21 agosto 2012

"Hiatus Irrationalis", de Jacques Lacan

Cosas, que fluya en ustedes el sudor o la savia,
Formas, que nazcan ustedes de la fragua o la sangre,
Vuestro torrente no es más denso que mi sueño;
Y, si no los golpeo con un deseo incesante,

Atravieso vuestra agua, caigo cerca de la orilla
Donde me atrae el peso de mi demonio pensante.
Solo, se enfrenta al duro suelo del que se levanta el ser,
Al ciego y sordo mal, al dios privado de sentido,

Pero en cuanto todo verbo ha muerto en mi garganta,
Cosas, que nazcan ustedes de la sangre o de la fragua,
Naturaleza, –me pierdo en el flujo de un elemento:

El que se incuba en mí, el mismo que a ustedes se subleva,
Formas, que fluya en ustedes el sudor o la savia,
Es el fuego que me hace vuestro inmortal amante.

“El poder de las palabras”, de Edgar Allan Poe

(Uno de mis escritores favoritos. Por atormentado. El tormento lleva a la genialidad, y no al revés. En eso estoy yo. A ver si lo consigo.)

Oinos. —Perdona, Agathos, la flaqueza de un espíritu recién ornado
con las alas de la inmortalidad.
Agathos. —Nada has dicho, Oinos mío, por lo que debas pedir perdón. Ni siquiera aquí el conocimiento es cosa de intuición. La sabiduría sí, la sabiduría pídesela libremente a los ángeles, que te podrá ser concedida.
Oinos. —Pero yo había soñado que en esta existencia sería sabedor de todas las cosas al mismo tiempo, y así al punto feliz por conocerlo todo.
Agathos. —¡Ah, la felicidad no está en el conocimiento, sino en la adquisición del conocimiento! La bienaventuranza eterna reside en conocer más y más, pero conocer todo sería la maldición de un demonio.
Oinos. —Pero, ¿no conoce el Altísimo todo?
Agathos. —Esa (pues que él es el Felicísimo) debe ser la única cosa desconocida hasta para el.
Oinos. —Sin embargo, puesto que ganamos a cada hora en conocimiento, ¿no han de ser, afín, conocidas todas las cosas?
Agathos. —¡Mira, hacia abajo, hacia las abismales distancias! !Intenta hundir la vista en la múltiple perspectiva de las estrellas, mientras nos deslizamos lentamente a través de ellas, así..., así y así! Incluso la visión espiritual, ¿no está detenida en todos los puntos por las continuas murallas áureas del universo..., por esas murallas de las miríadas de los cuerpos brillantes cuyo mero número parece fundirse en una unidad?
Oinos. —Advierto claramente que la infinidad de la materia no es un sueño.
Agathos. —No hay sueños en Hedén..., pero aquí se murmura que la única finalidad de esa infinidad de la materia es ofrecer manantiales infinitos en los cuales el alma pueda aplacar la sed de conocer, siempre insaciable dentro de ella —pues saciarla sería extinguir la esencia misma del alma. Pregúntame, pues, Oinos mía, libremente y sin temor. ¡Ven! Dejaremos a la izquierda la alta armonía de las Pléyades y desde el trono iremos a caer en los prados sembrados de estrellas allende Orión, donde en lugar de pensamientos, violetas y trinitarias están los lechos de los soles triplicados y tricromados.
Oinos. —Y ahora, Agathos, mientras avanzamos, instrúyeme, háblame en los tonos familiares de la tierra. No he comprendido lo que me has estado sugiriendo sobre los modos o sobre los métodos de lo que, cuando éramos mortales, hemos acostumbrado a llamar Creación. ¿Quieres dar a entender que el Creador no es Dios?
Agathos. —Quiero dar a entender que la Deidad no crea.
Oinos. —¡Explícate!
Agathos. —Sólo en el principio creó. Las aparentes criaturas que están, ahora, por todo el universo, adquiriendo su ser tan continuamente, sólo pueden ser consideradas como resultados indirectos o mediatos, no como directos o inmediatos, del divino poder creador.
Oinos. —Entre los hombres, Agathos mío, esa idea sería considerada como herética en extremo.
Agathos. —Entre los ángeles, Oinos mía, es aceptada sencillamente como cierta.
Oinos. —Puedo comprenderte hasta este punto: que ciertas operaciones de lo que denominamos Naturaleza, o leyes naturales, darán origen, bajo ciertas condiciones, a lo que tiene toda la apariencia de creación. Poco antes de la destrucción final de la tierra, hubo, recuerdo bien, muchos experimentos coronados por el éxito en lo que algunos filósofos denominaron neciamente creación de animálculos.
Agathos. —Los casos de que hablas eran, en realidad, ejemplos de creación secundaria y de la única especie de la creación que jamás haya existido desde que la primera palabra dio existencia a la primera ley.
Oinos. —¿No son los mundos estelares que, desde el abismo de la nada, estallan a cada hora hacia los cielos..., no son estas estrellas, Agathos, la obra inmediata de la mano del Soberano?
