16 septiembre 2011

Lola y Ton...La verdadera historia. (XV)

…SIII… ¿Qué eran estas letras? ¿Qué significaban? Estaba convencido que eran la clave para llegar al lugar donde se hallaba la otra mitad del medallón. Entonces tuve una epifanía. Una saeta de inspiración hizo diana en mi mente. SIII… ¡Claro!-exclamé-, el faraón Seti III. En ese momento recordé las palabras del jeque Abu Abdullah Muhammad : “Y dice la leyenda que el enigma comenzara a desvelarse cuando esta pieza de oro y su otra mitad ,que falta,  sea mostrada completa al gran espíritu que mora la tumba perdida del gran faraón Seti III”. Lo tengo-pensé para mí-, y empecé a palpar, tocar y apretar la piedra donde las letras estaban grabadas, hasta que oí un sonido fragoso y rocoso: y el muro se abrió enseñándome un estrecho pasadizo con una luz segadora al final del mismo. Me giré, miré a todos,  parecían asustados, alguno, caso de Abdul, atemorizado y encogido, otros, pávidos y aterrados. Menos Tawe, que aparentaba estar por encima del miedo y la sorpresa.
Miré nuevamente el estrecho pasillo que se abría entre el espeso muro de piedra y vi al final del mismo una figura infernal que me resultó familiar… Era un cinocéfalo que extendía el brazo que, por la forma anchurosa de la manga de su lóbrega túnica más bien parecía una aleta y señalaba hacia la luz; parecía sellar con un gesto vil ante la iluminada faz de este tenebroso lugar un pacto traidor con la muerte en acecho, el mal escondido, las profundas tinieblas del corazón humano.
Con precaución y desconfianza me adentré en la hendidura. Todos me siguieron, no sé si por solidaridad o por miedo a quedarse solos.

 Al llegar al final del pasadizo, el cinocéfalo había desaparecido, y un olor a cieno, a cieno primigenio, penetraba en mis narices. Al llegar al umbral de ese mundo desconocido la hendidura se cerró sobre nosotros como el mar sobre un pecio.  La inmovilidad de una vasta selva estaba ante nuestros ojos; había manchas brillantes en aquella negra ensenada que se observaba en la distancia. Una luz misteriosa extendía sobre todas las cosas una fina capa de plata; sobre la fresca hierba, sobre el interminable muro de vegetación que se elevaba a una altura considerable, sobre el gran río, que resplandecía mientras corría anchurosamente sin un murmullo. Todo aquello era grandioso, excitante y silencioso Me pregunté si la quietud del rostro de aquella inmensidad que nos contemplaba significaba un buen presagio o una amenaza. ¿Qué éramos nosotros?… ¿Extraviados en aquel lugar? ¿Podíamos dominarlo, o sería él quien nos manejaría a nosotros? Percibí cuán grande, cuán inmensamente grande era ese mundo desconocido... y tal vez, también peligroso. ¿Qué íbamos a encontrarnos allí? ¿Ángeles o demonios?

Miré a Lola, a Tawe… hasta miré a Abdul y Rachid. Estaban como yo, maravillados y nerviosos. Nadie decía una palabra.
La amplitud del horizonte parecía ilimitada. Laberintos de cañones, valles secretos y semi-ocultos, una masa exuberante y confusa de troncos, ramas, hojas, guirnaldas, inmóviles a la luz que todo llenaba; era como una tumultuosa invasión de vida muda, una ola arrolladora de plantas, apiladas, con penachos, dispuestas a derrumbarse sobre el río, a barrer la pequeña existencia de todos los pequeños seres que, como nosotros, estábamos en su seno. Más lejos, en la lontananza, un círculo de cumbres nevadas, y en su centro, una hermosa montaña que parecía de cristal.
Y nada se movía. Ni nada se oía.
Un mundo misterioso, mágico y místico se mostraba ante nosotros; era como volver a los inicios de la creación; cuando la vegetación estalló sobre la faz de la tierra y los árboles se convirtieron en reyes. Un majestuoso rio de corriente vacía, un gran silencio, una selva impenetrable se presentaba ante nuestros ojos incrédulos. El aire era caliente, denso, pesado, embriagador. No había ninguna alegría en el resplandor artificial de la inmensa bóveda que conformaba el nuevo límite celestial.
Un camino de piedras basálticas descendía sinuosamente hacia el rio, corría desierto, en la penumbra de las grandes extensiones. Cerca de la ensenada había una embarcación. Nos instalamos en ella y seguimos la corriente. Las aguas, al ensancharse en la planicie, fluían a través de archipiélagos boscosos; parecía tan fácil perderse en aquel río inmenso como en un desierto, y tratando de encontrar el rumbo se chocaba todo el tiempo contra bancos de arena, hasta que uno llegaba a tener la sensación de estar embrujado, lejos de todas las cosas una vez conocidas... en alguna parte... lejos de todo... tal vez en otra existencia. Había momentos en que el pasado volvía a aparecer, como sucede cuando uno no tiene ni un momento libre, pero aparecía en forma de un sueño intranquilo y estruendoso, recordado con asombro en medio de la realidad abrumadora de aquel mundo extraño de plantas, y agua, y silencio. Y aquella inmovilidad de vida no se parecía de ninguna manera a la tranquilidad. Era la inmovilidad de una fuerza implacable que envolvía una intención inescrutable. Y lo miraba a uno con aire vengativo.

Me excitaba enormemente la perspectiva de encontrar muy pronto la pieza de oro que me faltaba para completar el medallón. Arrancar ese tesoro a las entrañas de la tierra era mi único deseo, pero aquel deseo se estaba tambaleando por momentos.
Tras cruzar  valles y marismas, llegamos al pie de la montaña de cristal. Bajamos de la embarcación, y llegamos a la cueva de un viejo ermitaño de aspecto apacible que con total serenidad, nos preguntó:
-¿Porque estáis atravesando estas inmensidades de valles y montañas?
-Para encontrar la otra mitad de este medallón-repliqué enseñándoselo-.
-Ajá, entonces puedo ayudaros. Esto es la entrada al reino de Sharia-la-dijo él señalando la majestuosa montaña a su espalda-. Aquí la gente vive en paz y armonía, no hay hambre ni enfermedades, viven una vida larga y feliz. Un guardian la protege. Su misión  es preservar  Sharia-la y los tesoros del conocimiento humano, preparados para el tiempo que llegará, cuando el mundo quede asolado por la guerra,  la violencia y la codicia.
-¿No es eso un mito, una leyenda? –Pregunté al viejo-.
-Algunos dicen que Sharia-la es una tierra imaginaria, pero créeme es un lugar tan real como yo mismo.
-¿Y cómo se entra? ¿Dónde está la entrada? ¿Y quién es el guardián?
-Se puede encontrar  la entrada solo si el que busca sabe cómo y dónde mirar.
-Otro enigma, -dije, mirando a Lola-.
-Un joven príncipe valiente y fuerte -prosiguió él- , emprendió el viaje a Sharia-la. Tras cruzar este valle-dijo mostrándolo con la mano- y enfrentarse a panteras de las nieves y leones alados con melenas turquesas, se convirtió en el guardián de Sharia-la.
-Dime anciano, ¿como podemos llegar  hasta la entrada de Sharia-la?
 -Cuando llegues a la montaña de cobre, esta que ves ahí, justo antes de la montaña de cristal, veras el camino bloqueado por un rio infranqueable. Allí encontraras a un aterrador demonio llamado trueno y relámpago; te preguntara: “¿Por qué has venido y qué deseas?” Si respondes con corazón sincero, congelará el rio, te permitirá cruzarlo y continuar tu viaje hacia Sharia-la. Pero si eres indigno, no iras más allá.
-¿Y luego? –Pregunté  amicalmente-.
-Luego, encontrarás un valle secreto, oculto, invisible. Según cuenta la historia, solo los iluminados serán guiados hasta ese valle donde se encuentran los mayores tesoros.
-¿La otra mitad del medallón…oro…perlas…piedras preciosas? –Pregunté excitado-.
-La sabiduría y el conocimiento-replicó él-. Y  también la otra mitad del medallón-añadió como colofón a su historia-.

