21 agosto 2012

El fenómeno de Will rogers.

El fenómeno Will Rogers (nada que ver con el fenomenal Roy Rogers)es una aparente paradoja matemática que ocurre cuando al mover un elemento de un conjunto a otro se aumenta la media de ambos conjuntos.

Por ejemplo cuando los catalanes emigran a Madrid, aumentan los cocientes intelectuales de ambas poblaciones.

Lo explico. Consideremos por ejemplo los conjuntos A= (1,2,3,4), B= (5,6,7,8,9), de modo que la media de A es igual a 2,5 y la media de B es igual a 7. Ahora movemos un elemento de un conjunto al otro obteniendo los conjuntos A=(1,2,3,4,5), B=(6,7,8,9), de modo que la media de A es igual a 3 y la media de B es igual a 7,5. Y las medias han aumentado en los dos conjuntos.

Carta de James Joyce a su esposa Nora Bernacle.

(Su mujer, Nora, se manifestaba indignada por el alcoholismo de su marido y solía reprochárselo a sus amigos, porque impedían al escritor centrarse en su "libro" (el Ulises), de cuya naturaleza ella en el fondo no tenía ni idea. Según Ellmann, "Joyce se sorprendía siempre al comprobar la indiferencia, e incluso aversión, de Nora por sus libros". Joyce
comentó una vez a Budgen:

"En la gente que se me acerca, en la que me conoce y la que llega a tener amistad conmigo, suelo tener un tipo u otro de influencia. En cambio, la personalidad de Nora es tan especial que no logro que la mía pueda afectarla, está hecha completamente a prueba de la mía."

Por ese tiempo también, Nora le dijo llorando a Frank Budgen:

"Jim quiere que vaya con otros hombres para poder escribir al respecto"

El matrimonio, sin embargo, debía bromear sobre el asunto, según se desprende de su correspondencia, en algunos casos de muy subido tono sexual, y hasta pornográfico. He aquí un pasaje ligero:

" ¡Me gustaría que me flagelaras, Nora, amor mío! Me encantaría haber hecho algo que te desagradara, algo insignificante incluso, tal vez una de mis costumbres bastante indecentes que te hacen reír: y después oír que me llamas a tu habitación y encontrarte sentada en un sillón con tus gruesos muslos separados y la cara roja como un tomate de ira y un bastón en la mano."

Y ahora, aquí debajo, les dejo una de las cartas que escribió a Nora.
 Querida mía:

Debería empezar por pedirte perdón, tal vez, por la extraordinaria carta que te escribí anoche. Mientras la estaba escribiendo tu carta yacía frente a mí y mis ojos estaban fijos, como lo están incluso ahora, en cierta palabra escrita en ella. Hay algo obsceno y lascivo en el aspecto mismo de las cartas. El sonido de aquel también es como el acto mismo, breve, brutal, irresistible y diabólico. Querida, no te ofendas por lo que te he escrito. Me agradeces por el hermoso nombre que te di. Sí, querida, es un lindo nombre “¡Mi hermosa flor salvaje de los setos! ¡Mi azul y oscura flor empapada por la lluvia!”. Ya ves que aún me queda un poco de poeta. Te estoy dando también un adorable libro como regalo: y es un regalo de poeta para la mujer que ama. Pero, de lado a lado y dentro de este amor espiritual que tengo por ti hay además una bestia salvaje -como ansiosa por cada pulgada de tu cuerpo, por cada secreta y vergonzosa parte de él, por cada olor y acto de él. Mi amor por ti me permite rezar al espíritu de la belleza y ternura eterna reflejado en tus ojos o arrojarte bajo mío sobre aquel suave vientre tuyo y culiarte por atrás, como un cerdo monta una cerda, glorificando el terrible mal olor y sudor que sale de tu culo, glorificando la abierta forma de tu vestido dado vuelta y tus blancos calzones de niña y en la confusión de tus ruborizadas nalgas y enredado pelo. Esto me permite estallar en lágrimas de piedad y amor ante cualquier palabra leve, temblar de amor por ti ante el sonido de algún acorde o cadencia musical o acostarse haciendo un sesenta y nueve contigo sintiendo tus dedos acariciando y haciéndole cosquillas a mis bolas o aferrándote a mí y tus labios calientes chupando mi verga mientras mi cabeza está encajada entre tus gordos muslos, mis manos agarrando firmes los redondos cojines de tu culo y mi lengua lamiendo vorazmente tu maloliente concha roja. Te he enseñado casi a desvanecerte al escuchar mi voz cantando o murmurando a tu alma la pasión y el dolor y el misterio de la vida y al mismo tiempo te he enseñado a hacerme señales indecentes con tus labios y lengua, para provocarme con toques y ruidos obscenos, e incluso a hacer en mi presencia el acto más vergonzoso e indecente del cuerpo. ¿Te acuerdas del día en que te levantaste la ropa y me dejaste acostar abajo mirándote mientras lo hacías? Después te daba vergüenza incluso mirarme a los ojos.