Agathos. —Déjame que intente, Oinos mía, conducirte paso a paso a la concepción que busco explicar. Ten por seguro que, así como ningún pensamiento puede perecer, tampoco ningún acto queda sin resultado infinito. Nosotros movíamos las manos, por ejemplo, cuando éramos habitantes de la tierra, y al hacerlo impartíamos vibración a la atmósfera que la circundaba. Esta vibración iba extendiéndose indefinidamente hasta que daba impulso a cada una de las partículas del aire de la tierra, que en lo sucesivo, y para siempre, era excitado por ese único movimiento de la mano. Este hecho lo conocían bien los matemáticos de nuestro planeta. En realidad, ellos hicieron de los efectos especiales, creados en los líquidos por impulsos especiales, objeto de cálculo exacto, de manera que resultó fácil determinar en qué momento preciso un impulso de grado determinado circundaría el orbe y dejaría su impresión (por siempre) en cada átomo de la atmósfera ambiente. Retrogradando, no tuvieron dificultad en determinar el valor del impulso original. Ahora bien, los matemáticos que vieron que los resultados de cualquier impulso dado eran absolutamente inacabables, y que una parte de esos resultados podía medirse con exactitud por medio del análisis algebraico, que vieron también la facilidad de la retrogradación, vieron al mismo tiempo que esa especie de análisis contenía en sí una capacidad de progreso indefinido, que no existían límites concebibles para su avance y aplicabilidad, excepto dentro del intelecto de quien lo promovía o aplicaba. Pero nuestros matemáticos se detuvieron en ese punto.
Oinos. —¿Y por qué, Agathos, debieron haber seguido adelante?
Agathos. —Porque más allá había algunas consideraciones de profundo interés. Era deducible por lo que conocían que, para un ser de entendimiento infinito, para quien la perfección del análisis algebraico no tuviese secretos, no podía haber dificultad en seguir el rastro a cada uno de los impulsos impartidos al aire —y al éter a través del aire— hasta las consecuencias más remotas en las épocas más infinitamente remotas. Es, en verdad, demostrable que cada uno de tales impulsos dados al aire, debe finalmente dejar su impresión en cada una de las cosas individuales que existen dentro del universo, de modo que el ser de infinita inteligencia, al ser que hemos imaginado, pueda seguir el rastro a las remotas ondulaciones del impulso, seguir su rastro hacia arriba y adelante en la influencia dejada por ellas en todas las partículas de toda la materia, hacia arriba y adelante por siempre en las modificaciones hechas por ellas sobre las formas antiguas —o, en otras palabras, en sus creaciones nuevas— hasta que las encuentre reflejadas —incapaces al fin de dejar impresión— desde el trono de la Divinidad. Y no sólo podría hacer eso un ser semejante, sino que además, en cualquier época, dado un resultado (de sometérsele a su examen, por ejemplo, uno de esos innumerables cometas), no tendría dificultad en determinar, por retrogradación analítica, a qué impulso original era debido. Este poder de retrogradación en su plenitud y perfección absolutas, esta facultad de asignar en todas las épocas todos los efectos a todas las causas, es desde luego la prerrogativa única de la Deidad; pero en todas las variedades de grados, inferiores a la absoluta perfección, el poder es ejercido por todas las huestes de las inteligencias angélicas.
Oinos. —Pero tú hablas sólo de impulsos sobre el aire.
Agathos. —Al hablar del aire, me refiero sólo a la tierra, pero la proposición general hace referencia a impulsos sobre el éter, que, al penetrar y ser él solo el que penetra en todo el espacio, resulta el gran médium de la creación,
Oinos. —Entonces, ¿todo movimiento, de la naturaleza que sea, crea?
Agathos. —Debe hacerlo. Pero una verdadera filosofía viene enseñando desde hace mucho tiempo que la fuente de todo movimiento es el pensamiento... y la fuente de todo pensamiento es...
Oinos. —Dios.
Agathos. —Y mientras hablaba así, ¿no ha cruzado por tu mente algún pensamiento del poder físico de las palabras? ¿No es toda palabra un impulso sobre el aire?
Oinos. —Pero ¿por qué lloras, Agathos...? ¿Y por qué, oh, por qué se abaten tus alas mientras pasemos por encima de esa hermosa estrella, que es la más verde y no obstante la más terrible de todas las que hemos encontrado en nuestro vuelo? Sus brillantes flores son como un sueño de cuento de hadas, pero sus furiosos volcanes como las pasiones de un turbulento corazón.
Agathos. —¡Lo son, lo son! Esa extraña estrella..., hace ahora tres siglos, que con manos crispadas y con ojos radiantes, a los pies de mi amada, le di nacimiento con mis apasionadas frases. ¡Sus brillantes flores son mis más caros sueños irrealizados y sus iracundos volcanes son las pasiones del más turbulento e impío corazón!

