Volví la cabeza en dirección al sonido, era la
melodía de “Still got the blues” de Gary Moore acompañada de la
vibración de mi teléfono móvil. Mis ojos se abrieron. La luz que
entraba por la ventana me hirió, pero los mantuve abiertos. Por unos
instantes me sentí aturdido, intenté recordar donde estaba y percibí un
sabor ingrato en la boca; luego, lo cogí y miré el nombre del
llamante: Sin número. Tiré el teléfono sobre la mesita, dejándolo tocar
la melodía y me tapé la cabeza con la almohada. Nunca me han gustado
las llamadas de número desconocido. A los pocos segundos, sonó
nuevamente, insistente. Me levanté de la cama y me dirigí a la ventana.
Era un lunes lluvioso y triste como un inmenso sudario húmedo que
envolviera la tierra. Curioseé a través de ella algún tiempo,
contemplando los reflejos monótonos de la ciudad que empezaba a
despertar. Finalmente me dirigí a la mesita y contesté el maldito
teléfono:
-Diga, ¿quién me llama?
Al principio, no oí ningún ruido, pero, al rato, percibí el sonido de una respiración honda, jadeante.
-Diga.
-Le llama la policía, ¿donde está usted? preguntó una voz sutil y a la vez recia.
Me
quedé turbado, con los labios muy apretados y la garganta contraída,
por un instante creí que alguien me había propinado un golpe en la boca
del estómago, y entonces, cuando recobré el aliento, Llevé un pitillo a
mis labios y lo encendí.
-¿Me escucha usted? -dijo la voz misteriosa.
Está
claro que uno no tiene muchas ganas de hablar en momentos como éste y
pronuncié un lacónico "le escucho”, volví a decirlo y entonces una voz,
muy suave y gentil me preguntó nuevamente donde me encontraba.
-Estoy en el hotel Gran Plaza, ¿por qué? -Pregunté inquieto-.
-Un coche le recogerá en 5 minutos, espere en el hall.
-Pero por qué, ¿ha pasado algo? -dije nervioso-.
-Se lo explicaré cuando le recoja en el hotel.
Colgó
sin dejarme oportunidad de seguir preguntando. Lancé el teléfono sobre
la cama y aplasté la colilla de mi cigarrillo en el cenicero - qué
habrá pasado, pensé para mí-.Me vestí rápidamente, prescindiendo de la
deseada ducha reparadora, y bajé al hall. A los pocos minutos entraron
dos hombres jóvenes con ojos viejos, sagaces. Vestían con elegancia
discreta. Rostros fuliginosos, curtidos. Policías, desde luego,
encuadrados en la secreta, seguro. Cambiaron rápidas miradas entre sí
como si se preguntaran cuáles podrían ser mis intenciones. Entonces el
tipo más alto, con traje gris marino, se acercó, me mostró una placa y
me dijo:
—Creo no equivocarme. Nuestro coche está aparcado ahí fuera, sígame.
Me
puse a su lado y flanqueado por el otro salimos del hotel. Subimos al
coche y éste nos llevó al barrio de Pedrales. Luego, a la altura de la
Calle Santa Teresa, enfilamos la calle Platón hasta llegar a un
callejón sin salida. Allí otro coche y cuatro hombres esperaban. Me
hicieron bajar del automóvil, la verdad es que eran unos muchachos poco
simpáticos. Me cogieron del brazo y me llevaron ante el que parecía
ser el jefe. Este me preguntó si me sentía con fuerzas para identificar
el cuerpo de una mujer muerta, al final del oscuro y frio callejón.
La pregunta, tal como me la planteó, me hizo sonreír.
—Claro
que sí. Lo hago siempre antes de desayunar -contesté con ironía. ¿Me
van a decir qué coño pasa aquí? -añadí algo cabreado-.
Entonces me enseño un móvil, modelo Nokia C7, y me dijo:
-Hemos encontrado su número grabado en la memoria, el único número, por cierto. Por eso está usted aquí.
Clavé la mirada unos segundos en el teléfono, alargué el brazo y dije:
-Déjeme verlo.
No
me lo podía creer, era el mismo aparato que vi la noche anterior en
aquel local de la calle Ganduxer. El que me enseñó aquella chica
preciosa, Pamela.
-Donde está el cuerpo de la muchacha -pregunté muy serio.
-Allí-dijo señalando el fondo oscuro del callejón.
Le
devolví el teléfono, y sin decir nada me dirigí hacia un bulto en
posición fetal que estaba tapado con pedazos de cartones mohosos.
Aparté uno de ellos y la vi. Era ella, Pamela, la chica que conocí la
noche anterior en la barra de "La casita blanca". Pamela era la
bailarina principal. Cuando empezaba su número ya tenía al público como
loco. Se movía como los ángeles y el aurea que desprendía hubiera
redimido al mismísimo Lucifer, de estar éste presente. Muchos hombres
habían debido babear noches enteras por Pamela en aquella caverna del
pecado. Noches como esta pasada, en la que recuerdo tuve que respirar
hondo para tranquilizar mi corazón, sin éxito.
Entonces
encendí un cigarrillo y miré el cielo encapotado, moteado de manchas
oscuras y amenazantes. No podía quitármela de la cabeza, y siguiendo mi
instinto, di una vuelta más de tuerca a mí atormentada existencia y me
sumergí una vez más en los recuerdos. Como en un flash back
cinematográfico recordé como nos conocimos. Recordé la noche anterior,
gélida y negra, y como vagaba sin rumbo, buscando un último puerto en
el que dejar amarrado mis sentidos. Recordé como me sentía; como un
naufrago de un velero sin velas escudriñando el horizonte en busca de
una lengua de tierra donde saciar el ansia de seguir viviendo. El
antro que tenía más próximo se llamaba “La casita blanca”, un local
cuya atmósfera macerada por un irrespirable humo y vapor de alcohol,
cobijaba la bailarina más cautivadora del “Ensanche barcelonés”, y cuya
temperatura en su punto de inflexión era la del hierro candente. No lo
dudé ni un segundo, y con lentitud y seguridad entré. Me acerqué a la
barra, punto de anclaje para los náufragos de la loca esperanza, y pedí
un gin-tonic con tres cubitos, ni uno más, ni uno menos. Luego me giré
y dirigí la mirada al escenario, donde la vi. Movía su llamativo
cuerpo entre un bosque de velos multicolores que caían desde un cielo
artificial moteado de estrellas destellantes que formaban la decoración
del pequeño escenario. Recuerdo que me estremecí y palpité al
contemplarla. Mirarla bailar tan sensualmente era como ver la vida
extenderse, y la conciencia expandirse. Aquella mujer era lo más
semejante a una princesa Maya, y parecía tener la facultad de plegar el
espacio y el tiempo, es decir, de viajar a cualquier corazón yermo y
desolado sin necesidad de moverse. Esa divinidad era Nancy, también
conocida con el nombre de Pamela. Tenía unas piernas cálidas y bien
torneadas y una mirada inteligente que parecía desprender polvos
siderales. Recuerdo que en aquel momento sentí que mi corazón sufría
una presión atmosférica que bordeaba los límites permitidos para la
fisiología de cualquier ser corpóreo. De todas las mujeres que había
conocido, en la larga travesía de mi desierto emocional solo ella
mostraba el verdor de la vegetación y el brillo del agua propio del
Amazonas. Era como una pócima milagrosa e inesperada, y poseía un
magnetismo irresistible que no me hizo suponer que un destino terrible
se cernía sobre ella, ni que desde las tinieblas del deseo carnal,
empezaba a caer en un viaje sin retorno…en una noche eterna de frio
perpetuo.
