuang era muy sabio y yo quería comprobar hasta las últimas consecuencias sus iluminadas palabras. Y eso hice. Miré a Abdul fijamente, y le dije:

-Ahora cuéntame todo lo que sabes.

 -Verás, no te lo vas a creer Tony Pashá. Hace unos días la señora Fulgencia Eleonor de Bordecillas, la misma que te contrató para  averiguar el paradero de su marido el doctor Alejandro José Hernán Cortés de Villanueva, se presentó en casa de Lola y le pidió que investigara un suceso muy extraño relacionado con una momia.

-¿Una momia?

-Sí, una momia egipcia. Una de esas momias egipcias que fueron momificadas hace miles de años. Ese tipo de momia. Según le dijo la tenía guardada en una habitación junto con otros objetos egipcios. Ah, y una vasija llena de arena.

-¿Arena?

-Sí, allí hay mucha arena.

-Allí… ¿dónde?

-En el Sahara. El desierto, ya sabes.

-¿Solo arena?

-Sí, solo arena. El caso es que una  noche la  momia...Amenhopep…

-¿No será Amenhotep?

-Sí, eso, Amenhotep. Un tipo de la dinastía XIV o algo así. Eso es lo que dijo la señora Fulgencia.

-Vale, vale… ¿Y qué pasó aquella noche?

-Se rió.

-¿Perdón?

-Se rió.

-¿Se rió?

-Así es....que el profeta Mahoma, las bendiciones y la paz sean con él, me deje mudo si miento.

¿Quién se rió?

-La momia…Amenhotep.

-¿Y cómo se rió?

-Espera la voy a imitar. Mira se rió así: jajajaja. No, realmente no es así...es más aguda que esa, es más parecida a esta....jejejejeje

-Veo. ¿Y cuando se ríe?

-Prácticamente en todo momento.

-¿La has visto reírse?

-¿Yo? ¡Por Alá y el profeta Mahoma, las bendiciones y la paz sean con él! No, yo no la he visto reírse.  La cuestión es que la señora Fulgencia parecía muy preocupada y pidió a Lola que investigara el suceso.

-¿Y por qué no  quema  la momia, o la tira al rio?

-Oh, sé que suena tonto pero según ella hay una inscripción en el sarcófago. Algo como...”Quien destruye mi sueño se destruye a sí mismo”. La señora  Fulgencia lo tradujo.

-¿No me vas a decir Abdul que  la señora Fulgencia Eleonor de Bordecillas cree en esas tonterías egipcias, y todo eso?

-Bueno, no, realmente no creo, pero…

-Es igual, parece interesante....una momia que ríe. Sabes qué, Abdul, vamos a ir a inspeccionar esta momia. Creo que la señora Fulgencia Eleonor de Bordecillas tiene algo que esconder. Por un lado me contrata para averiguar el paradero de su marido y al mismo tiempo contrata los servicios de Lola porque tiene una momia en su casa que suele reírse sola. Mientras me despido de Methe,  Chuppa, Tokha  y Meneha, avisa a Lola y dile que regresamos; que nos reuniremos en casa de la señora Fulgencia Eleonor de Bordecillas.

-No sé si es buena idea, Lola está  muy enfadada contigo Tony Pashá.

-No. Nada de eso. Solo está un poco furiosa conmigo por haber arruinado su vida. 

Al día siguiente, y después de haber limado asperezas con Lola (Sí, no voy a negar que Lola consideró la posibilidad de echarme de allí, pero lo pude solventar…la prueba es que estamos juntos aquí, ¿no?) estábamos en casa de la señora Fulgencia Eleonor de Bordecillas. Vivía en una mansión de estilo barroco. Era de dos plantas, con una galería baja con arcos de medio punto sobre columnas toscanas, en tanto que la galería alta era adintelada, también sobre columnas toscanas más pequeñas y con una base exagerada. Un techo de tejas de pizarra cubría toda la estructura. El parecido con la casa de Drácula, en los Cárpatos,  era evidente.
Llamé al timbre, y la misma señora Fulgencia Eleonor abrió la puerta. Tenía un vaso de Sherry en la mano e iba vestida para la cena. Su vestido azul pálido era casi tan viejo como la momia que veníamos a ver, pero lo llevaba con una elegancia que sus sesenta y cinco años de edad no habían podido disminuir. Me miró, y con sorprendente serenidad me dijo:

- Muy puntual. Buena señal. Admiro a los hombres que conocen el valor de la puntualidad. Entren-dijo, apartándose.