Debo reconocer que al principio de esta expedición, creía en los mitos y las leyendas de la misma manera en que cualquiera de vosotros podría creer que existen habitantes en el planeta Marte….pero ahora todo había cambiado…me había vuelto el mayor amante de  cuentos para no dormir  y fantasías mitológicas.

Nos estábamos despidiendo del anciano ermitaño, cuando una explosión sorda de grandiosas salpicaduras y bufidos nos llegó de lejos, como si un ictiosauro se estuviera bañando en el resplandor del gran río que teníamos a la espalda. Me giré rápidamente y lo que vi, me dejó más helado que el tobillo de un pingüino…

(Continuará…)

15 septiembre 2011

Lola y Ton...La verdadera historia. (XIV)

…Al ver alejarse el barquero, el cimborrio de nubes bajaba insensiblemente, y la oscuridad se hacía profunda. Aquella negra bóveda se condensaba alrededor de nosotros como si intentara aplastarnos. De repente un relámpago brillante, rápido, incisivo, rasgo las tinieblas, y no estaba aun cerrada la herida que abrió en ellas, cuando un espantoso trueno rodo por las profundidades del cielo. El silencio se establecía poco a poco bajo la influencia de la tempestad. Parecía que el aire condensado era impropio para transmitir los sonidos: la atmosfera estaba como acolchada y perdía toda sonoridad lo mismo que una sala enteramente cubierta de gruesos tapices. Luego, un segundo relámpago desgarro las nubes, y otros muchos le sucedieron instantáneamente. Cruzaban el cielo centellas eléctricas que parecían aburujarse bajo las gordas gotas de la lluvia. El cielo se convirtió materialmente en una inmensa fragua y los truenos se sucedieron sin interrupción. En aquella atmosfera abrasada se desencadenaba el viento con una violencia aterradora, y retorcía las nubes candentes, como si el soplo de un ventilador inmenso activase toda aquella inmensa hoguera.
Frente a nosotros el Templo incrustado en aquel  tenebroso bosque de sicómoros  parecía reclamarnos. De repente la tierra se abrió en dos, una mano invisible ascendió desde las tinieblas e intentó  arrastrar a Lola hacia el inframundo. Supuse que Sedah rey de los muertos había elegido su reina. De un salto, la agarré fuertemente, y cogiéndole el brazo, la arrastré hacia mí, y la alejé del peligro, llevándola a buen recaudo, bajo el pórtico principal del templo. Finalmente la terrible garra desapareció y la tierra se cerró.

-¿Has visto esto?-Balbució Lola entre asustada y encolerizada-.

Temí que fuera a desmayarse. Primero palideció  intensamente, luego su mirada se hizo más dura y apretó los labios. Comprendí que iba a explotar. Se llevó las manos a la cabeza, y pensé que iba a aullar.

-¿Pareces enfadada? –le dije irónicamente-.
-¡Enfadada! –exclamó sublevada-.
-Sí ¿Por qué estas enfada conmigo?-dije yo-.
-¿Que por que estoy enfadada? Aaarg!!
-¡Si a ti siempre te han gustado las emociones fuertes! Además, ¿quien te ha salvado, eh?
-¡Santo cielos, Ton, estás loco de atar! ¡Ya no aguanto más!  ¿Que no has visto lo que acaba de salir de las entrañas de la tierra? –dijo gritando como una posesa-. ¿Sabes qué? Se acabó, he cometido un error...creer  en tus mentiras y seguirte hasta aquí, todo eso ha sido un error. Voy a llamar a Jordi, mi abogado, y voy a hacer todo lo posible para que  te pudras en el infierno.

- ¿Sabes que cuando te enfadas te pones muy guapa?

Lola obvio mi comentario, cogió su teléfono móvil, y empezó a marcar.

Se lo cogí de la mano.

-Devuélvemelo-aulló ella-.
-No-dije yo sonriendo-.
-¡Vamos Ton!  No me conoces todavía-gritó cogiendo una piedra del suelo, y amenazándome  con ella-.
-No hagas esto Lola… No puedo devolvértelo cuando estoy a punto de encontrar la otra mitad del medallón…Y no permitiré que estropees nuestro futuro por una rabieta.
-¡Ja! ¿Nuestro futuro?… ¡No existe nuestro futuro!  Esta mi futuro… y tu funeral si no me sacas de aquí, y me llevas de regreso a mi casa  ahora mismo.
-Vamos cariño deja esto,-dije señalando el pedrusco-,  sabes que eres incapaz de tirármelo a la cabeza.

Lola, a quien siempre le gustó llevarme la contraria, me lanzó la piedra. Por suerte, la pude esquivar…por suerte, y porque una de las características fundamentales de los seres vivos es su capacidad de respuesta ante los más variados estímulos, lo que permite que se relacionen de una forma afectiva con el mundo exterior y que tengan una percepción, más o menos rudimentaria según su grado de evolución, de su organismo y medio interno. Parte importante de dicha capacidad de respuesta viene dada por los reflejos….eso fue lo que me salvó.

-¡Vaya tu puntería no ha mejorado!…y menos mal-dije irónicamente-.

Lola cogió otro pedrusco…este,  un poco más grande.

-¡No te agaches!-gritó excitada-.
-Vale vale vale-le dije levantando las manos en señal de paz-. Escúchame,  tengo algo que decirte.  Lo primero es que no estás siendo justa...
-Y tú nunca has sido sincero –interrumpió ella-.  Mira Ton, estoy en la absoluta ruina, debería haber vendido la agencia y los coches, y…
-Espera,  escúchame…  estamos muy cerca de resolver el  caso.
-¿Si?-Preguntó con sorna-.
-Sí, créeme, ¿te lo diría si no fuera cierto?

