10 septiembre 2011

Lola y Ton...La verdadera historia. (IX)


…Entré en la cabaña donde ella dormía. Tenía que hablar con Lola, sentirla, tocarla…definitivamente quería recuperarla. Desde que me dejó, en mi se agolpaban toda clase de dopaminas, endorfinas...todo eso tan pegajoso que hace que deseemos enfermizamente a otra persona,  y no sólo sexualmente. Allí estaba, tumbada en un camastro de madera en la penumbra  de la chozuela, solo alumbrada por la tenue luz de una lámpara de gas Coleman. Subí la intensidad de la llama.  La choza tenía el cálido ambiente de los lugares que Lola ocupaba.
Bajo una frente límpida, enmarcados por los arcos simétricos de oscuras cejas de tonalidad natural, resaltaban, llenos de vida unos hermosos ojos color esmeralda sombreados por largas pestañas. El negligé que lucía era negro como el alma del ángel caído y muy poco recatado como pudieran exigir las circunstancias. Lo que la liviana indumentaria pretendía ocultar era, sin embargo, de todo punto encantador. Sus senos atirantaban provocativamente la seda de la prenda. El conjunto de este examen lo realicé en no más tiempo que los dos segundos precisos que necesite para  sentarme a su lado. Dudo que ella percibiera cambio alguno en mi expresión. Pero de lo que estaba seguro es que, de haber adivinado las cosas que en aquel momento me venían a la imaginación, me habría echado a patadas.
 -Lola cariño, tenemos que  hablar.
 La perplejidad y la sorpresa pusieron una arruga en su delicada frente.
 -¿Hablar?  ¿Hablar de qué?-preguntó extrañada al tiempo que se incorporaba-.
 Cruzó las piernas e inclino el cuerpo hacia delante para coger un cigarrillo del paquete que había encima de una gran mochila cerca del catre. Cada gesto suyo, cada uno de sus ademanes emanaban sensualidad.
 -De nosotros…por ejemplo-contesté-.
 El aliento parecía haberse detenido un instante en su garganta.  Se recostó en la cama y envió un anillo de humo al techo de paja.
 -Ya lo hablamos todo… ¿o no lo recuerdas?
 Modifico su posición, deslizando las piernas bajo el cuerpo al tiempo que se volvía para quedar frente a mí. A todo eso el negligé se le había deslizado y ella no se apresuró en cubrirse de nuevo, permitiendo deliberadamente que mis ojos se clavasen en el espectáculo de sus pechos encantadores. Todo ello me hizo sentir seca la boca.
 -¿Qué quieres, que volvamos a intentarlo? ¿Destrozar un matrimonio no fue suficiente para ti?
-Eh… la práctica lleva a la perfección-dije con una sonrisa-.
-Sí,  pero no significa que estés listo para volver a intentarlo.
-Y tú no has dejado nunca de recordármelo Lola.
-Sabes, dudo mucho que escuches esto,  pero al menos lo intentare. Estar casado no exige solo capacidad sexual y emocional,  también responsabilidad.
-Entiendo Lola.
-No lo entiendes ton… mira, no solo eres responsable de las decisiones buenas, tienes que serlo también de las malas…  estar listo para asumirlas, y eso solo se consigue siendo una persona madura. Yo esperaba a un hombre que fuera capaz de aceptar todas las responsabilidades del matrimonio.
-¿Por qué crees que no lo estoy?
-Porque eres  tan bueno que te crees el mejor. No ha habido nada que no hayas podido superar, tu estas acostumbrada a ganar…y no se madura ni se es el mejor, hasta que se ha perdido.
-Ya he perdido…te he perdido a ti, Lola.
 Ignoro si lo hizo intencionadamente o no, pero lo cierto es que se levantó y se detuvo un instante ante la lámpara de gas, dejándome precisar su silueta y lo que la cubría, el negligé, nada más.
 -¡Así es!… pero tú no te lo acabas de creer. Tu ego no está preparado todavía para la derrota…Cuando lo hagas, habrás madurado y entonces sí que estarás preparado.
 El espectáculo que ofrecía, mal cubierta por la prenda de seda transparente, no me dejaba concentrarme.
 -¿Y qué me dices de ti y tu solipsismo? ¿Estás preparada para dejar de lado las emanaciones de tu mente y dejarme vivir como yo quiero vivir, y no como tú quieres que yo viva? Uno recibe aquello que previamente ha sembrado, Lola. Y, créeme, por lo que tú está dispuesta a sembrar, yo soy lo mejor que hay disponible.
 A Lola no le gustó mi sonrisa. La puso nerviosa y eso la irritó. Para terminar de empeorar las cosas, en su mirada se notaba que no podía negar que además se sentía físicamente atraída por mí.
 -Muy bien, Ton. Seré franca y te diré que tú no eres lo que esperaba cuando me casé contigo-remató sentándose en el borde del camastro-..
-Casi nunca soy lo que la gente espera. Por algún motivo, siempre parecen sorprenderse.
-No me extraña —dijo ella con otro tono de voz más suave—. Bueno, pues, como parece que tendremos que soportarnos un tiempo, tengo intención de darte una nueva oportunidad. Como tú mismo has dicho, parece que uno recibe aquello que previamente ha sembrado.
 La miré divertido y sorprendido, suspiré, y dije:
 -¿De verdad?
-¡Maldita sea, Ton! ¿Lo ves? No te tomas nada en serio-replicó abarcándome con una mirada incendiaria de sus bellos ojos color esmeralda- .
 Entonces reparé en su boca, túrgida, humedecida y provocadora. Su escueta vestimenta se había escurrido nuevamente. Había resbalado sobre un hombro, dando lugar a un curioso contraste de la tostada piel trigueña y el negro del   negligé. Con ávida mirada recorrí aquel cuerpo de locura. Visiblemente no ponía mucho empeño en cubrirse.  Deliberadamente entreabrió las piernas  y se desperezó, como un gato grande, dejando que la luz esclareciese su preciosa figura. Yo francamente no soy más que un ser humano.  La cogí por la cintura y la atraje a mí. La miré a los ojos y ella me ofreció la boca. No extrañará pues que accediese a besarla  sin apartar el cuello a las caricias de una mano seductora. Era tan cálido el abrazo como el contacto de sus labios. Lola se estremeció y pude comprender entonces por qué la amaba tanto. Era una mujer capaz de hacer temblar los cimientos del Partenón, con solo una mirada.
Entonces se separó de mí,  me cogió la mano, me llevó a la puerta, me dio un beso en la punta de la nariz, y me dijo:
 -Hasta mañana Ton.
 Yo esperaba recibir algo más, quería pasar de los recuerdos a la locura,  ya me entienden ustedes…un final  de velada diferente, pero Lola me engañó, nuevamente, y lo que recibí por el contrario fue una especie de deja vu a modo de cariñoso adiós.