Lola le explicó el motivo de nuestra visita y seguidamente nos dirigimos a la habitación donde se suponía se encontraba la momia de risa fácil.
El sarcófago estaba cerca de una gran chimenea de estilo victoriano.

-Esta es-dijo la señora Fulgencia señalando la momia...Amenhotep.

-No parece que tuviese mucho de qué reírse -dijo Lola con su habitual desparpajo-.

- Ya verán cuando la oigan...aterrador, muy aterrador –dijo la señora Fulgencia-.

-Veo que es de la dinastía XIV.  Es un sarcófago muy fino-añadí acariciando la  tapa-. Debo decir que el esculpido funerario… de la dinastía  XIV, es de lo más hermoso...nunca visto...Ah, si…Amenhotep  -dije yo al ver el nombre inscrito en la  parte superior....un sacerdote guerrero. Y aquí está la maldición,  si,  “quien destruye mi sueño  se destruye el mismo.”

-¿Gran cosa, no? Dijo Lola sonriendo con sequedad-.

-¡Auch!! -grité al notar un pinchazo en mi mano mientras acariciaba el sarcófago. Filoso como un aguijón, parece que me picó.

-Debe ser una astilla-dijo la señora Fulgencia-.

-Seguramente-contesté-. Cuando empezó la momia a reírse, Señora Fulgencia? ¿Tan pronto como la recibió?

-No. Al principio se comportaba bien. Callada como un cordero, empezó hace como una semana.

-Ya veo. Me gustan estos otros  trofeos egipcios que veo en…

Sí-interrumpió ella-,  todos son muy bellos. Yo la llamo la habitación egipcia.

En ese momento se oyó una risa fantasmal.

-Vaya, se   oye reír a la momia. Ayúdame a levantar la tapa, Abdul, por favor. Con cuidado.

-Abrimos el sarcófago y allí estaba Amenhotep, más tieso que la mojama. Tieso y muy serio. No había ninguna mueca ni señal de sonrisa alguna. Lo miré detenidamente, toqué sus vendas, y  Lola me preguntó con su fino sentido del humor:

-Pobrecito. Me pregunto qué le habrá ocurrido  ¿Crees que sería un accidente de coche?

Sonreí con malicia.

-Es más probable que alguien se enfadara con él y lo tirara escaleras abajo -dije  yo-.

Luego miré a Abdul, y añadí en tono autoritario:

-Vamos al tejado.

-¿Al tejado?-preguntó sorprendido-.

-Sí, al tejado. Las alturas me sientan bien, vamos.

-Ya sabía yo que había sido una locura permitirle venir aquí. La única explicación que se me ocurre es que las pastillas que me han dado en la farmacia han entorpecido de algún modo mi raciocinio-murmuró Lola entre dientes-.

Mientras subíamos  a lo alto de la casa mediante una escalera, Abdul me dijo:

-De todas las cosa tontas que he hecho por ti, Tony Pashá, esta es la peor. ¿Qué esperas encontrar aquí arriba?

-Algo que descubrí hace un momento, Abdul. Aunque no lo creas yo también tengo mis dudas en ciertas ocasiones. Pero pronto lo sabremos.

-¿Saber qué?

-A menos que esté equivocado, éste es el responsable de la risa.-dije, señalando a la veleta  en forma de tritón en la cúspide de la chimenea.

-Pero si es solo una  veleta que indica la dirección del viento según la rosa de los vientos, Tony Pashá.

Justo al acabar sus palabras, una ráfaga de viento sopló e hizo girar la veleta, y Abdul exclamó:

-¡Pero si, está riendo!

-Efectivamente -dije yo-. Cuando el viento está en cierta dirección la  veleta actúa como un silbato. Y el sonido resultante es transmitido a la habitación de abajo a través de la chimenea.

-Pero eso es fantástico, ¿como te has dado cuenta, Tony Pashá?

-Bueno, cuando uno trata con lo oculto, Abdul, es mejor recordar que el fenómeno natural es lo primero que se debe tener en cuenta. Ayúdame con esto ¿quieres?-dije al sacar la veleta de su soporte-.

- Sí, claro. Ten cuidado cuando bajes Tony Pashá…no vayas a caerte...

