Esta historia transcurre en el siglo XVII en
Japón, durante un periodo de hambre.
Un campesino que no tenía con qué
alimentar a su familla se acuerda de la costumbre que promete una fuerte
recompensa al que sea capaz de desafiar y vencer al maestro de una escuela de
sable.
Aunque no había tocado un arma en su vida, el campesino desafía al maestro
más famoso de la región. El día fijado, delante de un publico numeroso, los dos
hombres se enfrentan. El campesino, sin mostrarse nada impresionado por la
reputación de su adversario, lo espera a pie firme, mientras que el maestro de
sable estaba un poco turbado por tal determinación.
"¿Quién será este hombre?", piensa. "Jamás ningún villano hubiera tenido el
valor de desafiarme. ¿No será una trampa de mis enemigos?"
El campesino, acuciado por el hambre, se adelanta resueltamente hacia su
rival. El Maestro duda, desconcertado por la total ausencia de técnica de su
adversario. Finalmente, retrocede movido por el miedo. Antes incluso del primer
asalto, el maestro siente que será vencido. Baja su sable y dice:
-Usted es el vencedor. Por primera vez en mi vida he sido abatido. Entre
todas las escuelas de sable, la mía es la más renombrada. Es conocida con el
nombre de "La que en un solo gesto lleva diez mil golpes". ¿Puedo preguntarle,
respetuosamente, el nombre de su escuela?
-La escuela del hambre -responde el campesino.
Anónimo japonés
12 abril 2012
¿Avisarías a los personajes de tu sueño?
El discípulo se reunió con su mentor espiritual para indagar algunos aspectos
de la Liberación y de aquellos que la alcanzan. Departieron durante horas. Por
último, el discípulo le preguntó al maestro:
-¿Cómo es posible que un ser humano liberado pueda permanecer tan sereno a
pesar de las terribles tragedias que padece la humanidad?
El mentor tomó entre las suyas las manos del perplejo discípulo, y le
explicó:
-Tú estás durmiendo. Supóntelo. Sueñas que vas en un barco con otros muchos pasajeros. De repente, el barco
encalla y comienza a hundirse. Angustiado, te despiertas. Y la pregunta que yo
te hago es: ¿Acaso te duermes rápidamente de nuevo para avisar a los personajes
de tu sueño?
Anónimo hindú
La verdad... ¿es la verdad?
El rey había entrado en un estado de honda
reflexión durante los últimos días. Estaba pensativo y ausente. Se hacía
muchas preguntas, entre otras por qué los seres humanos no eran
mejores. Sin poder resolver esta última interrogante, pidió que trajeran
a su presencia a un ermitaño que moraba en un bosque cercano y que
llevaba
años dedicado a la meditación, habiendo cobrado fama de sabio y
ecuánime.
Sólo porque se lo exigieron, el eremita abandonó la inmensa paz del bosque.
-Señor, ¿qué deseas de mí? -preguntó ante el meditabundo monarca.
-He
oído hablar mucho de ti -dijo el rey-. Sé que apenas hablas, que no
gustas de honores ni placeres, que no haces diferencia entre un trozo de
oro y uno de arcilla, pero todos dicen que eres un sabio.
-La gente dice, señor -repuso indiferente el ermitaño.
-A propósito de la gente quiero preguntarte -dijo el monarca-. ¿Cómo lograr que la gente sea mejor?
-Puedo
decirte, señor -repuso el ermitaño-, que las leyes por sí mismas no
bastan, en absoluto, para hacer mejor a la gente. El ser humano tiene
que cultivar ciertas actitudes y practicar ciertos métodos para alcanzar
la verdad de orden superior y la clara comprensión. Esa verdad de orden
superior tiene, desde luego, muy poco
que ver con la verdad ordinaria.
El rey se quedó dubitativo. Luego reaccionó para replicar:
-De
lo que no hay duda, ermitaño, es de que yo, al menos, puedo lograr que
la gente diga la verdad; al menos puedo conseguir que sean veraces.
El eremita sonrió levemente, pero nada dijo. Guardó un noble silencio.
El rey decidió establecer un patíbulo en el puente
que servía de acceso a la ciudad. Un escuadrón a las órdenes de un
capitán revisaba a todo aquel que entraba a la ciudad. Se hizo público
lo siguiente: “Toda persona que quiera entrar en la ciudad será
previamente interrogada. Si dice la verdad, podrá entrar. Si miente,
será
conducida al patíbulo y ahorcada”.
Amanecía.
El ermitaño, tras meditar toda la noche, se puso en marcha hacia la
ciudad. Su amado bosque quedaba a sus espaldas. Caminaba con lentitud.
Avanzó hacia el puente. El capitán se interpuso en su camino y le
preguntó:
-¿Adónde vas?
-Voy camino de la horca para que puedan ahorcarme -repuso sereno el eremita.
El capitán aseveró:
-No lo creo.
-Pues bien, capitán, si he mentido, ahórcame.