(Continuará…)

06 septiembre 2011

Lola y Ton...La verdadera historia. (VIII)

…Pasamos la noche en el poblado de esa misteriosa tribu de indígenas. Para el mundo, no existían…Y casi mejor para ellos.  En el accidente perdimos nuestro equipaje, pero no mi teléfono móvil, y como solo estábamos a unas 120 millas marinas de Nassau, seguía teniendo cobertura. Llamé a Abdul que había llegado un día antes que nosotros a Nassau, con orden expresa de ocuparse de Rachid, el hijo colgado del jeque Abu Abdullah Muhammad Sidebeh,  y le pedí que se reuniera con nosotros en Orotava, y que me trajera todo el equipo necesario para la expedición. Si amigos, Abdul volvía a estar con nosotros. Debo confesar que no me fue difícil convencerle de que no denunciara a Lola por los cheques sin fondos. Únicamente tuve que prometerle que ya no trabajaría para ella, y que de nuevo estaría solo a mi servicio.

A las diez de la mañana oímos el motor de una avioneta.

-Creo que es Abdul-dije a Lola-. Vamos a la playa. Aterrizaran allí con toda seguridad -añadí-.

Efectivamente al llegar le vimos bajar del aparato junto a Rachid.

-¡Abdul qué alegría verte! Te sentirías huérfano sin mí, pero tranquilo, ahora soy nuevamente tu jefe… pero ante todo tu amigo.
-Gracias Tony pashá, el profeta Mahoma, las bendiciones y la paz sean con él, ha oído mis plegarias, y nos ha reunido de nuevo.
-Abdul, para sellar nuestra amistad te voy a pedir un favor.
-Lo que quieras Tony pashá. El profeta Mahoma, las bendiciones y…
-Sí sí sí -interrumpí yo-. Mira Abdul, se trata de Lola-dije señalándola-. Quiero que la perdones, y que olvides el asunto de los cheques devueltos. No fue culpa suya, ¿sabes?
-No
-¡Vamos Abdul! ¿No te han dicho nunca que cuando una mujer te da un cheque sin fondos es como el rocío de la mañana en primavera, es la promesa de hermosos días y la perspectiva de noches apasionadas?

Abdul frunció el seño, se rascó la cabeza, miró a Lola, me miró a mí, alzó la mirada al cielo, y después de unos segundos dijo:

-El profeta Mahoma, las bendiciones y la paz sean con él, me ha dicho que sea generoso... La perdono.
-¡Ooooh, gracias, gracias Abdul! -exclamó Lola colgándose de él para darle un par de besos-Sabía que me perdonarías. Te prometo que a partir de hoy vamos a trabajar de igual a igual.