Terminó su actuación y se
dirigió a la barra. Se sentó en uno de los taburetes y pidió un Whisky
con Red Bull al camarero negro con pinta de mandingo. Encendió un
cigarrillo, y a través de las delgadas gasas de humo que ascendían
parsimoniosas y cimbreantes hacia la tenue luz que coronaba su hermosa y
refulgente cabellera, me miró. Aquellos dos ojos de depredadora de la
noche habituados a traspasar la oscuridad me tenían apresado. Era como
si una fuerza poderosa e invisible me hubiera inmovilizado. Recuerdo
como primero me inspeccionó con fría brevedad. Sus ojos observaban con
mirada ambigua. Luego mutaron, empezaron a brillar, y me miraron
directamente, sin pestañear, con atención, como si quisiera traspasar
mi mente para saber que estaba pensando en ese preciso momento. Todo
eso duró muy poco…unos segundos…pero si se midiera por mi impresión,
transcurrió casi una eternidad…desde luego mucho más tiempo que el que
pasó realmente…
Entonces giró levemente sobre sí y con un gesto de sensualidad que nunca podré olvidar, me dijo:
-Me acompañas y charlamos un rato.
Cogí
mi copa, apagué el cigarrillo en el cenicero mal oliente repleto de
colillas, y me senté a su lado, rozando su cadera involuntariamente.
-¿Como te llamas? -me preguntó mientras recorría mi cuerpo con la mirada, en una lenta declinación.
Yo
la seguía mirando. Parecía envuelta en una especie de aura a la que
contribuía su exótica belleza. Una verdadera delicia para los sentidos
–pensé, mientras mis ojos chispeantes prendían la luz modelada por
aquel cuerpo hermoso-. Saboreé su perfección durante unos segundos
antes de contestar. Quería grabar aquel lienzo iluminado en mi memoria
para siempre. Era cobriza clara, con una melena brillante y exuberante
que resplandecía como el pelaje de un felino. Mis ojos se detuvieron en
la suave curva de sus senos, que el amplio escote dejaba casi al
descubierto. Los dorados pechos marciales de aquella mujer no cesaban
de mirarme con descaro, y sus ojos de color miel, rutilantes y rodeados
por oscuras y largas pestañas negras, me miraban con mayor fijeza si
cabe, y debo reconocer, que aquella efervescencia de sensualidad que
escapaba avivada y deliberadamente de sus rojos labios húmedos y
carnosos, llegó casi a turbarme.
-¿Tiene importancia? -contesté.
Ella no hizo ni caso. Seguramente porque mi nombre, como yo pensaba, le importaba un bledo.
-Ves esto-me dijo señalando sus piernas ligeramente entreabiertas.
Sorprendido,
bajé la mirada, y las miré. Eran preciosas, como las columnas jónicas
que siempre pensé debían sostener el frontispicio de la puerta de
entrada al paraíso. Luego, levanté la vista, clavé mis ojos en los
suyos, y un sudor ardiente me recorrió de arriba abajo.
-
Hace frío fuera, mete la mano y calientalas-me dijo manteniendo el
pulso de mi mirada, sin permitir tan solo un pestañeo de sus párpados
pintados de argéntea purpurina.
Menudo
comienzo-pensé para mis adentros-. Un comienzo es un tiempo muy
delicado, y solo el conocimiento puede tener el poder suficiente para
controlar los instintos. Mi instinto me decía que metiera la mano. Pero
sabía que si lo hacía, moriría de pasión. Dicen que el ser humano
puede resistir cualquier dolor, si éste está localizado, pero yo
estaba a punto de explotar, esa es la verdad. También sabía sin embargo
que era una prueba que tenía que superar. Si no, sería enteramente
suyo, hasta el punto de controlarme por completo. Yo ya había conocido
en mi pasado reciente los efectos devastadores que una mujer de esas
características podía producir en un corazón convaleciente. Ninguna
criatura terrenal había soportado tanto como yo. Entonces, en un giro
inesperado del destino, sonó la melodía de mi teléfono móvil “Still got
the blues” de Gary Moore. Ella me miró y sin darme tiempo a
reaccionar, se deslizó del taburete con una sensualidad que nunca
había ni imaginado, y dijo:
-Espérame, ahora vuelvo…
A los dos minutos estaba frente a mí nuevamente. Tenía en su mano un móvil Nokia C7, nuevo, resplandeciente, y me dijo:
-Me
lo han regalado el otro día, el cliente estaba sin blanca y me pagó
con esto. Está vacío y me gustaría que me grabaras la melodía que acabo
de oír, es preciosa.
-Es “Still got the blues” de Gary Moore-le dije-.
-No sé quién es, pero me gusta, ¿me la grabas, por favor?
-Claro, configúralo en Blutooth y te la paso -dije yo sencillamente-.
En ese momento vi como un velo de inquietud y ansiedad empañaba sus ojos.
-Toma-me dijo poniendo su móvil en mi mano- nunca llevo las gafas para trabajar y no veo bien las letras pequeñas del teléfono.
Su respuesta me extrañó, sus ojos no eran de miope, y tampoco vi señales de gafas en su preciosa nariz.
-Muy bien, no te preocupes, ya lo hago yo.
Cogí
su teléfono, lo configuré, y me di cuenta que estaba efectivamente
completamente vacío, ni un solo contacto, ni una sola imagen, ni una
sola canción. Me chocó.
-¿Quieres que te agregue algo más?
-Sí, tu número de teléfono, y más música si tienes.
Le di mi tarjeta donde constaba mi teléfono, quería comprobar algo, y le dije:
-Toma, ahí está mi número y dirección, guárdala y ya lo anotarás más tarde.