-Pero
si te ahorcamos por haber mentido -repuso el capitán-, habremos
convertido en cierto lo que has dicho y, en ese caso, no te habremos
ahorcado por mentir, sino por decir la verdad.
-Así es -afirmó el ermitaño-.
Ahora usted sabe lo que es la verdad... ¡Su verdad!
Anónimo hindú
04 abril 2012
Aristóteles, Kant, Hume...y Popper.
Hoy
me ha sucedido algo curioso (ya saben que cuando empiezo una nota o un
comentario con esas palabras es que lo que voy a relatar es cierto y
verdadero). Como cada miércoles he ido a comer con mi amigo Josep (ya
saben, el que se folló a la segunda mejor amiga de la que hoy es su ex
mujer) y hemos hablado de lo que solemos hablar los hombres de verdad,
no esos metrosexuales que hablan de cosmética y gimnasio, no, esos no,
sino los de verdad. ¿Y de qué hablamos los hombres de verdad? Pues de
mujeres. De fútbol también, y de motos, y de coches…pero hoy tocaban
bastos, o sea, mujeres. La cuestión es que he tenido que explicarle al
capullo de mi amigo, con argumentos, que “todas las mujeres son
iguales”. Él, pobrecito, vive todavía en el país de nunca jamás, y tiene
la opinión equivocada que no todas son iguales, que las hay mejores,
peores, regulares, ergo, como en el género masculino. Y no, no es así.
-Nosotros los hombres –le dije a Josep- somos heterogéneos, pero ellas no, ellas son homogéneas, están formadas por elementos con una serie de características comunes referidas a su clase o naturaleza que permiten establecer entre ellas una relación de semejanza.
-Coño, como nosotros, ¿no? Me preguntó el capullo de mi amigo.
- No, Josep. Como nosotros, no. Mira, escúchame, y aprende. Ya sé que esa idea mía de que todas las mujeres son iguales ha suscitado un buen número de debates, desde los primeros intentos filosóficos. Pero no olvides que el mismísimo Aristóteles concluye el libro de los Segundos analíticos con el modo en que la mente femenina a diferencia de la masculina, llega a conocer las verdades básicas o premisas primarias o primeros principios, que no son innatas en nosotros los hombres, ya que es posible desconocerlas durante gran parte de nuestra vida, y que en ellas sí lo son (Innatas). ¿Me entiendes, Josep? ¿Eh… que si me entiendes, coño?
-Sí claro.
-¿Pues por qué me miras con cara de besugo?
-Bueno, es que estoy todavía destilando el discurso ese que me acabas de largar.
-¡Pero si está claro! ¿Qué es lo que no entiendes? ¿En qué momento te has perdido?
-Pues justo cuando me has dicho: Mira, escúchame y aprende…ahí, justo ahí, me he perdido, Ton. Ya me conoces, sabes que soy más simple que el mecanismo de un sonajero, y me hablas de Aristóteles, y de verdades básicas, y premisas primarias, y…
-Está bien, está bien…quizá no debiera haber escogido a Aristóteles. Como en su día dijo Hume, nunca hay observaciones suficientes para convencer a un imbécil.
-¡Hombre, Ton, tampoco te pases!
-Que no, que lo de imbécil no va por ti, Josep.
-Ah, bueno… ¿y por quien va entonces?
-Olvídalo. Verás, en Kant, de quien su desacuerdo con el pensamiento de Hume es evidente se cita como una motivación para escribir una teoría filosófica, la homogeneidad de la mujer y su carácter gatuno y causalístico, ¿comprendes?
-Ya, pero Kant no era aquél filósofo alemán que se ponía ciego de…
-¡Coño, Josep! ¿Vas a cuestionar a Kant, también, eh?
-No, no, claro…a Kant, no. Pero dime una cosa, Ton: ¿eso quiere decir que Angeline Jolie es igual que Rossy de Palma?
-Eres un capullo, y no has entendido nada…nada.
-Joder, Ton, es que…
-Mira, no sé por qué pierdo el tiempo contigo, pero voy a hacer un último intento. ¿Sabes quién dijo, “Nihil est in intellectu feminae, quod prius non fuerit in sensu”?
-Espera, espera…eso es latin, ¿verdad? Si me lo traduces, igual adivino quien lo dijo.
-Claro, no todo el mundo domina el latín, perdóname. En castellano dice: "nada hay en el intelecto femenino que no haya estado antes en los sentidos".
-Ajá… ¿Aristóteles? ¿A que sí?
-Muy bien, Josep, Aristóteles, efectivamente, el mismo que mantuvo que: "conocer la naturaleza de una mujer es conocer el Caos”, y que "poseemos conocimiento científico del funcionamiento del Universo sólo cuando hemos sido capaz de entender la mente de una mujer", o sea casi nunca.
-Bueno, visto así, parece que tienes razón, Ton, tal vez todas las mujeres son iguales. Pero dime una cosa: ¿Iguales de malas, o iguales de buenas? Y otra cosa: ¿se puede verificar?