¡Eres mía, querida, mía! Te amo. Todo lo que he escrito arriba es sólo un momento o dos de locura brutal. La última gota de semen ha sido difícilmente rociada en tu concha antes que termine y mi verdadero amor por ti, el amor de mis versos, el amor de mis ojos por tus extraños y atractivos ojos, viene soplando sobre mi alma como un viento de especias. Mi verga está todavía caliente y dura y temblorosa de la última brutal embestida que te ha dado cuando un tenue himno se escucha creciendo en una tierna y lastimera adoración hacia ti desde los oscuros claustros de mi corazón.

Nora, mi fiel amada, mi pícara colegiala de ojos dulces, se mi puta, mi amante, tanto como quieras (¡Mi pequeña y puta amante! ¡Mi pequeña puta de mierda!). Siempre eres mi hermosa flor salvaje de los setos, mi azul y oscura flor empapada por la lluvia.

Jim

19 agosto 2012

Lo esencial y lo trivial (Anónimo hindú)

Un hombre se perdió en el desierto. Estaba a punto de perecer de sed cuando aparecieron algunas mujeres que venían en una caravana. El hombre, al borde de la muerte, gritó pidiendo auxilio. Cuando las mujeres se aproximaron a él y lo rodearon, pidió urgentemente agua. Las mujeres empezaron a mirarlo con detenimiento y comenzaron a preguntarse cómo querría el hombre que le sirvieran el agua.
¿Prefería en copa de cristal o en una taza?, ¿en un recipiente de oro o de plata?, ¿tal vez en una jarra?
Ellas hablaban y hablaban interesándose por el objeto, pero, entretanto, el hombre iba agonizando por la ausencia de agua.

17 agosto 2012

La llave de la felicidad (Anónimo hindú)

El Divino se sentía solo y quería hallarse acompañado. Entonces decidió crear unos seres que pudieran hacerle compañía. Pero cierto día, estos seres encontraron la llave de la felicidad, siguieron el camino hacia el Divino y se reabsorbieron a Él.

Dios se quedó triste, nuevamente solo. Reflexionó. Pensó que había llegado el momento de crear al ser humano,
pero temió que éste pudiera descubrir la llave de la felicidad, encontrar el camino hacia Él y volver a quedarse solo. Siguió reflexionando y se preguntó dónde podría ocultar la llave de la felicidad para que el hombre no diese con ella. Tenía, desde luego, que esconderla en un lugar recóndito donde el hombre no pudiese hallarla. Primero pensó en ocultarla en el fondo del mar; luego, en una caverna de los Himalayas; después, en un remotísimo confín del espacio sideral. Pero no se sintió satisfecho con estos lugares. Pasó toda la noche en vela, preguntándose cuál sería el lugar seguro para ocultar la llave de la felicidad. Pensó que el hombre terminaría descendiendo a lo más abismal de los océanos y que allí la llave no estaría segura. Tampoco lo estaría en una gruta de los Himalayas, porque antes o después hallaría esas tierras. Ni siquiera estaría bien oculta en los vastos espacios siderales, porque un día el hombre exploraría todo el universo. “¿Dónde ocultarla?”, continuaba preguntándose al amanecer. Y cuando el sol comenzaba a disipar la bruma matutina, al Divino se le ocurrió de súbito el único lugar en el que el hombre no buscaría la llave de la felicidad: dentro del hombre mismo. Creó al ser humano y en su interior colocó la llave de la felicidad.