No miró la tarjeta, ni hizo el ademán de cogerla.
-No, grábalo tú mismo por favor.
Clavé la mirada, un poco sorprendido, en sus hermosos ojos unos segundos y le dije:
-¿Cómo te llamas?
-Nancy, pero aquí en “La casita blanca” me llamo Pamela.
- Pamela... mírame a los ojos fijamente y dime una cosa: ¿no sabes leer, verdad?
Apartó sus ojos de mí.
-No, pero no lo sabe nadie, y quiero que siga así…tampoco creo que le importe a la gente que viene aquí.
Dijo esto con una nota de amargura, suave y triste a la vez.
-A
mi me importa- dije cogiendo su mano tiernamente, al tiempo que
encendía un cigarrillo y observaba cómo las volutas de humo ascendían
hasta el techo y se desvanecían-.
Pamela por su parte no apartó la vista de mí y sonrió tristemente, pero sonrió.
-La
verdad es que me avergüenzo de mí misma. He sido una desdichada toda
mi vida y, además, nunca he ido a la escuela. Pensarás que soy una
analfabeta, y no te censuro, pero me defiendo bien como soy. La vida no
ha sido fácil para mí, y por mucho que te dijese, jamás me creerías,
pero sigo adelante, y pienso seguir si Dios me ayuda.
Esa
chica me fascinaba. De noche y desde aquí todo parecía tan diferente.
Resultaba tan misterioso y a la vez tan luminoso. Y sin embargo yo
seguía en la oscuridad más absoluta en todo lo tocante a esa chica.
Pero le veía algo diferente a las demás, algo que no sabría explicar…
ella era otra cosa. No era una copia más. Ella era como sirio, la
estrella más brillante del Universo conocido. Veinte veces más
brillante que nuestro sol. También como sirio, ella parecía ser en
realidad un sistema estelar binario compuesto de dos estrellas que
orbitaban mutuamente alrededor de un Yo común. Y esto, creo, es lo que
me atraía de ella, casi de forma obsesiva. Esa dualidad. Esa
plasticidad mental y emocional que le permitía ser engañosamente feliz.
Aristóteles dijo que la felicidad es un hábito, o el resultado de
varios hábitos. Yo sabía que ella no sabía quién era Aristóteles, ni lo
había leído nunca, pero cuanto habría aprendido él, de conocer a esa
chica.
Entonces, en un giro
espectacular, para retornar supongo al principio de su acercamiento a
mí, su rostro mutó, sonrió como una niña traviesa y danzándole los ojos
adoptó una postura como jamás habría imaginado ni el mejor de los
dibujantes eróticos. Era una Circe, una bruja tentadora, la imagen viva
de la voluptuosidad, una figura de mármol caliente cuya contemplación
sólo les estaba reservada a los dioses. El borde del vestido había
ascendido rápidamente, permitiendo que las redondeces bajo el vaporoso
vestido adoptasen una simetría mágica, terminando en la súbita tersura
de sus muslos cobrizos. Dije entonces:
-Cuando quieras, yo te enseño a leer y escribir.
Me
miró, con aquella mirada profunda suya, parecía una niña, una
hermosísima niña que hubiese crecido demasiado y alcanzado las formas
opulentas de una mujer, pero que lo seguía siendo, con su sonrisa
maliciosa y traviesa. Su boca seguía siendo una cosa húmeda,
deliciosamente roja, firme, y, sin embargo, pronta a vibrar como un
diapasón en el instante que fuera tocado. Me envió un beso y me dijo,
sonriente:
-Si, ¿lo harás? Me encantaría.
Encendió
dos pitillos al mismo tiempo e introdujo uno en mi boca. Sabía a
carmín de labios, y no me desagradaba el gusto. Habría querido
saborearlo de nuevo, pero esta vez en su propia fuente. Nos cogimos de
la mano, como novios o amantes, o como si nos hubiéramos conocido toda
la vida, y nos pusimos a conversar como la cosa más natural del mundo.
Luego me despedí, y quedé en llamarla al día siguiente.
Y
aquí me encontraba, en el día siguiente, delante de un cuerpo inerte,
rígido y frio. Su cuerpo. Ese cuerpo que solo unas horas antes había
hecho babear a muchos náufragos de la noche, y que a mí me había hecho
soñar.
Me giré, miré al policía y le
expliqué la historia. Toda la historia tal como la recordaba, y hasta
el momento en que me despedí de ella, ya de madrugada, en aquel local
llamado “La casita blanca”. El me escuchó. Todo se redujo a un simple
monologo. Cuando terminé, le pregunté de qué había muerto, y él me
contestó:
-De
lo que suelen morir todas esas chicas: Cocaína y tristeza. Ah, por
cierto, la hemos encontrado con los auriculares de su móvil puestos y
escuchando la única canción que tenía: Still got the blues, de Gary
Moore. Por lo menos murió acompañada...de música.
02 marzo 2012
29 febrero 2012
Todo empezó con una manzana.
Puede
que vivamos en un universo con más dimensiones de las que alcanzamos a
ver. El Universo es mucho más extraño de lo que nos imaginamos. Hoy en
día la teoría armonizadora se ha convertido en la quimera de la física
moderna. Según la teoría de cuerdas, podríamos estar viviendo en un
universo donde la realidad coincide con la ciencia ficción. Un mundo de
11 dimensiones con universos paralelos muy cercanos.
Ahora bien:
¿Qué nos hace pensar que podemos comprender la complejidad del universo y
podamos resumirlo en una teoría para todo? ¿Nada verdad? Pues yo voy a
intentar explicarles cómo funciona; no es fácil pero lo voy a intentar.
Tenemos R mi Ni menos un medio de g mi Ni R (ya saben cómo va esto) igual a 8 Pi GT.
¿Y como lo obtenemos me preguntarán ustedes? ¿Porque me lo iban a preguntar, no?
Muy
simple: variando la acción de Einstein y Gilbert y dando con las
ecuaciones necesarias para este período. ¿Se acuerdan como se llama
esto? No, no es la curvatura escalar. Esto es el tensor de Richie. ¿Es
que no lo han estudiado? Está visto que por mucho que lo intente no
puedo enseñar a incultos. Vuestros cerebros no son capaces de
entenderlo. ¿Como van a ser ustedes capaces de comprender las complejas
leyes del Universo? La física moderna asegura que sí, pero veo que no.
Visto lo visto, voy a recoger yo solo el testigo que Einstein nos legó
en su búsqueda de la unificación. ¿Qué no saben que es la unificación?