Incliné ligeramente la cabeza, llevé mi mano a la boca para disimular una risita traidora, y murmullé para mí:

-Jeje, pobre Abdul…ya verás cuando tenga que llevar algo pesado…
-Qué has dicho, Ton? –Me preguntó alegremente, al no haber entendido mi murmullo-.
-Nada cielo…Solo decía, que era una hermosa mañana…el calor algo pesado…pero llevadero. Bien, vámonos ya, hay que preparar la ascensión al volcán. Saldremos esta tarde.
-Ton, ¿no te olvidas de algo?
-Creo que no, ¿Por qué?
-¿Me podrías decir quién es ese palurdo con carita de nardo que está sentado en la arena, con una madeja de pelo por cabellera, y los ojos entornados?
-Ah,  perdón… este es Rachid, el hijo del jeque Abu Abdullah Muhammad Sidebeh  –dije señalándole. Y viendo como le estás mirando, creo que estás hecha para tener hijos. Normalmente no suelo hacer cumplidos, pero creo que eres una madre nata.
-¡Déjate de tonterías!… Y dime listillo, ¿crees que será capaz de cargar con su propio cuerpo?

En ese momento, Rachid que por fin volvía lenta y duramente a la realidad, miró a la derecha, luego a la izquierda y balbuceó:

-Esto es una isla, hay agua por todas partes….y palmeras.
-¡Este chico es un genio! -Dije mirando a Lola-.
-Oooh,  -murmulló agarrándose la cabeza-, recuerdo a mi padre entrando con un hombre. ¡Mi padre! –Exclamó-. eso fue idea suya, ¿verdad? Claro, un paseo en avión para despejarme y sacudirme las telarañas. De acuerdo, la brisa marina ha surtido su efecto. Ahora ya podemos volver a mi palacio-remató levantándose titubeante-.
-Lo siento Rachid, estamos en una expedición sufragada por tu padre. Te quedaras con nosotros hasta el final.
-¿Hasta el final? Bueno, peores cosas ocurren. Un par de días fuera de casa no es para desesperarse.

Me miró esperando un gesto, o una respuesta afirmativa…pero no llegó. Solo le miré fijamente sin decir nada. Eso equivalía a un no, y el chico así lo entendió.

-¿Un par de semanas? –Preguntó temeroso, y esperando nuevamente una respuesta afirmativa-.

Seguí mirándole sin contestar.

-¿Un mes?... ¿Más de un mes?
-O dos… o tres, tal vez-repliqué finalmente-.
-Pero estaré hecho un viejo cuando regrese…un anciano arrugado por el sol y comido por los mosquitos. Llevadme a una cabaña para que pueda echarme y dormir.
-Ni cabaña, ni echarte… dormirás cuando te toque, y si quieres comer tendrás que ayudar-
-¿Ayudar? ¿Quiere decir...trabajar? ¡Eso es terrible! –gritó gesticulando y pateando la arena.
-Rachid, te retuerces como un animal enjaulado. Siendo aficionado a la marihuana deberías estar más calmado. Vas a cargar con esos paquetes-le dije serenamente señalando dos grandes bultos de color marrón que contenían provisiones-.
-¡Esos paquetes!  ¡Pero si nunca he cargado con nada! ¡Ni sé hacer nada!
-Rachid. Todo lo que tienes que hacer es observar a Abdul, y hacer lo mismo que él.
-No, me niego…no quiero cargar peso ninguno… nada -contestó plantándose con los brazos en jarra-.
-Mira  Rachid. No te hagas el hombre cuando eres solo un muchacho.  El que estés crecido no te vale conmigo, te llevo tres números en todo y soy un rato más duro. Así que carga esto, y no digas nada más hasta llegar a la cima de este maldito volcán-concluí señalando la cumbre de la montaña-.

Ya en el poblado, hablé con el jefe de la tribu para que me asignara a su mejor  guía para así poder encontrar el camino oculto entre la selva, y llegar al cráter del volcán, donde, según la leyenda, se encontraba el templo que cobijaba la otra mitad del medallón. Nos pusimos pronto de acuerdo. Yo le di el espejito de Lola, como prometido, y él me ofreció a su mejor guía.

- Tawe Piséh es quien os guiará-me dijo señalando a una hermosa muchacha que se acercaba a mí-.

La miré, y el corazón me dio un vuelco. Era una mujer muy alta de aire lánguido, piernas fuertes y largas. Sus hombros eran de una anchura insólita en una mujer. Su busto opulento y poderoso; con senos que parecían pedir libertad al ligero tejido que los ceñía. Iba envuelta en una tela rayada, guarnecida de flecos, pisando el suelo orgullosamente, con un ligero sonido metálico y un resplandor de salvajes ornamentos. Mantenía la cabeza erguida. Tenía los cabellos arreglados como una diosa egipcia, y negros como el cordobán. Llevaba anillos de bronce en los tobillos, pulseras de bronce hasta casi los codos, e innumerables collares de abalorios en el cuello, que brillaban y temblaban a cada paso que daba. La chica era preciosa y tenía unas piernas que valían un millón de euros y ningún inconveniente en mostrarlas. Su espléndida figura era capaz de hacerme evocar, cada vez que la miraba, las curvas de la carretera de Sant Feliu de Codinas. Por un instante el corazón parecía querer tocarme las amígdalas…pero lo disimulé lo mejor que pude.