Salvador Dalí.

Este personaje es Salvador Dalí: catalán Universal, como todo el mundo sabe. Según él, el centro de Universo está en la estación de trenes de Perpiñan. Yo opino que no es verdad, es solo una locura más de este genial pintor, ya que todo el mundo sabe que el centro del Universo soy yo. Pero no me quiero despistar y les ruego que se fijen en el animalito que le acompaña. Era su mascota, y como ven, es un oso hormiguero. Está claro que este señor era catalán, y encontró la manera de evitar comprar insecticidas en Carrefour.

13 agosto 2012

¡Ay, el Amor!


Decía Nietzsche que lo que se escribe durante el insomnio es lo más sincero o lo más trivial que un hombre puede escribir, sin que en ocasiones puedan distinguirse. Trivial porque bien puede no ser más que el mero relleno del tiempo, el elixir para atraer el sueño. Lo más sincero porque en un estado de vigilia total es cuando uno, en virtud de la desesperación, está más capacitado de enfrentarse a sus propias creencias, ésas que ningún hombre es lo bastante valiente como para reconocer en su interior.

A lo que a mi refiere, no sé si un embrujo, o los torzales de una temporada extraña de perturbadora soledad, el caso es que el perfume de la presencia femenina me atenaza de nuevo. Lo percibo en las sinuosidades de los rostros plácidos que me cruzo en las calles. Yo procuro caminar fijando mi atención en mis subterráneos pensamientos, ciñéndome a los deberes más estrictos, pero allí también está, y con un estatismo aún más amargo. Casi diría  que el clima llameante tampoco ayuda, y las piernas y los pechos se vuelven crueles. Y es entonces, tal vez por triste melancolía, que recuerdo unos versos de Jean Nicolás Arthur Rimbaud, uno de los más grandes poetas franceses del movimiento simbolista junto a Mallarmé, que dicen así:

“En el atardecer del verano caminaré por los senderos
Picoteado por el trigo pisando la hierba menuda:
Soñador, notaré su frescura en los pies.
Dejaré que el viento bañe mi cabeza desnuda.

 No hablaré, ni pensaré en nada,
Pero el amor infinito invadirá mi alma.
Y partiré lejos, muy lejos, como un bohemio
en libertad y feliz, como en compañía de una mujer.”

Sí que hay, es cierto, un reverso de pesadez en los encantos sensuales del mundo de las formas, cuya mayor cima es, a ojos de los hombres, el cuerpo femenino, pero me resisto a señalar con el dedo trémolo al simbolismo de Eva, como un fanático cualquiera, o recordar a las cinco falsarias con las que Mara tentó al Sakyamuni. No hay nada perverso y maligno en la mujer en sí misma: contrariamente, es el símbolo de toda doctrina que requiere un cierto grado de iniciación en las grandes y no tan grandes tradiciones. Tara, por ejemplo, para los budistas tántricos; María Magdalena para el cristianismo; Fátima para el Islam; la Virgen María para ambos dos, y, en la polimorfa India, cada Deva tiene su shakti, hasta un número casi infinito.

