26 agosto 2012

Tiberius Claudius Caesar Augustus Germanicus


Tiberio Claudio César Augusto Germánico (en latín Tiberius Claudius Caesar Augustus Germanicus; nacido en Lugdum en Galia (ahora Lyon, Francia), el  1 de agosto del año 10 a. C. — Muerto en Roma, el 13 de octubre del 54 d. C.  Historiador y político romano, fue también, a su pesar, el cuarto emperador romano de la dinastía Julio-Claudia, y gobernó, y se dejó gobernar,  desde el 24 de enero del año 41 hasta su muerte en el año 54. Fue el primer emperador romano nacido fuera de la Península Itálica. Por eso era tan poco elegante y glamouroso.

Permaneció apartado del poder por feo, antiestético,  y por sus deficiencias físicas, cojera y  tartamudez, hasta que su sobrino Calígula, más guapo y presentable, pero más peligroso que un ignorante opinando,  tras convertirse en emperador, lo nombró cónsul y senador.
La poca representatividad en el terreno político de su familia le sirvió para sobrevivir en las distintas conjuras que provocaron la caída de Tiberio y Calígula.

En esta última conjura, la de la caída del psicópata y perturbado  Calígula, los pretorianos que asesinaron a su sobrino lo encontraron tras una cortina romana (Ya saben ustedes que suelen tener una cuerda tejida a lo largo de la tela, y al tirar de esta cuerda, la cortina se levanta como un acordeón o se destraba hacia abajo), donde se había escondido creyendo que lo iban a matar. Y poco faltó. Se salvó por tartamudo, y porque era más feo que un pie sin uñas.

 Tras la muerte de Calígula, Claudio era el único hombre adulto de su familia. Sí, vale,  ya sé que están pensando que menuda familia, pero un poco de respeto que estoy hablando de la familia imperial romana.  Sigamos. Este motivo (lo de adulto), junto a su aparente debilidad y su inexperiencia política, sin olvidar lo desgarbado y grotesco que era,  hicieron que la guardia pretoriana lo proclamara emperador, pensando tal vez que sería un títere fácil de controlar. No se equivocaron tanto, ya lo verán.
Pese a sus taras físicas (era bastante repugnante, no sé si lo he dicho, y bromeara o estuviera serio, tenía mil tics, una risa espantosa, una  ira aún más horrible, que le hacía echar espuma por su boca abierta, humedeciendo sus narinas; una tartamudez continua y un temblor de cabeza que redoblaba a la mínima ocasión), su falta de experiencia política y que lo considerasen tonto y padeciera complejos de inferioridad por causa de burlas desde su niñez y estigmatizado por su propia madre, Claudio, dicen algunos,  fue un brillante estudiante, gobernante y estratega militar, además de ser querido por el pueblo (bueno, sí, ya sabemos que el criterio del pueblo muchas veces no es muy acertado, solo hay que recordar que, aquí mismo, en España,  el pueblo volvió a entronizar a Fernando VII. ¡Perdónales, Dios mío!) y ser el hombre más poderoso del mundo conocido.

Su gobierno fue de gran prosperidad en la administración, sin burbujas de ningún tipo,  y en el terreno militar. Durante su reinado, las fronteras del Imperio romano se expandieron, produciéndose la conquista de Britania (en aquella época no se la conocía aún por su auténtico nombre: Pérfida Albión). El emperador se tomó un interés personal en el Derecho (cojeaba del izquierdo), presidiendo juicios públicos, de esos quiero hablar ahora, antes de que se me pase, y llegando a promulgar veinte edictos al día.
Claudio tenía una forma muy especial de impartir justicia. La singularidad de sus sentencias rayaba la extravagancia. En cuanto a lo singular de sus juicios, diré que era una persona extremadamente variable, a veces sagaz y  perspicaz, otras veces prudente y apasionado, y muchas otras, extravagante. Pondré un par de ejemplos para que me entendáis. Un día una mujer se negó a reconocer a su hijo, y la evidencia era inequívoca. Pero él ordenó que se casara con el joven, al mismo tiempo que la obligó a reconocer ser su madre. En otro caso se sabe que un caballero romano, expuesto a la furia vengativas de sus enemigos comerciales, quienes injustamente lo acusaron ​​de haber violentado sexualmente a unas mujeres, al ver que estos citaron como testimonio  en su contra  a unas prostitutas, le tiró a la cabeza (de Claudio, se entiende) un estilete y unas tabletas de arcilla que sostenía en su mano, hiriéndole gravemente  en la mejilla, y reprochando amargamente su estupidez y su crueldad.

En cualquier caso, y justicia a parte, se le vio como un personaje vulnerable, especialmente entre la aristocracia. Claudio se vio obligado a defender constantemente su posición descubriendo sediciones, lo que se tradujo en la muerte de muchos senadores romanos.
Claudio también se enfrentó a serios reveses en su vida familiar, uno de los cuales, dicen,  podría haber supuesto su asesinato. Estos eventos dañaron su reputación entre los escritores antiguos, si bien los historiadores más recientes han revisado éstas opiniones. Hoy, todo se revisa, a veces se revisa muy mal por cierto, y luego pasa lo que pasa, claro.
Séneca, filósofo estoico (esta es la mía, y no puedo dejar pasar la ocasión de resaltar mi pedante…perdón…que el fundador del estoicismo fue nada más y nada menos que  Zenón de Citio, un griego, claro, y que dicha corriente filosófica adquirió gran difusión por todo el mundo greco-romano, gozando de especial popularidad entre las élites romanas), comenta en su Apocolocyntosis divi Claudii que su voz no pertenecía a ningún animal terrestre, y que sus manos también eran débiles; Sin embargo, no tenía ninguna deformidad física escandalosamente visible, y los historiadores están de acuerdo en que todos estos síntomas ayudaron a su ascenso final al trono. El propio Claudio llegó a alegar que había exagerado su enfermedad para poder salvar su vida. Un chico listo.

