¿Como averiguar la madurez emocional de una persona? ¡Es asombroso! Hasta ahora siempre había pensado que era tan difícil como averiguar el sexo de los pájaros; que se tenía que determinar quirúrgicamente, o que dependía del plumaje, de la cresta, del pico o otras taradeces. Pues NO, ayer mi amigo Josep (ya saben que me refiero al que se folló a la segunda mejor amiga de su ya ex mujer y se encontró las maletas cerca del contenedor de color verde, y bla bla bla…) me demostró que es mucho más sencillo. Paso a explicarles lo que ocurrió.
Cuatro de la tarde. Suena el teléfono de mi casa. Me tengo que levantar del sofá y dejar de ver un magnífico documental en televisión sobre el famoso matemático Diofanto de Alejandría que me interesaba mucho. A pesar de ser inalámbrico el teléfono suele estar en su base para evitar que la batería se descargue, así que me tengo que levantar del sofá. Descuelgo:
-Hola –me dice una voz al otro lado.
-Hola –contesto educadamente.
-¿Le puedo cantar una canción? –pregunta la voz con un acento sudamericano que no logro, al principio, situar con claridad, pero que a los pocos segundos reconozco como cubano, y más concretamente de Mayabeque.
-Si no es muy larga...es que estaba viendo un magnífico documental de Diofanto de Alejandría, ¿sabe usted?
-Es cortita, compañero.
-De acuerdo, pero después tendrá que dejarme que yo le hable de nuestra iglesia del “Séptimo Día”.
-Claro, faltaría más.
-Entonces no perdamos el tiempo.
-Ahí va, compañero: Me casé con un enano, salerito, pa jartarme de reír, Pa jartarme de reir, me casé con un enano, olé salerito y olé me casé con un enano, salerito pa jartarme de reír, olé ahí, ese tío que va ahí. Pa jartarme de reír, le puse la cama en alto, olé, salerito, y ole, le puse la cama en alto, salerito, y no se podia subir. olé ahí ese tío que va ahí. Y eso sí que fue de veras, y eso sí que fue de veras , olé, salerito, y olé, que al bajarse de la cama, salerito,se cayó en la escupidera. Pa jartarme de reir Le puse la cama en alto Olé, salerito, y ole Le puse la cama en alto, salerito, y no se podía subir Y no se pudo subir y eso sí que fue trabajo, y eso sí que fue trabajo Porque yo subí a la cama, salerito,pero el se quedó abajo.
Sin duda no me habían preparado para esto durante el cursillo intensivo de supervivencia de media hora que me habían impartido en el servicio militar.
-¿Le ha gustado, me pregunta la voz de acento cubano de Mayabeque, con entusiasmo?
Yo canté, hace años, en el coro del colegio y sé el tono que hay que usar para una melodía tan folclórica, y difícil, así que le dije:
-Mira amigo, cantar agudos no se hace de la noche a la mañana; es mucho esfuerzo y necesita control de una técnica específica. Depende también mucho su edad; ¿Qué edad tiene?
-Acabo de cumplir los 48
-Entiendo. Siendo alguien tan joven es normal que le salgan los concurridos gallos al cantar notas altas, debido a que la voz masculina acaba de desarrollarse completamente despues de los 49, que es cuando un cantante esta en su mejor momento. Los consejos que le puedo dar, que a mi me sirvieron, son los siguientes:
No coma nada cuatro días antes de cantar.
Tome solo agua de manantial y muy purificada. La de Katmandú es idónea. La del grifo suele tener minerales que le llenaran el estomago de agua, pero no le harán cantar mejor. La apertura de la boca también es importante, debe ser suficiente para liberar presión, pero no la exagerada para liberar aire de mas. Relaje bien el conducto respiratorio antes de dar el do de pecho, pero tampoco hace falta que se esfuerce demasiado; si no puede llegar a las notas más altas quédese más abajo. Ah, y lo más importante, no se canta con la garganta, sino con el diafragma, con aire desde el estomago...¿me entiende?
-Sí, creo que sí. El diafragma es un instrumento musical como el diapasón, ¿verdad?
-Exactamente. Mas simplemente explicado: tiene que endurecer el estomago como cuando va al baño, y sacar el aire a proporciones equivalentes, ¿comprende?
-Sí, creo que lo comprendo.
-¿Seguro? ¿Si quiere le puedo poner otro símil?
-Pues no estaría de más, compañero.
-Mire, usted parece cubano por su acento, así que con un ejemplo sexual lo entenderá mejor. Cantar con el diafragma es como esos momentos en que nos estamos frotando con una mujer en la cama para quitarnos el “picor sexual”. No pensamos en este tema, de hecho lo más probable es que no pensemos en nada porque nuestra sangre se concentra lejos de la cabeza, pero nuestros genes sí que lo saben, ¿me comprende ahora?
-Bueno.. bueno... bueno... ahora sí que me ha quedado claro, compañero. Es usted un lince encontrando ejemplos y símiles.
-Gracias, también soy experto en saber si tu chica te es infiel con sólo uno o con muchos más. Por cierto Josep, capullo, que eres un capullo, mientras te dedicas a hacer el gilipollas, llamando por teléfono a tus amigos, imitando el acento cubano, tu novia estará seguramente follando con un cubano de verdad.
Ya ven queridos amigos y amigas, Josep es así. En general nunca pasa desapercibido cuando sale por ahí, y cuando se queda en casa tampoco. Y como dijo William Somerset Maughan: “Sólo una persona imbécil rinde siempre al máximo de sus posibilidades.
14 agosto 2013
04 julio 2013
Contestación a un mail inexistente.
La
vida es demasiado complicada para mí. Sigo mirándola con los ojos
de un adolescente que nunca aceptó correr los 50 metros en 28
segundos y medio. Tardo mucho en entender las cosas, la verdad es que
sabes que tardo mucho para todo, las respuestas de las personas, mis
propios actos en ocasiones. Sin embargo, sabes que todo ello intento
compensarlo con la memoria de elefante que heredé de mi abuela
Mariana. Supongo que es esa mezcla lo que me lleva a veces a darme
cuenta de que Si
hay una facultad de nuestra naturaleza que puede considerarse
maravillosa, esa es la memoria.
Querida amiga, no recuerdo el contenido del mail nº 54 del que me hablas, porque no existe. Miento, recuerdo el contenido pero no era el mail nº 54, sino el 45. De nuevo tu dislexia numérica galopante, querida, te ha jugado una mala pasada. También recuerdo que había bebido mucho, demasiado, incluso puede que más de la cuenta como para quedarme dormido mientras lo escribía. Es más, ahora que caigo, creo que lo terminé de escribir al despertarme los aullidos de placer de mi vecina del quinto, Jessica, la puta que vive encima de mí, que como de costumbre hacen retumbar la finca entera. Ya sabes, porque te lo conté en mi mail nº 33 que Jessica, mi vecina, ha sido siempre una apasionada de las culturas diferentes, de los países extranjeros; sin embargo, debido a una enfermedad congénita —la pobreza— no ha podido viajar mucho, por lo que se ha dedicado a ser puta a tiempo completo, actividad que le ha permitido conocer a hombres de Moldavia, República Checa, Costa Rica, Mali, Colombia, Ecuador, Brasil, Marruecos, Cuenca y otros países, sin salir de Barcelona.