Por eso ella, y solo ella, no es mero capricho de mi sinrazón, que tal vez también, quién sabe, es, ante todo, la percepción de que hay, entre los muchos caminos de desconcierto y confusión que comunican, o incomunican, a dos egos tan distintos, un camino que nos empuja a lo mismo con la sencillez de la línea recta, hacia frenesíes y porciones del corazón enamorado. Si mi corazón, no yo, que también, la ha querido escoger, ha sido sin duda porque ese camino existe y no es tan dramático como establecen las creencias en apariencia sensatas.
Por eso ella es ella y no es otra. ¿Pero como determinar que ella es ella y no es las demás?  El amor lo determinará; un par de conversaciones, una muestra de gestos distraídos, una sonrisa abierta como el firmamento sobran para deducir con la sutileza del corazón quién, del círculo circunstancial de las formas, es el complemento de la forma a la que reconoceremos entre todas las demás. Cierto es que casi todos contamos equivocaciones de ese sutil corazón, pero siempre hay un trasfondo de verdad, pues en todas y cada una de ellas hay mucho de nosotros mismos. Se trata de una ley muy primitiva y referida; se trata de la magia del amor, y reside infinitamente más en el dar que en el recibir, al fin y al cabo, cuando dos enamorados unen sus manos, sin quererlo, ensanchan el pecho y se vacían para llenarse del otro en un santo broche de éxtasis.

Es por ello que, y ahora quiero hablar en general y no solo de mi,  frente a la multitud de seducciones inconscientes a las que nos vemos constantemente sometidos, es imprescindible responder no con un ascetismo riguroso, que en casos de personalidades inexpertas se vuelve nefasto, sino con una voluntad igualmente femenina y niveladora. Pues entre todas las feminidades que acechan, desequilibran y roen el alma, siempre hay una que llama con especial luminosidad, enamorando. Y créanme, no será ni más hermosa, ni más sabia, ni más santa que otras, pero sí más sugerente.

Descifrar sus misteriosos jeroglíficos es tarea del individuo que los descubre; y transformar el deseo en amor es el ardid más audaz con el que puede burlarse al diablo.

Decía Frithjof Schuon que entre el hombre y la mujer existe superioridad recíproca y que en el amor verdadero cada uno asume, respecto a su cónyuge, una función divina.

Es claro que para Frithjof Schoun todo giraba alrededor de Dios; el amor también. Y tiene su explicación: de joven, tuvo  un encuentro con un anciano, morabito para más señas, quien dibujó un círculo con radios en el suelo y le explicó: "Dios está en el centro, todos los caminos llevan a Él." Y se lo creyó. Yo, a diferencia suya, no he tropezado con ningún morabito y soy  de la escuela romántica; me gusta más la imagen de la flecha lanzada por el arco de Cupido siguiendo una línea recta. Rápida y certera, diseñando la vía del amor tormentoso y pasional. Aunque  hay otras rutas sinuosas, es verdad, y no son las mías, también es verdad,  en las que el hombre, tentado por la psique, puede conducirse hasta una meta similar. No olvidemos la sencillez del afectado, del sensible imberbe que cede al arrebato cursi, a la linda mojigatería y al éxtasis tierno sin pasión. Pura distención a mi entender. Una distensión almibarada, dulce, ingenua y acaso superficial en cierta medida… pero de intenciones púdicas y honrosas, como de cerezo en flor. Sí, lo sé, no es necesariamente pecado regodearse con romántica adolescencia en la exquisitez de un fino beso. Ni soñar con una prole unida y delectable, síntesis del humano afecto. Ni soñar con un viaje a la exótica  Bora Bora construido con decorados de cartón-piedra, de melosos colores y playas blancas legendarias. Pero a mi entender éste no es el sendero del hombre pasional,  ni el del héroe; no se obtendrán los mismos tesoros. Hay otros. Las aspiraciones deben ser altas.

Amar a quien quizá no te comprende no es sólo un acto de poético heroísmo ni, mucho menos, patrimonio de masoquistas y románticos destronados como yo. Es acaso la misión providencial de revelar la verdad esotérica que cada ser porta dentro de sí, a veces con suma luz, y que a menudo es solapada por miles de capas de vulgaridad, pecados y rutinas de los que ninguno escapamos. Cuando amo una mujer, no amo su alma en lo que tiene de particular por sí misma, sino en lo que tiene de común con su género, y ésta singularidad la amo en cuanto que todas las mujeres tienen algo de singular y comparten, por ende, el rasgo de ser peculiares. Pero finalmente, y puede parecer contradictorio, la amo porque posee un contraste dual con mi naturaleza. La amo porque nos excluimos y nos incluimos, nos complementamos, como los hermanos, como los enemigos y como los cuerpos celestes que orbitan unos sobre otros.