Poema puritano.


Me encanta mi sexo
Entre tu sexo y el mío
no sé cuál elegir.

Es que el tuyo
es tan divertido
y el mío tan bonito.

Pero lo que hay
que subrayar
es cómo cabe el tuyo
dentro del mío
siendo tan grande
y de color brillante.

Los sexos son
en sí mismos
perfumados.

Morir con la mano en el sexo.

No con la mano en la mano,
aunque de eso puede encargarse
la otra mano.

Cecilia Vicuña

El fenómeno de Will rogers.

El fenómeno Will Rogers (nada que ver con el fenomenal Roy Rogers)es una aparente paradoja matemática que ocurre cuando al mover un elemento de un conjunto a otro se aumenta la media de ambos conjuntos.

Por ejemplo cuando los catalanes emigran a Madrid, aumentan los cocientes intelectuales de ambas poblaciones.

Lo explico. Consideremos por ejemplo los conjuntos A= (1,2,3,4), B= (5,6,7,8,9), de modo que la media de A es igual a 2,5 y la media de B es igual a 7. Ahora movemos un elemento de un conjunto al otro obteniendo los conjuntos A=(1,2,3,4,5), B=(6,7,8,9), de modo que la media de A es igual a 3 y la media de B es igual a 7,5. Y las medias han aumentado en los dos conjuntos.

Carta de James Joyce a su esposa Nora Bernacle.

(Su mujer, Nora, se manifestaba indignada por el alcoholismo de su marido y solía reprochárselo a sus amigos, porque impedían al escritor centrarse en su "libro" (el Ulises), de cuya naturaleza ella en el fondo no tenía ni idea. Según Ellmann, "Joyce se sorprendía siempre al comprobar la indiferencia, e incluso aversión, de Nora por sus libros". Joyce
comentó una vez a Budgen:

"En la gente que se me acerca, en la que me conoce y la que llega a tener amistad conmigo, suelo tener un tipo u otro de influencia. En cambio, la personalidad de Nora es tan especial que no logro que la mía pueda afectarla, está hecha completamente a prueba de la mía."

Por ese tiempo también, Nora le dijo llorando a Frank Budgen:

"Jim quiere que vaya con otros hombres para poder escribir al respecto"

El matrimonio, sin embargo, debía bromear sobre el asunto, según se desprende de su correspondencia, en algunos casos de muy subido tono sexual, y hasta pornográfico. He aquí un pasaje ligero:

" ¡Me gustaría que me flagelaras, Nora, amor mío! Me encantaría haber hecho algo que te desagradara, algo insignificante incluso, tal vez una de mis costumbres bastante indecentes que te hacen reír: y después oír que me llamas a tu habitación y encontrarte sentada en un sillón con tus gruesos muslos separados y la cara roja como un tomate de ira y un bastón en la mano."

Y ahora, aquí debajo, les dejo una de las cartas que escribió a Nora.
 Querida mía:

Debería empezar por pedirte perdón, tal vez, por la extraordinaria carta que te escribí anoche. Mientras la estaba escribiendo tu carta yacía frente a mí y mis ojos estaban fijos, como lo están incluso ahora, en cierta palabra escrita en ella. Hay algo obsceno y lascivo en el aspecto mismo de las cartas. El sonido de aquel también es como el acto mismo, breve, brutal, irresistible y diabólico. Querida, no te ofendas por lo que te he escrito. Me agradeces por el hermoso nombre que te di. Sí, querida, es un lindo nombre “¡Mi hermosa flor salvaje de los setos! ¡Mi azul y oscura flor empapada por la lluvia!”. Ya ves que aún me queda un poco de poeta. Te estoy dando también un adorable libro como regalo: y es un regalo de poeta para la mujer que ama. Pero, de lado a lado y dentro de este amor espiritual que tengo por ti hay además una bestia salvaje -como ansiosa por cada pulgada de tu cuerpo, por cada secreta y vergonzosa parte de él, por cada olor y acto de él. Mi amor por ti me permite rezar al espíritu de la belleza y ternura eterna reflejado en tus ojos o arrojarte bajo mío sobre aquel suave vientre tuyo y culiarte por atrás, como un cerdo monta una cerda, glorificando el terrible mal olor y sudor que sale de tu culo, glorificando la abierta forma de tu vestido dado vuelta y tus blancos calzones de niña y en la confusión de tus ruborizadas nalgas y enredado pelo. Esto me permite estallar en lágrimas de piedad y amor ante cualquier palabra leve, temblar de amor por ti ante el sonido de algún acorde o cadencia musical o acostarse haciendo un sesenta y nueve contigo sintiendo tus dedos acariciando y haciéndole cosquillas a mis bolas o aferrándote a mí y tus labios calientes chupando mi verga mientras mi cabeza está encajada entre tus gordos muslos, mis manos agarrando firmes los redondos cojines de tu culo y mi lengua lamiendo vorazmente tu maloliente concha roja. Te he enseñado casi a desvanecerte al escuchar mi voz cantando o murmurando a tu alma la pasión y el dolor y el misterio de la vida y al mismo tiempo te he enseñado a hacerme señales indecentes con tus labios y lengua, para provocarme con toques y ruidos obscenos, e incluso a hacer en mi presencia el acto más vergonzoso e indecente del cuerpo. ¿Te acuerdas del día en que te levantaste la ropa y me dejaste acostar abajo mirándote mientras lo hacías? Después te daba vergüenza incluso mirarme a los ojos.