Claudio fue muy maltratado por sus contemporáneos y constantemente ninguneado, incluso por sus familiares más directos. Su propia madre lo despreciaba y calificaba de "caricatura de hombre, aborto de la Naturaleza", y cuando quería hablar de un imbécil, decía: "Es más estúpido que mi hijo Claudio". Su abuela Augusta tuvo siempre por él un profundo desprecio; le dirigía la palabra muy raras veces, y si tenía algo que advertirle, lo hacía por medio de una carta lacónica y dura o por terceras personas. Su hermana Livila, habiendo oído decir que Claudio reinaría algún día, compadeció en voz alta al pueblo romano por estarle reservado tan infausto destino. Como pueden ver, lo tenía todo a favor.
Cojeaba, solía sufrir ataques de dolor intestinal, epilepsia y esclerosis, tenía varios tics en la cabeza, olía mal, no, eso no, oía mal y si se enfadaba le goteaba la nariz y se le formaba espuma en la boca. Suetonio dijo que era «borracho y jugador». Su mismo nombre significaba cojo y su tío abuelo Octavio Augusto solía referirse a él como «pobrecito». Cuando fue senador tenía que leer sus discursos sentado en vez de estar de pie. Además Séneca le dedicó después de muerto al emperador, la sátira Apocolocyntosis divi Claudii (metamorfosis de la cabeza de Claudio en calabaza). Produjo la burla de todo el mundo, incluso de su familia.

A lo largo del siglo pasado, el diagnóstico moderno que trata de explicar la causa de la apariencia de Claudio ha cambiado en diversas ocasiones. Antes de la Segunda Guerra Mundial, la causa aceptada más ampliamente era la parálisis infantil o polio, éste es el diagnóstico que utiliza Robert Graves en sus novelas, publicadas en los años 30. Sin embargo, la polio no explica muchos de los síntomas descritos por los historiadores, y algunas teorías más recientes implican una parálisis cerebral causada por un guantazo de su madre. También se plantea como posible causa de sus síntomas el síndrome de Tourette, pero como ese no lo conoce nadie, tampoco yo, y ustedes menos, lo obviaré.

En cuanto a su personalidad, los historiadores antiguos le describen como generoso, accesible, una persona que se reía de los chistes fácilmente y que se juntaba y comía con la plebe. Pero también los historiadores romanos se refieren a Claudio como un personaje  paranoico, apático, tonto,  fácil de confundir, cruel y sediento de sangre, por las frecuentes luchas de gladiadores y las ejecuciones que mandaba realizar, y muy colérico (aunque el propio Claudio reconocía este rasgo de su carácter, y pedía perdón públicamente por su actitud…era muy educado). Dio muestras de una naturaleza cruel y sanguinaria tanto en las cosas pequeñas como en las grandes. Asistía a la tortura y ejecución de los parricidas, era su debilidad.  Quiso ver personalmente el suplicio de  unos condenados en un pueblo, Tibur,  castigados de acuerdo a la vieja costumbre. La vieja costumbre era mucho peor que la nueva costumbre. Y la nueva costumbre ya era bastante cruel. Estando ya los reos atados a los postes de tortura, el verdugo se hacía esperar, y como tardaba tanto, Claudio, impaciente, preguntó a un carcelero por ese retraso, y éste le dijo que el verdugo venía en camino desde Roma, pero que había perdido la calesa de las 9 de la mañana.  Entonces se sentó y esperó horas y horas, hasta la noche que llegó el verdugo. Paciencia, eso no se le puede negar. En todos los espectáculos de gladiadores, dados por él mismo o por otros, mandaba degollar a los que caían en la arena, incluso por tropezar o por accidente, especialmente a los mirmidones  a quienes mandaba quitar el casco para poder ver su rostro expirante. Disfrutaba tanto viendo a los Reciarios (los de la túnica corta o faldilla con cinturón, manga en el brazo izquierdo, red, tridente, y puñal), que iba a primera hora de la mañana para ver los primeros combates, luego, al medio día, mientras la gente iba a comer, él esperaba ansioso y en ayuno en el palco del anfiteatro  los combates de la tarde. Además, y también, con el más absurdo e imprevisto pretexto hacía combatir en la arena a obreros, empleados  y sirvientes, y un día, hasta mandó luchar a un Senador vestido con su toga resplandeciente, contra un león de la Sabana. El Senador no le duró ni un minuto al león.

 Sin embargo, dicho lo anterior, y no es poco,  era muy confiado, y fue muy influenciado y manipulado por sus distintas esposas y sus libertos (Si no saben quiénes  eran los libertos vayan a Wiki que yo ya hago bastante explicándoles quien fue Claudio).  Estaba enteramente gobernado por sus pretorianos y sus esposas.
Sometido como ya he dicho, a sus pretorianos, y  a sus mujeres, Claudio era un esclavo, más que un emperador. Sus intereses o incluso sus gustos y fantasías (de sus esposas y entorno quiero decir) decidían, a menudo, a su costa, los honores, los Indultos y los castigos. Ellos revocaban sus pretendidas medidas liberales, rectificaban sus juicios, falsificaban sus nombramientos de cargos públicos o los alteraban públicamente. Pero como intento decirles desde el inicio, no era un santo, y sin entrar en detalles minuciosos, les diré que hizo asesinar, con acusaciones vagas y sin querer escucharlo, a Silano Appius con quien estaba unido por unos remotos  lazos familiares, y a las dos Juliasuna hija de Druso, y la otra de Germánico; y lo mismo hizo con Pompeyo Cneo casado con su hija mayor, y Lucio Silano, comprometido con la más  joven. El primero fue apuñalado en los brazos de un joven efebo que amaba, y el segundo se vio obligado a abdicar del cargo de  pretor el cuarto día antes de las calendas de enero, y obligado a suicidarse a principios de año,  el día de la boda de Claudio y Agrippina. También castigaba con tanta naturalidad y ligereza, que hasta se le olvidaba. Una vez firmó la orden de ejecución de treinta y cinco senadores y 300 caballeros romanos (nada que ver con los 300 espartanos), orden seguramente falsificada por Agripina, y no se enteró de nada. Pero hay más. Un día,  un centurión vino a anunciar la muerte de un hombre de rango consular,  diciéndole que su orden fue obedecida; él solo respondió que  no había dado tal orden. ¿Se le había olvidado? ¿O la firmó sin saber lo que firmaba?  Pero lo más increíble, es que él mismo firmó la dote para el matrimonio de Mesalina con el adúltero Silius. Para ello se le hizo creer que era sólo un juego (mira que hay que ser tonto) para desviar sobre otros un peligro que le amenazaba a él directamente.