- Verificar, verificar… ¿Conoces a Popper?
-¡Sí claro!
-¡Qué coño vas a conocer a Popper!
-Que sí, que sé quién es, de verdad…
-Es igual, escúchame: Popper en realidad rechaza el verificacionismo como método de validación de teorías. Su tesis central es que no puede haber enunciados científicos últimos, es decir, enunciados que no puedan ser contrastados o refutados a partir de la experiencia. La experiencia sigue siendo el método distintivo que caracteriza a la ciencia empírica y la distingue de otros sistemas teóricos. ¿Comprendes? La experiencia.
-¡Ajá! ¿Pero ese Popper no es el mismo que dijo que el problema de la inducción nace del hecho de que no se puede afirmar algo universal a partir de los datos particulares que ofrece la experiencia? No fue él que dijo: Por muchos millones de cuervos negros que se vean, no será posible afirmar que «todos los cuervos son negros». En cambio, basta encontrar un solo cuervo que no sea negro para poder afirmar: «No todos los cuervos son negros».
-¡Vete a la mierda, Josep! Diez años siendo amigos y no has aprendido nada. ¿Por cierto desde cuando conoces a Popper? Bueno, es igual, qué más da. Aquí hablamos de mujeres y no de cuervos, aunque puedan parecer familiares muy cercanos. Mira voy a ir al grano y lo entenderás: ¿por qué tu mujer te puso las maletas en la puta calla, eh?
-¿Por qué la engañé con su segunda mejor amiga?
-No, merluzo, esa es la excusa que te puso ella.
¿Por qué me pasaba los domingos jugando al tenis con los amigos y viendo partidos de fútbol…y pasando de ella?
-No, tampoco fue por eso, aunque ayudó bastante. Veo que no has comprendido nada de cómo piensa una mujer. Parecen complejas, pero no lo son. Son iguales de sencillas que nosotros. Nosotros solo pensamos en follar, y ellas, solo piensan en su bienestar.
-Entonces quiere decir que nosotros también somos todos iguales, ¿no?
-No, listillo, nosotros no. Dentro del género masculino, los hay que solo pensamos en follar, es verdad, pero luego hay grupitos que solo piensan en Filatelia, en aeromodelismo, en matemáticas, en buscar setas, en…
-Vale, vale…nosotros no somos iguales. ¿Entonces por qué me echó de casa, eh? Dímelo tú, porque yo hasta ahora mismo pensaba que había sido por follarme a su amiga.
-No, créeme, te echó a la puta calle porque después de veinte años de matrimonio ella se dio cuenta de que contigo no podía aspirar a nada mejor. Que siempre viajaría en tu utilitario Ibiza verde botella, que no dispondría nunca de Visa Oro como sus otras amigas, que no podría ir a la peluquería todas las semanas, ni comprarse ropa de marca ni lencería de victoria’s secret…por eso, capullo. Todo lo demás, los lloriqueos por haberte follado a su amiga, lo de tu falta de sensibilidad etc etc…todo eso, es el puto rollo de las mujeres. Está todo escrito en su ADN, ¿me entiendes, Josep?
-Coño, ahora sí que te entiendo. Haber empezado por ahí, dejando a Hume, Kant, Popper y Aristóteles para otro momento, ¿no?
-Tienes razón, debería haber empezado con esa famosa cita de Sacha Guitry: Todas las mujeres son iguales, y si fueran buenas, Dios tendría una.
-Oye, que Sacha Guitry no dijo exactamente eso, él dijo que…
-Chssssss! No olvides que pago yo el restaurant. Como siempre, por cierto.
-Ah, vale.
Bien, en este punto, aquí, terminó hoy nuestra conversación sobre las mujeres. Como siempre he conseguido convencer a mi amigo Josep de que la razón es mi pareja de baile, pero he de reconocer que al término de la comida me quedó un poco de amargor en la comisura de mi ego… ¿Y por qué se preguntarán ustedes? Pues porque mi buen amigo Josep me ha estado engañando todos esos años: ¡el muy cabrón también lee a Popper!
02 abril 2012
¿No querías "Milenarismo"? ¡Pues toma "Milenarismo"!
La otra noche, viernes para más señas, me ocurrió un cosa curiosa, ya saben ustedes que
cuando comienzo un relato con estas palabras es que lo que voy a referir
es cierto de verdad, y de verdad cierto. Salí a tomar unas copas con mi único amigo,
Josep (los que me leen con enfermiza asiduidad saben que es el que se
encontró con las maletas en la calle, cerca del contenedor de color verde, después de follar con la segunda
mejor amiga de su mujer), y como de costumbre, nos pasó algo. Fuimos a cenar
cerca de la playa, al lado del Casino de Barcelona (esto, para los que
viajan poco y no saben de casinos, está en Barcelona) cuando ya en la sobremesa, me dice:
-Oye Ton, podríamos ir a tomar unas copas en un local de la calle Aribau que me han dicho que…
-¿Quien te ha dicho qué?- Le interrumpí yo, fiándome muy poco de sus informantes-.