-Sí, claro… puedes tenerme esto…por favor, .Abdul, agárrame mientras…

Me giré, y no vi a nadie, estaba solo sobre el tejado de la casa.

...¿dónde estás?... ¿Abdul?  …Abdul!...Abdul!

-Aquí abajo, Tony Pashá…Yo...me caí del tejado…maldito sea la momia…menos mal que el profeta Mahoma, las bendiciones y la paz sean con él, me ha salvado haciéndome aterrizar en ese bellísimo parterre hecho con flores, plantas y arbustos perennes.

Después de recogerlo del suelo volvimos a la habitación egipcia.

-¿Señora Fulgencia Eleonor, cuánto tiempo hace que colocó esta veleta en la cúspide de la chimenea?-pregunté-.

Ella parpadeó.

-OH… debe hacer una semana.

La miré con decisión.

-Ya veo, y también debe hacer una semana que la momia empezó a reírse, ¿no?

-Sí, es así. ¿Cómo lo sabe?

-Bueno, ahora ya dejará de reír. La culpa era del viento, y de la veleta. Ella enviaba el sonido a través de la chimenea, y causaba el sonido que parecía una risa.

-Bueno, bueno...cielo santo. Ha sido muy inteligente de tu parte. ¿Lo descubriste tú solo? -preguntó Lola-.

-Eh, que yo también estaba en el tejado, señorita Lola-gritó Abdul-.

-Ah, sí es verdad,  creo que los dos sois terriblemente inteligentes. La simplicidad de la explicación escapó a mi primera investigación, pero yo sabía por supuesto que había una explicación.

-Sí, claro-dije yo-.

-Bueno, misterio resuelto ¿No es así, Tony Pashá?

-Si Abdul,  resuelto. Pero aún hay un misterio más profundo.

¿Qué quieres decir?-preguntó Lola-.

La miré y sonreí.

-Verás Lola, he podido observar el sarcófago… de la dinastía  XIV. Pero la misma momia es de un periodo mucho mas reciente.

A Lola no le gustó mi sonrisa de superioridad. La puso nerviosa y eso la irritó.

¿Y?…Ya está el listo que lo sabe todo…quizás tenían guardado un sarcófago antiguo cuando Amenhotep murió, y lo aprovecharon, ¿no?

-Si posiblemente, posiblemente. Pero tuvo que estar guardado por un tiempo muy largo. La momia es de un periodo considerablemente posterior.

-¿En serio? ¿Qué diferencia de años estimas tú, Ton?

La miré pensativo.

-Bueno, yo diría...ejem...más de 4000 años.

Lola, sorprendida exclamó:

-¡Ah, sí!  ¡Pero es imposible! ¿Y como has podido determinar eso, Ton?

-Bueno, el sarcófago obviamente es auténtico, pero los elementos funerarios de la misma momia son comparativamente más modernos que los tejidos egipcios de la época...¿ verdad señora Filgencia Eleonor?-pregunté, fijando mi mirada en sus ojos-.

-Esperaba que la discrepancia no se notara -dijo ella-.

-Si no hubiese sido por la coincidencia del tejido del velo...nunca me hubiese puesto a mirar a la momia tan de cerca -contesté-.

-¿Qué es lo que propone que haga?-Me preguntó muy seria y preocupada-.

-Señora, me temo que no tengo alternativa.

-Ton... ¿de qué está hablando?-preguntó Lola-. No entiendo nada-añadió-.

-Lamento decir que la señora Fulgencia está envuelta en un asesinato.

-Ton, tu voz suena terrible. ¿Asesinato? ¿Quien fue asesinado?

-Su esposo, el Doctor  Alejandro José Hernán Cortés de Villanueva.

-Pero ¿como lo sabes? ¿Dónde está el cuerpo?

-Aquí,-contesté señalando el sarcófago- en los restos momificados.

-Oh no,...no puede ser-dijo Lola-.

-Tiene razón, éste es  mi esposo-repuso la señora Fulgencia  con ojos llorosos—. -..Y sí,  lo maté. Suena extraño, ¿no es así? Alejandro  y yo éramos  dos almas gemelas.-añadió, secándose los ojos-. Dedicamos nuestra vida a la ciencia. El último año descubrimos, por casualidad,  en “la tierra de Gosén”,  la tumba de Amenhotep. Una tumba que nunca fue tocada, de cerca de 4000 años de antigüedad. Alejandro estaba decidido, quería abrir el sarcófago de la momia. Pero estaba equivocado, la maldición así lo decía. No debía abrirse. Peleamos, lo agarré, traté de impedírselo pero se soltó de mi, corrió hacia el sarcófago, lo abrió...y luego...