 En fin, que la figura de Claudio se ha convertido en un enigma, y desde el descubrimiento de su Carta a los Alejandrinos, el pasado siglo, se ha llevado a cabo un gran trabajo para rehabilitar su figura y tratar de determinar dónde está la verdad.

24 agosto 2012

El estigma femenino...O, ¿son las mujeres de fiar?


El otro día fui a comer con mi amigo Josep (ya saben que me refiero al que se folló a la segunda mejor amiga de su ya ex mujer y que bla bla bla…) y como siempre que comemos juntos surge la tan esperada sobremesa. Esperada, y muchas veces desesperante. Ese día el tema que tratamos fue si las mujeres son de fiar, o no. Sí, lo sé, es un tema argumental my manido, pero qué quieren que les diga si Josep es así de simple. Además se puso tan  insistente y contumaz que no me quedó más remedio que explicarle que a mi entender las mujeres nunca han sido de fiar.

-Verás Josep, San Juan Crisóstomo decía: Cuando la primera mujer habló, provocó el pecado original. Y san Ambrosio concluía: si a la mujer se le permite hablar de nuevo, volverá a traer la ruina al hombre. La iglesia católica les prohíbe la palabra, los fundamentalistas musulmanes les mutilan el sexo y les tapan la cara. Los judíos muy ortodoxos empiezan el día diciendo: “gracias señor, por no haberme hecho mujer”. ¿Tú crees que todos están equivocados?


- Sí pero tal vez San Juan de Crisóstomo no sabía que saben coser, saben bordar, saben sufrir y cocinar. Son hijas obedientes, madres abnegadas, esposas resignadas y tú que eres tan ilustrado sabes muy bien que  para elogiar a un prócer se dice: “detrás de todo gran hombre siempre  hay una mujer”

-Vamos a ver Josep, hoy voy a contarte a mi modo y manera una historia de mujeres…déjame pensar unos segundos si recuerdo una que tú también conozcas.  

Pensé unos segundos y recordé la historia de Diego Marcilla e Isabel de Segura.