¿Pero saben ustedes algo? Ya veo que no. La Unificación supone formular
una ley que una todo lo que conocemos en este universo, a partir de una
sola idea…una ecuación única. Y creo que dicha ecuación puede existir.
¿Y por qué dirán ustedes? Pues porque en el transcurso de los últimos
200 años nuestros conocimientos acerca del universo nos han aportado
toda una serie de explicaciones que apuntan en la misma dirección. Todas
parecen converger en un único y valioso concepto que aun estamos
buscando. La unificación es la clave. Supone nuestro objetivo.
No perdamos más tiempo y vayamos al meollo.
20 febrero 2012
Una tarde de domingo.
…Ayer domingo me ocurrió algo curioso (Ya saben ustedes que cuando comienzo una nota o un comentario con esas palabras es que lo que voy a relatar es cierto). Estaba en lo mejor de mi alegre siesta dominical cuando sonó el carillón de la puerta. Me sobresalté, esa es la verdad, porque no tenía prevista ninguna visita. Bueno - pensé para mí- eso solo puede ser el capullo de Josep (ese que se acostó con la segunda mejor amiga de su ya ex mujer. Creo que lo he comentado alguna vez). Estará cabreado porque no le dejé el coche y vendrá a darme la murga - volví a pensar para mis adentros-. Sí queridos amigos cuando ese merluzo no se sale con la suya me suele visitar para echármelo en cara. Me dirigí a la puerta con celeridad, pasando primero por la cocina para mirar la nevera. ¿Para qué se preguntarán ustedes? Muy simple: para esconder las cuatro latas de cerveza que quedaban. No… no es que sea un mal amigo, o un mal anfitrión, que va, solo que cuando Josep está cabreado, es mejor abreviar su visita, y si no hay cerveza, eso ayuda bastante. Abrí, y con la mejor de mis sonrisas le dije:
-¡Qué hay…no te esperaba!
Entró sin mirarme y, como imaginaba, se metió en la cocina y abrió la nevera.
-¿Joder, no hay cervezas?
-Pues creo que no, pero…
Tampoco me escuchó, salió de la cocina y se metió al salón. Abrió el mueble bar y se sirvió una copa de Whisky, luego finalmente me miró y dijo:
-Por tu culpa Ton… ¡Por tu culpa mi cita de ayer fue una mierda! Yo sabía que no podía presentarme con mi Seat Ibiza, y tú también lo sabías. Pero te dio igual. Claro, tu coche es sagrado, nadie lo toca, solo tú, ¿eh?
-Venga siéntate y cuéntame. ¿Qué pasó?
-¡Y una leche te voy a contar yo a ti! ¡Ya te puedes imaginar lo que pasó! Pasó lo que tenía que pasar, que me mandó a paseo, y eso antes de poder follar con ella ¿Vamos a ver Ton, cuantos años hace que nos conocemos?
-Diez años-dije yo- fue lo que me dijiste tú el otro día. ¿Por qué?
-Y dime, ¿desde que nos conocemos te he fallado yo en algo?
Me quedé mudo. Sí, ya sé que no está bien quedarse mudo ante semejante pregunta. Pero enmudecí.
- ¡Venga, contéstame! -Exclamó él-.
En ese momento diez mil imágenes pasaron a la velocidad de la luz por mi red neuronal, y como en un flash back cinematográfico, mi visión se distorsionó, me encontré sin yo quererlo en un bucle espacio-temporal ondulante y, al mismo tiempo, acompañado de una música de un instrumento musical que identifiqué como el de una lira. Sí queridos lectores y también amigos, ya sé que es preocupante, pero lo realmente inquietante fue volver a visualizar el momento del encuentro. Fue terrible. A veces es mejor olvidar el pasado, créanme. Pero vayamos al grano sin perder más tiempo. Les voy a hacer participes de ese momento antológico ya que personalmente creo que se lo debo a ustedes, y de ese modo podrán juzgar.
El momento “sublime” de nuestro encuentro. No, no se vayan ustedes, no es muy largo, y servirá para que me comprendan…
… ¿Como empieza una pesadilla? Para mí al regresar de un viaje de trabajo, una mañana de un martes perdido ya en el tiempo, mientras buscaba un informe de la cámara de comercio, que nunca encontré. Todo empezó con la lectura de un e-mail que invitaba a una taza de café caliente. Pero estaba redactado en inglés, y yo demasiado cansado para traducirlo. Así que me lo salté y pasé al siguiente. Era de un agente de Import-Export con contactos en China que me pedía una entrevista para hablar de un tema que me podía interesar. Lo firmaba un tal Josep Capdevànols i Masdecavall. Le llamé y quedamos para vernos. Él eligió el lugar del encuentro: un restaurante chino en la avenida de Aragón. En los siguientes años, arrepentido y pesaroso regresé a ese punto de partida para intentar rectificar, muchas veces. No funcionó.
Llegué puntual, a las 14 horas. El lugar parecía tranquilo y poco concurrido. Eché una rápida mirada buscando la referencia que él me había dado para facilitar la identificación: un crisantemo en el ojal. Efectivamente, ya sé que ese detalle de por sí me tendría que haber alertado, pero yo por entonces era todavía muy cándido. Fui inspeccionando los clientes uno a uno. Todos parecían normales, ninguno llevaba un crisantemo. Entonces mi mirada se detuvo en una figura sentada cerca de una gran palmera decorativa. No me lo podía creer. Vestía un traje de lino blanco, camisa burdeos, zapatos de charol bicolor, blanco y negro, y lo que me llamó más la atención, calcetines de colores distintos: uno rojo, y el otro verde. Puede que sea la moda, pensé para mí, pero como canta el pájaro ese. Y fue en ese momento, al subir la vista, que lo vi. Vi el crisantemo en su ojal. Lo sé amigos. Sé que en ese instante debí salir corriendo…pero no lo hice. ¿Y por qué se preguntaran algunos de ustedes? Yo mismo llevo diez años haciéndome esa pregunta. No tengo ni idea, de verdad. Seguramente pensé que ya que estaba allí, debía rematar el asunto, la cuestión es que me acerqué a él y dije:
-¿El señor Josep Capdevànols i Masdecavall…..?
-Sí, yo mismo-contestó sonriendo. ¿Buena idea verdad?
-¿Cómo? Pregunté todavía aturdido por cómo iba vestido ese individuo.
-¡El crisantemo! Dijo señalándolo.
-Ah sí…muy buena idea. Sin él no le hubiera reconocido-repliqué yo con tímida ironía.
-Pero siéntese-dijo al mismo tiempo que con un gesto llamaba al camarero chino. Voy a pedir la carta. ¿Sabe usted chino?
-No, lo siento, no lo hablo.