Mientras muchos de nosotros dormimos el sueño de los justos (eso es una expresión de origen griego que originalmente hacía referencia a quien dormía en forma muy tranquila, porque no tenía cargos de conciencia, o sea alguien que como ha llevado una vida ética, moral, nada lo perturba) ella viaja cada noche, entre las sábanas de su lecho, a los países más fascinantes, a conocer las costumbres más subyugantes, las perversiones más excitantes. Jessica es una destacada aventurera y exploradora de las selvas recónditas, y de las posturas del Kamasutra en peligro de extinción. También sabrás, eso te lo expliqué en el mail nº37, que la conocí un viernes cualquiera del otoño del 2007, a las cuatro de la mañana; llovía, como siempre, y un viento húmedo me acercaba al sepulcro más de lo deseado, cuando me recluí en el calor de un bar sin nombre, buscando el cariño de alguna alma en pena. Allí, entre las brumas del tabaco de contrabando y los vapores de alcohol etílico, la vi por primera vez, sentada frente a la puerta de entrada, bebiendo cerveza Coronitas, su marca preferida, y comiendo Cheetos con sabor a chorizo cantimpalos. En fin, mi amor, no sé por qué te digo todo eso si ya te lo escribí en el mail nº 41. ¡Y ya me he perdido! ¿De qué hablábamos? Ah, sí, del mail nº 54 que resulta ser el 45. Mira, querida, nunca he querido hacerte sufrir y, solo por eso, he intentado mantener oculta mi tormentosa relación con Lola, mi novia. Pero ahora no es momento para lamentaciones, tiempo habrá, y prometo contarte a partir de ahora mis vicisitudes y tribulaciones. Por cierto, ¿te he contado alguna vez que estuve en Sharm el- Sheikh con mi novia Lola el verano de 2006? ¿No lo hice en el mail nº 7? ¿O fue el nº 9? ¡Ah, Egipto que gran país! Las pirámides, el valle de los reyes, el desierto, las egipcias, el Nilo. ¿Sabes que el Nilo siempre estuvo allí? Mucho antes que todo, mucho antes que las tumbas de los faraones. Por esa razón en el Nilo palpitan recuerdos. Ya ves mi amor, nos conocemos hace casi 4 años, y eso apenas es un picosegundo para esta parte del mundo. Se diría que no es posible vivir junto a este rio sin preocupaciones de eternidad, y aquí está siempre también, el misterio. Hay cosas que jamás se llegan a saber. Un largo cortejo de preguntas que nunca nadie podrá contestar. Reconozco que me gustan los misterios, si son inexplicables más, si están relacionados con las pirámides más aún y si el enigma afecta a algún faraón, y me da igual que sea de la quinta dinastía, de la cuarta o de ahora, me descontrolo. ¿Sabes, querida, que Blaise Pascal, el científico y filósofo francés, escribió en su obra “Pensées”, que si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta, la historia del mundo habría cambiado? Jajaja, lo dijo en alusión a que su belleza y encanto no hubiesen sido los mismos frente a julio César y Marco Antonio. Pero eso seguro que tú ya lo sabías, creo que te lo dije en el mail nº 22. Jajaja, como me gusta Egipto, su historia, sus misterios. Sí, me gusta. Y ahora, tú estás allí. ¿Recuerdas, amor mío, la frase lapidaria que te endilgué hace unos días, en el mail nº 26, del amigo Lao-Tsé? jaja, era premonitoria, ¿no te parece? Por si no la recuerdas, o no encuentras el mail nº 22, que todo es posible, te la recordaré, decía: Un viaje de mil millas comienza con el primer paso. Jajaja, me rio porque quien me iba a decir a mí, que tú que te mareas al subir y bajar la acera, saltarías el charco para investigar el misterioso misterio de la estancia de Mubarak en un hospital de Sharm el- Sheikh en Egipto. Jajaja, Sharme el – Sheikh, es increíble, tú en Egipto, e investigando a Mubarak. En fin, como dice la canción de Pedro navaja:
“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ay Dios.
Cuando lo manda el destino no lo cambia ni el más bravo,
si naciste pa' martillo del cielo te caen los clavos.
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ay Dios.”
Bueno,
querida, ya te contaré más cosas en el próximo mail, será el nº
47, no lo olvides, y tú, por tu parte tenme al corriente de la
investigación que llevas a cabo. Ah, en cuanto a las fotos de Messi,
te las mando por la noche, ahora voy a dormir un rato, ya sabes que
no he pegado ojo por culpa de la puta de Jessica. Un besote, bonita.
Te
quiero,
Ton.
11 junio 2013
Iba a ser una gran idea, pero...
Preguntaba
Richard Bach el autor de Juan Salvador Gaviota: ¿No crees que ser
curiosos es mucho más importante que ser parecidos? Y concluía: Porque somos
diferentes podemos gozar la diversión de intercambiar mundos y regalarnos
mutuamente nuestros afectos y nuestros entusiasmos.
Mi amiga: ¿Ton, tienes un momentito para dedicarme, mi amor?
Yo: Espera dos minutos que se me pega el arroz, ¿podrás esperarme mi vida?
Mi amiga: ¿Dos minutos? ¡Y toda la eternidad, mi amor!
Ve, ve tranquilo, aquí estaré, mirando en la distancia hasta que en ella asomes.
Yo: Pues ya estoy aquí, tesoro mío, para lo que gustes mandar a este humilde y obediente feudatario tuyo
Mi amiga: No tengo nada que mandarte, mi amor, me basta con saber que estás ahí e imaginarte, silente, demudada ante tu seductora presencia.
Yo: ¡Ay, qué bellas palabras! Si de tu boca pudiera beberlas me bastaría para saciar toda mi sed atrasada.
Mi amiga: Aunque... ya que tan amablemente te ofreciste a otorgarme un deseo...
Yo: Tus deseos son órdenes, amada mía
Mi amiga: Pues tal vez, quizá, me atreviese a pedirte que incidieses aún más en la huella que tu imagen provoca en mi memoria, en mi corazón, en mi sentimiento.
–Trae algo para escribir–. Y vamos a empezar-me dijo-.
– ¿Algo para escribir?
– ¡Claro! –repuso–. ¿No pretenderás que escribamos una historia muy romántica sin primero esbozar los personajes y hacer un borrador? Y yo no encuentro mi bolígrafo.
Yo he usado siempre ordenador para todo, hasta para hacer la lista de la compra. Así es que bolígrafos en mi casa no había.
–Bajo a la tienda, no tardo nada –dije. Y me marché a comprar una caja de bolígrafos Bic de punta fina, por si la historia se alargaba más de lo esperado. Desafortunadamente los compré de color verde y, cuando regresé, Felicia se enfadó conmigo.
– ¡Si es que no sirves para nada, Ton! ¡Qué cabeza la tuya! ¿Por qué los has comprado de color verde? No sabes que el verde tiene poco contraste y daña la vista –rezongó, dándome un capón cariñoso como reproche.
Yo la verdad, confiaba en que empezaría ella. No se me estaba ocurriendo nada, como siempre, y la situación comenzaba a hacerse de lo más embarazosa.
–A ver cariño, saca a relucir tu sensibilidad de mujer y veamos qué se puede hacer con ella –sugerí. Pero no se la veía muy animada, que digamos. Al contrario, pareció molestarse más aún y me dijo algo confuso sobre el no esperar ordeñar una vaca y que no era así y algunos feminismos por el estilo.
La insté de nuevo a que empezara de nuevo y de nuevo se negó. Para salir del impasse me sugirió otra táctica. Yo tendría que describir lo que sintiéramos. Así fue que lanzó sobre mí sus cien kilos de hembra (¿no había contado antes este detalle?), comenzó a besarme fuertemente hasta que adquirí un bello tono lila y, de un mordisco pasional, se me comió la mitad del bigote. ¡Buen provecho!
–¡Uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuaaaaaio! –aullé yo, llorando declaradamente.
–¿No te inspira esto? –tuvo la desfachatez de preguntar, agarrando sensual pero brutalmente mis partes pudendas.
Y cogiéndome el pelo del cogote con las dos manos, me hizo sepultar las narices entre sus generosos senos mientras gritaba:
–¡Escribe! ¡Describe lo que sientes! ¡Esto es amor! ¡Inmortalízalo!
Yo, que tenía del romanticismo una idea evidentemente más suave que la suya, no sabía qué decir ni cómo ponerme. Mientras tanto ella, que se estaba excitando progresivamente, seguía zarandeándome y usándome como amortiguador de adrenalina.
Bueno, para no cansar: durante una hora Felicia estrujó pasional y salvajemente mi cuerpo mientras yo intentaba poner cosas de vez en cuando en la pantalla del ordenador. Ella no escribió nada, sino que se limitó a "musarme" o a hacerme las veces de inspiración, mientras yo sufría en mis carnes la diferencia entre el amor platónico y el aristotélico.
Varios días después supe que Felicia ni siquiera sabía escribir.
Hace muy pocos días una buena amiga, médico pediatra para más señas, me pidió de
forma sibilina colaborar con ella, por aquello de, palabras textuales
suyas:” ser yo el mejor escritor con diferencia de los que ella conoce.” Es claro que el hecho de trabajar a diario
con seres inmaduros ha debido influir en su elección. Pero como no quiero dejar
duda alguna sobre lo que estoy declarando, y para que quede constancia escrita
de que no miento, les copio y
pego la conversación tal cual se produjo:
Mi amiga: ¿Ton, tienes un momentito para dedicarme, mi amor?