-Mira Josep, en la ciudad de Teruel viví­an Diego Marcilla e Isabel de Segura. Se conocieron desde muy niños, él era de pobre ascendencia y ella pertenecí­a a una de las familias más ricas de la localidad, con el paso de los años, la amistad se convirtió en amor… Un dí­a Diego tuvo que partir a la guerra, se alistó como soldado en los tercios del emperador. Pero el destino les estaba tejiendo una telaraña de desdichas. Isabel tení­a una prima con la que habí­a hecho vida familiar, Elena. Un dí­a vio a Diego y al instante quedó prendada de él, aún sabiendo los lazos que uní­an al mancebo con su prima, llena de pesadumbre, urdió un plan para que el muchacho quedase libre y pudiera ser suyo. Habí­a en la ciudad un noble caballero, don Fernando de Gamboa que, si bien amaba a Isabel, no se sentí­a muy seguro de ser correspondido. Un dí­a Elena falsificó la escritura de Isabel en una misiva y, llamando a una vieja criada, la envió con dicho papel a casa de don Fernando. Éste, sorprendido, vio una luz de esperanza y en lugar de partir de la ciudad como tení­a previsto, pensó quedarse. Durante varios dí­as rondó la casa de Isabel. De nuevo Elena envió recado en nombre de Isabel, que ignoraba los turbios manejos de su prima. Así­ fue pasando el tiempo y los padres de Isabel juzgaron que ya era hora de dar en matrimonio a su hija. Sabí­an del cariño que existí­a entre la joven y Diego, pero considerando lo humilde de su origen, vacilaron. Don Fernando de Gamboa habí­a manifestado al padre el amor que sentí­a por su hija y, en cierta ocasión se presentaron al mismo tiempo Diego y don Fernando a solicitar la mano de la doncella. Hablaron los dos, exponiendo don Fernando lo noble de su apellido y las riquezas de su hacienda. Diego habló así­: - “No tengo riquezas ni noblezas; más desde niño me habéis tenido en vuestra casa y sabéis que amo a Isabel y que ella me corresponde”. Respondiéndole el padre de la doncella: - “No puedo concederte la mano de Isabel pues serí­a cambiar lo dudoso por lo cierto, la buena casa y la estirpe de don Fernando por la de un joven sin nombre ni fortuna” - “No es justo, noble Segura, respondió Diego, que neguéis a quien os ama como un hijo una oportunidad para ganar con el brazo lo que la fortuna le negó por su nacimiento. Dadme un plazo, aunque sea corto, y yo os demostraré lo que valgo” El padre de Isabel quedó pensativo y le respondió: - “Bien, de acuerdo, esperaré un plazo de tres años con tres dí­as. Si en ese tiempo vuelves con nombre y riquezas, o con nombre tan solo, Isabel será tuya. Pero ni una hora más esperaré”. Diego aceptó lleno de alegrí­a. Cuando Isabel y Diego se encontraron, anunció Diego - “Sé que antes de que haya transcurrido el plazo he de volver, y entonces serás mi esposa y nada habremos de temer”. Y Diego partió a Barcelona, que entonces estaba llena de soldados. Se alistó en uno de los Tercios y embarcó hacia Cartagena. Allí­ salió con su compañí­a para las tierras de África, demostrando prontamente el valor que le animaba. Viaje tras viaje, logró que el Emperador le otorgase la banda de alférez y una Orden que ennoblecí­a su nombre. Entretanto, en Teruel, la prima Elena no habí­a cejado en su tarea de separar a Isabel de Diego. Un dí­a comunicó al padre de ésta que le habí­an llegado noticias de la muerte de Diego. Mucho dolor sintió el anciano y, tomando precauciones, se lo comunicó a Isabel, quien no podí­a creer la noticia de esa muerte, algo en su interior le decí­a que no era cierto. Y le pidió a su padre que aplazara la boda hasta el último momento, lo cual le concedió. El dí­a que expiraba el plazo y se celebraron las bodas, Isabel ya estaba resignada y aceptó de buen grado la mano de don Fernando. Dos horas después del vencimiento del plazo, entraba en Teruel a todo galope Diego Marcilla… habí­a llegado a toda prisa, reventando caballos, pero demasiado tarde. Esperaba que el noble Segura no hubiera sido rí­gido en el cumplimiento del pacto, y cuando llegó y vio las paredes alhajadas con ricas colgaduras y la servidumbre de gala, comprendió que su desdicha estaba consumada. Entonces penetró en la mansión subiendo a los aposentos de Isabel, ya preparados como cámara nupcial. Se ocultó debajo del lecho esperando a que llegara el matrimonio, que una vez despedidos por los familiares se dispusieron a acostarse. Cuando lo hubieron hecho, Diego, para impedir que se consumara la unión, tomó una mano de Isabel, la cual sintió un gran sobresalto, dando un grito. El marido preguntó si le ocurrí­a algo y ella, turbadí­sima y reconociendo la mano de Diego, pidió al marido que bajase a buscar un frasco de sales. Cuando ella quedó a solas con Diego, el cual, cayendo de rodillas ante ella, le recordó su amor, reprochándole su poca constancia, ya que debí­a haber esperado a su vuelta. Ella, aún sintiendo gran alegrí­a de verle, le dijo: - “Ha sido la voluntad de Dios y no la fortuna la que ha hecho que te retrasaras en la llegada. Te he esperado hasta el último momento, ahora, desgraciadamente ya nada puedes obtener de mí. Casada estoy ante el Señor y no puedo faltar a mi honor partiendo contigo. Él insistió, y al levantarse para marchar, se desplomó como herido por un rayo. Terrible fue para Isabel ver morir tan repentinamente a su amado y más fuerte todaví­a la sorpresa de don Fernando al encontrarse con un hombre muerto en su cámara nupcial y a Isabel pálida y pronta a desvanecerse. Ella le explicó lo sucedido, jurándole por lo más sagrado su inocencia. Entonces él, creyéndola, determinó sacar de allí­ el cuerpo del infeliz Diego y, aprovechando las horas de la noche, dejarlo en la puerta de su casa. Así­ lo hizo, siendo ayudado por la propia Isabel. Al dí­a siguiente, horrible fue la sorpresa de los padres del infortunado joven. Por la ciudad corrió la noticia como un reguero de pólvora siendo los comentarios numerosos y diversos. Los funerales se celebraron con gran concurrencia de personas que comentaban la infausta suerte de don Diego. De pronto se presentó Isabel y un rumor acogió su llegada. Vení­a pálida, vestida con sus más lujosos trajes y adornos. Durante la misa permaneció arrodillada con el rostro entre las manos. Al finalizar el oficio de difuntos se aproximó al catafalco y, ante el asombro de todos, inclinándose sobre el cadáver de Diego, depositó un apasionado beso en sus labios. Cuando don Fernando y sus criados acudieron, advirtieron que Isabel estaba echada de bruces sobre el difunto y, queriéndola levantar, advirtieron con espanto que también habí­a muerto de repente. Todos los asistentes se sintieron ganados por la lástima y don Fernando, transido de dolor, dijo: - “Fue la voluntad de Dios que Diego e Isabel no se uniesen en vida. Pero su mano ha conducido al ángel de la muerte para unirlos en el otro mundo. Que se entierren juntos a los esposos que lo fueron en la condición hasta que yo me atravesé en su camino.” Y así­, juntos, se dio sepultura a los cuerpos de Diego Marcilla e Isabel de Segura, a los que la leyenda llamó desde entonces “Los amantes de Teruel”.


-Pero Ton, si he entendido bien la historia, Isabel sí era de fiar, ¿no? ¡Murió por amor!


-¡Josep, como siempre no te enteras de nada!  ¡No llegas a la esencia de las cosas! ¿Sabes qué es el Apotropaion?


-No.


- Apotropaion es un término griego que viene a significar aquel amuleto cuya finalidad consiste en alejar el miedo a algo determinado o a los 'malos espíritus'. Camille Paglia recurre a él en las páginas de su monumental (en tamaño e importancia) “Sexual personae” para tratar de explicar ese principio que nos lleva a intentar protegernos de alguna amenaza, en lugar de alejarnos de ella, desarrollando una cierta relación con la misma, ya sea en un plano religioso como en uno cultural, amoroso  o psicológico. Lo apotropaico vendría a ser algo así como la formalización en un objeto de la cuestión del phármakon, es decir, aquello que en su esencia ambivalente es a la vez bueno y malo, el veneno y su antídoto, etc. ¿Entiendes? El apotropaion nos permite alejar los miedos pero manteniéndonos cerca de ellos, en un peligroso ritual de conjura que mantiene una clara afinidad con la psicología girardiana del deseo mimético y las paradojas a las que nos aboca el double bind, que como bien sabes definió Gregory Bateson. Como señalaba Cesare Pavese, "no nos liberamos de una cosa evitándola, sino sólo atravesándola", ¿Comprendes?


-¿Quieres decir que la mujer es peligrosa pero sin embargo no queremos ni podemos vivir sin ella? ¿Es eso?