Lola me escudriñó con una insistente mirada. La fijación en sus pupilas me hizo pensar que reflexionaba. Conocía bien aquellos atisbos suyos.

-Te apuesto un bocadillo contra una victoria del Barça en la Champions, que tiene las tetas operadas-me dijo con malvada envidia-.

Le enseñé los dientes intentando una sonrisa, y obviando su comentario, dije:

-Bien, pues creo que ya estamos todos… ¡En marcha pues!

Lola asintió con un parpadeo irónico.

Fue una subida larga y agobiante la que hicimos por esa montaña hasta alcanzar la cima donde terminaban los árboles. El sol estaba en lo más alto y comenzó a hacer mucho calor. Unos moscardones gordos zumbaban endiabladamente y no picaban sino que mordían… Y ahora todo eran rocas y escombros. Los largos zigzags que teníamos que ejecutar desprendían peñascos y piedras que rodaban y se reventaban montaña abajo, mientras la pendiente se empinaba más y más a medida que nos íbamos acercando a la cuchilla final, gris y amenazante, que se recortaba contra el azul, muy encima de nosotros. El acantilado de rocas no era difícil de escalar. Los nativos ya lo sabían. Se había cortado apoyos para los pies en la misma roca y había ocasionalmente clavos de hierro enterrados en ranuras. Pero a Lola y a mí nos habría sido imposible encontrar la ruta en las partes más difíciles y me felicité a mí mismo por decidir traer un guía…Bueno, una hermosa guía.  

En una ocasión, la mano de Lola que comprobaba un apoyo, hizo soltar un gran pedazo de roca, ya carcomido por los años,  y lo lanzó montaña abajo con gran ruido. El susto fue tan grande que toda ella se estremeció. De un salto agarré su mano y la sujeté fuertemente para evitar que el desequilibrio la hiciera caer. Sus manos estaban mojadas de sudor.  Contemplamos cómo el peñasco se estrellaba contra la línea de árboles, doscientos metros más abajo. Entonces me miró a los ojos, y yo también. De puro rubio su cabello parecía oro blanco. Eran tan suaves los bucles de aquella áurea cascada que uno sentía deseos de bañarse el rostro en sus hebras. Tuve la sensación de mirar a una diosa escandinava del mar. El calor era tal que la humedad  insoportable  de ese  terreno selvático había impregnado su fina camisa, pegándola a su cuerpo, y mostrando esos pechos redondos con el surco mamario impecablemente diseñado; esos pechos erguidos a la menor emoción, a la menor brisa; esos pechos que apetecen mordisquear; esos pezones sonrosados de vida, ahítos de vida…

-¿Qué miras? –Me preguntó incorporándose de nuevo al estrecho sendero, e interrumpiendo mi cascada de pensamientos adobados en testosterona-.
-Emm…Nada nena-contesté con la mejor de mis sonrisas-.

Luego miré a Tawe Piséh, y pregunté:

-¿Falta mucho?
-Cuando el sol se ponga, estaremos cerca de la cima, -contestó ella-.

Señaló a lo largo de la ladera  frondosa y de elevadas paredes.

-No hay pasto. Poca agua. Sólo los dioses suben hasta aquí-añadió-.

Dimos un rodeo a la montaña antes de la subida final hacia la cumbre. Los ojos cuidadosos de Tawe Piséh  observaron el ancho y la profundidad de las hendiduras. Yo también observé con cuidado la inclinación de la pendiente de roca. Si, casi era una caída a plomo. El cruce de la próxima subida no estaba muy preciso para poder seguir. Hacía calor, y tanto  Lola como Rachid parecían estar en las últimas. Decidí descansar un rato. Ordené a Tawe Piséh buscar un lugar para pasar la noche. Luego Saqué algo envuelto en papel de mi pequeña mochila. Lo desenvolví, mostrando un bocadillo con una salchicha, dura y arrugada. Se lo ofrecí a Lola. Ella lo miró con cara de asco…luego me fulminó con sus preciosos ojos verdes esmeraldas, y finalmente me dijo:

-Ton, es la última vez que me dejo engañar por ti. Estoy harta de moscardones, lagartos, mosquitos, arañas, y bocadillos momificados. Solo espero por tu bien, que si llegamos a la cima, encontremos el medallón…o te juro que…
-…”SI llegamos a la cima”, no,  cariño-la interrumpí-  CUANDO lleguemos a la cima-rematé con absoluta seguridad-.

