Lord Byron
15 febrero 2012
¿De dónde surgen las pasiones repentinas de un varón por una mujer, las pasiones hondas, entrañables? De lo que menos, de la sola sensualidad; pero cuando el varón halla juntos en una sola criatura el desamparo, la debilidad y, a la vez, la altanería, en su interior es como si su alma quisiera desbordarse: queda conmovido y ofendido en un mismo instante. En ese punto brota la fuente del gran amor.
Friedrich Nietzsche
Armand Lagardère y la Mesa de salomon (I)
Llegué a las diez en punto. Siempre me ha gustado ser puntual. Abrí la pequeña verja del jardín, y después de cortar una rosa roja para adornar el ojal de mi chaqueta, me dirigí a la puerta principal. Noté, en mi espalda la mirada del jardinero. No dijo nada, supongo que una rosa más o menos no debía importarle. Tras la puerta se escuchaba música. Reconocí la canción: “La vie en rose” de Edith Piaf. Llamé al timbre, y casi sin tiempo para apagar el cigarrillo oí:
-Adelante, está abierto.
No había duda de que me estaba esperando. Entré en el recibidor, y cerré la puerta tras de mí.
-Acomódate en el salón -ordenó la voz desde la distancia-, termino de vestirme y vengo.
Hice lo que me decía aquella voz grave y seductora; entré en el salón y me situé en el centro. Una de las puertas estaba abierta y daba a una habitación. Miré y vi la chica, medio desnuda delante del tocador, sentada con las piernas cruzadas en una silla, contemplándose en el gran espejo de estilo rococó. Se estaba subiendo una de las medias, con parsimonia, casi con deleite. Su espalda estaba ligeramente arqueada, y de la postura resultante se desprendía un cierto aire de descarado atrevimiento. Los lazos del corpiño negros cruzando su espalda desnuda, el diminuto encaje negro de sus braguitas y la perfección de sus piernas sacudieron mis sentidos.
Ella alzó los ojos del reflejo de su rostro y me examinó, con altanera brevedad a través del espejo.
-Supongo que eres Armand Lagardère; Armentierres me avisó ayer noche de tu llegada -dijo con voz solemne- Siéntate y disfruta de la música. Es Edith Piaf, supongo que la conoces...
- ¡Quién no conoce a Edith Piaf! ¿Te importa si fumo? -pregunté, sacando mi paquete de tabaco y encendiendo un cigarrillo.
- Me importa… pero ya es tarde, ¿verdad?-contestó mirando mi pitillo humeante.
La chica siguió con su silenciosa puesta en escena de mujer descarada subiendo la otra media hasta tres cuartos de muslo, y contemplándome en el espejo mientras se terminaba la canción. Luego, con actitud estudiada flexionó las caderas y se levantó de la silla. Giró ligeramente la cabeza y su hermosa melena rubia cayó sobre sus hombros, balanceándose con el movimiento y reflejando la luz.
-Si quieres una copa, sírvete -dijo señalando una botella de Bourbon que estaba sobre la mesa-. Estaré contigo enseguida…
…Y cerró la puerta de la habitación; lo justo para dejar un espacio suficiente para que yo pudiera seguir admirándola. Me serví un buen trago, y recorrí con la mirada la estancia. Todo parecía estar hecho a la medida de aquella mujer. Desde la música hasta la decoración. El ambiente entero parecía pertenecerle, tenía su misma sensualidad descarada. La casa poseía el sabor fuerte de su personalidad y el patetismo de su mirada melancólica que había percibido a través del espejo.
Me senté en uno de los sillones para esperarla. No sabía casi nada de ella, ni tan solo su nombre, solo que Armentierres me había dicho que se apellidaba Breton y que sería mi sombra hasta Gastad. Por mi parte había dado por sentado que se trataría de una mujer de vuelta de todo, un canto rodado que había pasado por todo en la vida, y cuyo cuerpo estaba cansado y hastiado de conocer camas de todo tipo. Su mirada aunque luminosa, era triste, tanto como sus gestos, pero cualquiera que fuese la historia de su cuerpo, su piel seguía brillando bajo la luz de su temperamento.