¡Eres mía, querida, mía! Te amo. Todo lo que he escrito arriba es sólo un momento o dos de locura brutal. La última gota de semen ha sido difícilmente rociada en tu concha antes que termine y mi verdadero amor por ti, el amor de mis versos, el amor de mis ojos por tus extraños y atractivos ojos, viene soplando sobre mi alma como un viento de especias. Mi verga está todavía caliente y dura y temblorosa de la última brutal embestida que te ha dado cuando un tenue himno se escucha creciendo en una tierna y lastimera adoración hacia ti desde los oscuros claustros de mi corazón.

Nora, mi fiel amada, mi pícara colegiala de ojos dulces, se mi puta, mi amante, tanto como quieras (¡Mi pequeña y puta amante! ¡Mi pequeña puta de mierda!). Siempre eres mi hermosa flor salvaje de los setos, mi azul y oscura flor empapada por la lluvia.

Jim

19 agosto 2012

Lo esencial y lo trivial (Anónimo hindú)

Un hombre se perdió en el desierto. Estaba a punto de perecer de sed cuando aparecieron algunas mujeres que venían en una caravana. El hombre, al borde de la muerte, gritó pidiendo auxilio. Cuando las mujeres se aproximaron a él y lo rodearon, pidió urgentemente agua. Las mujeres empezaron a mirarlo con detenimiento y comenzaron a preguntarse cómo querría el hombre que le sirvieran el agua.
¿Prefería en copa de cristal o en una taza?, ¿en un recipiente de oro o de plata?, ¿tal vez en una jarra?
Ellas hablaban y hablaban interesándose por el objeto, pero, entretanto, el hombre iba agonizando por la ausencia de agua.

17 agosto 2012

La llave de la felicidad (Anónimo hindú)

El Divino se sentía solo y quería hallarse acompañado. Entonces decidió crear unos seres que pudieran hacerle compañía. Pero cierto día, estos seres encontraron la llave de la felicidad, siguieron el camino hacia el Divino y se reabsorbieron a Él.

Dios se quedó triste, nuevamente solo. Reflexionó. Pensó que había llegado el momento de crear al ser humano,
pero temió que éste pudiera descubrir la llave de la felicidad, encontrar el camino hacia Él y volver a quedarse solo. Siguió reflexionando y se preguntó dónde podría ocultar la llave de la felicidad para que el hombre no diese con ella. Tenía, desde luego, que esconderla en un lugar recóndito donde el hombre no pudiese hallarla. Primero pensó en ocultarla en el fondo del mar; luego, en una caverna de los Himalayas; después, en un remotísimo confín del espacio sideral. Pero no se sintió satisfecho con estos lugares. Pasó toda la noche en vela, preguntándose cuál sería el lugar seguro para ocultar la llave de la felicidad. Pensó que el hombre terminaría descendiendo a lo más abismal de los océanos y que allí la llave no estaría segura. Tampoco lo estaría en una gruta de los Himalayas, porque antes o después hallaría esas tierras. Ni siquiera estaría bien oculta en los vastos espacios siderales, porque un día el hombre exploraría todo el universo. “¿Dónde ocultarla?”, continuaba preguntándose al amanecer. Y cuando el sol comenzaba a disipar la bruma matutina, al Divino se le ocurrió de súbito el único lugar en el que el hombre no buscaría la llave de la felicidad: dentro del hombre mismo. Creó al ser humano y en su interior colocó la llave de la felicidad.