-No lo conoces, es uno que trabaja conmigo que lleva separado dos meses, y conoce bien lo que se cuece en Barcelona de "nuit".
-Mira Josep, ¿quieres que te recuerde la última movida que tuvimos tú y yo por seguir la recomendación de otro amigo tuyo?
-No, no, que éste es diferente, éste es un lince, un halcón, un gavilán de la noche. Trabaja de comercial en mi empresa y nunca me ha defraudado, créeme.
-En
fin, sé que no debería hacerte caso pero una vez más voy a jugármela.
Pero esta noche nada de ir de Cirujano de la Vall d’Hebron o de piloto
de Iberia. Esta noche vamos a representar la escena del borracho, este
serás tú, y del amigo responsable que le ampara y ayuda, éste seré yo,
¿vale? Además es lo que siempre nos sale bien y nos permite follar
gratis.
-Sí, sí y por lo que me ha dicho
mi amigo, en ese local hay chicas separadas, divorciadas y casadas que
buscan experiencias nuevas y trepidantes.
-Bien,
pues en marcha, y recuerda, hoy repetiremos la escena de Fernando
Arrabal y Sánchez Dragó hablando del “Milenarismo” (para los que no son
tan mayores como yo, les recomiendo que miren en Youtube lo que pasó en
aquel programa de Sánchez Dragó hace ya muchos años).
Salimos
pues del restaurante. Era tarde, pero sólo por el reloj. La ciudad estaba
todavía muy despierta y yo intentaba desperezarme después de la copiosa
cena, dispuesto para comenzar la farsa. Hacía una noche
espléndida, el cielo estaba despejado y el aire era ahora más fresco,
las luces, un poco más brillantes, y el desfile de taxis, incesante.
Me gusta Barcelona, algo le sucede por la noche. Deja de ser ruidosa. Se recoge
en sí misma, corre las cortinas, y se pone a vivir una vida que a un
recién llegado se le antojaría extraña. Es excitante, deslumbradora y,
no obstante, esquiva.
Veinte minutos
después llegamos a la calle Aribau. Un individuo al que hallamos en la
esquina nos indicó las señas que buscábamos, y tuvimos que recorrer dos o
tres manzanas calle arriba. Lo que nosotros andábamos buscando era una
vieja casa de piedra gris, una reliquia del pasado que tenía el número
pintado en la puerta y miraba a la calle con ojos puestos en blanco.
Diez minutos tardamos en llegar. Una vez allí, permanecí un minuto
delante del edificio. Tuve tiempo para sacar de la cajetilla un
«Marlboro», llevármelo a la boca y encenderlo sin prisas. Dejé que la
llama de mi encendedor iluminara mi rostro diez segundos largos; luego,
di una prolongada chupada al pitillo y observé cómo la espiral de humo
se desvanecía en el aire. Finalmente miré a Josep, lancé un leve gruñido
y exclamé:
-¿Has visto el tipo que se halla junto a la puerta?
-Tranquilo, no pasa nada, mi amigo ya me ha dicho que es un local con acceso muy restringido.
Vacilé
un momento, como si no supiera qué rumbo tomar. No confiaba en Josep,
era un desastre en todo y sabía que algo iba a salir mal.
-¿Restringido?
Pero no ves la pinta de ese tipo. No ves que es un matón, elegantemente
vestido, eso sí, pero a sueldo de un jefazo que no confía nada al azar.
- Ton, no te preocupes, déjame hablar a mí, ¿ok? -Añadió Josep-.
La mirada que le lancé estaba preñada de recelo y de inquietud.
-¡Hola,
qué tal! -dijo él-. Venimos recomendados por un amigo nuestro, Manel
Boixareu. Nos ha dicho que éste es el mejor local de Barcelona para los
náufragos de la noche.
Nos miró
con una sonrisa poco cordial, murmuró algo entre dientes, golpeó la
puerta con los nudillos y esperó. A los pocos segundos se abrió y nos
hizo pasar al interior. Una vez dentro otro clon suyo nos examinó
rápidamente y nos abrió otra puerta que daba acceso a una sala. Estaba
todo sumido en las sombras por lo que decidí aventurarme por mi cuenta
sin otra guía que la tenue luz de la barra que se vislumbraba al fondo y
del olor al que ya me estaba acostumbrando. No era un olor ordinario.
Era como una corriente cálida y fluida que se fundía lentamente con
otros olores y se derramaba finalmente por la estancia. Llegamos, nos
sentamos y una voz cavernosa nos dijo:
— ¿Qué quieren beber?