¿Cual es su nombre? -pensé para mí-. Me levanté del sillón y me dirigí hacia una maleta que había visto cerca de la puerta. El asa llevaba atada una etiqueta de Air France. Decía: Señorita C. Breton. ¿C? Miré el techo buscando inspiración... ¿Carla?, ¿Carmen?, ¿Catalina?, ¿Catherine?,... No, ninguno parecía irle bien. Desde luego no Carmen, ni catalina.
Seguía entretenido con el problema cuando ella apareció en silencio en la entrada de la habitación, permaneciendo con un codo apoyado en el marco de la puerta y la cabeza inclinada sobre la otra mano. Me miró pensativa.
Dejé mis tribulaciones y le devolví la mirada. Iba vestida para salir. Lucía un elegante vestido negro por la rodilla, con un escote justo, medias de color ceniza y zapatos negros de tacón de aguja que daban la impresión de costar una fortuna. Llevaba en una muñeca un precioso reloj de pulsera de plata con correa negra, y en la otra un ancho brazalete cincelado. Un gran piedra azul llameaba en uno de los dedos de su mano derecha y unos pendientes de oro trenzado asomaban entre su precioso cabello, de un tono dorado brillante.
Era preciosa, y lo sabía. Poseía atractivo y le gustaba mostrarlo, sin importarle lo que los demás pensaran de ella. Había algo especial en sus grandes ojos grises. Algo que me atraía y me subyugaba. Tenía la piel algo bronceada y muy poco maquillaje, excepto el rojo vivaz de sus labios, suaves y carnosos, con un aire caprichoso y pecador.
Esos ojos me observaban con mirada escrutadora.
-Así que tú eres Armand Lagardère –me dijo.
Su voz era seductora y atractiva, pero con un deje de condescendencia.
-Sí –repuse yo-. Y me he estado preguntando qué nombre corresponde a la C.
Ella pensó por un momento, buscando entenderme. Miró la maleta.
-Ah, ¿te refieres a mi nombre? Solo tenías que preguntármelo -dijo-. Corresponde a Charlize.
Se dirigió hacia la botella de Bourbon. Se sirvió una copa, y se volvió hacia mí.
-Pero es solo para mis amigos -añadió con frialdad.
No hice caso a su respuesta y me senté sobre el alféizar de la ventana con las piernas cruzadas.
Mi impasibilidad pareció irritarla. Lo hice expresamente. Luego la chica se sentó en un sillón.
-Bien -comenzó con un tono cortante-, hablemos de trabajo. En primer lugar, ¿por qué te han enviado a ti?
-Me gustan los relojes de Cuco… esquiar…y las mujeres. Creo que donde me van a enviar, hay las tres cosas.
-Oh -exclamó ella con mirada intensa-. Me habían dicho que lo tuyo era el sarcasmo y la ironía. -Hizo una pausa-. ¿Qué tipo de mujeres?
-Rubias, morenas…Mientras el vestido esté a juego.
-Veo que no eres de los difíciles.
-No creas…cuesta encontrar una mujer bien conjuntada.
La chica cambió de tema.
-¿Sabes dónde nos vamos a meter? ¿Tienes idea?
-No, pero tú me lo dirás, ¿verdad?
Se levantó en silencio por un breve momento, reflexionando. Después cogió un pedazo de papel y un lápiz-. ¿En qué hotel estás hospedado? -preguntó sin sonreír.
-Se llama Van Gogh, como el pintor -respondí con la misma seriedad-. Lo conoces, ¿no?
Sin hacer ningún comentario, ella apuntó el nombre. Luego me miró.
-¿Tienes pasaporte?
-Sí, lo tengo -admití- pero la foto no me hace justicia.
-De acuerdo -dijo ella sin hacer caso de mi sarcasmo-. Ahora presta atención. Te hospedarás en el Helvetia, en Zúrich. Allí contactarás con Van Haneggen, es miembro de Cobra negra, una organización que trafica con objetos de arte robados -me explicó la chica -. Solo para que lo sepas, este hombre es peligroso, y no es de fiar, no sabemos si la información que nos ha dado es cierta. Dice estar en posesión de la mesa del rey salomón, pero todo es muy confuso, y poco creíble -añadió con seriedad.
No pude evitar sonreír.
-Él no es nada divertido -dijo la chica escuetamente.
Luego abrió el cajón del escritorio y sacó un fajo de billetes de doscientos francos suizos sujetos por un clip metálico. Los contó con rapidez, y me lanzó el fajo.