-Verás Josep, y ahora quiero que me escuches con atención, no sé si sabes que los sapos no ven como los humanos. Su cerebro sólo reconoce algo cuando esto es lo suficientemente grande como para activar a varias células de su retina a la vez, o sea, que no ven cosas pequeñas sino sólo algo que se pueda descomponer en "puntos gordos" de luz o sombra. En concreto su mente procesa cuatro tipos de información visual: Un punto gordo en movimiento, una línea de puntos también gruesos en movimiento, un cambio brusco de luz a sombra, y repetidos cambios luz/sombra/luz. De este modo distingue en el primer caso a los insectos, en el segundo a los gusanos, en el tercero a un depredador que salte sobre él tapándole el sol y por último una rapaz que le sobrevuele. Y no da para más... Esto se debe a que es un animal estúpido y de sangre fría. ¿me sigues?


-Sí, creo que sí.


-Bien, pues la mujer es como el sapo. No es como nosotros los hombres que somos de sangre caliente. Sencillos sí pero complejos también. Con sentimientos y decepciones. Con amores y desamores. Con un corazón que una vez fue arrancado, cortado, triturado, tirado y pisoteado. Y que vive de sus sueños y esperanzas. Hay que dejar de aferrarse a lo falso, Josep.  Aferrarse a lo falso es lo que hace tan difícil captar lo verdadero. Y lo verdadero es que las mujeres no son de fiar, ¿me entiendes ahora?


-No sé, Ton, creo que necesitaré algo de tiempo para poder asimilar todo eso.


-No, no necesitarás tiempo para darte cuenta de que no necesitas tiempo para conocer el infierno que representa una mujer posesiva, egoísta, manipuladora, interesada, calculadora, ambiciosa y cicatera.


-Ton, yo es que no lo tengo tan claro, ¿sabes? Creo que las mujeres en el fondo no son tan malas. Hasta creo que tienen algo de ángeles. Mira este verano he viajado a Santillana del mar con mi novia, ya sabes de quien hablo,  para ver la cueva de Altamira. Y he quedado maravillado. Hay allí,  pintadas en las paredes y los techos de la caverna: alces, bisontes, figuras que vienen de eso que llaman prehistoria. Caballos, fieras, hombres y mujeres que no tienen edad. Fueron pintadas, pintados, hace miles y miles de años, pero como dice mi novia nacen de nuevo cada vez que alguien las mira: Y uno se pregunta cómo pudieron ellos, nuestros remotos abuelos pintar de tan delicada manera. Como pudieron aquellos brutos que peleaban mano a mano con las fieras más feroces crear esas figuras tan…tan plenas de gracia. Esas mágicas obras, volanderas, que se escapan de la roca y por los aires vuelan, como pudieron ellos… ¿o fueron ellas? ¿Me comprendes, Ton? ¿Comprendes mis dudas?


-¡Josep, no me digas más! Todo esto te lo ha dicho tu novia, ¿verdad? Eres un ingenuo sin redención. No tienes arreglo, eres un capullo al que le encanta ver como se le marcan los pezones bajo las camisetas de tu novia, y ella que no es tonta del todo y lo sabe, solo se ha llevado camisetas para estas vacaciones, ¿verdad? ¡Pero qué lista es! Sabe que lo tuyo con los pezones es casi enfermizo, que  desde  tu separación estás muy estresado, así que te ha tendido una trampa y te ha comido el tarro con eso de que las mujeres no son como yo las pinto. ¡Dios, qué mundo! ¡Qué harpía de novia te has buscado! Seguro que te ha convencido de que la fruta prohibida no es la manzana, sino el plátano. Menos mal que no soy como tú, Josep, a mi me gustan las chicas que piensan, que ríen y sonríen más de lo que muestran, que tienen inquietudes en la vida, que tienden a hablar en positivo y que aprecian los pequeños placeres. A mí si marca o no los pezones en su camiseta me la trae al pairo. Definitivamente, soy un tipo raro. Si me das un folio y tres días libres, podría escribir tantos requisitos que ninguna de las mujeres  con las que sales los cumpliría. ¿Sabes cómo sería la primera noche de la era cristiana si  las santas, y no los santos, hubieran escrito los evangelios? ¿Lo sabes, eh?


-No, no lo sé, Ton.


-Las santas hubieran contado que estaban todos de muy buen humor, todos: la virgen, el niño Jesús resplandeciente en su cuna de paja, el buey, el asno, los reyes magos recién venidos de oriente, y hasta la estrella que los había conducido a Belén. Todos, todos contentos... Menos uno. ¿Y sabes quién, eh?


-¿San José?


-Exacto: San José. ¿Y sabes por qué? Porque ellas nos ponen siempre como lo creación más sombría que Dios ha parido en la tierra. Así son las mujeres, Josep, así, y no como tu novia te quiere hacer creer erizando sus pezones. Son manipuladoras, a ver si te enteras capullo. Y te diré todavía más, si ellas hubieran escrito el génesis,  hubieran dicho que ellas no nacieron de ninguna costilla, que no conocieron a ninguna serpiente, que no ofrecieron nunca ninguna manzana a nadie, y que todo eso, no son más que calumnias que Adán contó a la prensa. Y para terminar esta conversación, porque ya me tienes harto,  te recordaré las proféticas palabras de sacha Guitry: Si la mujer fuera buena, Dios tendría una.