Yo: Espera dos minutos que se me pega el arroz, ¿podrás esperarme mi vida?
Mi amiga: ¿Dos minutos? ¡Y toda la eternidad, mi amor!
Ve, ve tranquilo, aquí estaré, mirando en la distancia hasta que en ella asomes.
Yo: Pues ya estoy aquí, tesoro mío, para lo que gustes mandar a este humilde y obediente feudatario tuyo
Mi amiga: No tengo nada que mandarte, mi amor, me basta con saber que estás ahí e imaginarte, silente, demudada ante tu seductora presencia.
Yo: ¡Ay, qué bellas palabras! Si de tu boca pudiera beberlas me bastaría para saciar toda mi sed atrasada.
Mi amiga: Aunque... ya que tan amablemente te ofreciste a otorgarme un deseo...
Yo: Tus deseos son órdenes, amada mía
Mi amiga: Pues tal vez, quizá, me atreviese a pedirte que incidieses aún más en la huella que tu imagen provoca en mi memoria, en mi corazón, en mi sentimiento.
Yo: ¿Cómo
podría hacer eso, mi cielo?
Mi amiga: Ay, ay, ay ¡Llámame atrevida!
Yo: ¡¡Atrevida!! ¿No era ese tu deseo? pues cumplido.
Mi amiga: No, no era ese. Quería acrecentar mis ya elevados niveles de percepción con los que inundas mí día a día, mí hora a hora, mí cada segundo, pleno de tu imagen. Y se me ocurrió que podrías colaborar conmigo en un libro que estoy preparando.
Mi amiga: Ay, ay, ay ¡Llámame atrevida!
Yo: ¡¡Atrevida!! ¿No era ese tu deseo? pues cumplido.
Mi amiga: No, no era ese. Quería acrecentar mis ya elevados niveles de percepción con los que inundas mí día a día, mí hora a hora, mí cada segundo, pleno de tu imagen. Y se me ocurrió que podrías colaborar conmigo en un libro que estoy preparando.
Bien, hasta
aquí puedo escribir, el resto es muy íntimo y no viene a cuento. Ya han visto
que no miento. La conversación existió,
la acaban de repasar.
Ya saben ustedes que el leer todas las
noches hasta altas horas causa estragos en las mujeres. Hace que tengan ideas
raras. La idea de mi amiga esta vez era
la de hacernos ricos. Sí, ya sé que como idea no es muy novedosa, pero a ella se
le ocurre cíclicamente y cada vez que lo hace tiemblan los cimientos del
capitalismo. Dentro del mundo de los que quieren hacerse millonarios hay tres
grupos. Están los japoneses, obsesionados con encontrar el tesoro que el General
Yamashita escondió al final de la II Guerra Mundial en Filipinas. Luego los
españoles, muchos más ambiciosos, guapos y altos, obsesionados con hallar el
pecio del Galeón San José, el barco más cargado de tesoros
(11 millones de monedas de oro valoradas, hoy,
en 6000 millones de Dólares) provenientes de las colonias que salió
desde el puerto de Cartagena hacia España el 7 de junio de 1708 bajo el mando
del almirante José Fernández de Santillán y hundido por barcos ingleses (siempre
ellos, malditos sajones) en frente de la península de Barú (actual mar de Colombia).
Y finalmente los que quieren hacerse millonarios escribiendo un libro. Mi
amiga pertenece a este último grupo. Recuerdo otra conversación en la que, toda
excitada, vino a decirme que si colaboraba con ella iba a ser maravilloso. Que nos íbamos a hacer
ricos. Que el mundo de la cultura iba a rendirse ante nuestra obra cumbre. Ah,
y recuerdo que esa misma tarde me dijo que se iba de compras a Loewe a cuenta
de la inmensa fortuna que íbamos a amasar.
Yo, hasta la
fecha, lo más largo que había escrito había sido un poema de cuatro versos para
una chica lituana que conocí en una tienda de “Todo a 1 euro”, así es que me hallaba
algo desentrenado, como ustedes supondrán.
Pero con el arrojo que me caracteriza, pensé en recurrir a Jessica, mi vecina
del quinto a la que se le dan muy bien estas chapuzas literarias y que se gana
el sustento haciendo la calle, actividad en la que tiene mucha práctica y que
le sale estupendamente por darse la circunstancia de dominar la lengua como
ninguna otra.. Pero el caso es que no la hallé en su domicilio –quizá debido a
que estaba justamente haciendo la calle– y tuve que desistir de mi empeño, pues
el tiempo, y mi amiga, me
apremiaban.
Por fortuna, la solución de mi dilema no se hizo esperar. Recibí la llamada de otra amiga, Melisa Felicidad Rodríguez, una mujer excepcional, siempre dispuesta a nuevas emociones y que parece ser el colmo de la exquisitez femenina. ¡Ah, tiene grandes tetas y también hace la calle!
¿Qué mejor idea? Dos estupendos amigos con derecho a roce, escribiendo juntos su meliflua historia. Su sensibilidad y mis ideas, su delicadeza femenina y mi poder sintetizador y dominio de la palabra escrita. ¡Ah! El resultado prometía ser competente y prometedor.
Como supuse, Melisa felicidad estuvo encantada con la idea. A ella mis ideas siempre le encantan, no sé por qué, y a mí me llena de orgullo y de alimento para mi ego. Apagamos las luces y encendimos velas aromáticas, para lograr un efecto romántico más idóneo y nos sentamos en el sofá. Muy juntitos. Ella sacó un bloc de color fucsia de su bolso, cosa que me extrañó.
Por fortuna, la solución de mi dilema no se hizo esperar. Recibí la llamada de otra amiga, Melisa Felicidad Rodríguez, una mujer excepcional, siempre dispuesta a nuevas emociones y que parece ser el colmo de la exquisitez femenina. ¡Ah, tiene grandes tetas y también hace la calle!
¿Qué mejor idea? Dos estupendos amigos con derecho a roce, escribiendo juntos su meliflua historia. Su sensibilidad y mis ideas, su delicadeza femenina y mi poder sintetizador y dominio de la palabra escrita. ¡Ah! El resultado prometía ser competente y prometedor.
Como supuse, Melisa felicidad estuvo encantada con la idea. A ella mis ideas siempre le encantan, no sé por qué, y a mí me llena de orgullo y de alimento para mi ego. Apagamos las luces y encendimos velas aromáticas, para lograr un efecto romántico más idóneo y nos sentamos en el sofá. Muy juntitos. Ella sacó un bloc de color fucsia de su bolso, cosa que me extrañó.
–Trae algo para escribir–. Y vamos a empezar-me dijo-.
– ¿Algo para escribir?
– ¡Claro! –repuso–. ¿No pretenderás que escribamos una historia muy romántica sin primero esbozar los personajes y hacer un borrador? Y yo no encuentro mi bolígrafo.
Yo he usado siempre ordenador para todo, hasta para hacer la lista de la compra. Así es que bolígrafos en mi casa no había.
–Bajo a la tienda, no tardo nada –dije. Y me marché a comprar una caja de bolígrafos Bic de punta fina, por si la historia se alargaba más de lo esperado. Desafortunadamente los compré de color verde y, cuando regresé, Felicia se enfadó conmigo.
– ¡Si es que no sirves para nada, Ton! ¡Qué cabeza la tuya! ¿Por qué los has comprado de color verde? No sabes que el verde tiene poco contraste y daña la vista –rezongó, dándome un capón cariñoso como reproche.
-Pues el rey
de España, Juan Carlos I, escribe en verde por aquello de que V.E.R.D.E es el
acrónimo de Viva El Rey De España.
-El verde no
sirve, Ton, y deja al rey que escriba como le dé la gana, que para eso es el
rey. Yo me niego a escribir una historia de amor en verde. Hay que utilizar un
color más oscuro, así que o ideas algo para aprovechar estos bolígrafos o bajas
a la tienda a comprar otros.
- No te preocupes, Melisa felicidad, tengo una idea. De hecho no es mía, se la vi en un capítulo de Mac Gyver.
- No te preocupes, Melisa felicidad, tengo una idea. De hecho no es mía, se la vi en un capítulo de Mac Gyver.