Lola me miró… (Bueno, la verdad es que me fulminó)

-Me prometiste que este caso sería pan comido, y que ganaríamos mucho dinero muy fácilmente…
-Yo no te hice ninguna promesa-contesté irritado-.
-¡Claro que sí! Aquella noche en tu despacho… ¿o ya no te acuerdas?
-Aquello no fue una promesa.
-Sí que lo fue, claro que sí…síiiiii-gritó nuevamente-.
 -¿Una promesa?  No no no, y no…una promesa es lo que le haces a tu madre cuando te obliga a llevar ropa de abrigo porque hace frio… una promesa es lo que le haces por la noche a una chica guapa que sabes que nunca volverás a ver, para conseguir lo que quieres…una promesa es lo que le haces al dentista cuando te da la próxima cita…sé muy bien qué es una promesa,  y yo no he hecho ninguna. Venga Lola-dije acercándome a ella-, dame una oportunidad,  esto va a funcionar, de veras.
-Oh, Ton… no podemos seguir juntos ni en esto, ni en nada. No pensamos igual…no estamos de acuerdo en nada…
-Pero que dices-la interrumpí yo-,  estamos de acuerdo en muchas cosas. ¿Te gustan los espaguetis con carne, no?... Y a mí-le dije abriendo los brazos-.  ¿Y los libros?...Hablemos de libros. Yo los leo de izquierda a derecha… ¿Y tú?

Lola sonrió tímidamente.

-¡Lo ves! ¿Es eso una coincidencia, o qué? –Inquirí guiñándole el ojo-.  Está bien –proseguí-, ¿quieres que lleguemos al fondo?...Hablemos pues de sexo… quién lo diría, también a mí me gusta el sexo. ¿A que es espeluznante todo lo que tenemos en común,  Eh?
-Ton,  dime una cosa…
-Claro cariño, lo que quieras…
-¿De verdad sabes cómo llegar hasta la otra mitad del medallón?
 - La pregunta me ofende, Lola. Claro que sé cómo llegar a él.
-Ah… ¿Sí?
-Verás, la respuesta está en el documento que me entregó el jeque.

Parecía que Lola se estaba calmando. Y yo debía aprovechar el momento.

-Escúchame bien… cuando intenté descifrar el documento, no me importa decírtelo ahora,  me sentí deprimido, exhausto…me derrumbé en el sillón de mi casa, empecé a babear de rabia…no entendía nada, donde estará la otra mitad del medallón grité para mí. Entonces recordé algo que me dijo el jeque Abu Abdullah Muhammad Sidebeh…dijo: “tiene que encontrarlo antes que la casa de Betsaneeth la encuentre”… ¿no lo coges? –pregunté mirándola fijamente-.
-No… no entiendo nada-contestó secamente-.
-¡Por dios Lola! ¡La casa de Betsaneeth! –exclamé yo-.
-Totalmente perdida.

Tawe que seguía la conversación intervino.

-La casa de Betsaneeth, era una de las doce tribus primitivas de Israel y su patriarca  Sesanam antes de morir dijo: si ustedes no son mas rectos que los doctores de la ley no entraran al tercer nivel del reino de Sedah.
-Exactamente-interrumpí yo-.  Ese es el nivel que tenemos que encontrar.
-Sí, pero,  ¿qué quiso decir con eso de: “si ustedes no son mas rectos que los doctores de la ley”?-preguntó Lola-.
-Así, así es como me imaginaba tener un socio… dos personas trabajando hombro con hombro, estando siempre de acuerdo.... belleza y cerebro juntos…bien bien-repliqué sonriendo-.
-Ton, no empieces, y respóndeme la pregunta.
-Bueno, eso es justamente lo que me falta averiguar, pero…
-Lo sabía…no tienes ni idea de cómo llegar al tercer nivel del reino de Sedah-remató Lola-.
-Pero esta tan  cerca que puedo olerlo…

De repente Tawe me cogió del brazo.

-Mira-me dijo señalando el pórtico de templo.
-¡Letras! –Exclamé-.

En efecto, aparecían cuatro letras grabadas con toda claridad en la roca. Se leía perfectamente: SIII
No se trataba, no, de una pista trivial. ¿En qué consistía exactamente?  ¿Estaría allí la respuesta? La sensación se hacía cada vez mas turbadora. Las examiné…pero la solución seguía sin manifestarse. Todas las cosas tienen su por qué.  ¿Cómo desvelarlo?  En eso estaba cuando, un pálido resplandor de un rayo de luna que se filtró como un relámpago entre las nubes me permitió ver al otro extremo del peristilo, ciertas formas vagas, como un grupo de individuos con apariencia de cinocéfalos que se agitaban en la sombra, y  que se deslizaban hacia otro de los pórticos.  

-Chiiiiis! –Dije a todos llevándome el dedo a la boca-.

Todos permanecieron algunos instantes silenciosos y reflexivos…Lola la que más…me miraba con cara de  ansiedad, sobreexcitada por aquella situación de peligro evidente.

-¿Hay algo?-me preguntó Lola-.
-Si…y nada bueno-repliqué yo-.
-Tengo miedo, Ton.
-Recuerdo que Frank Herbert dijo en cierta ocasión que no había que conocer el miedo… que mataba la mente. Que es el pequeño mal que conduce a la destrucción total. Hay que afrontarlo decía él… permitirle que pase sobre nosotros, y a través de nosotros, y cuando haya pasado, escrutar su camino, porque según él, allí por donde haya pasado, ya no quedará nada, solo estaremos nosotros.
-¡Ay Ton! No cambiarás nunca…
-¿Por qué lo dices cariño?-interrumpí yo-.
-Porque hasta en las situaciones más comprometidas, no puedes dejar de ser un pedante presumido-respondió ella-.


(Continuará…)

Lola y Ton...La verdadera historia. (XIII)

...Al llegar a la cima del majestuoso volcán, se abrió ante nosotros un paisaje luminoso y abierto, de agua, juncos y pasto donde, más lejos aún, en la ladera opuesta del inmenso cráter, un pequeño bosque frondoso y oscuro formaba una suave herradura que envolvía la terrible estampa de un templo de piedra grisácea y tétrica. La fachada sombría y luctuosa se reflejaba en las aguas argénteas y tranquilas de un diminuto lago, donde una barca austera pintada de color níveo se mecía en la mortecina corriente.

-¡Alto!-dije alzando la mano-.
-¡Tony pashá, mira! –me dijo Abdul con los ojos temerosos, y señalando con el dedo, el templo que se divisaba a lontananza-.
-¿Te da miedo Abdul?
-¿A mí?…a mí, no… mi corazón es muy valiente…mis piernas son las cobardes.
-Como estaba escrito… un templo con un peristilo rodeado de trece pórticos. La puerta al reino de Sedah. El templo del oráculo de todo conocimiento-dijo Tawe con los ojos maravillados por la visión que tenía ante ella-.
-¿Qué más sabes de este lugar? -pregunté curioso-.
- En el mito, el reino de Sedah tiene tres  niveles. La mayoría de los muertos descienden a los campos de asfódelos, triste lugar de descanso de las masas anónimas. Se parece un poco al limbo de los católicos. Es una especie de mundo crepuscular silencioso y tranquilo, pero lleno de arboles que lloran, donde un alma simplemente vaga sin propósito fijo.  Después esta el lugar destinado a aquellos que más han ofendido a los dioses, un enorme abismo, una mazmorra de sufrimiento  y tormento eterno rodeada por un rio en llamas, esto es el Tártaro; lo que los cristianos, conocemos como el infierno.  Finalmente, para unos cuantos afortunados, el paraíso aguarda en el tercer reino de Sedah: las islas de los bien aventurados,   el equivalente  al cielo. Allí Todo crece por generación espontanea  y se puede saciar el hambre sin pasar penalidades; no hay que trabajar, es una dicha constante, hay bailes, hay arroyos, y se palpa una amistad pura. El lugar donde las personas gloriosas y famosas pasaban el resto de sus vidas. En el mito, con el tiempo,  todos los seres humanos deben sucumbir ante Sedah-concluyó mirándome fijamente-.
-¿Hay alguien protegiendo la puerta del templo?-preguntó Lola nerviosa-.
-La leyenda dice que sí: El guardián.
- Pues no nos detengamos, hemos de encontrar al guardián-repliqué reemprendiendo la marcha con paso airoso.