Levanté
la vista, y vi un hombre de unos cuarenta años. Parecía normal... hasta
que sonrió, y entonces una hilera irregular de dientes cortos,
manchados de nicotina, me reveló su identidad: otro hampón elegantemente
vestido, encargado de una misión especial, servir a los clientes. No
había señales enervantes en el fondo de sus oscuras pupilas, y parecía
por lo tanto un trabajador concienzudo.
—Tienen cerveza de jengibre -dijo mi amigo Josep-.
El
camarero titubeó un instante; luego, se encogió de hombros. Entonces le
di un codazo disimuladamente a mi amigo, y pedí dos Gin-tonic de
Beefeater. Debo decir que hice que mis palabras salieran de mi boca
llanamente, sin darles mayor importancia.
Cuando se alejó, miré a Josep con cara de pocos amigos y le dije:
-¿Dónde cojones me has traído? Sabía que no debía hacerte caso, capullo.
-Tranquilízate Ton, tal vez es temprano todavía y por eso no hay mucha gente.
-¿Mucha gente, dices? Pero si no hay nadie, mamón.
Fue terminar la frase y se abrió la puerta de la sala. Entraron dos mujeres y se acercaron a la barra.
Una
no era bonita. Pequeña y bien formada, sí, pero no bonita. Tenía el
pelo como la nieve y la boca escarlata. Un vestido de terciopelo negro
la destacaba contra la tenue luz de la barra, como la visión de una
noche cerrada entre dos claros de luna. La otra era una magnífica y
deliciosa mujer, con una boca todo sonrisas que iba acercándose a mi
centímetro a centímetro, ansiosamente. Alta, arrogante, con un pelo tan
negro como una noche sin luna. Guapa, tan guapa que me dolían los huesos
con sólo mirarla. Sus manos eran fino terciopelo, y su boca, un cálido,
inefable abismo, ansioso de devorarme, o eso deseaba yo. Estuvo
observándome durante un minuto, con ojos fríamente escrutadores. Dejé
que me examinara a sus anchas mientras me comía un pistacho que había
cogido de un platito que había encima de la barra. Tal vez le satisfizo
el examen de mi persona, o tal vez no. No dijo nada, pero tampoco apartó
la mirada de mí. Le dije:
—No es difícil encontrar a la gente cuando se sabe cómo hacerlo.
Sus
ojos se agrandaron momentáneamente; luego, se hicieron más profundos,
pero, a continuación, volvieron a entornarse, recelosos.
-No entiendo qué quiere decir, tampoco lo pretendo, pero sí, es difícil -contestó fríamente a la vez que
pedía un par de whiskys para ella y su amiga. Luego se sentaron en unas
butacas dándonos la espalda.
Miré
a Josep, no perdí el tiempo en especular acerca del cambio de actitud
de la chica, y si fue debido o no al tono directo de mis palabras, y le
dije:
-Bien, ya sabes lo que debes hacer. Es ahora o nunca, estas dos conejitas son perfectas.
-Ton, ¿tú crees que dará resultado? Mira que yo ahora estoy acojonado. ¿Has visto que pinta tiene el camarero y el portero?
-¡Joder Josep! No me hagas enfadar. Has sido tú quien me ha traído aquí, y no pienso marcharme de vacío. ¡Así que empieza ya, y no me jodas!
-¿Y
no sería mejor representar el papel de cirujano o de piloto de Iberia?
¡Es que aquí no nos conocen, y no sé yo como aceptarán un escándalo con un borracho!
-Oye,
me da igual, yo no quería venir aquí, estoy por ti capullo, así que
empieza ya. Además, ahora es el mejor momento, no hay nadie, solo este
par de cisnes negros.
-Vale, de acuerdo. ¿Entonces suelto el rollo del “Milenarismo”?
-Sí, estaos dis pichones no tienen pinta de saber qué coño es el “Milenarismo”, así que vamos allá.
Josep inspiró profundamente, expiró más fuerte todavía, y empezó a representar el papel de filósofo borracho.
-Hableeemos
del mileeenarismo…haaablemos del milenaaarismo gojones ya! Vamooos a
haaablar del Apoocalipsis y del milenarismooo... El Mileeenarismo va a
llegar…chiiiissss…el Milenaaarismo va a llegar….
-Josep, escúchame, no quiero que...
-Sshiiiisssss, déjame
hablar, goño…se deja hablar a las minorías silenciosas.
-Lo siento, me voy a oponer con todas mis fuerzas a que la líes, Josep. Y tú ni eres minoría, ni tampoco eres silencioso.
-Yo biero hablar del Mileeenarismooo…
-No, aquí no, Josep. Y si lo que quieres es hablar del Milenarismo, ya lo hablaremos mañana joder!!
-Bero toda España está a fagor de que hablemos del Milenaaarismo guerido amibo.
-Sí pero yo soy extranjero. en España, me llaman polaco.
-Jajajajjajajajja,síiii, y yo soy de Marrueeecooos.
-Josep,
por favor, te vas a cargar las copas. Deja ya de moverte tanto. ¡Te vas a
hacer daño, coño! Y déjame decirte que hoy no se te entiende nada.