 Si amigas y amigos…Lo sé…sé que muchos de ustedes  se preguntaran  como  me pude enamorar de una mujer tan egoísta materialista y altanera. ¿De dónde surgen las pasiones repentinas de un hombre por una mujer, las pasiones hondas, entrañables?  ¿De dónde? ¡Eh!..Difícil pregunta, ¿verdad?...  Bien, pues Nietzsche que era más inteligente que nosotros (por algo era alemán),  la contestó. Dijo que: “de lo que menos, de la sola sensualidad; pero cuando el hombre halla juntos, en una sola criatura, el desamparo, la debilidad y, a la vez, la altanería, en su interior es como si su alma quisiera desbordarse: queda conmovido y ofendido en un mismo instante. En ese punto brota la fuente del gran amor”.

(Continuará…)

04 septiembre 2011

Lola y Ton...La verdadera historia. (VII)



…Nos encontrábamos sobrevolando el océano. Concretamente el famoso triangulo de las Bermudas en dirección a la capital de las Bahamas: Nassau. Este se encuentra al oeste de la Florida. Un abismo en donde todo lo que conocemos se convierte en una interrogante. Ha tenido muchos nombres: el mar de los perdidos, el cementerio del atlántico, y el triangulo del diablo. El cielo estaba oscuro, y a poca distancia se divisaban unas nubes más negras que la antracita. La pequeña avioneta Cessna 208 Caravan estaba a 120 km alejada de la costa de Florida e iba hacia ellas.

-Radar Nassau, este es bonanza alfa 3, adelante…¡Mierda! ¿Donde estamos? –Preguntó nerviosa Lola que estaba pilotando el aparato y que miraba con ojos desorbitados los múltiples relojes del cuadro de control-. 

De repente el motor del avión dejó de funcionar. Atrapado como por una fuerza sobrenatural, se dirigía hacia las nubes de la tormenta a más de 9 000 metros de altura. 

-¿Todo va bien, Lola? -Pregunté inquieto-.
-Sí, solo que estamos perdiendo altura y no encuentro la forma de salir de esta corriente de aire frío… estoy perdida- gritó ella, pálida y sudorosa-.

Nos encontrábamos delante de la muerte,  cara a cara. Al frente estaba la única oportunidad de escapar, un pasillo estrecho, sin turbulencias, en medio de la tormenta, pero este se cerraba rápidamente.

-Deprisa allí-le indiqué con la mano, señalando la posible escapatoria- debemos apurarnos-añadí-.

Lola maniobró dentro del túnel de la tormenta pero lo que parecía una ruta de escape se convirtió en una trampa.

-No funciona nada...ni esto, ni esto -dijo señalando los distintos aparatos de navegación-… ¡nada! –Exclamó con desespero-.

La brújula giraba como una peonza, los instrumentos fallaban más que el neoliberalismo actual… Este avión pronto será una víctima más del triangulo de las bermudas –pensé para mí-.
-No controlo nada…estamos cayendo -gritó ella con angustia-.
La situación era desesperada, casi agónica…pero aún no estábamos muertos. Cogí los mandos del avión. Tiré con fuerza de ellos variando así la orientación y posición de la aeronave. El cabeceo era insoportable. Al girar la palanca de mando se produjo la deflexión diferencial de los alerones: al tiempo que el alerón de una de las alas subía, el alerón de la otra ala bajaba, siendo el ángulo de deflexión mortalmente desproporcional al grado de giro del eje transversal del aparato.  Finalmente conseguí hacerme con el control sobre el timón de dirección presionando desesperadamente los pedales, consiguiendo un movimiento de guiñada hacia la derecha. Esto provocó una deflexión del viento relativo (debido a la velocidad de vuelo del avión, se sobre entiende) hacia este lado, lo que causó una reacción que empujó el plano de deriva del aparato hacia la izquierda y,  el resultado fue un giro del morro a la derecha sobre el eje vertical de la avioneta. El tremendo viento lateral tendía a desviar el avión hacia la derecha de su ruta, pero pude corregir el efecto del mismo presionando el pedal izquierdo y girando la rueda del compensador de dirección hacia la izquierda. Finalmente salí del túnel de la tormenta, y vi a mi izquierda entre las nubes, el relieve fantasmagórico de una pequeña isla en medio de la nada. Solo puede ser Orotava -pensé para mí-. Sin motor ni timón de cola, decidí caer en movimiento de autorotación hasta encarar los últimos metros de caída. Sin los mandos primarios era la única solución. Luego, usando los secundario, flaps, slats y spoilers conseguiría modificar la sustentación, y entonces levantando el morro, provocaría el efecto de aerofreno necesario para mantener el aparato deflectado, corrigiendo su desviación para aterrizar con la panza del avión.
Lola seguía agarrada a su asiento, temblorosa y atemorizada, mirándome de reojo, supongo que rezando por el éxito de mi intervención. El plan era arriesgado, las maniobras inciertas, pero no tenía nada mejor que hacer en ese momento; no quería que este maldito avión fuera mi tumba. Solo quería intentar salvar el pellejo de Lola, y el mío…Y así lo hice.