En fin… el amor verdadero siempre guarda algo de melancolía y al acabar piensas que te ha dejado vacío.  Y no es así, porque como dijo Ángelus Silesius: “la verdadera vacuidad es como un noble vaso que contiene néctar: tiene, y no percibes qué.”
Lástima que ella jamás lea esto, y lo vaya a saber.

09 agosto 2012

¿Existe el Paraíso y el Infierno?



El martes fui a comer con mi amigo Josep (ya saben que me refiero al que se folló a la segunda mejor amiga de su ya ex mujer y se encontró las maletas cerca del contenedor de color verde, y bla bla bla…). Como siempre que coincidimos, ya sea comiendo o de copas, algo hace, o dice, que me espolea para plasmarlo por escrito, y así compartirlo con todos ustedes. El tema que debatimos, aunque verán que realmente  él no debatió nada, como siempre, fue si existe el Paraíso y el Infierno.

-Ton, ¿tú crees en el Paraíso y el Infierno?


-Te interesa realmente, ¿o es solo una pregunta de relleno?


-No, no es de relleno, me interesa, y mucho. Verás, Ton, ayer mi novia se enfadó conmigo y me mandó al Infierno. Yo le dije que no existía, y ella me dijo que cuando no follara más con ella lo conocería.


-Eso es que todavía no te ha tratado lo suficiente ni sabe que ella es la número 14 en tu extensa lista de novias y prometidas.



-Deja tu sarcasmo de lado, Ton, esto es muy serio, y dime si crees en el Infierno y...


-Contéstame primero una pregunta: ¿tú quieres a tu actual novia?

-¿Qué tiene que ver esto con el Infierno?


-Mucho, auque tiene que ver más con el Paraíso ¿Conoces la historia del guerrero Nobushige?


-¿Es un cuento chino?


-Es un relato Zen. Nobushige era un valiente guerrero que un día

fue a visitar a Hakuin, célebre maestro zen, y le planteó la siguiente pregunta:


"-¿Existen verdaderamente un Infierno y un Paraíso?


-¿Quién eres? -pregunto Hakuin.

-Un samurái -respondió orgulloso.


-¡Tú, un samurái! -exclamó Hakuin. –Tienes el aspecto de un mendigo.


Nobushige se enfureció de tal forma que comenzó a sacar la espada.


–Aquí se abren las puertas del Infierno– dijo Hakuin.


Ante estas palabras, Nobushige comprendió e inclinó la cabeza.


–Aquí se abren las puertas del Paraíso–, dijo Hakuin."


-¿Entiendes ahora lo que es el Paraíso?


-No.


-Lo imaginaba. Lo que intento explicarte es que el Paraíso y el Infierno están dentro de ti. Dondequiera que encuentres a una mujer manifestándose en el Amor, ahí encontraras el Cielo, sin tener que viajar por ello ni un solo paso. 


-Ya, ¿y el Infierno?


-En este punto es cuando volvemos a mi pregunta inicial: ¿Quieres realmente a tu novia?



-Sí, creo que sí, claro que la quiero...


- No te creo, te conozco demasiado, pero si es verdad, y voy a trabajar sobre esta hipótesis, entonces cuando te des cuenta que la has perdido por siempre, conocerás el Infierno. El amor, Josep, es algo sublime. ¿Has leído a Abū Bakr Muhammad Ibn 'Alī Ibn al-'Arabi? 

-Estás de coña, ¿verdad?