Estás borracho, así que siéntate ya y no hagas más el burro.
-Déjame hablar bor favor…el Mileeenaaarismo…el Miiilenaaarismo es escatológicamente y sentimentalmente…
-Siéntate bien en la silla que si no se vence y…
-No
no no…escuchaaame tú…estamos a mitag de gamino entre dos flechas …no,
flechas no…fechas traaascendeeentales de una tradición inmeeensaaa….
-Mira Josep, o te sientas bien, o dejo de sujetar la silla y te pegas un castañazo contra el suelo…
-Ton… yo hoy guiero hablar del Mileeenarismo…déjame hablar pog favog…el Mileeenariiiismo…
-Josep deja que te diga cariñosamente que hoy te estás repitiendo más que el ajo y no se te entiende nada…¡y deja ya de besarme coño!
En ese momento, cuando intentaba agarrar a Josep para que no se subiera encima de una de las mesas oí una voz tras de mí:
-Espera, deja que te ayude con tu amigo…¿ha bebido mucho, verdad?
Me
giré y la vi. Era la chica de antes. La frialdad de su rostro se había
desvanecido. Parecía como si se hubiese fundido una máscara de cera que
llevara aplicada a su pesar. Y ahora la veía todavía más deliciosa y
bonita. Su hermoso y brillante pelo negro reflejaba la belleza de su
rostro. Respiraba nerviosa, y a intervalos regulares se le tensaba la
ropa. Al mismo tiempo, tuve la sensación de que emanaba de toda ella un
olor a fricción, un olor limpio, acre, que parecía segregarse
distintamente del perfume que llevaba.
-Muchas gracias -dije yo fingiendo estar apurado- no sé qué hacer con este amigo mío. Se toma una copa y empieza a desvariar. Tiene muy mal beber, ¿sabes?
-Vamos a sentarlo allí-dijo ella señalando el lugar donde estaba sentada su amiga-.
-Sí, allí estará bien-repliqué yo con cara de supuesta preocupación-.
-He oído que tu amigo quería hablar del Milenarismo…
-Bueno, está borracho, ya lo has visto. No sabe ni lo que dice…
-Pues a mí es un tema que me fascina-interrumpió ella-. Mira recuerdo este pasaje de memoria:
“Entonces
vi tronos donde se sentaron los que recibieron autoridad para juzgar.
Vi también las almas de los que habían sido decapitados por causa del
testimonio de Jesús y por la palabra de Dios. No habían adorado a la
bestia ni a su imagen, ni se habían dejado poner su marca en la frente
ni en la mano. Volvieron a vivir y reinaron con Cristo mil años. Ésta es
la primera resurrección; los demás muertos no volvieron a vivir hasta
que se cumplieron los mil años. Dichosos y santos los que tienen parte
en la primera resurrección. La segunda muerte no tiene poder sobre
ellos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él
mil años”. Este es el texto del Apocalipsis con el que nace el
milenarismo en su sentido estricto.
-Vaya, no lo sabía. La verdad que no domino mucho el tema, y tampoco…
-Es
muy interesante –me interrumpió ella-. Según el Milenarismo, Cristo
volvería a la Tierra en un momento no precisado, resucitaría a los
mártires, aquéllos que habían sufrido persecución en su nombre, y
reinaría con ellos durante 1.000 años. Después, vendría el Juicio Final
propiamente dicho, en el que Cristo resucitaría a los demás y los
asignaría a sus nuevos destinos, el cielo o el infierno.
-Ajá... pues sí que es interesante. No pensaba yo que una chica tan guapa supiera sobre esto.
-Te
agradezco el cumplido. Sabes, no es el único texto profético en el que
se augura un reino terrenal de una duración determinada. En Esdras se
habla de 600 años, pero la cifra 1.000 es mucho más rotunda, y ésta fue
la que se impuso.
-Sí claro, el 1000 es más rotundo...mucho más rotunto, ya lo creo -contesté yo-. Y dime, ¿cómo te llamas?
-Montse, y mi amiga mireia.
-Mucho gusto, yo soy Tony, pero mis amigos me llaman Ton, bueno, la verdad que fué mi ex quien me lo puso, decía que Tony era demasiado largo...ah y ese borracho de aquí es Josep-repliqué yo.
-¿Sabes
Ton que algunos atribuyen el Apocalipsis al evangelista Juan, y otros, a
una denominada “comunidad juanina” integrada por autores que decían
escribir inspirados por el primero?
-No… no lo sabía…no…
-Pues
sí. Fue redactado a finales del siglo I d. C., en unos momentos
especialmente complicados tanto para judíos como para cristianos. En lo
que se refiere a los primeros, en el año 70 había tenido lugar la
destrucción del Templo de Jerusalén por parte de Tito. En cuanto a los
segundos, era en esta época cuando se habían desarrollado las violentas
persecuciones religiosas por parte de Domiciano. Por eso, el mensaje del
texto era el siguiente: no flaqueéis; el mundo está ahora gobernado por
un poder diabólico, pero todo es parte de un plan preestablecido; Dios
os está poniendo a prueba y los que la superen reinarán con él, tras
aniquilar a sus enemigos, en un mundo de abundancia. Este guión es
similar al empleado en la tradición apocalíptica judía.