-Ahí tienes diez mil francos suizos. Reserva habitación en el Helvetia. Tomarás el vuelo de Air France a Zúrich pasado mañana, miércoles. Yo salgo mañana para allá, te estaré esperando en el aeropuerto. ¿De acuerdo?
-Porque no viajamos juntos-pregunté extrañado-.
-Es posible que nos estén vigilando. Toda precaución es poca-contestó ella.
-Por eso mismo no me parece conveniente que viajes sola. No quisiera que te pasara nada-dije con aire protector.
-Tonterías -repuso ella, desdeñosa-. No te preocupes por mí. Puedo cuidar de mí misma. Te sorprenderías. Puedo hacer cualquier cosa tan bien como tú, no te preocupes, y deja de ser tan protector por un segundo. Nos encontraremos en Zúrich.
Me levanté y me alejé del alféizar de la ventana, sonriendo a los brillantes ojos grises de la chica, que se oscurecían por momentos.
-Lo decía solo por tu bien...y para conocerte mejor.
Ella me gustaba, era evidente, y la chica lo sabía. Me miró pensativa por un momento y sus ojos perdieron, poco a poco, el tinte oscuro. Sus apretados labios se relajaron entreabriéndose. Había un asomo de balbuceo en su voz cuando dijo:
-Yo, yo... esto…. -Se alejó un poco-. ¡Está bien! –exclamó-. Estoy libre esta noche. Supongo que podemos cenar juntos. En el Club Café cantante, en la avenida de los Campos Elíseos. Todos los taxistas lo conocen. A las ocho en punto. -Se volvió para mirarme-. ¿Te va bien?
-Perfecto –dije yo.
Luego, rápidamente, como si acabase de recordar algo, me dijo-:
-¿Qué hora es?
Consulté mi reloj.
-Las once menos diez.
-Uy, que tarde, tengo que darme prisa –dijo ella.
Con un gesto de despedida se dirigió hacia la puerta. La seguí. Con la mano en la llave, se volvió hacia mí. Me miró con un aire diferente, casi de ternura en sus ojos.
-Hasta la noche entonces-dijo despidiéndome-.
-Nos vemos en ese sitio tuyo, el Café cantante -dije.
Quería añadir algo más, encontrar cualquier excusa para irme con ella, con la muchacha solitaria que conocí hacía tan solo un rato escuchando “La vie en rose” y contemplando su imagen en el espejo. Pero ahora la expresión de la chica había vuelto a cambiar, era distante. Como si yo fuera un desconocido.
-Claro -repuso ella, indiferente.
Me miró una vez más, cerró la puerta, lenta pero firmemente, y se alejó hacia la pequeña verja del jardín que daba a la calle. Yo me quedé unos instantes pensativo, plantado en el pórtico de la casa, admirando su figura tallada en suficiencia y altiva naturalidad. Finalmente salí tras sus pasos, y al pasar cerca del jardinero que seguía recortando los setos, le guiñé un ojo y dije:
-Creo que me acabo de enamorar de tu patrona.
La historia increíble de "Sam Ballantine".
...Eran alrededor de las diez de la noche de un viernes de hace ya muchos años. Estaba en Valencia, llevaba mi abrigo gris marino, traje negro oscuro con mi camisa de seda antracita, corbata gris ceniza, zapatos negros, y calcetines oscuros. Iba limpio, barba de tres días y sobrio. Lo mejor vestido que un fracasado puede estar. Vagaba sin rumbo, buscando un último garito en el que dejar derrumbar mis sentidos. Hacía seis meses que mi novia me había dejado tirado como una colilla retorcida y no podía soportar el dolor de su perdida. Deseaba librarme de él, y no podía. Quería perderlo todo, hasta la cordura. Más que nada Deseaba la muerte, ahora lo sé, la buscaba como un alivio para el dolor de vivir.