 -¿Todo bien? -me preguntó nerviosa-.
-Sí, solo que seguimos perdiendo altura, vamos directos hacia aquella montaña, y no puedo sacar el tren de aterrizaje.
-¿Entonces que está bien?-inquirió gritando-.
-Pues que yo manejo los mandos.
-¡Dios mío! –exclamó ella-.

La avioneta chocó violentamente con su parte trasera sobre la única franja estrecha de playa apta para culminar el peligroso aterrizaje de emergencia, y después de arrastrarse durante más de 200 metros se detuvo, justo a cuatro palmos  de una inmensa roca granítica que se levantaba orgullosa y soberbia al final de esa lengua de arena blanca y hasta ahora virgen. 

-¡Bien! ¿Qué te ha parecido? –Pregunté sonriente, a Lola-.
-¿Dónde estoy? –repuso medio aturdida-.
-En una isla de las Bahamas. Creo que es Orotava. ¿Te ha gustado mi aterrizaje?
-Uff…Ahora sé que Dios existe -me contestó secándose el sudor de sus manos con un pañuelo blanco de encajes, poco apropiado para la ocasión-. …y debe llamarse como tú -añadió a regañadientes-. Y tú, ¿como te encuentras? -preguntó clavando sus hermosos ojos verdes en los míos-.
-Muy bien…relajado como un bebé. Al final me va a gustar esto de volar.

Luego se miró en un espejito que sacó de su chaleco multibolsillos,  para retocarse un poco. El pantalón tejano Levi’s Strauss realzaba su esbelta figura. Su melena de rizos rubios estaba recogida en una coleta sobre la nuca. Se observó nuevamente en el espejo. Quería que la encontrara sofisticada y eficiente-pensé para mí-.  O quizás solo pretendía demostrarme una fingida tranquilidad.

Me dirigí a la puerta para abrirla y poder salir. 

-Cerrada, debe de haberse bloqueado con el impacto-le dije mientras trasteaba la cerradura-.
-¡Vaya! –exclamó ella-. ¿Cómo vamos a salir? –Preguntó nerviosa-.
¿Tienes un broche, o una aguja de tricotar?-pregunté con mi habitual humor ante situaciones caóticas y comprometidas-.
-No.
-¿Un mazo tal vez?
-No.
-¿Un imperdible?
-No,  tampoco-replicó cabreada-.
-¿Una hebilla de sostén? –Seguí preguntando con ironía-.
-No llevo sujetador. ¡Pero tengo una horquilla de pelo si te sirve de algo! 

La miré pícaramente.

-Dime… ¿Por qué no llevas?
-¿El qué?
-Sujetador…
-¿Que por qué?-interrumpió, Lola-.
-Si… ¿Por qué?
-Porque con mi cuerpo hago lo que me da la gana… y no es el momento de hablar de eso, Ton. 
Yo, por mi parte seguía intentando forzar la puerta.
-Humm, vamos a ver, con un poco de suerte…abierto. Deprisa ha comenzado a arder… el avión va a explotar –dije cogiéndola del brazo para sacarla de la carlinga. 

Corrimos unos metros, nos echamos al suelo, y el aparato estalló en mil pedazos. 

-Gracias Ton.
-Bah, no ha sido nada-contesté-.
-Ha sido muy valiente tu acción... Pero ahora ¿qué vamos a hacer?

Lola no se había dado cuenta, pero la situación estaba a punto de complicarse todavía más.

-Ese es mi plan Lola, sencillo y eficaz. ¿Ves a esa tribu de salvajes que viene hacia nosotros?-dije señalando con el dedo índice de mi mano derecha-. 
Ella miró y gritó:
-¡Oooh, Dios mio,,, Ton! Son unos salvajes con plumas, y no parecen muy amistosos.
-Tranquila Lola…Intenta hablar con ellos, usa tus tretas femeninas, yo me ocuparé del resto,eh!
-¡Te has vuelto loco!… ¿Qué resto? –preguntó gritando y asustada-. 

Sonreí con mi habitual “savoir faire” y contesté:

-Es solo una broma, Lola…ponte detrás de mí, y déjame hablar.
-Ton, cariño… ¡Si tú no sabes ni inglés! 
La miré, sonreí nuevamente, y me acerqué al  más emplumado… parecía ser el jefe.
 -tat-chiwit puat-chi - jai-roon- chaang-khui- kin-wela - khit-ook - khit-thüng - khaad-jai- yaa-salop –dije con tono sereno-.
-Hay okat phom iik krang -replicó él seriamente-.
- waen-taa - tung-taao - nam-khaeng - rot-fay-faa - rot-tit - tahan-rüa - kaan-müang - khon-tat-süa –contesté  gesticulando-.
-Duang taa khong khun suaay maak –respondió inclinando la cabeza-.
-Bueno… ¡Todo arreglado! -dije mirando a Lola que seguía con la expresión de no creerse lo que estaba viendo-.
-¿Todo arreglado? –repitió anonadada-.
-¡Sí, claro! Quizás no sepa inglés, pero el mundo es muy diverso y cuantos más dialectos se conozcan, mejor.
-¿Pero que han dicho? -preguntó atónita-.
-Que tienes unos ojos preciosos y que nos ayudarán a subir la montaña a cambio de tu espejo que sobresale del bolsillo de tú chaleco.
-¡Jo,… No me lo puedo creer! Ahora va a resultar que tu afición a coleccionar todos los cursos en DVd’s de dialectos perdidos, de Planeta DeAgostini, nos va a servir de algo…¡Esto es increíble!