-¡Caray,
si es que es interesante! Y dime Montse ¿Por qué eran tan importantes
esos 1.000 años cuando se estaba hablando de la eternidad? (Sí, lo sé,
no debería haber hecho esta pregunta).
-Quizás
porque se disfrutarían en este mundo, que ya era conocido, y no en el
celestial del que, a fin de cuentas, no se sabía nada. El caso es que,
muy pronto, entre los primeros cristianos hubo muchos que interpretaron
que la segunda venida de Cristo era inminente, que lo de los mártires
podía aplicarse a ellos puesto que lo estaban pasando mal, y que, por
consiguiente, estaban destinados a disfrutar del prometido reino de
1.000 años. A mí el “Milenarismo” me fascina, Ton. Los montanistas; los
tafures de la primera cruzada; los seguidores del Maestro de Hungría;
los flagelantes; los adeptos del Libre Espíritu; los taboritas de
Bohemia: los fieles de Thomas Müntzer; los anabaptistas de Jan de
Leyden. Cada una de estas historias contiene material muy interesante;
la de Jan de Leyden, es la que más. ¿Sabes que los movimientos
milenaristas suponían una enmienda a la totalidad?
-No, no lo sabía…pero Montse dime una cosa tú eres de…
-
Y también los milenarismos-me interrumpió- se nutrían de los más
desarraigados de la sociedad, aquéllos que carecían de lazos familiares,
comunitarios o gremiales, y que sentían que no tenían un lugar en el
mundo.
-Ah, ya…pero Montse, tú y tu amiga sois…
-Pero
junto al alejamiento de la realidad-de nuevo me interrumpió-, el
segundo componente clave del milenarismo es la ira. La combinación del
resentimiento, derivado de la frustración, con la convicción de ser los
elegidos hace que los adeptos se sitúen muy por encima de los ajenos al
grupo.
-¿Qué bárbaro, no?
-Efectivamente.
Por eso, en lugar de intentar desmontar las ideologías aparentes en las
que pretenden basarse los nuevos milenarismos, deberíamos entender este
sustrato emocional, porque, aunque la cobertura ideológica quedara
intelectualmente demolida, el milenarista, con su bagaje emocional
intacto, se limitaría a desplazarse a otra. Hace tiempo leí un libro de
Norman Cohn…¿Lo conoces?
-Norman Cohn…Norman Cohn, pues no, pero creo que…
-Pues
mira –nuevamente otra interrupción-, finaliza su libro con estas
palabras: “El antiguo idioma religioso ha sido sustituido por otro
secular, lo cual tiende a oscurecer lo que de otro modo sería obvio,
pues la verdad pura y simple es que , despojados de su original
justificación sobrenatural, el milenarismo revolucionario y el
anarquismo místico continúan presentes.”
-Vaya
vaya…tendré que leerlo. Oye, parece que mi amigo está muy mal y casi
mejor que lo lleve a casa, no sea que le dé algo malo aquí. Venga Josep,
vámonos que te veo realmente mal…muy mal.
-Pero Ton, si yo ya estoy mucho mej...
-Nada,
tú hazme caso a mí que por algo soy tu mejor amigo. Despídete de esas
dos encantadoras chicas, y vámonos ya a casa. Tú a dormir la mona, y yo a
leer un rato sobre eso del “Milenarismo”.
Y
eso queridos amigos y amigas fue lo que pasó, un poco exagerado, pero
no tanto como alguno pueda pensar. Finalmente quiero terminar el relato
con una frase deNoel Clarasó, más que nada para que no olviden lo pedante y petulante que puedo llegar a ser cuando quiero, o puedo:
Basta un poco de espíritu aventurero para estar siempre satisfechos,
pues en esta vida, gracias a dios, nada sucede como deseábamos, como
suponíamos, ni como teníamos previsto.
24 marzo 2012
Los dos monjes y la hermosa muchacha (Anónimo japonés)
Dos monjes, Tanzán y Ekido, viajaban juntos por un camino
embarrado. Llovía a cántaros y sin parar. Al llegar a un cruce se encontraron
con una preciosa muchacha, vestida con un kimono y un ceñidor de seda, incapaz
de vadear el camino.
-Vamos, muchacha -dijo Tanzán sin más. Y, levantándola
en sus brazos sobre el barro, la pasó al otro lado.
Ekido no dijo ni una sola palabra, hasta que, ya de
noche, llegaron al monasterio. Entonces no pudo resistir más.
-Los monjes como nosotros -le dijo a Tanzán- no deben
acercarse a las mujeres, sobre todo si son bellas jovencitas. Es peligroso. ¿Por
qué lo hiciste?