Después de media hora de caminata llegamos por fin al lago. Allí, un hombre sentado en la barca parecía estar esperándonos; en efecto, cuando nos subimos a bordo, la barca comenzó a navegar enseguida en dirección al templo. Me senté en la mitad de la embarcación, y el hombre atrás, al timón.
Y cuando le pregunté a dónde íbamos, levantó la vista y me miró con ojos grises y velados.Sus ojos revelaban las huellas de un horrible pasado, aunque lo peor era el desfallecimiento espiritual que transmitían. Su aspecto era el de un ser vacío, como un caracol muerto.

 -Donde quieras, -me contestó con voz apagada-: Al templo de los trece pórticos,  o directamente al inframundo, la elección es tuya. Todo me pertenece.
-Es el guardián…seguro, -me susurró Tawe al oído-.
-¿Todo te pertenece? ¿Entonces eres Sedah?-pregunté yo sin hacer caso a la observación de Tawe-.
-Quizá -dijo él-. Y tú eres el atrevido aventurero, según creo. ¿Has venido para robar el templo?
-No.
- ¿Has venido para matar a Sedah?
-Tampoco.
- Entonces, ¿para qué has venido, si puede saberse?
 -Es el guardián, no es Sedah…te está poniendo a prueba -me susurró nuevamente al oído Tawe-.

Comprendí que la cosa no iba a ser fácil, y debo reconocer que me infundía temor ese hombre serio y sombrío, y además nuestra barca navegaba tan rápido y sin ruido por el lago, que pensé que fuera quien fuera, no era humano. Nada de esto me gustaba; pero su tono era tan oscuro y enigmático que quedé completamente confundido.

-Traemos una mitad del medallón en nombre del jeque Abdullah Muhammad Sidebeh …venimos  humildemente en busca de la otra mitad… dos piezas de oro que forman una sola-dije yo mostrándole la pieza-.
-Una aparece a la luz mientras otra permanece oculta-contestó él-. Es preciso encontrar el último lugar bajo las entrañas de la tierra –añadió-.
-Habla enigmáticamente-dije a Lola, acompañando mis palabras con un guiño, al cual ella no correspondió-.
-Hasta encontrarla no hay que abandonar la lucha, y muy cerca se encuentra ya el perverso monstruo criado entre chacales, engendro del demonio con horma humana, cubierto con trajes de seda…-prosiguió el misterioso barquero-.
-Buen hombre… mi destino es encontrar esa otra mitad.
-El destino es invisible y aunque los hombres se escondan, las agua del destino son tan claras como el arco iris en el cielo…el destino no aguarda a buenos y malvados para valorar sus cualidades anulando su poderío, porque son los actos de los débiles mortales los que puestos sobre los platillos de la balanza, hacen que se inclinen de un lado o de otro según hayan sido rectos o torcidos…

El sol se ponía y al llegar al otro lado del lago, frente al templo, las aguas se volvieron más ruidosas en contacto con la orilla rocosa... allí nos dejó el barquero.

-Ahora, Id, id…-concluyó alejándose-.  
-¿A dónde?-pregunté yo-.
-Entrad en el templo de los trece pórticos, donde encontrareis la puerta que os conducirá a una tierra  inhóspita, y habitada por seres que rinden culto al dios Sedah, y cuyo capricho es matar a todos los intrusos. En aquel lugar sagrado y oculto se haya la otra mitad de oro que completa el medallón…id allí…id allí…ahora…
-Quizás sea nuestro destino morir como perros aquí, en el fin del mundo-dijo Rachid-.
-El destino de cada hombre está en sus propias manos…vale más un perro vivo que un león muerto-replicó Tawe-.
-No nos volvamos locos…confiemos en el profeta Mahoma, las bendiciones y la paz sean con él-añadió Abdul-.

Lola me miró breve e inquisitivamente, y me dijo:

-¿Y ahora qué, listillo? ¿Has previsto un plan B?

Creo que fue Osho quien dijo que la mujer es como la noche. Te rodea, te envuelve, te ofende, te ahoga… sin ni siquiera tocarte.

(Continuará…)

11 septiembre 2011

Lola y Ton...La verdadera historia. (XII)

…Habían transcurrido unos diez minutos desde que el cuerpo de Rachid se estrellara como un saco de tupinambos sobre el maltratado y polvoriento suelo de aquel campamento improvisado.

-¿Estás bien? –Pregunté levantando su cabeza y sacudiéndole el polvo de su estropajosa melena-.

El pobre temblaba como una hoja en otoño,  en medio de agudos gemidos .

-¡Venga, levántate! Si no lo haces te obligaré a patadas -dijo Abdul, blandiendo sus puños-.

Rachid captó las intenciones que había en sus palabras y su gesto, y replicó con semblante asustado:

-¡Cuidado con lo que haces, Abdul!
-Voy a arrancarte el corazón para ofrecérselo al profeta Mahoma, las bendiciones y la paz sean con él.

Rachid lo miró, se incorporó y salió a escape como un conejo asustado

Miré breve y seriamente a Abdul.

-¡Cállate de una vez! -grité autoritariamente-, y olvida al pobre chico. Él no sabía que las abejas eran tus pequeñas amigas. Y aunque lo hubiera sabido, ¿crees que después de fumarse toda la huerta de esta mierda de isla, las habría distinguido de una pareja de dragones? Venga Abdul-dije agarrándolo por el hombro en señal de amistad-, ¿no ves que ya lo has asustado bastante? Eh! Vamos, tenemos mucho trabajo, y pocas horas de sol para llegar a la cima. No quiero más peleas entre Rachid y tú, ¿entendido? –Añadí dándole una palmada en la espalda-.
-¡Está bien, Tony pashà!…pero él empezó-remató frunciendo el ceño-.
-Lo sé. Bueno, problema resuelto-concluí yo-. ¡Tawe, por favor, ven aquí! Quiero preguntarte algo -dije llamando su atención con un gesto de mi mano-.

Ella se acercó.

Con solo verla se me hizo la boca agua. Esta vez llevaba puesto un vestido de gamuza color verde oliva, y muy ajustado. Sus cabellos semejaban una cascada que bañaba sus hombros. Con una sonrisa más brillante que el mismo sol dijo:

-Claro…pregúntame…lo que quieras.