 Si amigos, Lola es así. Acabo de salvarla de estrellarse con una avioneta y de caer en manos de una tribu salvaje y primitiva, y encima hace burla de mi afición preferida: coleccionar fascículos y coleccionables de todo tipo. Enamorarse es siempre embarcarse en una aventura que las más de las veces termina en catástrofe. Cuando uno se enamora además de alguien como Lola, encima dirige el barco hacia aguas inexploradas e insondables. En fin, como aviso para navegantes; para aquellos que se estén adentrando en el mar de los romances con mujeres hermosas, pero egoístas, os diré una sola cosa: si caen en la trampa, tengan siempre preparado un plan B…y si es posible, también un plan C.

 (Continuará…)

Lola y Ton...La verdadera historia.(VI)


…El pez-escorpión habita en casi todos los mares del sur del mundo y la variedad "rescaza o escorpina" que se usa en la sopa de pescado pertenece a esta familia. El ejemplar que habita mi acuario, y que me tiene hipnotizado esta mañana,  alcanza solamente el tamaño de unos treinta centímetros y pesa tal vez ochocientos gramos. Es sin duda el pez más horrible de todo el mar, como si la naturaleza quisiera lanzar una advertencia. Es de un color gris café y moteado con una cabeza pesada, de aspecto de cuña áspera. Posee “cejas” carnudas y colgantes que caen sobre unos ojos rojos y rabiosos, además de una silueta cuya coloración y aspecto le proporcionan un mimetismo perfecto contra los arrecifes. Aunque se trata de un pez pequeño, su boca, armada de infinidad de dientes, es tan grande que puede tragarse enteros a la mayoría de los demás peces pequeños del arrecife. Sin embargo, su arma suprema se esconde en la aleta dorsal eréctil y llena de espinas, las primeras de las cuales actúan como agujas hipodérmicas al sólo contacto y están conectadas con glándulas de veneno que contienen suficiente cantidad de Tetrodo-toxin, como para matar a un hombre si alcanzan a rozarlo en un punto vulnerable -en una artería, por ejemplo, o sobre el corazón o en el vientre-. Estos peces constituyen el único verdadero peligro para el que gusta de nadar entre los arrecifes, mucho más peligrosos que la barracuda o el tiburón, porque confían supremamente en su mimetismo y armamento y no huyen ante nada, excepto al contacto directo de un pie o su acercamiento muy próximo. Aún así, solo nadan unos pocos metros, ayudados por aletas pectorales listadas y agresivas, para luego situarse otra vez a la expectativa sobre la arena donde toman la apariencia de un trozo grande de coral; o entre las rocas y algas marinas, donde virtualmente desaparecen. A este ejemplar mío, le puse de nombre “Hedge &Funds” y lo alimentaba con pececitos rojos, inocentes e indefensos. Creo que acerté con el nombre. Dejé de mirar el acuario y volví a lo que ahora me importaba.  Algo, en mi interior me hacía permanecer optimista. Ahora,  la batalla del ingenio y la deducción empezaba. Si este documento que tenía en mi mano era auténtico y lograba desentrañar el enigma, mi suerte cambiaría de forma espectacular-pensé para mí-.  Me puse de pie bruscamente, me dirigí al mueble del trago y me serví otro whisky con ginger, casi mitad y mitad. ¡Ya que ahora tenía la oportunidad, debía aprovecharla! El futuro era incierto y quizás no me reservaba muchas ocasiones como esta. Regresé a mi asiento y encendí mi cuarto cigarrillo del día. Consulté mi reloj. Eran las once y treinta de la mañana. Me quedé sentado, bebí y ordené mis pensamientos. Podría convertir esto en una historia larga o una historia corta; relatar cómo era el clima de la montaña del Tibidabo y la manera como perfumaban el aire, las flores y los pinos, o podía no hacerlo. Decidí decantarme por una historia corta e ir a lo importante.