Fui a la
cocina, llené un cazo de agua, deposité los bolígrafos dentro, en baño maría, y encendí la vitrocerámica. A
no muy alta temperatura, para que el agua hirviera lentamente. Recuerdo que en
aquel episodio de Mac Gyver, éste decía que las cosas una vez hervidas
cambiaban de color. El caso es que tras denodados esfuerzos, me quemé algunos
cuantos dedos al remover los bolígrafos en el agua hirviendo, algunos de ellos hasta
los nudillos, y finalmente, al ver que se ablandaban y se retorcían como
anguilas en el agua hirviendo y, tras otra colleja de Melisa felicidad, esta
menos cariñosa, desistí de mi experimento. Y decidí pasar al plan B. El plan B,
no era otro que el plan A, o sea, mi plan inicial: escribir directamente en el
ordenador.
Nos sentamos frente a la pantalla en blanco.
–Bueno, empieza ya, no tengo toda la noche, ¡Coño! –me dijo ella, con la fineza que la caracterizaba.
Nos sentamos frente a la pantalla en blanco.
–Bueno, empieza ya, no tengo toda la noche, ¡Coño! –me dijo ella, con la fineza que la caracterizaba.
Yo la verdad, confiaba en que empezaría ella. No se me estaba ocurriendo nada, como siempre, y la situación comenzaba a hacerse de lo más embarazosa.
–A ver cariño, saca a relucir tu sensibilidad de mujer y veamos qué se puede hacer con ella –sugerí. Pero no se la veía muy animada, que digamos. Al contrario, pareció molestarse más aún y me dijo algo confuso sobre el no esperar ordeñar una vaca y que no era así y algunos feminismos por el estilo.
La insté de nuevo a que empezara de nuevo y de nuevo se negó. Para salir del impasse me sugirió otra táctica. Yo tendría que describir lo que sintiéramos. Así fue que lanzó sobre mí sus cien kilos de hembra (¿no había contado antes este detalle?), comenzó a besarme fuertemente hasta que adquirí un bello tono lila y, de un mordisco pasional, se me comió la mitad del bigote. ¡Buen provecho!
–¡Uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuaaaaaio! –aullé yo, llorando declaradamente.
–¿No te inspira esto? –tuvo la desfachatez de preguntar, agarrando sensual pero brutalmente mis partes pudendas.
Y cogiéndome el pelo del cogote con las dos manos, me hizo sepultar las narices entre sus generosos senos mientras gritaba:
–¡Escribe! ¡Describe lo que sientes! ¡Esto es amor! ¡Inmortalízalo!
Yo, que tenía del romanticismo una idea evidentemente más suave que la suya, no sabía qué decir ni cómo ponerme. Mientras tanto ella, que se estaba excitando progresivamente, seguía zarandeándome y usándome como amortiguador de adrenalina.
Bueno, para no cansar: durante una hora Felicia estrujó pasional y salvajemente mi cuerpo mientras yo intentaba poner cosas de vez en cuando en la pantalla del ordenador. Ella no escribió nada, sino que se limitó a "musarme" o a hacerme las veces de inspiración, mientras yo sufría en mis carnes la diferencia entre el amor platónico y el aristotélico.
Varios días después supe que Felicia ni siquiera sabía escribir.
06 junio 2013
Más primitivo que Stonehenge.
¿Sabes qué me dijo la muy zorra? Ya sé que no te lo vas a creer, Richard, pero te lo juro por mi panteón familiar al completo. Me dijo:
“Pobre Lola cuanto la comprendo ahora; si es que eres un desgraciado y además más primitivo
que las piedras de Stonehenge."
Una y otra vez retumbaban en mi cabeza estas infames
palabras, Richard. Y por segunda vez en mi vida sentí ganas de llorar. Alejandro Magno
lloró ante el túmulo de Aquiles porque envidiaba su gloria. Julio César, a los
31 años, al pasar por delante de una estatua de Alejandro Magno lloró también
por no haber logrado nada importante cuando a esa edad Alejandro ya era dueño
del Mundo. Claro que no es lo mismo llorar por eso que por un miserable
comentario dicho en el calor de los celos.
Desistí pues de llorar, pero me invadía un furor tal
que estuve a punto de estallar. No obstante estaba demasiado furioso para eso.
Por el contrario pensé: “Por dios no
pierdas los estribos, te conozco demasiado para saber que eres capaz de llevarte
por delante a cualquiera, metiéndote en un lio del que no podrás salir”. Sí, lo reconozco, soy malo cuando odio,
Richard, y tú lo sabes, por algo eres mi amigo. También sé que ahora no es el
mejor momento para contarte mis contingencias, tú ya tienes bastante con la
zorra de tu ex mujer que te ha denunciado por no pasarle la pensión
compensatoria, pero me conoces bien y sabes que la imperiosidad de escribir es
algo contra lo que no puedo luchar. Créeme si te digo que el día en que le eche
el guante a esa media periodista de pelo-paja que se ha ensañado de este modo
conmigo, deseara no haberlo hecho. No se hará esperar el momento en que la
tenga delante de mí. Y cuando ese momento llegue, la miraré a la cara, le
meteré la lengua hasta la campanilla y aguardaré a verla morir de pasión para recordarle
sus mezquinas palabras. No sé quien dijo que el hombre siempre debe tener el
nivel de la dignidad por encima del nivel de la autocompasión, pero fuera quien fuera acertó de lleno, seguro que era
como yo, un tío que se viste por los pies.
También me ha llamado la muy zorra, en tono
cínico, decimonónico y trasnochado… a
mí. Y todo porque mi estilo es elegante y utilizo cursivas cuando escribo. No
te creas Richard que todo eso que te cuento me haya caído de nuevo. ¡No, de eso
nada! Siempre supe que ella era una mujer de carácter, aunque no tenía claro de
qué tipo. Siempre supe que en su mente, como yo en la mía, se imaginaba
diciendo frases de cine como” Cuando soy buena, soy buena; cuando soy mala, soy
mucho mejor.” Todos sabemos que a veces la vida es como una película, y el cine
permite tomarse ciertas licencias; pero esta vez se ha pasado tres pueblos la
tía esta oxigenada. Ahora creo que está en algún lugar de China, seguramente
buscando alguna historia que contar. Pobrecita, a China se tiene que ir para
encontrar algo que relatar a sus escasos lectores. ¿Te he dicho, Richard, que
trabaja en un periodicucho de mala muerte?
Siempre viajando por el mundo como alma en pena. Así la conocí, en un
viejo y destartalado hotel de Freetown. Está mal que lo diga después de lo que
acabo de escribir de ella, pero debo reconocer que quedé prendado en aquel
momento y en aquel lugar del dominio que
tiene la muy zorra del monólogo interior.
Es impresionante, y apabulla sin
pretenderlo. Sí, Richard, ahora has entendido que hablo de aquella desalmada
que me llevó a la cama aprovechando que estaba bajo de defensas. Me había
peleado con Lola una vez más y la muy cabrona no dejó escapar la ocasión de
seducirme. Y cuando acabó conmigo me
dejó tirado en la cama, como un condón usado. Tú ya la conoces, no tanto
como yo, pero la conoces. ¿Recuerdas que te conté que creció rodeada de
artistas e intelectuales, junto a sus tres hermanas y su hermanastro, que la
acosaba sexualmente? Eso le causó varias crisis nerviosas y a su hermanastro
unas cuantas patadas en los cojones. Tiene carácter la chica, ¿sabes? Y es la
única después de Lola, mi novia, capaz de sacarme de mis casillas. Pero la
quiero a la condenada.
En fin,
Richard, como dijo el poeta: si lloras
por una pocas palabrillas, las lágrimas delatarán que estas hecho de
mantequilla. Bueno, ya sé que no rima mucho, debió ser una mierda de poeta,
pero tú me entiendes, ¿verdad?
Bien, no te entretengo más, que bastante tienes tú
con la zorra de tu ex mujer. Yo ahora estoy en Abudabi en una misión para el
gobierno de la Generalitat de Cataluña, pero eso es otra historia…ya te
contaré.
Un saludo,
Ton.
09 marzo 2013
Mi secreto.
Bajo la protectora oscuridad de los sueños evocada por Michael Connelly en su novela, el aroma a café de Colombia del amigo Juan Valdez impregnando el ambiente y la evocadora música diegética e incidental de la saga del agente 007, he procurado aprovechar esta tarde de domingo de final de verano para escribirte esta misiva electrónica.