21 agosto 2012

“Cómo envejecer”, de Bertrand Russell


A pesar del título, este artículo tratará, en realidad, de cómo no envejecer, que, a mis años, es un tema mucho más importante. Mi primer consejo sería que escogiesen ustedes sus antepasados cuidadosamente. Aunque mi padre y mi madre murieron los dos jóvenes, me he portado bien, a este respecto, por lo que se refiere a mis otros antepasados. Mi abuelo materno, es verdad, se extinguió en la flor de su juventud, a la edad de 67 años; pero mis otros tres abuelos vivieron más de ochenta años. Entre mis ascendientes más alejados, sólo puedo encontrar uno que no alcanzase una gran longevidad, y ése murió de una enfermedad que es ahora rara: la decapitación. Una de mis bisabuelas, que fue amiga de Gibbon, vivió hasta los noventa y dos y, hasta sus últimos días, fue el terror de sus descendientes. Mi abuela materna, después de tener nueve hijos que vivieron, uno que murió en la infancia y bastantes abortos, en cuanto se quedó viuda se consagró a la causa de la educación superior para las mujeres. Fue una de las fundadoras del Girton College, y trabajó obstinadamente para que el ejercicio de la medicina fuese abierto a las mujeres. Solía relatar que se encontró en Italia, con un caballero anciano que parecía muy triste. Le preguntó la causa de su melancolía y él respondió que acababa de separarse de sus dos nietos. «¡Bendito sea Dios! —exclamó ella— Tengo setenta y dos nietos y, si me pusiera triste cada vez que me tengo que separar de alguno de ellos, llevaría una existencia deplorable». « ¡Madre desnaturalizada!» replicó él. Pero, hablando como uno de esos setenta y dos, prefiero la fórmula de mi abuela. Después de los ochenta, ésta, como hallara alguna dificultad para dormirse, se pasaba, desde la medianoche hasta las tres de la madrugada, leyendo divulgación científica. Creo que nunca tuvo tiempo para darse cuenta de que estaba envejeciendo. Esta, según pienso, es la receta adecuada para permanecer joven. Si ustedes pueden ser todavía útiles en actividades amplias e interesantes y se preocupan vivamente por ellas, no se verán obligados a pensar en el hecho meramente estadístico del número de sus años y, aún menos, en la probable brevedad de su futuro.

Por lo que se refiere a la salud, nada útil puedo decir, puesto que tengo escasas experiencias en materia de enfermedades. Como y bebo lo que quiero, y duermo cuando no puedo permanecer despierto. Nunca hago nada pensando que será bueno para la salud, aunque, en la práctica, lo que me gusta hacer es en su mayor parte saludable.

Psicológicamente, existen dos peligros contra los que hay que estar vigilante cuando se llega a viejo. Uno de ellos consiste en absorberse indebidamente en el pasado. No se debe vivir de memorias, lamentándonos por el buen tiempo pasado, tristes por los amigos que murieron. Nuestros pensamientos deben estar dirigidos hacia el futuro y hacia cosas en las que se pueda hacer algo. Esto no siempre es fácil; el propio pasado es un peso que va gradualmente creciendo. Es fácil pensar, para sí, que nuestras emociones solían ser más vividas de lo que son ahora, y nuestra mente más penetrante. Pero, si esto es cierto, debe olvidarse, y, si se olvida, probablemente no será cierto.

Otra cosa que se debe evitar es adherirse a la juventud con la esperanza de aspirar vigor de su vitalidad. Cuando sus hijos crezcan, querrán vivir sus propias vidas, y si usted continúa interesándose tanto por ellos como cuando eran pequeños, es muy probable que le consideren una carga, a no ser que posean una insensibilidad no corriente. No quiero decir que no deberíamos ocuparnos de ellos, sino que nuestro interés debe ser contemplativo y, si es posible, filantrópico y no demasiado emotivo. Los animales llegan a ser indiferentes ante sus pequeños en cuanto éstos pueden bastarse por sí mismos; pero los seres humanos a causa de su prolongada infancia, hallan esto difícil.

Creo que a los que tienen preocupaciones impersonales intensas, que impliquen actividades apropiadas, les será más fácil conseguir una vejez afortunada. En esta esfera es, realmente, donde resulta fructífera una larga experiencia y donde la sabiduría que nace de la experiencia, puede ejercitarse sin que sea opresiva. No sirve para nada decir a los niños en proceso de educación que no comentan errores, pues, por un lado, no le harán ningún caso y, por otro, los errores forman una parte esencial de la educación. Pero, si usted es uno de ésos que son incapaces de tener preocupaciones impersonales, se dará cuenta de que su vida está vacía, a no ser que se preocupe de sus hijos y de sus nietos. En ese caso, comprobará que, si bien usted puede aún ser de alguna utilidad material para ellos, puede pasarles regularmente cierta suma o hacerles «jerseys», no debe esperar que se diviertan en su compañía.

Algunas personas ancianas están oprimidas por el miedo a la muerte. Durante la juventud, este sentimiento está justificado. Los jóvenes que tienen razones para temer que los maten en alguna batalla, pueden justificadamente sentir amargura al pensar que se les ha robado lo mejor que la vida es capaz de ofrecer. Pero, en un anciano, que ha conocido las alegrías y las tristezas humanas, que ha terminado la obra que le cabía hacer, el temor a la muerte es algo abyecto e innoble. El mejor modo de superarlo —por lo menos, ésta es mi opinión— consiste en ampliar e ir haciendo cada vez más impersonales sus intereses, hasta que, poco a poco, retrocedan los muros que encierran al yo, y su vida vaya sumergiéndose crecientemente en la vida universal. Una existencia humana individual debería ser como un río: al principio, pequeña, estrechamente limitada por las márgenes, fluyendo apasionadamente sobre las piedras y arrojándose por las cascadas. Lentamente el río va haciéndose más ancho, las márgenes se apartan, las aguas corren más mansamente y, por último, sin ningún sobresalto visible, se funden con el mar y pierden, sin dolor, su ser individual. El hombre que, en su vejez, sea capaz de considerar su vida de esta manera, no sufrirá el temor a la muerte, pues las cosas que él estima seguirán existiendo. Y, si con la decadencia de la vitalidad aumenta la fatiga, no será mal recibido, entonces, el pensamiento de que está próxima la hora del descanso. Yo desearía morir en pleno trabajo, sabiendo que otros continuarán lo que yo ya no puedo hacer, y contento al pensar que se hizo lo que fue posible hacer.