-No se preocupe, yo sí.
El camarero chino se acercó, y entonces él le dijo:
-¡Xin bao!
-Jomí pantón-contestó el camarero.
-¡Xin bao! -repitió él.
-Jomí pantón-replicó de nuevo el chino, y añadió ¿No habla usted español?
-Sí por supuesto, ¿pero no entiende cuando hablo chino? preguntó él sorprendido.
-Es que Usted habla cantonés, y yo solo mandarín -contestó el camarero
-Ah, bueno. Tráiganos la carta por favor.
Yo le miré desconcertado, confundido, y le pregunté:
-¿Donde aprendió usted el chino?
-En la cama…-me contestó-.
La copa de agua que estaba en mis manos y a punto de llegar a mis labios retembló y derramé parte de líquido sobre el mantel.
-Mientras dormía -añadió él, supongo que para tranquilizarme-. Por hipnotismo. Por el método de la subconsciencia…Ya sabe… Cd’s, todo tipo de material audiovisual…y todas esas cosas. Pero desafortunadamente escogí el otro lado del Cd.
-Ya entiendo ¿De modo que escogió el lado del Cantonés?
-Exactamente, el de atrás. Bueno, ¿qué le parece si empezamos a hablar de negocios?
En fin queridos amigos, lo acaban de ver, no es necesario que reproduzca toda la conversación, tiempo habrá, pero sepan que así fue como le conocí. Y como dijo alguien de cuyo nombre no me acuerdo: Hay tres clases de amigos: unos buenos, otros malos, y otros, en fin, que no son ni lo uno ni lo otro. Deben ustedes procurar la amistad de los primeros; ganaran mucho huyendo completamente de los segundos; en cuanto a los últimos, tratadles cuando les sea completamente necesario, evitando sobre todo quedar con ellos en un restaurante chino.
18 febrero 2012
La verdad...con las mujeres.
...Hoy me ha pasado algo divertido (ya saben que cuando empiezo una nota o un comentario con esas palabras es que lo que voy a relatar es cierto y verídico). Estaba desayunando unos molletes con manteca colará en el bar de manolo, cuando vibró mi teléfono móvil (Sí, lo tengo con vibrador, lo prefiero a la música, es más excitante). Era mi amigo Josep (os recordaré que es el capullo que se folló a la segunda mejor amiga de su ya ex mujer), no podía ser otro, es único para ser inoportuno. Y no se crean ustedes que lo digo por decirlo, no, lo digo porque es la verdad. Hay gente en este mundo que tiene el don de la elocuencia, de la oratoria, otros el de la ubicuidad, Josep tiene el don de la inoportunidad. Pero ese no es el problema que hoy quiero comentar, ojalá, de lo que quiero hablarles es de la conversación mantenida con él. Ya verán que no tiene desperdicio. Bueno, ninguna conversación con mi amigo Josep tiene desperdicio. El desperdicio es él. Empecemos pues, y juzguen ustedes:
-Dime Josep, ¿qué te pasa? Estoy desayunando, lo digo para que seas breve.
-Hola Ton (Bueno por si no lo saben, Ton es como me llama mi ex y este capullo) ¿cómo estás?
-Bien, desayunando, ya te lo he dicho.
-Ya…Verás es que tengo que pedirte un favor…
-Al grano Josep, al grano.
-Sabes que el otro día conocí a una chica, ¿verdad?
-No, no la conociste, ella se enrolló contigo porque le mentiste y le dijiste que eras piloto de Air Europa, ¿o lo has olvidado?
-Pues por eso te llamo justamente. El rollete va viento en popa, resulta que he quedado con ella esta noche y quería pedirte algo.
-Si es que me quede con Drácula (Es su perro pequinés, realmente se llama Confucio pero yo le llamo Drácula, por los colmillos que sobresalen por encima de su morrito) ya sabes que no hay problema, hoy no salgo.
-No… bueno eso también, pero es otra cosa la que quiero pedirte.
-Josep, te recuerdo que estoy desayunando y…
-De acuerdo…de acuerdo iré directo. Necesito que me dejes tu coche.
-¿Qué pasa, que el tuyo está averiado?
-No, pero no me puedo presentar a la cita con mi Ibiza de segunda mano, ¿lo entiendes verdad? No olvides que ella se cree que soy piloto de Air Europa.
-¡Alto ahí! ¡Vamos a ver Josep, no puedes seguir así! No puedes seguir mintiendo a todas las mujeres que conoces.
-Coño, pues no es lo que me dijiste la otra noche en aquel local de la calle Aribau, o ya lo has olvidado, eh?
¡Este tío es idiota! (eso lo pensé para mi, aunque debería de habérselo dicho a viva voz)
-Vamos a ver capullo, la otra noche estábamos en el Pub 240 de la calle Aribau…y aquello es un…bueno, ya sabes lo que es, capullo. Allí todos mienten, empezando por las mujeres. Allí nada es lo que parece, ni el whisky. En esos sitios hay que mentir por necesidad, casi por obligación. ¿O te crees que la rubia de tetas siliconadas que te dijo: “Hola guapo, me invitas a un trago”, te lo dijo porque eres guapo? ¡Eres un merluzo Josep! ¿No comprendes que cuando te dije, allí, que mintieras hasta en el nombre lo hice como la excepción que confirma la regla? ¿Hay que explicártelo todo?
-Vale, vale…pero del coche que me dices… ¿me lo prestas?
-Escúchame mameluco, que me pones de los nervios. No puedes seguir mintiendo a las mujeres de esta manera tan burda e infantil. Así nunca podrás rehacer tu vida con nadie decente. Tienes que cambiar Josep. Vamos a ver, ¿cuantos años hace que nos conocemos?
-Creo que diez años, más o menos, ¿Por qué?
-¿Y en esos diez años no has aprendido nada? ¿No has visto como me comporto yo con el género femenino? ¿Me has oído alguna vez decirles que soy rico? No señor, al contrario. Siempre digo que soy pobre, y que tuve que estudiar de noche porque procedo de una familia desestructurada; que la vida ha sido cruel conmigo; que nadie me ha regalado nada y que mi mujer me dejó por un viejo asqueroso que tenía un yate.
-Sí, lo sé, pero es que tu follas igualmente, y yo tengo que mentir o no me como un roscón ¡joder!
-Ya estamos…follar, follar… ¿es que solo piensas en eso?
-¡Claro, cada cual piensa en lo que no tiene!
-Ay ay ay…ya no sé qué hacer contigo. ¿Como tengo que decirte que a las mujeres hay que respetarlas, y que no hay mayor respeto que no engañarlas? ¿Como tengo que decirte que una mujer fue la que te dio la vida, o lo has olvidado? Hay algo más sagrado que una madre, eh?