No te lo vas a creer, cariño, pero no ha sido fácil para mí. Mi primer pensamiento fue escribir sobre la Magnolia grandiflora, del modo en que aparecen en primavera, de su estructura compleja cuyo plan organizacional está conservado en casi todas las angiospermas, con la notable excepción de Lacandonia schismatica. Después decidí hablar del Slow Loris, un animalito muy raro, más conocido para los latinos como Lori Perezoso. En fin, ya me conoces, quería hablar de lo que me gusta de verdad. Pero como no acababa de decidirme opté finalmente por dar un paseo por la playa, para buscar mis musas, esas que nunca me abandonan, esas que me susurran al oído ideas, esas que me inspiran, y créeme que fue una buena idea ya que después de tanto tiempo sin pisarla había olvidado esa sensación de libertad. En la orilla, bailando al son de las olas, descubrí un preservativo flotando, a veces se quedaba en la arena pero a cada ola parecía querer navegar. Entonces pensé que podía escribir sobre ese preservativo, sobre las migraciones de los preservativos o de los motivos que pudo tener su dueño para arrojarlo al mar. Pensé que sería un buen principio para una historia. Pero no..."Ella se merece una historia mejor"- pensé para mí - y volví a casa para releer tu última carta.
No sé si sigues en Egipto, en Sharm el-Sheik tal como me aseguraste en aquel correo del viernes pasado, si mal no recuerdo. Tampoco sé si estás bien, aunque conociéndote estoy seguro que sí, y lo que debe pasarte es que no has encontrado ninguna señal de Wi fi que robar. Verás, cariño, releyéndolo hay algo que se me escapa y tus palabras haciendo referencia a tu secreta investigación sobre la no menos secreta estancia de Hosni Mubarak en un hospital de Sharm el-Sheik han calado profundamente en mi, y esa invitación astuta a lo misterioso ha dejado jirones en mi ser, lo cual me permite iniciar una confesión. Una confesión meditada, pero difícil. Sí, créeme, no ha sido fácil. Ah, también quiero que sepas que estoy haciendo un enorme esfuerzo por no incluir en mi carta frases deslumbrantes y algún que otro hallazgo retórico del estilo " Y lo incuestionable es que el ego, digan lo que digan, el fanatismo de botiquín con caridad de mendrugo que pugna por el apostolado jurídico mundial para santificar un prototipo caramelizado de ser humano frente al cual toda divergencia parezca una amenaza y cualquier oposición una herejía excomulgada de la historia, y las Constituciones, necesita labrarse con cincel, como la escultura hermosa” , o expresiones como “a contrario sensu”, o "ad calendas graecas”; las descarté inmediatamente por exceso de pedantería, aunque ya sabes, porque me conoces, que una poca, de vez en cuando, me sale natural.
Bien, dicho esto, ha llegado el momento de que sepas todas esas inmensas pequeñeces que gravitan alrededor de mi persona, y que te adentres en mis órbitas menos accesibles. ¿Estás preparada, cariño? ¿Sí…seguro? Ten en cuenta que lo que te voy a revelar va a sorprenderte, lo sé, soy muy consciente de ello. Hasta puede que te impresione y te petrifique. Pero, nena, te mereces mi confianza. Yo no olvido que soy el único novio a quien nunca le has birlado la cartera. Y eso dice mucho de ti. Me dice que puedo confiar en ti. Cariño, escucha y no te desmayes:
Soy lo que popularmente se conoce como un Espía; un agente secreto. Los novelistas suelen describirnos con el ojo puesto en el personaje trasnochado de James Bond, ya sabes, la guerra fría y todas esas bobadas, y extraen nuestros comportamientos de las características de ese personaje de ficción, engreído, frío, inteligente, eficaz, extremadamente observador, audaz, implacable, decente, reservado, elegante y dotado de una inigualable habilidad para atraer bellas mujeres fácilmente, en fin, me entiendes, lo que el público femenino define como un apuesto galán que posee un irresistible encanto hacia las mujeres. Y sabes, cariño, la triste realidad es que me parezco a James Bond, como un huevo a una castaña. Pero contra eso no podemos luchar, es parte del attrezzo que los malos guionistas nos han encasquetado. Mi trabajo de agente secreto no es tan glamuroso, ya me gustaría a mí. Recuerdo mi primera misión, fue un incidente fronterizo que tuvo lugar entre Moldavia y la república de Ecuador, los dos se negaban a aceptar a unos pobres refugiados afganos, talibanes decían ellos, por el simple hecho de que uno de ellos, recuerdo su nombre como si fuera ayer “Osama Tinladen”, había dinamitado con 2000 kilos de TNT un enclave histórico protegido, Patrimonio histórico dijeron esos maricas de la Unesco, creo que se llamaba Machu Pichu. En fin, chorradas.
Luego vino una misión muy complicada y poco reconocida, tras el hundimiento en aguas del lago Leman, Suiza, de tres pesqueros andorranos, con varias muertes, del que se hizo responsable a los servicios secretos cubanos. El Ministro de Asuntos Exteriores cubano, Félix José Felipe Varela de Poey del Monte estaba afónico aquel día y no pudo hacer ninguna declaración para negar la responsabilidad de su país, por lo que el lío se armó de firme. Fue una misión complicada, sí. También recuerdo cuando Castilla la Mancha y la comunidad valenciana, en acción conjunta, invadieron un buen pedazo del sur de Cataluña, llegando a un trato para quedarse con los Castellers de Vilafranca del Penedés. Aunque fuentes bien informadas de ambas comunidades confirmaron que el motivo de la guerra era el que los atacantes estaban tan mal de dinero que habían decidido explotar económicamente el gran poder de convocatoria sin olvidar el gran tirón comercial que tenían los Castellers de Vilafranca en el mundo entero.
También me enviaron a Sudamérica. Aquello fue cuando Argentina invadió Brasil, con el propósito ulterior de venderles el Cristo Redentor de Rio de Janeiro, al Vaticano, con el consiguiente follón. La cosa se pudo arreglar finalmente cuando convencí al Papa Benedicto XVI (es XVI, ¿verdad?) de que no podía comprar objetos robados.
En fin, amor mío, podría estar horas y horas contándote mis aventuras y desventuras, en tantas y tantas misiones peligrosas por los seis continentes, y tiempo habrá, ya lo verás, pero hoy me vas a permitir poner punto y final a esta carta para así poder, aprovechar lo que me queda de día; es tan corto nuestro paso por este planeta que es una pésima idea no gozar de cada instante, ¿verdad? Y si te soy sincero, todavía más de lo que acabo de serlo, dentro de un rato mi amigo Luis viene a tomar el café a casa. Sí, ya sé que me has dicho reiteradas veces que Luis es un perdedor, de los que no saben vivir sino encaminados al hundimiento más absoluto, pero es mi amigo, y como dijo Nietzsche: los que no temen perder son los únicos que se atreven a cruza el abismo.
No te lo vas a creer, cariño, pero no ha sido fácil para mí. Mi primer pensamiento fue escribir sobre la Magnolia grandiflora, del modo en que aparecen en primavera, de su estructura compleja cuyo plan organizacional está conservado en casi todas las angiospermas, con la notable excepción de Lacandonia schismatica. Después decidí hablar del Slow Loris, un animalito muy raro, más conocido para los latinos como Lori Perezoso. En fin, ya me conoces, quería hablar de lo que me gusta de verdad. Pero como no acababa de decidirme opté finalmente por dar un paseo por la playa, para buscar mis musas, esas que nunca me abandonan, esas que me susurran al oído ideas, esas que me inspiran, y créeme que fue una buena idea ya que después de tanto tiempo sin pisarla había olvidado esa sensación de libertad. En la orilla, bailando al son de las olas, descubrí un preservativo flotando, a veces se quedaba en la arena pero a cada ola parecía querer navegar. Entonces pensé que podía escribir sobre ese preservativo, sobre las migraciones de los preservativos o de los motivos que pudo tener su dueño para arrojarlo al mar. Pensé que sería un buen principio para una historia. Pero no..."Ella se merece una historia mejor"- pensé para mí - y volví a casa para releer tu última carta.