-¿Y luego señora Fulgencia Eleonor?-pregunté clavando mi mirada en sus ojos color cobalto-.

-Y luego se tropezó...y cayó muerto.

-¿Pudo abrir el sarcófago?

-Sí. lo abrió. Y murió por mi culpa. No había testigos para contar lo que había sucedido. Pero en la lucha que mantuve con  mi esposo se hizo magulladuras.  Sabía lo que la policía iba a creer.

-Entiendo. Y entonces usted quito la momia de Amenhotep, y la sustituyó por el cuerpo de su marido...

-Era la única manera para poder sacar el cuerpo fuera del país. No quise matar a mi marido, ¿sabe usted? Fue su corazón, siempre tuvo un corazón débil.

-Usted dijo que se tambaleó... ¿Qué es lo que hizo mientras se tambaleaba?

-Se agarró la garganta, como si se estuviese ahogando.

-Abdul, ¿me podrías  hacer el favor de levantar la tapa del sarcófago?

-Si, por supuesto, Tony Pashá.

Se acercó al sarcófago, pasó la mano sobre la tapa para asirla, y gritó: ¡Auch!-mientras se llevaba el dedo índice a su boca-. Una astilla…me he pinchado con una astilla…

-Si Abdul... ¡auch!, como dije  yo, y antes de eso el doctor  Alejandro José Hernán Cortés de Villanueva  también lo dijo.

-Lola, ¿podrías mirar de cerca lo que Abdul llamó una astilla?

Ella se acercó al sarcófago, lo inspeccionó, y...

 -Es una aguja hueca -dijo ella-. Le atravesaría la piel a cualquiera que la toque.

-Pero… no lo entiendo…-añadió la señora Fulgencia-.

-La maldición de Amenhotep, y una aguja hueca conteniendo el veneno de una áspid-dije mirándola-. El mismo veneno de  víbora que mató a Cleopatra y mató a su marido .Los síntomas del veneno de áspid son sofocación...instintivamente a la víctima se le cierra la garganta.

-¿Entonces no murió por  la pelea?

-No. Fue un accidente. Restos del veneno todavía podrán encontrarse en el cuerpo aún después de su momificación.

-Oh, gracias, gracias-dijo la señora Fulgencia agradecida.

-Tony Pashá, pregunto, ¿no crees que pueda quedar restos de ese veneno en la aguja?…porque, si es así…

-Los próximos minutos determinaran eso, Abdul-le dije sonriendo-.

-¿Quéeee? Tony Pashá ¿olvidas que me he pinchado con esa aguja y puedo morir?

-No lo olvido ¿Cual es el problema? Por cierto, pareces enfermo.

-Es el veneno no puedo respirar, Tony Pashá…

-No, no, relájate Abdul, si hubiese quedado veneno en esa aguja  yo mismo ya estaría muerto. Afortunadamente la maldición solo hace efecto una vez.

-Aaaah, jaja ¡qué ridículo!...pero Tony Pashá, no me siento muy bien, todavía me falta el aire.

-Tranquilo, posiblemente sea una gripe que pescaste en el tejado de la casa. En fin, todo resuelto. Como diría  el sabio: Dios en el cielo, y todo bien en el mundo.

-No necesitabas evocar el nombre de dios para alardear, Ton-dijo Lola,  visiblemente resentida por mi éxito clamoroso-.

-No lo hacía, solo lo mencionaba como lo hizo en su época un novelista. Creo que Shakespeare.

-Tennison, querido. Lo dijo Tennison -replicó ella-.

-OH, ¿en serio?

Y así terminó esta historia,  con una pregunta corta e irónica.

Decía Chandler que cuando más dura la ironía, menos enérgico tendrá que ser el modo en que la digas. En fin, todo se resolvió con audacia y osadía. Sí, la audacia es todo, es lo único indispensable; pero una audacia serena, decorosa, correcta, como envuelta en el suave terciopelo de la ironía y el humor. ¡He ahí lo que yo soy y lo que quiero ser!