Recuerdo que me sentía como un habitante de un planeta moribundo escudriñando el horizonte en busca de una charca donde saciar el ansia de seguir viviendo. El antro que tenía más próximo se llamaba “El deseo”. Un local sumergido en una atmósfera irrespirable de humo y vapor de alcohol, pero con fama de cobijar las bailarinas más cautivadoras, cuya temperatura en su ecuador era la del plomo derretido. No lo dudé más, y con lentitud y seguridad entré. Me acerqué a la barra, punto de anclaje para los náufragos de la noche, y pedí un gin-tonic con tres cubitos. Entonces oí esa voz. Esa voz celestial. Había en ella yo no sé qué cosa, que en mis fibras penetraba y penetraba como espada sorda. Entonces giré la cabeza sin apenas mover mi cuerpo, y dirigí la mirada al escenario, y la vi. Una diosa. En su mirada las montañas podían entrar, y su vestido vaporoso y epicúreo embrujaba. Tenía unas piernas cálidas e interminables y una mirada calculadora que parecía desprender polvos cósmicos (Recuerdo que en aquel momento sentí que mi corazón sufría una presión atmosférica terrible). Movía su espectacular cuerpo entre titánicas moles de lava y hielo artificiales que caían desde las cumbres coronadas de vapor artificial. También recuerdo que me estremecí y palpité al contemplarla. Mirarla bailar tan sensualmente era como ver la vida extenderse, y la conciencia expandirse. Aquella mujer era lo más semejante a una diosa, y parecía tener la facultad de plegar el espacio y el tiempo, es decir, de viajar a cualquier corazón yermo y desolado sin necesidad de moverse. Era como un oasis milagroso e inesperado, y poseía un magnetismo irresistible que no me hizo suponer que un destino terrible se cernía sobre mí, ni que desde las tinieblas del deseo carnal, empezaba a caer en un viaje sin retorno…en una noche eterna de frio perpetuo.
Mi alma y mi corazón sintieron un aliento renovado; ya no quería morir. No, no quería.
Terminó su actuación y se dirigió a la barra. Se sentó a mi lado y pidió un bourbon al camarero ruso con pinta de matón. Encendió un cigarrillo, y a través de las delgadas gasas de humo que ascendían parsimoniosas y cimbreantes hacia la tenue luz que coronaba su hermosa y refulgente cabellera, me miró. De repente el corazón empezó a latirme tan fuerte que no oía nada más. Aquellos dos ojos de depredadora de la noche habituados a traspasar la oscuridad me tenían apresado. Era como si una fuerza poderosa e invisible me hubiera inmovilizado. Recuerdo como primero me inspeccionó con fría brevedad. Sus ojos observaban con mirada impersonal. Luego mutaron, empezaron a brillar, y me miraron directamente, sin pestañear, con atención, como si quisiera traspasar mi mente para saber que estaba pensando en ese preciso momento. Todo eso duró muy poco…unos segundos…pero si se midiera por mi impresión, transcurrió casi una eternidad…
Entonces giró levemente sobre sí y con un gesto de sensualidad que nunca he podido olvidar, me dijo:
-Mi nombre es Anna, pero todos me laman Amor.
Cogí mi copa, apagué el cigarrillo en el cenicero repleto de cáscaras de cacahuete y colillas mal oliente, y me giré, rozando su cadera involuntariamente.
-¿Como te llamas? -me preguntó mientras recorría mi cuerpo con la mirada, en una lenta declinación.
Yo la seguía mirando. Parecía envuelta en una especie de aura a la que contribuía su eléctrica belleza. Una verdadera delicia para los sentidos –pensé, mientras mis ojos chispeantes prendían la luz modelada por aquel cuerpo hermoso. Saboreé su perfección durante unos segundos antes de contestar. Quería grabar aquel lienzo iluminado en mi memoria para siempre. Era rubia castaña, con una melena brillante y exuberante que resplandecía como el pelaje de un felino. Mis ojos se detuvieron en la suave curva de sus senos, que el amplio escote dejaba casi al descubierto. Los dorados pechos marciales de aquella mujer no cesaban de mirarme con descaro, y sus ojos de color verde, rutilantes y rodeados por oscuras y largas pestañas negras, me miraban con mayor fijeza si cabe, y debo reconocer, que aquel borbollón de sensualidad que escapaba apresurada y deliberadamente de sus rojos labios húmedos y carnosos, llegó casi a turbarme.
-Ballantine, Sam Ballantine -contesté.
-Ves esto-me dijo señalando sus piernas ligeramente entreabiertas.
Sorprendido, bajé la mirada, y las miré. Eran como dos columnas que delimitaban la puerta de entrada al paraíso. Luego, levanté la vista, clavé mis ojos en los suyos, y un sudor ardiente me recorrió de arriba abajo.