-Pues tú siempre dices que tu madre es una bruja y una mala pécora y…
-Vale vale vale… Tal vez el ejemplo no ha sido el más acertado, en mi caso, pero recuerda que las mujeres son como el Sol, el día que desaparezcan, ese día la humanidad se extinguirá. En fin que lo que quiero que comprendas es que lo mejor es que a esa chica le digas la verdad, que trabajas para comer, no por hobby, y que eso de ser piloto de Air Europa ha sido un lapsus. ¡Además mira que eres merluzo! ¿No podías haber escogido otra profesión? ¡Ja! Piloto de Air Europa… si tú lo más cerca que has estado de un avión fue el día que me recogiste al aeropuerto de El Prat. Mira que eres capullo. Tú hazme caso, deja de mentir y ves con la verdad por delante. ¡Blándela como si fuera un pendón!
-¿Un pendón?
-Sí ignorante… un pendón es un estandarte.
-Ah…
-Josep, dime una cosa… ¿conoces la famosa cita de Martin Niemöller?
-No, ¿por qué?
-Ya me lo imaginaba. Pues mira dijo más o menos eso: Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar. Pues a ti te puede pasar lo mismo como no cambies. Mientes a tu mujer; mientes a tus amantes; mientes a tus amigas; mientes a cualquier cosa que lleve falda…y para cuando quieras decir la verdad, ya no habrá nadie para escucharte. Oye, ¿sigues ahí? ¿Me has entendido? ¿Has comprendido lo que te quiero decir?
-Sí claro, tampoco soy tan tonto.
-¿Y lo harás?
-claro que sí, ya me conoces, siempre te hago caso… ¿pero me dejarás el coche esta noche?
17 febrero 2012
¿Las mujeres son todas iguales?
...Hoy me ha ocurrido algo curioso (Ya saben que cuando empiezo una nota, o un comentario, con esas palabras es que lo que voy a relatar es cierto y verídico). Los jueves, y hoy si no me equivoco es jueves, suelo ir a comer con mi amigo Josep (ya saben a quién me refiero, al que se folló a la segunda mejor amiga de su ya ex mujer), y normalmente hablamos de lo que más nos interesa (ya saben… El Cosmos, la Relatividad de Einstein, la teoría de la evolución de Charles Darwin, la teoría de cuerdas, y… de las mujeres). Como soy consciente (a veces me pasa eso…de ser consciente) de que si les hablo de Einstein, Darwin y física cuántica no me va a leer ni la “Choni”, he decido hablar de las mujeres. Vayamos pues al tema que nos ha tenido acalorado (eso...y el Rioja) a mi amigo y a mi durante la comida.
Él muy imbécil me decía:
-Las mujeres son todas iguales, unas brujas manipuladoras y egoístas.
Yo por el contrario defendía la teoría que corre por internet y todas las redes sociales, que no todas son iguales. Que algunas son de fiar y que además son más hermosas que nosotros, y eso ya de por sí es motivo de análisis, ¿no?
-Mira Josep –dije yo-, eres un resentido. Que tu mujer te haya dejado tirado de ese modo tan salvaje, sin tan siquiera darte la oportunidad de decirle “Cariño, no es lo que parece”, eso no te da derecho a acusar a todo el colectivo femenino. Dentro de ese colectivo hay mujeres sufridoras, entregadas, honradas, trabajadoras, solidarias, cariñosas y desprendidas, ¿sabes?
-Sí, como la tuya, ¿no? Esa que me llamó al poco de separarse de ti para decirme: “Ton es un hijo de puta, y tú Josep también por seguirle la corriente y taparle todo”.
-¿Eso te dijo la bruja aquella? ¿Y me lo dices ahora cabrón?
-Pero si te lo dije, ¿o no lo recuerdas? Pero no me creíste, estabas demasiado encoñado…y lo sigues estando.
-Ah, sí, es verdad. Pero no me cambies de tema, que te conozco. Aquí de lo que tratamos es de si las mujeres son todas unas brujas, o no…ese es el tema. Y yo defiendo que no todas lo son.
Sí, ya sé que poner a las mujeres en cuestión y llevarlas al cadalso es el sueño de todo hombre que se precie. Pero te has preguntado, ¿Por qué? ¿Por qué hay tantos hombres que disfrutan con eso? ¿Es porque quieren castigar así a la mujer que dicen llevamos dentro? ¿Acaso seguimos albergando el resentimiento en nuestros civilizados corazones? En el mío no, desde luego. ¿Pero es que no te das cuenta capullo que la diversión empieza cuando hay una mujer?
-Ton, que solo llevan veneno, y lo usan como nadie.
-Eso es solo machismo basado en tu poca inteligencia. Me explicaré. Ya sabes cuánto sé de historia, ¿verdad? Lo que dices es solo una reminiscencia del renacimiento. Entonces todas Las mujeres cocinaban y tenían a su disposición toda clase de veneno. Por eso lo dominan tanto ¡Escúchame y aprende, capullo! He venido a comer contigo para que cambie tu opinión sobre ellas. En cuanto a eso que dicen de mí de que siempre defiendo a las mujeres, a decir verdad, es mentira. Me gustan las mujeres, sí. Y procuro respetarlas y amarlas. A mí no me deprime eso. No creo que el mundo este poblado de brujas y psicóticas, porque no lo está. Más bien lo contrario. Está poblado con mujeres encantadoras como muchas que conozco. No obstante no quiero que pienses que siempre las defiendo, porque no es así. Y te diré algo más, incluso alguna de las brujas y psicóticas que conozco, también me parecen encantadoras. Me caen bien… y hasta me causan respeto, no por como son, eso no admite duda, pero sí por lo que hay en ellas de inteligente, de extraño, o de simpático. Porque todo el mundo tiene algo bueno, aunque solo sea un poco, créeme Josep. Y para terminar recuerdas estas bellas palabras de Jean Baptiste Alphonse Karr:”La mujer en el paraíso perdido, mordió el fruto del árbol de la ciencia diez minutos antes que el hombre; y ha mantenido después siempre estos diez minutos de ventaja.