-Sí. Verás Ibn al-’Arabi fue un místico sufí, filósofo, poeta, viajero y sabio musulmán andalusí. Él dijo: 



“Mi corazón se ha vuelto capaz de cualquier forma: es pasto para gacelas y un convento para monjes cristianos, un templo para ídolos y la Kaaba del peregrino, las tablas de la Torá y el libro del Corán. Yo sigo la religión del Amor, dondequiera que lleven sus camellos.”

-Ya sabes, Josep, que yo soy de los que opinan que el amor junto al fuego calienta el corazón. Pero en el Purgatorio no nos dejan prender fogatas en las glorietas ni hay elipsis suficiente para ritmarse con el repicar de las campanas. Castigados a contemplaciones parciales y pobremente zurcidas, los de corazón elevado debemos conformarnos con nuestros santuarios interiores, con la salmodia modulada en nuestras entrañas, con el incienso imaginado. Por ello, si de verdad eres de los que suben escaleras invisibles, sabrás más tarde o más temprano que, aunque requiera más empeño, es incluso más lumínico el cirio que uno salvaguarda a escasos centímetros por delante de su corazón que el que sacude el ambiente en altares de precioso oro labrado.

Mira Josep, para que me entiendas, los que hilvanamos signos con pasión no hacemos sino engalanar largamente con garabatos nuestras sepulturas. Creemos hacer vida cuando no hacemos sino suspenderla. ¡Ah, el talante conflátil de las palabras! Éste nos hace creer lo inverosímil. Confiamos en que los infolios son ventanas y en que podemos prolongar a su través la lógica de los actos. Entretanto, los músculos que envuelven el corazón se debilitan como en un otoño de pergaminos manoseados. Pero, me atrevo a preguntarte, ¿es esto malo? ¿Supone una ganancia muy grande trasladar el cuerpo allí donde va el alma tan apresuradamente? ¿No es suspender la cadena de acontecimientos mundanos la auténtica vocación del enamorado, eh? No tienes ni idea, ¿Verdad? Te lo diré yo. La gesta es siempre superior a la conjetura. La gesta pone a prueba las especulaciones. La acción pura, el contacto, revela el auténtico grado de compromiso de un ser con otro ser. Sobre todo es uno mismo quien descubre su valía. En la espada que se desenvaina, en el sacrificio. Los músculos se tensan, los pálpitos estimulan las virtudes en la yugular. El ego se afirma o se diluye en la nada, tanto da. Lo indudable es que la espada al fin ha incidido en su presa, y ya no es simplemente una bella frase, sino un hecho como que el sol alumbra cada mañana, ¿comprendes? Sí, no hay mayor amor que el del espíritu que se resuelve en la destilación de la materia, en el cuerpo. Aquel que, pudiendo evitarlo, entrega sangre sudor y lágrimas, siempre será espléndido, y siempre penderá como una sombra, la duda sobre su figura. El hombre que actúa aceptando lo espantoso de las derivaciones, ese hombre, hipóstasis sensible y soñadora y resuelta a un tiempo, el guerrero, en suma, es en el fondo el más humilde de los hombres, pues renuncia a las pequeñas parcelas en las que guarecerse, y muestra su pecho y su fibra caliente a los ardides de los astros, y por eso los héroes gustan de convertirle en uno de los suyos. Sin esperar laureles, sin retener el concepto de las leyes de causas y efectos, el buen guerrero, el hombre eximio, lanza la flecha abiertamente y deja que el cosmos tome las decisiones sobre su destino. Y así queda salvado. Oye, ¿me estás escuchando? ¿Qué estás mirando tan fijamente y tan pensativo? ¡Josep, que te estoy hablando, coño!

-Ah, sí, perdona Ton. Oye, ¿Has visto la nueva camarera? ¿Te has fijado que va sin sujetador?


Ya lo ven amigos y amigas, ¿qué puedo decir de mi amigo Josep que ya no haya dicho? Decía Víctor Hugo que: “Juzgaríamos con mucha más certeza a un hombre por lo que sueña que por lo que piensa”. En este caso, me refiero a Josep, ese capullo, solo se le puede juzgar por lo que piensa.