- ¿La ves? Una carrera en las medias. ¡Maldita sea, son las mejores que tengo! -exclamó manteniendo el pulso de mi mirada, sin permitir tan solo un pestañeo de sus párpados pintados de argéntea purpurina.
-¿Quieres un cigarrillo?…
-Claro, gracias.
Encendió dos, me pasó uno y saboree su lápiz de labios. De repente el corazón empezó a latirme tan fuerte que no oía nada más. Quería alargar la mano y tocarla, paladear su sudor de olor tan singular y embriagador…
Se quedó rígida un instante y me dijo:
-¿Has venido a divertirte?
- No, había venido a emborracharme…ahora sé que he venido a por ti.
Tomamos unas copas, nos conocimos un poco más, y acabé acompañándola a su casa. Y, finalmente a su cama. A la mañana siguiente desaparecí, y regresé a Barcelona.
Ha pasado mucho tiempo desde aquella noche, pero lo recuerdo como si fuera ayer.
Aquello sucedió un 12 de Febrero, lo sé porque dos días después llegó el 14, el ridículo y estúpido San Valentín, y, todos mis esfuerzos por derrotar las incontrolables emociones que mi singularidad romántica y apasionada generaba, fueron vanos y, finalmente, me fui a una floristería y encargué que mandaran una docena de rosas rojas a la chica desinhibida que vivía a orillas del Turia. Luego, al día siguiente la telefoneé para proponerle (Nada más que por probar) volver a vernos. Y luego vinieron muchos viajes a Valencia. Y muchísimas alegrías. Y también muchas desazones y amarguras.
Ayer fue 14 de Febrero, una fecha odiada por mí, tanto como como la Navidad, y esa chica ya hecha mujer, embrujadora y desinhibida , recibió como cada año lo único que todavía nos sigue uniendo: Doce rosas color rojo pasión…pasión que ya solo perdura en mi corazón.
La vulnerabilidad de una mujer emocionalmente rota.
...Hoy me ha sucedido algo curioso (Ya saben que cuando empiezo una nota o un comentario con esas palabras es que lo que voy a relatar es cierto y verídico). Al Llegar a Barcelona esta mañana he pasado a ver a un amigo, para saludarlo y, de paso, conocer su estado anímico. ¿Por qué se preguntaran algunos de ustedes? ¿Cómo… que nadie se lo ha preguntado? ¡Venga ya! ¡Que les conozco! Bueno, pues les diré que su mujer lo dejó tirado hace un par de meses. ¡Hala…ahora ya lo saben, pandilla de chismosos! ¿Y por qué, se preguntaran muchos de ustedes? ¡Que sí, que sé que se lo preguntan, coño! Pero eso no pienso decirlo. Los cuernos nunca deben comentarse. ¡Mierda, ya lo he dicho! Bien, no pasa nada. Mientras no diga quien puso los cuernos a quien, no tiene mayor repercusión. Sigamos pues con el relato de los hechos. ¿Cómo dicen? ¿Que quieren saber quien puso los cuernos? ¡Ah no, eso sí que no! Nunca cuento nada, y menos cuando los cuernos los pone un amigo mío… nunca, ¿vale?. ¡Me cachis, ya he vuelto a cagarla! En fin, espero que mi amigo me perdone, total no he mencionado su nombre. Bueno, como iba diciendo fui a ver a mi amigo Josep… ¡Me cago en…! Lo siento Josep, se me ha escapado tu nombre, pero no te preocupes que no saben tus apellidos, y eso jamás se me escapará. Ya me conoces, respeto muchísimo la privacidad y la identidad de las personas a las que me refiero en mis relatos. Pero volvamos al hilo que nos llevará al ovillo. Como decía me detuve para ver a mi amigo Josep Capdevànols i Masdecavall… ¡Hostia Tú! Lo siento Josep, debe ser el jet lag. Ya sabes que he vuelto de Valencia a Barcelona en avión…y sin desayunar. Pero tú tranquilo que nadie te conoce, ni tu mujer…por eso te ha pedido la separación, ¿no? Vayamos entonces a lo que importa. Me encuentro con mi amigo y le digo:
-¡Josep, la has cagado tío! Tu mujer jamás te perdonará la putada que le has hecho.