No sé si sigues en Egipto, en Sharm el-Sheik tal como me aseguraste en aquel correo del viernes pasado, si mal no recuerdo. Tampoco sé si estás bien, aunque conociéndote estoy seguro que sí, y lo que debe pasarte es que no has encontrado ninguna señal de Wi fi que robar. Verás, cariño, releyéndolo hay algo que se me escapa y tus palabras haciendo referencia a tu secreta investigación sobre la no menos secreta estancia de Hosni Mubarak en un hospital de Sharm el-Sheik han calado profundamente en mi, y esa invitación astuta a lo misterioso ha dejado jirones en mi ser, lo cual me permite iniciar una confesión. Una confesión meditada, pero difícil. Sí, créeme, no ha sido fácil. Ah, también quiero que sepas que estoy haciendo un enorme esfuerzo por no incluir en mi carta frases deslumbrantes y algún que otro hallazgo retórico del estilo " Y lo incuestionable es que el ego, digan lo que digan, el fanatismo de botiquín con caridad de mendrugo que pugna por el apostolado jurídico mundial para santificar un prototipo caramelizado de ser humano frente al cual toda divergencia parezca una amenaza y cualquier oposición una herejía excomulgada de la historia, y las Constituciones, necesita labrarse con cincel, como la escultura hermosa” , o expresiones como “a contrario sensu”, o "ad calendas graecas”; las descarté inmediatamente por exceso de pedantería, aunque ya sabes, porque me conoces, que una poca, de vez en cuando, me sale natural.
Bien, dicho esto, ha llegado el momento de que sepas todas esas inmensas pequeñeces que gravitan alrededor de mi persona, y que te adentres en mis órbitas menos accesibles. ¿Estás preparada, cariño? ¿Sí…seguro? Ten en cuenta que lo que te voy a revelar va a sorprenderte, lo sé, soy muy consciente de ello. Hasta puede que te impresione y te petrifique. Pero, nena, te mereces mi confianza. Yo no olvido que soy el único novio a quien nunca le has birlado la cartera. Y eso dice mucho de ti. Me dice que puedo confiar en ti. Cariño, escucha y no te desmayes:
Soy lo que popularmente se conoce como un Espía; un agente secreto. Los novelistas suelen describirnos con el ojo puesto en el personaje trasnochado de James Bond, ya sabes, la guerra fría y todas esas bobadas, y extraen nuestros comportamientos de las características de ese personaje de ficción, engreído, frío, inteligente, eficaz, extremadamente observador, audaz, implacable, decente, reservado, elegante y dotado de una inigualable habilidad para atraer bellas mujeres fácilmente, en fin, me entiendes, lo que el público femenino define como un apuesto galán que posee un irresistible encanto hacia las mujeres. Y sabes, cariño, la triste realidad es que me parezco a James Bond, como un huevo a una castaña. Pero contra eso no podemos luchar, es parte del attrezzo que los malos guionistas nos han encasquetado. Mi trabajo de agente secreto no es tan glamuroso, ya me gustaría a mí. Recuerdo mi primera misión, fue un incidente fronterizo que tuvo lugar entre Moldavia y la república de Ecuador, los dos se negaban a aceptar a unos pobres refugiados afganos, talibanes decían ellos, por el simple hecho de que uno de ellos, recuerdo su nombre como si fuera ayer “Osama Tinladen”, había dinamitado con 2000 kilos de TNT un enclave histórico protegido, Patrimonio histórico dijeron esos maricas de la Unesco, creo que se llamaba Machu Pichu. En fin, chorradas.
Luego vino una misión muy complicada y poco reconocida, tras el hundimiento en aguas del lago Leman, Suiza, de tres pesqueros andorranos, con varias muertes, del que se hizo responsable a los servicios secretos cubanos. El Ministro de Asuntos Exteriores cubano, Félix José Felipe Varela de Poey del Monte estaba afónico aquel día y no pudo hacer ninguna declaración para negar la responsabilidad de su país, por lo que el lío se armó de firme. Fue una misión complicada, sí. También recuerdo cuando Castilla la Mancha y la comunidad valenciana, en acción conjunta, invadieron un buen pedazo del sur de Cataluña, llegando a un trato para quedarse con los Castellers de Vilafranca del Penedés. Aunque fuentes bien informadas de ambas comunidades confirmaron que el motivo de la guerra era el que los atacantes estaban tan mal de dinero que habían decidido explotar económicamente el gran poder de convocatoria sin olvidar el gran tirón comercial que tenían los Castellers de Vilafranca en el mundo entero.
También me enviaron a Sudamérica. Aquello fue cuando Argentina invadió Brasil, con el propósito ulterior de venderles el Cristo Redentor de Rio de Janeiro, al Vaticano, con el consiguiente follón. La cosa se pudo arreglar finalmente cuando convencí al Papa Benedicto XVI (es XVI, ¿verdad?) de que no podía comprar objetos robados.
En fin, amor mío, podría estar horas y horas contándote mis aventuras y desventuras, en tantas y tantas misiones peligrosas por los seis continentes, y tiempo habrá, ya lo verás, pero hoy me vas a permitir poner punto y final a esta carta para así poder, aprovechar lo que me queda de día; es tan corto nuestro paso por este planeta que es una pésima idea no gozar de cada instante, ¿verdad? Y si te soy sincero, todavía más de lo que acabo de serlo, dentro de un rato mi amigo Luis viene a tomar el café a casa. Sí, ya sé que me has dicho reiteradas veces que Luis es un perdedor, de los que no saben vivir sino encaminados al hundimiento más absoluto, pero es mi amigo, y como dijo Nietzsche: los que no temen perder son los únicos que se atreven a cruza el abismo.
01 marzo 2013
La vacuidad.
Estaba inquieto, nervioso, y opté por leer el ensayo de un aprendiz de filósofo antes de irme a dormir. Dicen que leer ayuda a conciliar el sueño. Sí, lo sé, “el amor propio”…tocarse, vamos…también ayuda…pero decidí leer. El ensayo trataba de la Ética, esa parte de la estética que se encarga de suministrar las reglas para quedar bien ante una entidad abstracta (como Dios, la Humanidad, la Salud Pública o la Justicia) cuando la fuerza de las circunstancias impide quedar bien con uno mismo. La cuestión es que me levanté raro, desconocido. Tenía pensamientos subrepticios, indescifrables. Lo que todo hombre tiene que ser para los otros y, en el mejor de los casos, también para sí, es ser una aberración o una anomalía. En resumen: una guarrada, o un hereje civil partidario de un teorema irreprochable. Porque, ¿quién quiere ser normal en un mundo tasado por idiotas? Todo esto y más es lo que estaba pensando mientras aniñaba mi jeta ante el mundo civilizado por el servil espanto a destapar el alma peluda de cavernícola, cuando sonó el timbre de la puerta. ¿Quién coño será? Pensé para mí. Miré el reloj, era temprano y la verdad es que en aquel momento sentía la necesidad ineluctable de olvidarme de mi mismo y no tenía ganas de aguantar a nadie, menos a alguien dispuesto a sacar provecho de otro haciéndole creer que recibe un beneficio. El timbre sonó de nuevo. Me recordó esa imagen wagneriana del miedo en rebeldía contra la rebeldía del miedo. No quería abrir, sabía quién era. A esta hora tan intempestiva solo podía ser él, pero apelé a la amnistía pasajera que se dispensa con el envoltorio de la ternura y conseguí una mejor disposición para afrontar la cohesión de inmundicias que me esperaba tras la puerta. Era consciente que si no abría sería peor. El humanista de buche y paladar, convalecencia de la inferioridad, sospechoso de inutilidad vocacional, ya no solo tocaba el timbre sino que aporreaba la puerta. Pensé primero en otorgarle el beneficio de la muerte, pero finalmente decidí aunar jaquecas para así resolver problemas comunes y no tardar en coincidir que el mayor problema era haberle conocido. Abrí la puerta, y ahí estaba frente a mí el aristócrata de la picaresca que centra su falta de talento en pretender vivir como si lo tuviera. El único ser humano capaz de pasearse en un congreso de ecologistas luciendo con orgullo un exquisito abrigo de pieles de oso panda a lomos de un elefantito al que azota con una goma de butano.
-Hola Josep, ¿qué pasa ahora? Pregunté retóricamente.
-No te lo vas a creer, Ton…no te lo vas a creer-dijo al tiempo que me apartaba de un empujón y se metía directamente al salón-.
Cerré la puerta, y le seguí. No, no voy a negar que sintiera como una conspiración que mimetiza papeles inofensivos para morder a traición con una rabia que no busca desahogo en las radiaciones de la alegría, sino en la propagación impúdica del envilecimiento, pero me contuve y dije:
-A ver, ¿qué es lo que no me voy a creer?