Este comentario último, lo pronunció con una entonación, y unos silencios tan sensuales,  que provocó en mí una reacción química… o biológica… ¡O qué sé yo! La cuestión es que sus ojos acompañaron a sus palabras con una mirada perforadora. ¿Como podría explicarlo?  Como una saeta traspasando un trozo de manteca colorada…Sí…eso es…así me sentía yo…como un trozo de manteca colorada.
Lola, que no se perdía una, se acercó. Me acarició la cara con la mejilla, y me susurró al oído:

-¡Venga Ton!… pregúntale algo facilito tipo: ¿Te gustan los niños?
-Los adoro. Algún día quiero tener media docena de ellos-replicó Tawe, demostrando su agudeza auditiva-.

Silbé disimuladamente.

-¡Eh, calma!..¡No quiero más peleas! -Exclamé secamente- (pensando para mí, que esta conversación, de prolongarse, o seguir por esos derroteros, podía acabar mal). Además –añadí mirando a Tawe-, no estoy seguro de poder ganar tanto dinero. Seis bocas, son muchas bocas que alimentar.
-Bueno, ¿y qué?…yo trabajo-replicó ella mirando de soslayo a Lola-.

No quise entrar al trapo y proseguí.

-A ver, Tawe, mi pregunta es esta: ¿Que sabes de esta isla, y de sus orígenes?

Lola, con un mohín de enojo, me miró fijamente, y despeinándome de un cariñoso manotazo dijo:

-Dime, ¿esta es realmente la pregunta que te interesa?
-Ahora mismo, sí -dije con una sonrisita-.

Lola me miró enfurruñada. Por su parte, Tawe no pudo evitar reír. Luego, antes de responder, reflexionó un instante mi pregunta. Finalmente, contestó:

-¿Ves esto? –Me dijo mostrándome un medallón antiguo que colgaba de su cuello-.
-Parece una efigie griega-contesté mientras la tocaba con la yema de los dedos-, y su visión es más bien aterradora.
- ¡Y lo es!  Esta es la tierra de los muertos, el único destino al que ningún mortal puede escapar- dijo señalando con el dedo la cima del volcán, y este –añadió,  mostrando la figura de su medallón-, es su señor: Sedah. Un dios tan temido que nadie osa pronunciar su nombre.
-Explícate.
-Cuenta la leyenda que el dios Océano y su hermana Tetis tuvieron trescientas hijas, las Oceánidas, que luego se extendieron por todos los mares y los abismos marinos. Una de ellas, Dóride, fue madre de otras cincuenta ninfas de agua, las Nereidas, llamadas así en honor a su padre Nereo, de la raza de los Viejos del Mar, creada también por Océano y Tetis.
Las Nereidas habitaban en el Mar Mediterráneo, y cada una de ellas representaba una de las formas de este mar. Por ejemplo, Talía la sirena verde, y Glaucea, la azul. Dinamenea simbolizaba el vaivén de las olas, y Cimodaré, la calma. Una de las Nereidas, Anfitrite, fue amante de Poseidón y madre de los Tritones. Las Nereidas protegían a los barcos, y no cantaban para atraer a los marinos, sino para complacer a su padre. Los antiguos describieron a las Nereidas con el cuerpo cubierto de escamas y formas de pez.
-¿Sirenas?-inquirí yo-.

Me sonrió con una mirada soñadora.

-Sí.  A partir de aquí, el mito de la Sirena fue creciendo por todo el mundo como las ondas en la superficie calma del agua...
-Lo cierto es que recuerdo haber leído que hasta en los mapas del Renacimiento podía leerse la frase “Hic sunt sirenae” (Aquí están las sirenas) escrita en medio de las áreas destinadas a los océanos-interrumpí yo-.
-¡Así es! El hombre que surcó el Atlántico, Cristóbal Colón, también aseguraba que él y sus hombres las vieron, aunque no tan bellas como cuentan las historias.

Lola escuchaba con avidez, mirándola fijamente. La examinaba como si fuese una rival, y a ella le tocara encontrar sus puntos débiles.

-Muchas crónicas de reyes refieren la existencia de sirenas capturadas –interrumpió Lola-, y aún cercanos nuestros días navegantes y exploradores relatan encuentros con mujeres marinas, como una que apareció en la Antártida en 1823 u otra en las Bahamas en 1869. La primera tenía los cabellos verdes, la segunda, azules… ¡Tonterías! –Remató con burla-.

Tawe no hizo caso…ni la miró, pasó su comentario por alto, y añadió:

-Mientras se encontraba frente a las Antillas, el navegante genovés creyó divisar tres de estas criaturas que bailaban en el agua. Eran feas y mudas, pero él descubrió en su mirada una cierta "nostalgia de Grecia".

Se volvió y se encaró a Lola.

-El último encuentro moderno fue en 1869, en las Bahamas –efectivamente -. Concretamente aquí, en Orotava. Seis hombres que se dirigían en canoa hacia una bahía divisaron una sirena de deslumbrante belleza, con los cabellos azules flotando sobre sus hombros y las manos hendidas. Ésta emitía unos grititos de sorpresa al ver a los marinos y desapareció poco después, sin dejar que se acercaran.
-¡Alto! ¿Insinúas que esta isla es la morada de unas criaturas mitológicas y legendarias?-Pregunté incrédulo-.
-Sí…pero ahora viene lo mejor…

Tawe hizo una pausa y prosiguió:

- Dóride y Nereo no solo tuvieron cincuenta hijas; también tuvieron un hijo: Sedah. Él fue quien fundó aquella maravillosa y legendaria civilización de la que habló Platón: La Atlántida. Pero Sedah, cometió una equivocación. La más grande de las equivocaciones. Se enamoró de Anfitrite, la amante de Poseidón, y éste, al conocer la traición, destruyó el continente, engulléndolo bajo el manto poderoso y eterno de las aguas oceánicas, dejando, como recuerdo, lo que ahora se ve: Orotava –dijo abriendo sus brazos y señalando a su alrededor-. Esto, es todo lo que queda del mítico continente perdido. Y las entrañas de este volcán,-añadió señalando el cráter a la distancia-,  el reino que Poseidón otorgó a Sedah, como premio a su deslealtad… y  como castigo eterno. Debes de creer que estoy loca, ¿No?

Emití un silbido. Luego esbocé una sonrisa.

-En absoluto, Tawe. Yo también he creo siempre en el mito de la Atlántida. Pero será mejor que no se lo digas a tus amigos psiquiatras de Florida. Mi mente es más abierta que la de ellos…ya lo sabes.

Consulté mi reloj, se estaba haciendo tarde.

-Será cuestión de apresurarse si queremos coronar la cima antes del atardecer.

Todos asintieron. Hasta Lola, que me obsequió con una aviesa sonrisa.

-¿Quieres que te ayude con la mochila?-le pregunté al ver que le costaba trabajo cargarla-.
-No.