"Máscara", de Friedrich Nietzsche



Todo lo que es profundo ama la máscara; las cosas más profundas de todas sienten incluso odio por la imagen y el símil. ¿No sería la antítesis tal vez el disfraz adecuado con que caminaría el pudor de un dios? Es ésta una pregunta digna de ser hecha: sería extraño que ningún místico se hubiera atrevido aún a hacer algo así consigo mismo. Hay acontecimientos de especie tan delicada que se obra bien al recubrirlos y volverlos irreconocibles con una grosería; hay acciones realizadas por amor y por una magnanimidad tan desbordante que después de ellas nada resulta más aconsejable que tomar un bastón y apalear de firme al testigo de vista: a fin de ofuscar su memoria. Más de uno es experto en ofuscar y maltratar a su propia memoria, para vengarse al menos de ese único enterado: - el pudor es rico en invenciones. No son las cosas peores aquellas de que más nos avergonzamos: no es sólo perfidia lo que se oculta detrás de una máscara, - hay mucha bondad en la astucia. Yo podría imaginarme que Un hombre que tuviera que ocultar algo precioso y frágil rodase por la vida grueso y redondo como un verde y viejo tonel de vino, de pesados aros: así lo quiere la sutileza de su pudor. A un hombre que posea profundidad en el pudor también sus destinos, así como sus decisiones delicadas, le salen al encuentro en caminos a los cuales pocos llegan alguna vez y cuya existencia no les es lícito conocer ni a sus más próximos e íntimos: a los ojos de éstos queda oculto el peligro que corre su vida, así como también su reconquistada seguridad vital. Semejante escondido, que por instinto emplea el hablar para callar y silenciar, y que es inagotable en escapar a la comunicación, quiere y procura que sea una máscara suya lo que circule en lugar de él por los corazones y cabezas de sus amigos; y suponiendo que no lo quiera, algún día se le abrirán los ojos y verá que, a pesar de todo, hay allí una máscara suya, - y que es bueno que así sea. Todo espíritu profundo necesita una máscara: aún más, en torno a todo espíritu profundo va creciendo continuamente una máscara, gracias a la interpretación constantemente falsa, es decir, superficial, de toda palabra, de todo paso, de toda señal de vida que él da.

"40" en Más allá del bien y del mal, 1886


"Hiatus Irrationalis", de Jacques Lacan

Cosas, que fluya en ustedes el sudor o la savia,
Formas, que nazcan ustedes de la fragua o la sangre,
Vuestro torrente no es más denso que mi sueño;
Y, si no los golpeo con un deseo incesante,

Atravieso vuestra agua, caigo cerca de la orilla
Donde me atrae el peso de mi demonio pensante.
Solo, se enfrenta al duro suelo del que se levanta el ser,
Al ciego y sordo mal, al dios privado de sentido,

Pero en cuanto todo verbo ha muerto en mi garganta,
Cosas, que nazcan ustedes de la sangre o de la fragua,
Naturaleza, –me pierdo en el flujo de un elemento:

El que se incuba en mí, el mismo que a ustedes se subleva,
Formas, que fluya en ustedes el sudor o la savia,
Es el fuego que me hace vuestro inmortal amante.

“El poder de las palabras”, de Edgar Allan Poe

(Uno de mis escritores favoritos. Por atormentado. El tormento lleva a la genialidad, y no al revés. En eso estoy yo. A ver si lo consigo.)