-Ton, ¿recuerdas a Rosa?
-Sí, creo recordar que me pediste consejos de cómo preparar el terreno para un asalto.
-Esa, esa…pues, ¿te puedes creer que me ha llamada celoso y vacuo?
-¡No me lo puedo creer!
-Oye, por cierto, Ton, celoso sé lo que quiere decir, pero ¿qué coño es eso de vacuo?
La pregunta era tan directa no me dejaba otra que emprender ese camino jalonado de dudas que tras diversos derroteros no siempre transitables y alguna que otra perspicacia no siempre luminosa, conduce, finalmente, a la desesperación. Aunque no es habitual advertirlo, el recorrido emprendido es irreversible.
-Verás, Josep, tiene que ver con la vacuidad.
-¿Vacuidad? ¿Y qué cojones es la vacuidad? ¿Es malo?
¡Dios mío! Exclamé para mí. A ver como salgo yo de esta, sin recurrir al fanatismo de botiquín con caridad de mendrugo que pugna por el apostolado jurídico mundial para santificar un prototipo caramelizado de ser humano frente al cual toda divergencia parezca una amenaza y cualquier oposición una herejía excomulgada de la historia. En fin no me queda otra que tirar del método fundamentalista de conocimiento que opta por la fe en la consistencia de los hechos para sistematizar la realidad aun cuando la realidad demuestra la inconsistencia de los hechos para llegar al conocimiento.
-Josep, siéntate. Voy a intentar ser lo menos cínico posible, eso que me llaman mis amigos cuando sienten que llevo razón y les molesta reconocerlo. ¿Quieres de verdad que arranque las alas para entrar en el panal?
-¿Eing?
-¿Qué si quieres de verdad que te explique qué es la vacuidad?
-¡Si no es muy largo!
Lo miré, apercibí la herida del alma por donde se desangra la razón, sentí una colisión entre seriedad y serenidad, y pensé que el único modo de deshacerme de él y volver al paraje concurrido y a menudo variopinto al que se acude para volver con más amor a la soledad era aburrirlo, abrumarlo con una explicación larga, tediosa y soporífica. Pero no quería ser como esos Individuos que se han resignado al santísimo gusto de expulsar de su rutina a los intrusos ante la incapacidad mental o material de eliminarlos. No, no quería ser descortés. Tampoco quería hundirlo en la miseria más absoluta explicándole que la vacuidad a la que se refería su amiga Rosa es la falta de contenido o profundidad. Así que opté por explicarle la versión oriental.
-Bueno, intentaré resumirlo lo más posible-le dije cruzando las piernas y recostándome en el sillón-.
Verás Josep, la verdad última es la vacuidad. La vacuidad no es la nada, como piensa la gente común, sino la carencia de existencia inherente. La mente de autoaferramiento proyecta de manera errónea una existencia inherente a los fenómenos. Todos los fenómenos aparecen ante nuestra mente como si existieran de forma independiente y, sin darnos cuenta de que esta apariencia es equívoca, asentimos instintivamente a ella y aprehendemos todos los fenómenos como si existieran de forma inherente y verdadera. Ésta es la razón principal por la cual nos hallamos atrapados en el samsara. ¿Me sigues?
-Sí, claro…ejem…claro.
-Muy bien. En la realización de la vacuidad hay dos etapas. La primera consiste en identificar con claridad el modo en que los fenómenos aparecen ante nuestra mente, como si existieran de forma inherente, y cómo creemos con firmeza que esta apariencia es cierta. Este proceso es lo que se llama «identificación del objeto de negación». Para que nuestra comprensión de la vacuidad sea correcta es de suma importancia comenzar con una idea clara de lo que hemos de negar. La segunda etapa consiste en refutar el objeto de negación, esto es, probarnos a nosotros mismos por medio de varios tipos de razonamientos que el objeto de negación en realidad no existe. De este modo, llegaremos a realizar la ausencia o inexistencia del objeto de negación. ¿Comprendes?
-Sí, sí...ejem… claro…ejem…claro.
-Estupendo. Debido a que nuestro aferramiento hacia nosotros mismos y hacia nuestro cuerpo es mayor que hacia otros objetos, debemos comenzar contemplando la vacuidad de estos dos fenómenos. Para ello, nos adiestramos en esas dos meditaciones: la meditación sobre la vacuidad del yo y la meditación sobre la vacuidad del cuerpo. A pesar de que nos aferramos constantemente al yo como si existiera de forma inherente, incluso cuando dormimos, no es fácil identificar cómo este yo aparece en nuestra mente. Para identificarlo con claridad, hemos de empezar dejando que se manifieste con fuerza al contemplar aquellas situaciones en las cuales generamos con más intensidad de lo normal un fuerte sentimiento del yo, como ocurre cuando nos sentimos avergonzados, turbados, atemorizados o indignados. Recordamos o imaginamos estas situaciones y entonces, sin necesidad de analizarlas o de juzgarlas, intentamos percibir con claridad la imagen mental de este yo apareciendo de manera espontánea y natural. Hemos de tener paciencia, pues es muy posible que necesitemos varias sesiones de meditación hasta que logremos percibir con claridad esta imagen mental del yo. ¿Entiendes Josep?
-Ouch..sí, sí…está muy claro…ejem…bueno…ejem… ¿falta mucho todavía, Ton?
-Voy por la mitad, Josep. ¿Pero a que es interesante, eh?
-Y tanto…ejem…ejem…oye igual te he interrumpido y estabas ocupado, ¿no?…cachís…sabes qué…ejem…tengo que ir a casa, acabo de recordar que hoy viene el fontanero para arreglar el maldito sifón del lavabo…
-¿El fontanero? Bueno, como quieras, pero te vas a perder lo mejor. La vacuidad tiene mucha tela que cortar, ¿sabes? En fin, si tienes que marcharte no seré yo quien te lo impida. Lo primero es lo primero.
-Gracias, Ton…ejem…gracias de verdad. Bueno me marcho ya, eh! Ya sabes cómo son esos fontaneros…si llegan y no estás te cobran y no vuelven.
-Sí, es cierto, venga corre para casa, y ya sabes…cuando quieras saber como acaba eso de la vacuidad, pues solo tienes que decírmelo…los amigos estamos para eso…para ayudar. Cuídate mucho, y dale un beso de mi parte a Rosa.
-Sí, se lo daré…ejem…bueno, me marcho ya…es interesante esto de la vacuidad, eh!...y sí, seguiremos otro día… Ciao.
Abrió la puerta, y al salir corriendo casi tropieza con la palmera de plástico del descansillo de la escalera. Objetico cumplido-pensé para mí mientras una sonrisa maquiavélica se dibujaba en mi rostro- . He conseguido que se largara con viento fresco. Sí, ya sé que he sido egoísta, que lo he abrumado con mi disertación para aburrirlo y provocar su partida, pero qué queréis que os diga el egoísmos es el nombre peyorativo que recibe la sagacidad para poner al descubierto las intenciones ajenas y obrar en consecuencia. Ahora que lo pienso, quiero deciros que cuando concebí esta disertación pensé en el momento que la escribiría y mientras la estaba escribiendo pensé en el momento que la concebía. Es como un círculo vicioso, un bucle en el tejido espacio-temporal, un fruto que sólo madura cuando uno se cansa de pensar. En fin que como dijo Calderón De La Barca: Cosas hay que aunque se digan, no son para que se entiendan.
24 febrero 2013
Leonardo.
Me quité la gabardina, sacudí las gotas de lluvia que resbalaban por ella y entré en la habitación. Nadie se atrevió a decirme nada; pero, a medida que se apartaban para abrirme paso, me hicieron sentir sus miradas fijas en mi persona.
Mi amigo Josep estaba junto a la puerta del dormitorio, tratando de calmar a Melody Dalizmar Leylinn, mi vecina colombiana, que se debatía entre ahogados sollozos. Me acerqué a ellos y estreché contra el mío el cuerpo tembloroso de Melody, que es como la llamaba yo. La chica tenía unas piernas que valían un millón de maravedíes y ningún inconveniente en mostrarlas. Pésima inclinación, tratándose de una vecina mía. El cabello, negro como el cordobán, lo llevaba recogido con un lazo de color rojo pasión y solía usar unos vestidos muy pegados a la piel capaces de hacerme evocar, cada vez que la miraba, las curvas de la carretera de Sant feliu de Codines. Y que esto no vaya a dar la idea de que era una de esas chicas llamadas “fáciles”. La he visto largar cada guantazo que quita el hipo. Y si se trata de reacciones rápidas, es de las que se quita un zapato y te deja seco del taconazo en lo que se dice amén.