Lancé una sonrisa mordaz al tiempo que decía:

-¿Seguro?
-Sí.
--Si quieres algo de mí… ya sabes…

Sus ojos mutaron, empezaron a brillar, y me miraron directamente, sin pestañear, como si quisieran traspasar mi mente, y saber que se cocía dentro.

-Te quiero a ti.

Me miró pensativa, se mordió el labio inferior, y encontró mis ojos de color miel oliva, atrevidos, que observaban con capricho cada detalle de su figura. Le costaba trabajo mostrar enfado cuando mi mirada se clavaba en su rostro. Y le resultó difícil, también, negarse a acompañarla. Entonces adiviné que la seguía amando.

(Continuará…)

10 septiembre 2011

Lola y Ton...La verdadera historia. (XI)

…La vida carece de valor si no nos produce satisfacciones. Entre éstas, la más valiosa es el sexo consentido, y también con sentido. Es lo mejor para ilustrar la mente, suavizar el temperamento, alegrar el ánimo y promover la sociabilidad. Este era el pensamiento que ocupaba mi cabecita esta preciosa mañana mientras,   frente a un ridículo espejo y una cubeta de agua, me dedicaba a localizar huellas de carmín.  Borrarlos de la boca resultó fácil, pero las del cuello de la camisa era harina de otro costal. Que a las mujeres les costase tan poco manchar de carmín y,  tanto a los hombres borrar sus estragos era, para mí, motivo de incesante perplejidad. Me cambié de camisa y decidí que la próxima vez que Tawe me visitase, le haría conocer oportunamente las virtudes de las toallitas Nenuco. Luego con paso airoso me dirigí a la choza de Lola para darle los buenos días.

Entré silbando. Ella no necesito más que echarme una ojeada para torcer el gesto.

-Bueno… ¿qué pasa? –pregunté yo-.

Dije esto porque me daba cuenta de que algo andaba mal.

-Te ha quedado un poco de carmín en la oreja derecha-contestó con la expresión agriada-.

¿Por qué dispararía siempre con bala aquella mujer? No me molesté en dar ninguna explicación ¿Para qué?
Lola por su parte salió dando un portazo.
Entonces salí y llamé a los demás para preparar el plan de ataque final a la cumbre del maldito volcán. Abdul fue el primero en acudir.
Abdul era un bendito de Alá, con un corazón de oro. Cualquiera podía tratarle a patadas y seguir siendo su amigo…menos Lola, claro. Aunque al decir verdad el sentía amistad hacia todo lo que vive y se mueve: animales, pájaros, insectos…

Le di una fuerte palmada en el hombro.

-Hola Abdul!

Al verme todo  su semblante se dilato en una ancha sonrisa.

-Buenos días Tony pashá, las bendiciones y la paz sean contigo.
-Abdul, ¿sabes que tienes un par de abejas sobre la cabeza?-dije señalando su testa-.
-Oh sí, Tony pashá. ¡Es divertidísimo! ¿Quieres creer Tony pashá, que ya me conocen? No me pican ni nada, se me pasean por las orejas y la nariz, tendrías que verlo…
-Seguro que es la mar de divertido-convine, interrumpiendo lo que intuía una larga y aburrida explicación -.  Y dime, ¿donde las metes por la noche, cuando duermes?
-He fabricado una pequeña colmena con un cartón de huevos…hasta lo he pintado. Les gusta mucho su casita. Y no se marchan y te dejan, como hacen las mujeres…Quiero mucho a mis abejas, las bendiciones y la paz sean con ellas. Ahora quiero conseguir una abeja reina.  Dime Tony pasha, ¿crees que por aquí la puedo encontrar?
-A mi me parece que no.

Respondí esto con una sonrisa  a pesar de que no se distinguir a una abeja reina de un escarabajo rinoceronte.

-¡Sabes Tony pashá! Un día me dedicaré exclusivamente a la cría de abejas. O ¿Quién sabe? A lo mejor monto una granja  apícola. Se puede ganar mucho dinero con eso.

Se le iluminó el semblante al imaginar el proyecto.

Era un ángel aquel hombre. En contraste con la mayoría de la gente, siempre  amargada, él solo conocía el entusiasmo…
En ese momento llegó Rachid, la carita de nardo, con los ojos entornados, como siempre. ¡Otro cocolón! - Pensé para mí-. Llevaba una toalla en la mano. Supuse que al hacer mi llamada, él estaba aseándose todavía. Hay que reconocer que Rachid era un colgado de la marihuana, pero no era un guarro.

-¡Cuidado, no te muevas Abdul! - gritó al tiempo que le arreaba un sonoro latigazo con la toalla de rizo americano en la cabeza-.  ¡Ya está! Tenías un par de avispas, o lo que sea,  a punto de picarte- añadió rematándolas de un fuerte pisotón en el suelo polvoriento-.

Me eché las manos al rostro para taparme los ojos. ¡La que se va a liar! -Pensé para mí-.

…Y, efectivamente, lo que esperaba.  Abdul no se escudó tras su habitual mutismo. Se le iluminó el semblante como un semáforo carmesí. Luego la expresión se truncó en una sombría mueca. Tenía los ojos desmesuradamente abiertos. Movió la boca como para articular alguna palabra, pero ningún sonido salió de ella. El pobrecillo empezó a sudar mayúsculas gotas que descendían en reguero por sus mejillas. Fue entonces cuando agarró la mano de Rachid y la retorció con fuerza, para seguidamente cargárselo enterito en la espalda, pese a su estatura, como si fuese un hatillo… Luego lo volteo unas cuantas veces, supongo que para coger impulso, y  lo lanzó a cuatro metros de distancia. Al aterrizar el cuerpo, hubo un crujir de huesos que casi me revuelve el estómago.
Rachid profirió un grito agudo y,  mientras se frotaba la espalda, se retorcía con evidentes signos de dolor.
 Vi que necesitaba ayuda (tampoco había que ser un visionario), entonces,  agarrándole por la cintura lo puse en pie.

Hecho esto le abrí los ojos, miré sus pupilas y dije:

-¿Cómo estás hijo?

…Y se cayó desmayado.

(Continuará...)