16 febrero 2012
Armand Lagadère y la Mesa de salomon (II)
…Llevaba caminando unos minutos en dirección al hotel, cuando de repente, me pareció que me estaban siguiendo. No tenía evidencia alguna de ello, a no ser por mi fe ciega en mi instinto y mi sexto sentido, por lo que me paré de repente delante del escaparate que tenía a mi lado y miré hacia atrás como por casualidad, recorriendo con los ojos la calle. Nada, aparte de la mezcla de gente moviéndose sin prisas en las aceras, la mayoría por el mismo lado que yo, el lado que estaba protegido del sol. No percibí ningún movimiento repentino a mí alrededor, nadie se secó el sudor del rostro con el pañuelo para evitar ser reconocido, nadie se arrodilló para atarse los cordones de los zapatos. Examiné con naturalidad el escaparate, y continué caminando. Tras unos cuantos metros me detuve de nuevo. Todavía nada. Seguí y doblé la esquina, parándome después en el siguiente escaparate. Era una tienda de ropa interior femenina. Disimulando examiné las bragas de encaje negro de un maniquí particularmente realista. Luego miré a mi izquierda, a mi derecha, con aire despreocupado, pero observando con atención. Todo parecía normal. Volví a mirar el escaparate, y de repente como surgido de la nada algo me agarró el brazo derecho y una voz me dijo:
-Muy mal Armand, te has dejado sorprender.
Me giré lentamente y por un momento no pude hacer otra cosa que mirar atónito al rostro de François; era mi ayudante en el B.R.T.P
-Así que me estabas siguiendo -dije, mirando con extrañeza su rostro satisfecho y triunfador- ¿Qué demonios estás haciendo aquí? ¿Y qué demonios estás haciendo comportándote como un imbécil con este calor?
-Armentierres me ha ordenado seguirte, ya lo conoces, te aprecia como a un hijo y no quiere que te pase nada hasta que cojas el vuelo para Zúrich. Dime Armand, ¿qué te ha parecido Charlize Bretón, nuestra nueva aliada en esta misión?
- Vamos, espía de pacotilla –dije cogiendo su brazo-, de eso quiero hablar…y de la mesa de Salomón. Vamos a mi hotel, está aquí a la vuelta de la esquina.
Llegamos al hotel Van Gogh cerca de La Conciergeríe. Yo seguía pensativo y subimos los escalones en silencio. Dejé a François sentado en una de las mesas de la cafetería, y me dirigí al servicio a lavarme las manos. Era una excusa perfecta para hacer un recuento de mis impresiones de lo vivido desde mi llegada la noche anterior a Paris. Había pasado ya un año desde la muerte de Lidia en aquel trágico accidente de coche provocado por los sicarios de Dumesnier, y mi mente seguía dando tumbos dentro de un torbellino de sensaciones confusas. Por un lado mi sentimiento de culpabilidad, y por otro mi deseo de venganza. Si bien había vencido a Dumesnier en el terreno profesional recuperando el tesoro de Jonathan Peers, el coste había sido altísimo. Había fracasado triste y dolorosamente en mi obligación principal de proteger la vida de la persona que más había amado: Lidia. Y esa maldita cicatriz no terminaba de curar. Tenía sed de revancha. Necesitaba enfrentarme con los fantasmas de mi pasado reciente y satisfacer mi ansia de cobrador implacable. Dumesnier me debía algo muy caro, algo que no tenía precio para mi, y me lo iba a pagar con parte de su vida, o con su vida entera. La muerte nos acompaña siempre. Desde que nacemos nos vigila, esperando la ocasión propicia para mostrarse tal como es: oscura y traidora. Cuando viene a por nosotros, la sentimos llegar, porque es directa, descarada, y huele a azufre; pero cuando su trofeo no es uno mismo, sino un ser querido, entonces es más sigilosa y cautelosa, y en consecuencia más peligrosa e imprevisible. La muerte se llevó a Lidia, y era consciente que nada podía hacer ya. Pero quien forzó ese trágico desenlace, a diferencia de la Parca, tenía sangre y era mortal; su nombre: Charles Dumesnier. Prometí arrodillado ante la tumba de Lidia que no descansaría hasta acabar con él, y el motivo de mi vuelta al servicio activo en el B.R.T.P (Agencia secreta encargada de buscar tesoros perdidos) tenía como prioridad absoluta encontrar y destruir al monstruo que me había arrebatado lo más querido y preciado para mí. Philippe Armentierres, mi jefe superior en el B.R.T.P, lo sabía, pero también conocía mi profesionalidad, y esto fue decisivo para que me diese esta nueva misión: recuperar la Mesa del rey Salomón. En cuanto a mí, lo decisivo fue saber por boca suya que Charles Dumesnier iba también detrás del mismo tesoro.
Terminé de refrescarme la cara y lavarme las manos en los servicios, y volví a la cafetería. Miré a François. No había cambiado nada desde la última vez que lo vi en el entierro de Lidia, aquella tarde lluviosa de verano. Seguía igual de delgado, aunque parecía estar en buena forma. Sus ojos pequeños tras sus gafas metálicas seguían liberando un halo de traviesa bondad. Su sonrisa era cálida, y su mirada parecía querer animarme en mi particular conflicto interior. Él había vivido en primera fila, mi gran dolor por la pérdida de Lidia. Sobre la mesa me estaba esperando un gin-tonic con los tres cubitos reglamentarios de agua de manantial. Sonreí ante su buena memoria. Me senté y lo probé. Era excelente. Pero no era Séphora etiqueta azul.
-Está hecho con Beefeater –me explicó él-. No tenían tu marca preferida. ¿Te gusta?
- No está mal François -contesté sonriendo-. Ahora, antes de que lo termine, será mejor que me cuentes todo lo que sabes-añadí encendiendo un cigarrillo y reclinando mi espalda hacia atrás.
- Armand, como ya te habrá dicho el jefe, la chica que acabas de conocer se llama Charlize Breton. Lleva trabajando con nosotros desde que tú desapareciste tras resolver el caso del tesoro de Jonathan Peers. Conoce todas las organizaciones que trafican con los objetos de arte. Ella misma trabajó para Cobra Negra, una de las más peligrosas.
- ¿Y por qué ha abandonado el lado de los malos? ¿Se le ha aparecido la virgen?-pregunté dando un largo trago a mi copa-.
-Mataron a su mejor amiga. Pensaron que así la forzarían a hacer un trabajito que ella había rechazado.
Tomé otro sorbo de mi gin-tonic con aire pensativo.
-Una chica con carácter… lo he notado esta mañana-dije-. Ahora dime algo sobre ese tipo… Van Haneggen… y dime por qué se supone que está en posesión de la Mesa de Salomón.
-¿Conoces la leyenda de ese objeto?-me preguntó -.
Me incliné hacia él, le señalé mis ojos, y le dije:
-Mírame bien, ¿con quien te crees que estás hablando, eh? ¿Has olvidado quien soy? ¿Ya no recuerdas que no existe una sola leyenda, un solo objeto sagrado o místico que Armand Lagardère no conozca?