Arriba, en aquel espacioso dormitorio de mi casa, rodeado de montones de documentos marrones y grises, desparramados sobre la cama, no había estado buscando nada en especial, solamente algunas pistas, de aquí y de allá, concentrándome en aquellos documentos identificados en rojo con el texto “Leyendas de la Atlántida” . No había muchos y se trataba en su mayoría de informes antiguos relacionados con el mito de esa ciudad-continente desaparecida. Los había revisado con interés muy especial. Y entonces, en una de esas carpetas, había encontrado un gran sobre solitario. El sobre contenía un mapa doblado. En seguida lo saqué. Era un viejo documento del siglo XVIII que me había regalado tiempo atrás mi buen amigo Marcelo; una antigua cartografía de una isla llamada Orotava, que despuntaba su atormentado relieve en medio del famoso triangulo de las Bermudas. Recuerdo que me lo regaló argumentando que algunos arqueólogos y caza tesoros llegaron a decir que era la punta del continente sumergido de la mítica Atlántida. Entonces puse el dedo sobre lo más llamativo del plano, el volcán Umowaka.  Estaba señalado como el refugio de los dioses y estaba situado en el extremo occidental de la isla; era el pico más alto de aquella conformación montañosa y deshabitada que llevaba por nombre Orotava. Y lo mejor de todo: esta isla era idéntica a la dibujada en el documento del jeque  Abu Abdullah Muhammad Sidebeh  En ese preciso momento, la lucecita que siempre permanecía en vigilia para alumbrarme en los momentos más oscuros y cuando más perdido estaba, me hizo recordar el signo jeroglífico grabado en la mitad del medallón: era un signo que representaba un volcán. ¡Lo tengo! –Exclamé para mí-,  el secreto reside en  ese maldito lugar, y  está a solo media hora en avioneta de la capital de las Bahamas: Nassau. Tengo que llamar a Lola, y comunicarle mi hallazgo -pensé inmediatamente-…y marqué su número.

-Lola, cariño, he encontrado algo –dije con alegría-.
-¿Qué es? –preguntó secamente-.
-¡No te lo vas a creer!
-¿Es un tesoro de mil millones de euros?  -Preguntó Lola con sarcasmo-.
-Un mapa, cielo.
-No me digas… ¿Un mapa de mil millones de euros?
-No… es una pista. Acabamos de dar un paso de gigante hacia la segunda parte del medallón.
-¿Entonces ese mapa no habla del tesoro?  -Preguntó ella, cortante.
-No, pero  nos llevará a él. Ahora ya sabemos dónde buscar, en una isla en el triangulo de las Bermudas, y el documento del Jeque Abu Abdullah Muhammad Sidebeh nos aportará el resto.

Oí a Lola toser  discretamente.

-¿El resto? -repitió  con fingida gentileza-.
-Si, el documento tiene leyendas y también claves. Solo tenemos que descifrarlas…
-Un momento, espera…te importaría explicarme cómo demonios vamos a descifrarlo!
-Muy fácil, en aquel documento hay unas cifras Otendor –repuse yo-.
-¡Ah, claro!...¿y eso que coño es? –Preguntó entre dientes-.
-Una clave… o clave criptográfica. Es una pieza de información que controla la operación de un algoritmo de criptografía. Habitualmente, esta información es una secuencia de números o  letras mediante la cual, en criptografía, se especifica la transformación del texto plano en texto cifrado, o viceversa…¿Entiendes?

Lola lanzó un silbido.

-Ton, permíteme  una pregunta…
-Si cariño.
-Dime una cosa. ¿Como sabes tú todo eso?
-Todos dominamos más de una materia…no creerás que mis habilidades se limitan únicamente a hundir empresas —respondí yo-.
-Humm…Y dime, ¿has pensado que todo eso puede ser solo una leyenda? –sugirió con tono desaprobador-.
-Sé que es algo real…no está solo en mi cabeza y mi corazón. Existe, Lola…y lo vamos a encontrar. Mi padre decía que : La fuerza de la vida no está en la convicción de las cosas o los hechos, sino en la perfecta infalibilidad de uno mismo para hacer posible lo improbable.
-Creo que ya sé de quién has heredado tu sentido de la certeza absoluta.
-No sé exactamente a que te refieres…
-Bueno,  tu estas seguro de que el tesoro existe al margen de lo que digan los demás…o los hechos.
-Si… pero no está solo en mi cabeza y mi corazón. Existe y lo noto tan cercano que lo huelo.
-Las personas no suelen hablar de ese modo ,¿lo sabes?
-Lo sé, pero yo no soy como el resto de la gente.
- Eso es una locura. ¿Has pensado en que hay que organizar una expedición a una isla deshabitada en medio del triangulo de las Bermudas?
-Tú descuida, Lola, yo me encargo de todo.
-Ton, solo espero que no te equivoques.
-Alguien dijo una vez que: “el que nunca ha cometido un error, probablemente nunca haya descubierto nada”.
-Lo dijo Samuel Smiles -replicó Lola-. También dijo que: “El entusiasmo es el poder de todas las grandes acciones”. Está claro que tú estás imbuido de su espíritu -remató con ironía-.

(Continuará…)