Lola y Ton...La verdadera historia. (X)

…Salí de la cabaña y tomé el senderito que conducía directamente a mi tienda de campaña. No podía quitarme de la cabeza la última mirada que me dirigió Lola. ¡Cielos, que hechizo el suyo!…Cuando llegué a las proximidades, la luz que brillaba en el interior me dio a entender que había alguien dentro.
 -Hola-me dijo ella-.(era Tawe Piséh, la guía)
-¿Cómo estás tawe? ¡Qué sorpresa! -sonreí-. ¿Cómo es que estás aquí?
-Atrevimiento supongo-replicó ella-. Eran tanto mis deseos de estar un rato con usted, que di por hecho que no se enfadaría. ¿Le gusta mi vestido?
 Giró sobre los talones, mirando por encima del hombro para no perderse detalle de la expresión de mi rostro.
En este punto, Tawe Piséh, la guía indígena,  había desaparecido cediendo su lugar a la mujer, deliciosamente bella y joven.
El vestido parecía estar hecho de piel de alce, suave, fino y dúctil, y se ajustaba de tal forma a su figura que inducía a pensar en un cuerpo mojado…Disimulaba, y a un tiempo lo insinuaba todo. Llevaba suelto su bello cabello negro, que rozándole los senos, resplandecía como el pelaje de una pantera negra. En el mismo brillo de sus ojos, hubiera cabido imaginar la presencia de una princesa maya. Se acercó a mí con paso airoso. Su silueta, así realzada por su vestido, era soberbia y, ciertamente, exacta de lo que en principio creí. Su esbeltez y lo estrecho de su cintura daban aun mayor relieve a la amplitud de sus hombros. Los senos, firmemente asentados, tenían, en verdad, vida propia. Sus piernas, fuertes y de torneado perfecto,  iban enfundadas en unas botas de cuero de ante que le llegaban  más arriba de las rodillas. ¡Qué bellas extremidades! –pensé-.
 -Bueno, ¿es que no le gusta?-insistió-.
-Es precioso, de sobra lo sabes Tawe-sonreí encantado-. Me haces pensar en una cosa  concreta-añadí pícaramente-.
-¿Qué cosa? –preguntó, curiosa-.
-En un método de tortura para hombres.
-¡Oh, no diga eso, por favor! ¿Es posible que ejerza ese efecto sobre usted? El de la tortura, quiero decir…
-En mi caso no, desde luego, Tawe. Pero   si tomásemos un hombre que no hubiese visto una mujer en seis meses y, atado con una cadena, le hiciéramos contemplar un pase como el que tú acabas de dar, entonces, si: sería una tortura solo comparable a la gota malaya.
 Tawe saludó mi ocurrencia con una risa suave, echando la cabeza hacia atrás al hacerlo. Ese gesto despertó en mí el anhelo de aferrarla y besar aquella boca pecadora.
 -Verá -dijo ella-, cuando apareció usted en la isla, detecté, por primera vez en mucho tiempo, al tipo de hombre que me gusta. Sabe usted, yo no soy lo que parezco ser: “una nativa de la isla de Orotava,  analfabeta y primitiva”. He estudiado en EE.UU, gracias al enorme sacrificio del jefe de la tribu, que es mi padre, y del resto de habitantes de la isla. Soy doctora en psiquiatría por la universidad de Florida.
 Si en ese momento me pinchan, no me encuentran sangre.
 -¡Vaya! ¿Y qué haces aquí? -pregunté sorprendido-.
-Estoy de vacaciones, y me gusta recordar mis orígenes, y la cultura de mis ancestros. En Miami no visto así -añadió sonriendo-.
 Sentándose en una caja de material que había en la tienda de campaña, agregó:
 -Tengo muchos pacientes, y por curioso que parezca, la mayoría son hombres. ¡Pero qué insignificantes son! O no tienen carácter alguno, o bien el que tenían lo han perdido. Su mente es pobre, y su imaginación estrecha. La mayoría sufren obsesiones, o están inhibidos, y acuden a mí a exponerme sus lamentables historias. Pues bien, cuando solo descubrimos en nuestro alrededor hombres cuya masculinidad se ha extinguido  y comprobamos que los que integran nuestro círculo de amistades son iguales, entonces, créalo, nace  el instinto de buscar un hombre digno de ese apelativo.
-Gracias-  la interrumpí-.
-No crea que intento alimentar su vanidad –continuó Tawe-.  Emití mi dictamen en el momento mismo que le vi pisar la isla. Vi al hombre que está habituado a hacer frente a la vida, y que, de esta forma se ha adueñado de ella. Es usted fuerte y poderoso  mental y físicamente. Y no está inhibido.
 No me podía creer lo que estaba oyendo y me sequé los labios.
 -No quiero parecerte pedante-dije-, pero  ya he pasado por esta prueba…Y debo decirte que :  ¡Tengo una tara!
-¿De veras? No se me ocurre cual puede ser.
 Ella cruzó las piernas ante mí. Las mujeres deberían  mantener más bajos sus faldas afín de evitarnos a los hombres pensamientos turbadores.  ¿O será que lo hacen ex profeso para exaltarnos la imaginación?
 Observé sus muslos. Eran espléndidos, y yo,  los estaba devorando con avidez, deleitándome, en la región más escondida…y más jugosa. Tawe advirtió la dirección que seguían mis ojos, y pareció gustarle.
 - Mi tara es que me falta voluntad ¡Nunca tengo un no, para una mujer bella  y electrizante!
-¡Al infierno esta tara! –rió ella-. Algunas son justificadas, yo misma tengo alguna oculta. Sepa que de muy joven no era un  modelo de virtud precisamente.
 ¡Ay señor!, aquella mujer me iba a buscar problemas-pensé para mí-. Encendimos sendos cigarrillos, entonces,  ella sonrió y dijo:
 -¿No le gusto?
-Oh sí. En realidad desde que te vi,  perseguía dos fines. El primero era contemplarte en todo tu esplendor. La comprobación ha sobrepasado largamente mis esperanzas
 Me miró unos segundos, quieta y enigmática. Entreabrió ligeramente las piernas y dijo:
 -¿Y el otro fin?
 Ver ese provocador gesto y sentir que la sangre se me inflamaba, fue todo uno. Su belleza excedía cuanto yo había imaginado. Sentía deseos de lanzarme sobre ella y estrecharla entre mis brazos hasta perder el sentido. Estábamos el uno junto al otro, peligrosamente, como suele ocurrir algunas veces…Me abrazó con suavidad, y como si quisiera ocultarlo, estrechó su rostro contra mi cuello. Cogí su cara con las dos manos para que me mirara y la besé en la boca con toda el alma. A mi beso respondió con otro, y se hubiera dicho, que sus brazos, su cuerpo entero, imitaban a sus labios.Tambien ella se sentía devorada por una hoguera y trataba desesperadamente de suprimir una distancia  que ya no existía entre nuestros cuerpos.
Me quedé así, rodeándole los hombros con el brazo, hundiendo mis dedos en sus brillantes cabellos negros. Solo con otra mujer  había experimentado sensación semejante. Tawe  despego sus labios de los míos y se abandono exánime entre mis brazos.
 -Sabes a que he venido aquí, esta noche, ¿verdad? -me preguntó con los ojos entornados y la respiración ansiosa-.
-Creo que sí, pero una confirmación me dejaría más tranquilo-repliqué mirándola fijamente a los ojos-.
-Lo vas a descubrir por ti mismo, créeme.
 Me rodeo el cuello con los bazos y atrajo hacia sus labios los míos. Dejé caer todo mi peso sobre ella y entre nuestros cuerpos se inició un baile de caricias. Sentí en el cuello su ardiente respiración, y por todo mi cuerpo el roce de su mejilla. Estremeciéndose cada vez que palpaba su piel. La besé en la oreja y el temblor de antes se tornó contorsión. Llegó a morderme, clavándome los dientes en el cuello. La estreché aun más contra mí, y entonces tuve la impresión de que ella perdía el aliento. Se restregaba furiosamente contra mí en un intento de avivar el fuego que consumía su interior. Busqué a tientas la llave de paso de la lámpara de gas, la cerré y la tienda quedó a oscuras.
Estábamos solos. Sin palabras. ¿Qué necesidad había de hablar? Solo ruidos mínimos…las respiraciones anhelantes, los besos…
…Y por último, el silencio.