-Perdona Armand si…
-Calla François –interrumpí yo-, y escucha. Seguro que algo aprenderás. Cuentan los viejos textos sagrados, que hace casi 3000 años, el rey Salomón recibió por mandato del mismísimo Dios la tarea de construir un templo en la tierra de Israel, donde se reflejara todo su poder y grandeza,. En él custodió tres objetos de poder; el candelabro de siete brazos; el arca de la alianza; y un tercero, quizás más desconocido, o más inquietante. Uno de los objetos más importantes de la antigüedad, la mesa del poder, o mesa de Salomón, donde se reflejaba el nombre de Dios. Hay quien cuenta que esta mesa estaba construida en oro macizo, otros hablan de piedras preciosas, y hay quien apunta que había un mapa o espejo que permitía ver el futuro y el pasado. Dicen que sobre una de sus patas estaba escrito el nombre de Dios, una palabra que según la tradición judía, podía aplacar todos los males que asolan la tierra, o dependiendo de quien la poseyera, amplificarlos. De aquella edificación resurgida siglos más tarde de sus cenizas, tan solo queda hoy el muro de las lamentaciones.
François seguía sentado en su silla. Parecía mirarme desde abajo, como si hubiera empequeñecido.
-Esta es la leyenda, -dije golpeando la mesa con el encendedor que tenía en mi mano-, y ahora explícame lo que te he preguntado: ¿Qué sabes de Van Haneggen , y como es posible que tenga la mesa del poder?... Si es que la tiene. ¿Hay pruebas de algo? –Pregunté secamente-.
El pobre, se rascó la cabeza y empezó a balbucear. Era típico de François, su carácter apocado no estaba acostumbrado a según que tonos de voz. Y eso que me conocía, y sabía de mi aprecio por él. De jovencito ya marcaba maneras. Mi jefe en el B.R.T.P, Armentierres, me explicó una noche que salimos de copas, que de jovencito, François, había sido monaguillo en la parroquia de San Bernabé en el barrio de los artistas, en Saint Germain des prés, y que jamás se había llevado nada del cepillo de la capilla. Ni tan siquiera robó nunca el vino que el párroco guardaba en la sacristía… ¡Qué… No me dirán ustedes que eso es normal!! ¿A que es un santo? Tenía que serlo…solo un santo puede ser tan honrado.
-No…no… sabemos mucho sobre él-empezó a balbusear François-… solo…solo … que Van Haneggen, al igual que Charlize Breton, ha pertenecido a la organización Cobra Negra. Hace una semana contactó con nosotros para ofrecernos la mesa de Salomón a cambio de seis millones de euros y la promesa formal y oficial de enterrar su pasado delictivo bajo el peso del olvido judicial.
- “Bajo el peso del olvido judicial” ...¿? ...François, ¿no puedes dejar la poesía de lado cuando hablamos de cosas serias?
-Si...si... claro Armand-respondió él-.
.Ah, y eso que acabas de decirme no es ninguna prueba.
-Lo sé Armand, pero es que…es que …no tenemos ninguna prueba que nos asegure que posee tal objeto, únicamente un indicio.
-Un indicio… vaya, algo es algo –dije con ironía-. ¿Y puedes decirme qué indicio es ése?
-Bueno…yo…yo sé que…Según me dijo el viejo (el viejo era como cariñosamente nos referíamos a Phillipe Armentierres, el jefe del B.R.T.P), Monseñor Rassinsky jefe de la secretísima sección del Vaticano, “Opus Julius II” le llamó hace unos días para comunicarle que uno de sus agentes, el mejor según él, había localizado el lugar donde estaba escondida la mesa del poder. Unas marcas de cantería que descubrió en una cueva cerca del monte Sinaí, así lo aseguraban…
-¿Y?
-Pues que…ahora…ya verás, viene lo más preocupante y extraño del caso.
-Soy todo oídos, François.
Haciendo alarde de su condición de espía de pacotilla, se acercó a mi, me apretó el brazo, con la fuerza que le caracterizaba, que era muy poca, y me dijo casi susurrando para que nadie más que yo pudiera oirle:
-Armand… el padre Luciano Santini, después de llamar a Rassinsky para informarle del hallazgo, ha desaparecido sin dejar rastro ni pista alguna, como si se lo hubiera tragado el mismísimo diablo.
Al oír el nombre del padre Luciano Santini, mi cara se iluminó como hacía tiempo que no ocurría. El padre Luciano Santini , era seguramente uno de los mejores expertos en arte religioso y en leyendas antiguas, pero era también mi gran rival profesional, y aunque en mi último caso, el del tesoro de Jonatahn peers, me había ayudado con reservas, el hecho de oir que había desaparecido me pareció casi una buena noticia. Seguramente porque en el fondo, sospechaba que nada malo le habría ocurrido. Luciano Santini tenía habilidades más que suficientes para lidiar cualquier tipo de situacion, por muy complicada que fuera esa. Eso es lo que pensaba de él, porque aunque rivales, le admiraba, lo mismo que él a mi.
-¡Gracias a Dios!-exclamé-. Bueno, ese si que es una buena noticia,...y un buen indicio -añadí carraspeando ligeramente-. y ahora te entiendo François. Tres mil años sin saber nada sobre el paradero exacto de la mesa de Salomón, y en quince días se ha puesto de moda y de actualidad. No puede ser casualidad, es evidente. Bien amigo-dije levantándome de la silla-, voy a descansar un rato a mi habitación. Esta noche tengo una cena con Charlize Breton y quiero estar fresco. Tú ves ahora al B.R.T.P (Bureau de Recherches de Tresors Perdus) y averigua todo lo que puedas sobre los movimientos de Charles Dumesnier en los últimos meses. Estoy seguro que si Van Haneggen tiene realmente la mesa de salomón, Dumesnier intentará hacerse con ella.
-De acuerdo, Armand-dijo François eufórico, levantándose también-.
A él le gustaba que le mandara trabajo. No era un hombre de acción, era más bien un ratón de biblioteca. De ahí su euforia.
-Ah, otra cosa, averigua también si Chantal Lemoine sigue con él.
Al oír el nombre, François que no era tonto del todo, cambió el semblante. Sabía que si estaba interesado en Chantal Lemoine era también porque ella junto a Dumesnier participó indirectamente en la muerte de Lidia.
-Armand, recuerda lo que dijo Confucio: que una persona que quiere venganza mantiene sus heridas abiertas-replicó con el tono de voz que empleaba siempre que sacaba su lado Zen a pasear-.
-Lo sé. Pero eso no lo dijo Confucio, lo dijo Francis Bacon, y él no tenía ni idea del dolor que provoca perder el gran amor de tu vida.
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