Oinos. —Perdona, Agathos, la flaqueza de un espíritu recién ornado
con las alas de la inmortalidad.
Agathos. —Nada has dicho, Oinos mío, por lo que debas pedir perdón. Ni siquiera aquí el conocimiento es cosa de intuición. La sabiduría sí, la sabiduría pídesela libremente a los ángeles, que te podrá ser concedida.
Oinos. —Pero yo había soñado que en esta existencia sería sabedor de todas las cosas al mismo tiempo, y así al punto feliz por conocerlo todo.
Agathos. —¡Ah, la felicidad no está en el conocimiento, sino en la adquisición del conocimiento! La bienaventuranza eterna reside en conocer más y más, pero conocer todo sería la maldición de un demonio.
Oinos. —Pero, ¿no conoce el Altísimo todo?
Agathos. —Esa (pues que él es el Felicísimo) debe ser la única cosa desconocida hasta para el.
Oinos. —Sin embargo, puesto que ganamos a cada hora en conocimiento, ¿no han de ser, afín, conocidas todas las cosas?
Agathos. —¡Mira, hacia abajo, hacia las abismales distancias! !Intenta hundir la vista en la múltiple perspectiva de las estrellas, mientras nos deslizamos lentamente a través de ellas, así..., así y así! Incluso la visión espiritual, ¿no está detenida en todos los puntos por las continuas murallas áureas del universo..., por esas murallas de las miríadas de los cuerpos brillantes cuyo mero número parece fundirse en una unidad?
Oinos. —Advierto claramente que la infinidad de la materia no es un sueño.
Agathos. —No hay sueños en Hedén..., pero aquí se murmura que la única finalidad de esa infinidad de la materia es ofrecer manantiales infinitos en los cuales el alma pueda aplacar la sed de conocer, siempre insaciable dentro de ella —pues saciarla sería extinguir la esencia misma del alma. Pregúntame, pues, Oinos mía, libremente y sin temor. ¡Ven! Dejaremos a la izquierda la alta armonía de las Pléyades y desde el trono iremos a caer en los prados sembrados de estrellas allende Orión, donde en lugar de pensamientos, violetas y trinitarias están los lechos de los soles triplicados y tricromados.
Oinos. —Y ahora, Agathos, mientras avanzamos, instrúyeme, háblame en los tonos familiares de la tierra. No he comprendido lo que me has estado sugiriendo sobre los modos o sobre los métodos de lo que, cuando éramos mortales, hemos acostumbrado a llamar Creación. ¿Quieres dar a entender que el Creador no es Dios?
Agathos. —Quiero dar a entender que la Deidad no crea.
Oinos. —¡Explícate!
Agathos. —Sólo en el principio creó. Las aparentes criaturas que están, ahora, por todo el universo, adquiriendo su ser tan continuamente, sólo pueden ser consideradas como resultados indirectos o mediatos, no como directos o inmediatos, del divino poder creador.
Oinos. —Entre los hombres, Agathos mío, esa idea sería considerada como herética en extremo.
Agathos. —Entre los ángeles, Oinos mía, es aceptada sencillamente como cierta.
Oinos. —Puedo comprenderte hasta este punto: que ciertas operaciones de lo que denominamos Naturaleza, o leyes naturales, darán origen, bajo ciertas condiciones, a lo que tiene toda la apariencia de creación. Poco antes de la destrucción final de la tierra, hubo, recuerdo bien, muchos experimentos coronados por el éxito en lo que algunos filósofos denominaron neciamente creación de animálculos.
Agathos. —Los casos de que hablas eran, en realidad, ejemplos de creación secundaria y de la única especie de la creación que jamás haya existido desde que la primera palabra dio existencia a la primera ley.
Oinos. —¿No son los mundos estelares que, desde el abismo de la nada, estallan a cada hora hacia los cielos..., no son estas estrellas, Agathos, la obra inmediata de la mano del Soberano?
Agathos. —Déjame que intente, Oinos mía, conducirte paso a paso a la concepción que busco explicar. Ten por seguro que, así como ningún pensamiento puede perecer, tampoco ningún acto queda sin resultado infinito. Nosotros movíamos las manos, por ejemplo, cuando éramos habitantes de la tierra, y al hacerlo impartíamos vibración a la atmósfera que la circundaba. Esta vibración iba extendiéndose indefinidamente hasta que daba impulso a cada una de las partículas del aire de la tierra, que en lo sucesivo, y para siempre, era excitado por ese único movimiento de la mano. Este hecho lo conocían bien los matemáticos de nuestro planeta. En realidad, ellos hicieron de los efectos especiales, creados en los líquidos por impulsos especiales, objeto de cálculo exacto, de manera que resultó fácil determinar en qué momento preciso un impulso de grado determinado circundaría el orbe y dejaría su impresión (por siempre) en cada átomo de la atmósfera ambiente. Retrogradando, no tuvieron dificultad en determinar el valor del impulso original. Ahora bien, los matemáticos que vieron que los resultados de cualquier impulso dado eran absolutamente inacabables, y que una parte de esos resultados podía medirse con exactitud por medio del análisis algebraico, que vieron también la facilidad de la retrogradación, vieron al mismo tiempo que esa especie de análisis contenía en sí una capacidad de progreso indefinido, que no existían límites concebibles para su avance y aplicabilidad, excepto dentro del intelecto de quien lo promovía o aplicaba. Pero nuestros matemáticos se detuvieron en ese punto.
Oinos. —¿Y por qué, Agathos, debieron haber seguido adelante?
Agathos. —Porque más allá había algunas consideraciones de profundo interés. Era deducible por lo que conocían que, para un ser de entendimiento infinito, para quien la perfección del análisis algebraico no tuviese secretos, no podía haber dificultad en seguir el rastro a cada uno de los impulsos impartidos al aire —y al éter a través del aire— hasta las consecuencias más remotas en las épocas más infinitamente remotas. Es, en verdad, demostrable que cada uno de tales impulsos dados al aire, debe finalmente dejar su impresión en cada una de las cosas individuales que existen dentro del universo, de modo que el ser de infinita inteligencia, al ser que hemos imaginado, pueda seguir el rastro a las remotas ondulaciones del impulso, seguir su rastro hacia arriba y adelante en la influencia dejada por ellas en todas las partículas de toda la materia, hacia arriba y adelante por siempre en las modificaciones hechas por ellas sobre las formas antiguas —o, en otras palabras, en sus creaciones nuevas— hasta que las encuentre reflejadas —incapaces al fin de dejar impresión— desde el trono de la Divinidad. Y no sólo podría hacer eso un ser semejante, sino que además, en cualquier época, dado un resultado (de sometérsele a su examen, por ejemplo, uno de esos innumerables cometas), no tendría dificultad en determinar, por retrogradación analítica, a qué impulso original era debido. Este poder de retrogradación en su plenitud y perfección absolutas, esta facultad de asignar en todas las épocas todos los efectos a todas las causas, es desde luego la prerrogativa única de la Deidad; pero en todas las variedades de grados, inferiores a la absoluta perfección, el poder es ejercido por todas las huestes de las inteligencias angélicas.
Oinos. —Pero tú hablas sólo de impulsos sobre el aire.
Agathos. —Al hablar del aire, me refiero sólo a la tierra, pero la proposición general hace referencia a impulsos sobre el éter, que, al penetrar y ser él solo el que penetra en todo el espacio, resulta el gran médium de la creación,
Oinos. —Entonces, ¿todo movimiento, de la naturaleza que sea, crea?
Agathos. —Debe hacerlo. Pero una verdadera filosofía viene enseñando desde hace mucho tiempo que la fuente de todo movimiento es el pensamiento... y la fuente de todo pensamiento es...
Oinos. —Dios.
Agathos. —Y mientras hablaba así, ¿no ha cruzado por tu mente algún pensamiento del poder físico de las palabras? ¿No es toda palabra un impulso sobre el aire?
Oinos. —Pero ¿por qué lloras, Agathos...? ¿Y por qué, oh, por qué se abaten tus alas mientras pasemos por encima de esa hermosa estrella, que es la más verde y no obstante la más terrible de todas las que hemos encontrado en nuestro vuelo? Sus brillantes flores son como un sueño de cuento de hadas, pero sus furiosos volcanes como las pasiones de un turbulento corazón.
Agathos. —¡Lo son, lo son! Esa extraña estrella..., hace ahora tres siglos, que con manos crispadas y con ojos radiantes, a los pies de mi amada, le di nacimiento con mis apasionadas frases. ¡Sus brillantes flores son mis más caros sueños irrealizados y sus iracundos volcanes son las pasiones del más turbulento e impío corazón!

Poema puritano.


Me encanta mi sexo
Entre tu sexo y el mío
no sé cuál elegir.

Es que el tuyo
es tan divertido
y el mío tan bonito.

Pero lo que hay
que subrayar
es cómo cabe el tuyo
dentro del mío
siendo tan grande
y de color brillante.

Los sexos son
en sí mismos
perfumados.

Morir con la mano en el sexo.

No con la mano en la mano,
aunque de eso puede encargarse
la otra mano.

Cecilia Vicuña