(Continuará…)

Lola y Ton...La verdadera historia. (IX)


…Entré en la cabaña donde ella dormía. Tenía que hablar con Lola, sentirla, tocarla…definitivamente quería recuperarla. Desde que me dejó, en mi se agolpaban toda clase de dopaminas, endorfinas...todo eso tan pegajoso que hace que deseemos enfermizamente a otra persona,  y no sólo sexualmente. Allí estaba, tumbada en un camastro de madera en la penumbra  de la chozuela, solo alumbrada por la tenue luz de una lámpara de gas Coleman. Subí la intensidad de la llama.  La choza tenía el cálido ambiente de los lugares que Lola ocupaba.
Bajo una frente límpida, enmarcados por los arcos simétricos de oscuras cejas de tonalidad natural, resaltaban, llenos de vida unos hermosos ojos color esmeralda sombreados por largas pestañas. El negligé que lucía era negro como el alma del ángel caído y muy poco recatado como pudieran exigir las circunstancias. Lo que la liviana indumentaria pretendía ocultar era, sin embargo, de todo punto encantador. Sus senos atirantaban provocativamente la seda de la prenda. El conjunto de este examen lo realicé en no más tiempo que los dos segundos precisos que necesite para  sentarme a su lado. Dudo que ella percibiera cambio alguno en mi expresión. Pero de lo que estaba seguro es que, de haber adivinado las cosas que en aquel momento me venían a la imaginación, me habría echado a patadas.
 -Lola cariño, tenemos que  hablar.
 La perplejidad y la sorpresa pusieron una arruga en su delicada frente.
 -¿Hablar?  ¿Hablar de qué?-preguntó extrañada al tiempo que se incorporaba-.
 Cruzó las piernas e inclino el cuerpo hacia delante para coger un cigarrillo del paquete que había encima de una gran mochila cerca del catre. Cada gesto suyo, cada uno de sus ademanes emanaban sensualidad.
 -De nosotros…por ejemplo-contesté-.
 El aliento parecía haberse detenido un instante en su garganta.  Se recostó en la cama y envió un anillo de humo al techo de paja.
 -Ya lo hablamos todo… ¿o no lo recuerdas?
 Modifico su posición, deslizando las piernas bajo el cuerpo al tiempo que se volvía para quedar frente a mí. A todo eso el negligé se le había deslizado y ella no se apresuró en cubrirse de nuevo, permitiendo deliberadamente que mis ojos se clavasen en el espectáculo de sus pechos encantadores. Todo ello me hizo sentir seca la boca.
 -¿Qué quieres, que volvamos a intentarlo? ¿Destrozar un matrimonio no fue suficiente para ti?
-Eh… la práctica lleva a la perfección-dije con una sonrisa-.
-Sí,  pero no significa que estés listo para volver a intentarlo.
-Y tú no has dejado nunca de recordármelo Lola.
-Sabes, dudo mucho que escuches esto,  pero al menos lo intentare. Estar casado no exige solo capacidad sexual y emocional,  también responsabilidad.
-Entiendo Lola.
-No lo entiendes ton… mira, no solo eres responsable de las decisiones buenas, tienes que serlo también de las malas…  estar listo para asumirlas, y eso solo se consigue siendo una persona madura. Yo esperaba a un hombre que fuera capaz de aceptar todas las responsabilidades del matrimonio.
-¿Por qué crees que no lo estoy?
-Porque eres  tan bueno que te crees el mejor. No ha habido nada que no hayas podido superar, tu estas acostumbrada a ganar…y no se madura ni se es el mejor, hasta que se ha perdido.
-Ya he perdido…te he perdido a ti, Lola.
 Ignoro si lo hizo intencionadamente o no, pero lo cierto es que se levantó y se detuvo un instante ante la lámpara de gas, dejándome precisar su silueta y lo que la cubría, el negligé, nada más.
 -¡Así es!… pero tú no te lo acabas de creer. Tu ego no está preparado todavía para la derrota…Cuando lo hagas, habrás madurado y entonces sí que estarás preparado.
 El espectáculo que ofrecía, mal cubierta por la prenda de seda transparente, no me dejaba concentrarme.
 -¿Y qué me dices de ti y tu solipsismo? ¿Estás preparada para dejar de lado las emanaciones de tu mente y dejarme vivir como yo quiero vivir, y no como tú quieres que yo viva? Uno recibe aquello que previamente ha sembrado, Lola. Y, créeme, por lo que tú está dispuesta a sembrar, yo soy lo mejor que hay disponible.
 A Lola no le gustó mi sonrisa. La puso nerviosa y eso la irritó. Para terminar de empeorar las cosas, en su mirada se notaba que no podía negar que además se sentía físicamente atraída por mí.
 -Muy bien, Ton. Seré franca y te diré que tú no eres lo que esperaba cuando me casé contigo-remató sentándose en el borde del camastro-..
-Casi nunca soy lo que la gente espera. Por algún motivo, siempre parecen sorprenderse.
-No me extraña —dijo ella con otro tono de voz más suave—. Bueno, pues, como parece que tendremos que soportarnos un tiempo, tengo intención de darte una nueva oportunidad. Como tú mismo has dicho, parece que uno recibe aquello que previamente ha sembrado.
 La miré divertido y sorprendido, suspiré, y dije:
 -¿De verdad?
-¡Maldita sea, Ton! ¿Lo ves? No te tomas nada en serio-replicó abarcándome con una mirada incendiaria de sus bellos ojos color esmeralda- .
 Entonces reparé en su boca, túrgida, humedecida y provocadora. Su escueta vestimenta se había escurrido nuevamente. Había resbalado sobre un hombro, dando lugar a un curioso contraste de la tostada piel trigueña y el negro del   negligé. Con ávida mirada recorrí aquel cuerpo de locura. Visiblemente no ponía mucho empeño en cubrirse.  Deliberadamente entreabrió las piernas  y se desperezó, como un gato grande, dejando que la luz esclareciese su preciosa figura. Yo francamente no soy más que un ser humano.  La cogí por la cintura y la atraje a mí. La miré a los ojos y ella me ofreció la boca. No extrañará pues que accediese a besarla  sin apartar el cuello a las caricias de una mano seductora. Era tan cálido el abrazo como el contacto de sus labios. Lola se estremeció y pude comprender entonces por qué la amaba tanto. Era una mujer capaz de hacer temblar los cimientos del Partenón, con solo una mirada.
Entonces se separó de mí,  me cogió la mano, me llevó a la puerta, me dio un beso en la punta de la nariz, y me dijo:
 -Hasta mañana Ton.
 Yo esperaba recibir algo más, quería pasar de los recuerdos a la locura,  ya me entienden ustedes…un final  de velada diferente, pero Lola me engañó, nuevamente, y lo que recibí por el contrario fue una especie de deja vu a modo de cariñoso adiós.

(Continuará…)