–Vamos, nena, tranquilízate –dije–. Ven, échate un poco –añadí, dirigiéndola hacia un pequeño diván adosado a la pared opuesta, donde tomó asiento.
Su estado era lastimoso. Uno de los vecinos del rellano le acercó un cojín y Melody Dalizmar Leylinn se tendió. Josep me atrajo con un ademán y, señalando la habitación, dijo:
–Ahí dentro, Ton...
“Ahí dentro”. ¡Cuánto me conmovieron aquellas palabras! “Ahí dentro” estaba, tirado en el suelo, muerto. El cadáver. Bien podía llamarlo así. Ayer era Leonardo, mi mejor amigo, el que había compartido conmigo la misma trinchera durante aquellos dos terribles años de guerra sucia, entre la cenagosa pestilencia de la demanda de divorcio de mi ex. Leonardo, el mismo que había demostrado estar dispuesto a dar la extremidad superior derecha por un amigo, y que cumplió su promesa al evitar con su cuerpo que un abogado mal nacido me partiera la vida en dos. Se interpuso entre él y yo, con su patita derecha, aquel hijo de su madre se la pisó, y se la tuvieron que amputar.
Josep no pronunció palabra, ni tampoco se opuso a que yo descubriese el cadáver y palpara el frío caparazón. Por primera vez en mi vida, sentí deseos de llorar.
– ¿Dónde fue, Josep?
–En el estómago. Mejor será que no lo veas. El hijo de puta que lo mató le llenó la barriga de “Regaliz americano” (Abrus precatorius), toda la planta es tóxica pero sobre todo sus semillas que contienen un alcaloide llamado abrina. La ingestión de una semilla puede matar a un niño. Leonardo no tuvo tiempo ni de rezar un puto padre nuestro.
A pesar de su recomendación, levanté la sábana. Un juramento que no llegué a articular. Leonardo estaba boca arriba, su única extremidad superior estaba apoyada sobre el vientre y su carita tenía una expresión de dolor indecible. Suavemente volví a tapar el cadáver con la sábana y me incorporé. Reconstruir las circunstancias en que tuvo lugar la muerte era cosa sencilla. Había un rastro de semillas de “Abrus precatorius” entre la mesita de noche y el lugar donde Leonardo solía tomar el sol. La alfombra estaba arrugada bajo el cadáver. Visiblemente, había intentado arrastrarse con ayuda de su única pata delantera, aunque no consiguió lo que pretendía alcanzar. Debajo de la mesita de noche, resguardada de las corrientes de aire, se veía su cajita de cartón de color naranja dónde siempre dormía. Eso era lo que trató de alcanzar. Aún con la panza llena de veneno, intentó cobijarse en ella, para morir en paz. Señalando el sillón, pregunté:
– ¿Moviste tú ese sillón, Josep?
–No. ¿Por qué?
–No está en su sitio. ¿No lo ves?
Josep me miró con atención.
– ¿Qué tratas de decir?
–Ese sillón estaba allí, junto a la cama. ¿No te das cuenta de lo que ha pasado? Cuando el asesino lo envenenó, Leonardo intentó huir. Pero su atacante no se marchó enseguida. Se quedó aquí, sentado en este sillón, viendo cómo se retorcía. Leonardo intentaba llegar a su cajita de cartón; pero no pudo... Lo hubiese hecho si el asesino no se lo hubiera impedido. El asqueroso canalla debió de impedírselo con el pie, riéndose de Leonardo mientras él trataba de cobijarse en su cajita de color naranja. Centímetro a centímetro lo fue alejando hasta que Leonardo no pudo más... Así lo atormentó, a un pobre animal infeliz que en vida se había llevado la peor parte en todo. Y se burló de él. Éste no es un asesinato ordinario, Josep. Es el crimen más premeditado, más sádico que he visto. Encontraré a su autor. Lo juro.
– ¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a intervenir en esto, Ton?
– ¿Es que lo dudabas?
–Habrás de andar con cuidado.
– ¡Ya! ¡Con ninguno, Josep! De ahora en adelante, esto es una carrera, mi objetivo es el asesino.
–No, Ton. Eso no puede ser. Y tú lo sabes bien.
– ¿Cómo que no? –le repliqué–. Tú tendrás tu obligación; pero también yo me he impuesto una. Leonardo era el mejor amigo que nunca tuve. Vivimos y luchamos juntos. No voy a darle al asesino la tregua de los juicios, ¡como que Dios existe! Tú sabes bien lo que pasa, ¡maldita sea! Se busca al mejor abogado y éste tergiversa las cosas hasta convertir a su defendido en un héroe. Los muertos no pueden hablar en su defensa. No pueden relatar lo que ocurrió. ¿Cuál de los jurados podría comprender qué se siente cuando unas semillas de “Regaliz americano” le destrozan a uno las entrañas? Ningún miembro de ese auditorio conoce el sabor de la muerte ni lo que significa ver a tu propio asesino burlándose de ti en la cara. ¿Que el pobre infeliz era solo una tortuga? Y eso, ¿qué? ¡Nadie es perfecto! Pero ¿ha probado alguien de los aquí presentes a arrastrarse por el suelo sin más apoyo que esa única patita delantera, para alcanzar su pequeña cajita de cartón de color naranja, retorciéndose de dolor, tan enloquecido por la muerte qué harías cualquier cosa por agarrar a tu verdugo? ¡Qué han de saber...! Los jurados son fríos e imparciales, como se espera que sean. Basta con un abogado hábil para hacerles verter lagrimones al decirles que su cliente había perdido el juicio o que, si lo envenenó, lo hizo en defensa propia. ¡Magnífico! La ley es un instrumento espléndido. Sólo que por esta vez la ley soy yo. Y yo no me mostraré ni frío ni imparcial. Tendré bien presentes todas las circunstancias que ella no sabe comprender.
En mi excitación, le cogí por las solapas.
–Y todavía me dejo algo, Josep. Escúchalo con atención, porque quiero que lo repitas ante toda la gente que conoces. Y cuando lo hagas, habla convencido de tus palabras, pues nada de lo que voy a decir será en balde. Hay diez mil tipos que me odian. Tú lo sabes. Me odian porque soy más inteligente y atractivo que ellos.
Me invadía un furor tal, que estuve a punto de estallar. Pero con sólo volverme, al ver lo que había sido de mi amigo Leonardo, hubiera rezado. No obstante, estaba demasiado furioso para eso. Por el contrario, dije:
–Leonardo, estás muerto y no puedes oírme. O tal vez sí puedas. Ojalá que así fuese, porque quiero hacer un juramento irrevocable. Me conociste durante muchos años, Leonardo, y tú sabías que la palabra que sale de mi boca sigue en pie mientras viva. Así, juro que encontraré al gusano que te mató. No llegará al patíbulo. No lo colgarán. No lo fusilarán. Morirá exactamente como tú lo hiciste con la barriga llena de “Abrus Precatorius”. Sea quien fuere el que lo hizo, Leonardo, lo encontraré. Si me oyes, recuérdalo: quienquiera que haya sido. Lo juro.
Cuando volví la cara me topé con el semblante un tanto descompuesto de Josep, que sacudió la cabeza al encontrar mi mirada. Sabía lo que estaba pensando: “Ton, no lo hagas. Por Dios, no pierdas los estribos. Te conozco demasiado para saber que te llevarás por delante a cualquier responsable, metiéndote en un lío del que no podrás salir”.
Así, pues, le dije:
–No me volveré atrás, Josep. A partir de este momento, sólo una cosa me interesa: el asesino. Tú, Josep, eres un tío responsable. Estás sometido a una disciplina, a unas normas... Hay gente que depende de ti. Yo, por el contrario, estoy solo. Puedo hincharle los morros a cualquiera sin temer las consecuencias. Cierto que el día que me muera no habrá quien arme la de San Quintín, como ocurriría en tu caso. Pero también poseo una mala hostia que me autoriza a romperle la jeta a cualquiera, y eso basta para que me teman. Soy malo cuando me hacen daño, Josep. Muy malo. Pero soy peor cuando el daño se lo hacen a un inocente.
Y Leonardo, mi tortuga, era lo más inocente del mundo.
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