-Ya lo sé Tony, pero te juro que cualquiera hubiera caído en las redes de aquella depredadora.
-No estoy tan seguro. No todo el mundo le pone los cuernos a su mujer, y menos con su mejor amiga.
-¡Eh, quieto ahí! No era su mejor amiga, solo era su segunda mejor amiga. A mí me dijo una vez que su mejor amiga era tu ex mujer y…
-Bueno, vale, quizás, pero ha sido una cerdada lo que le has hecho, y lo sabes. ¿Porque lo sabes, verdad, capullo?
-Claro, a toro pasado es fácil darme lecciones de moral… pero tú qué hubieras hecho, eh, listillo? Ya te comenté que yo solo fui a su casa para acompañarla en el trance emocional que estaba pasando. Sabes muy bien que su novio la dejó por aquella camarera de tetas operadas del bar de Manolo, y eso fue demasiado para ella.
-Lo sé, pero te has aprovechado de su vulnerabilidad. Estaba confundida, trastornada, deshecha, y tú te has aprovechado. Sabes muy bien como son las mujeres, te lo he repetido hasta la saciedad. Cuando sufren en sus carnes el desgarro de un desamor o una ruptura traumática, y esa lo es, reaccionan como una botella de champagne agitada bruscamente. Hay que darles tiempo para que todo vuelva a la normalidad. Sabes, porque te lo he dicho multitud de veces, que hay que dejar un lapso de tiempo prudencial entre el momento del desgarro emocional de la mujer y el deseado contacto de una amigo cercano, para aliviarla. ¿Lo sabes verdad? Sabes que te lo he repetido multitud y multitud de veces, ¿no?
-Sí, ya lo sé… y dejé pasar un tiempo, antes de ir a consolarla, créeme!
-¡No me jodas, Josep! Me puedes decir cuánto tiempo dejaste pasar, eh? ¿Dos meses, un mes, una semana…?
-Bueno, ahora mismo no recuerdo exactamente, ya sabes el shock que tengo después que mi mujer me pusiera las maletas en la puta calle, pero creo que dejé pasar un día.
-¡Y una mierda, Josep! ¡Ni un día...ni una leche! Sé muy bien que a la hora de enterarte de que su novio la había traicionado estabas llamando al timbre de su puerta, o ¿no?
-Vale, tal vez tengas razón y haya sido muy pronto. Pero te puedo asegurar que cuando llegué no la vi altamente vulnerable.
-Vaya, vaya… ¿y me puedes explicar cómo determinaste que su estado emocional no la hacía “altamente vulnerable”?
-Pues porque me recibió en negligé negro, medias con liguero, tacones de aguja y…
-Muy bien, ok, de acuerdo … y solo por eso determinaste que su estado no era vulnerable…desde luego Josep eres un enfermo sexual.
-Espera que no he terminado, también había Cava Codorniu y fresones como melones sobre una bandeja de plata cincelada que estaba en la mesa y…
-…Y nada! Que no Josep, eso no es suficiente para determinar la no vulnerabilidad de una mujer. No has aprendido nada de mí, eh? No han servido de nada todos esos años acompañándome por todos los tugurios de Barcelona, eh? No has visto como actuó yo, con que delicadeza y tacto me muevo en situaciones como esa? Josep te repito por enésima vez que esos indicios que me relatas te han hecho presuponer una no vulnerabilidad fingida. Esa chica estaba deshecha, desajustada, desarmada, no sabía lo que hacía, estaba desorientada, sin brújula, y tú te has aprovechado de ello.
-De acuerdo Tony… pero puedo acabar? A ver cómo me explicas que tuviera la puerta del dormitorio abierta de par en par, un canuto de Marihuana en los labios, el equipo de música tocando el "don't worry be happy "de Bob Marley, y que me agarrara del cinturón para arrastrarme al catre, Eh?
-¡Coño Josep, haber empezado por ahí joder! Si es que como siempre tengo que arrancarte los detalles con alicates. Bueno, venga, vamos a tomar algo, invito yo, quizá tengas razón y su estado de vulnerabilidad no fuera tan preocupante, pero ya me conoces, yo respeto mucho a las mujeres, y como dijo Fray Luis De León:
Si hay debajo de la luna cosa que merezca ser estimada respetada y preciada es la mujer.
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