-Yo la dejé allí -contestó Tanzán-. ¿Es que tú todavía
la llevas a cuesta?
02 marzo 2012
Un cuento triste, como la vida misma.
Volví la cabeza en dirección al sonido, era la
melodía de “Still got the blues” de Gary Moore acompañada de la
vibración de mi teléfono móvil. Mis ojos se abrieron. La luz que
entraba por la ventana me hirió, pero los mantuve abiertos. Por unos
instantes me sentí aturdido, intenté recordar donde estaba y percibí un
sabor ingrato en la boca; luego, lo cogí y miré el nombre del
llamante: Sin número. Tiré el teléfono sobre la mesita, dejándolo tocar
la melodía y me tapé la cabeza con la almohada. Nunca me han gustado
las llamadas de número desconocido. A los pocos segundos, sonó
nuevamente, insistente. Me levanté de la cama y me dirigí a la ventana.
Era un lunes lluvioso y triste como un inmenso sudario húmedo que
envolviera la tierra. Curioseé a través de ella algún tiempo,
contemplando los reflejos monótonos de la ciudad que empezaba a
despertar. Finalmente me dirigí a la mesita y contesté el maldito
teléfono:
-Diga, ¿quién me llama?
Al principio, no oí ningún ruido, pero, al rato, percibí el sonido de una respiración honda, jadeante.
-Diga.
-Le llama la policía, ¿donde está usted? preguntó una voz sutil y a la vez recia.
Me quedé turbado, con los labios muy apretados y la garganta contraída, por un instante creí que alguien me había propinado un golpe en la boca del estómago, y entonces, cuando recobré el aliento, Llevé un pitillo a mis labios y lo encendí.
-¿Me escucha usted? -dijo la voz misteriosa.
Está claro que uno no tiene muchas ganas de hablar en momentos como éste y pronuncié un lacónico "le escucho”, volví a decirlo y entonces una voz, muy suave y gentil me preguntó nuevamente donde me encontraba.
-Estoy en el hotel Gran Plaza, ¿por qué? -Pregunté inquieto-.
-Un coche le recogerá en 5 minutos, espere en el hall.
-Pero por qué, ¿ha pasado algo? -dije nervioso-.
-Se lo explicaré cuando le recoja en el hotel.
Colgó sin dejarme oportunidad de seguir preguntando. Lancé el teléfono sobre la cama y aplasté la colilla de mi cigarrillo en el cenicero - qué habrá pasado, pensé para mí-.Me vestí rápidamente, prescindiendo de la deseada ducha reparadora, y bajé al hall. A los pocos minutos entraron dos hombres jóvenes con ojos viejos, sagaces. Vestían con elegancia discreta. Rostros fuliginosos, curtidos. Policías, desde luego, encuadrados en la secreta, seguro. Cambiaron rápidas miradas entre sí como si se preguntaran cuáles podrían ser mis intenciones. Entonces el tipo más alto, con traje gris marino, se acercó, me mostró una placa y me dijo:
—Creo no equivocarme. Nuestro coche está aparcado ahí fuera, sígame.
Me puse a su lado y flanqueado por el otro salimos del hotel. Subimos al coche y éste nos llevó al barrio de Pedrales. Luego, a la altura de la Calle Santa Teresa, enfilamos la calle Platón hasta llegar a un callejón sin salida. Allí otro coche y cuatro hombres esperaban. Me hicieron bajar del automóvil, la verdad es que eran unos muchachos poco simpáticos. Me cogieron del brazo y me llevaron ante el que parecía ser el jefe. Este me preguntó si me sentía con fuerzas para identificar el cuerpo de una mujer muerta, al final del oscuro y frio callejón.
La pregunta, tal como me la planteó, me hizo sonreír.
—Claro que sí. Lo hago siempre antes de desayunar -contesté con ironía. ¿Me van a decir qué coño pasa aquí? -añadí algo cabreado-.
Entonces me enseño un móvil, modelo Nokia C7, y me dijo:
-Hemos encontrado su número grabado en la memoria, el único número, por cierto. Por eso está usted aquí.
Clavé la mirada unos segundos en el teléfono, alargué el brazo y dije:
-Déjeme verlo.
No me lo podía creer, era el mismo aparato que vi la noche anterior en aquel local de la calle Ganduxer. El que me enseñó aquella chica preciosa, Pamela.
-Donde está el cuerpo de la muchacha -pregunté muy serio.
-Allí-dijo señalando el fondo oscuro del callejón.
Le devolví el teléfono, y sin decir nada me dirigí hacia un bulto en posición fetal que estaba tapado con pedazos de cartones mohosos. Aparté uno de ellos y la vi. Era ella, Pamela, la chica que conocí la noche anterior en la barra de "La casita blanca". Pamela era la bailarina principal. Cuando empezaba su número ya tenía al público como loco. Se movía como los ángeles y el aurea que desprendía hubiera redimido al mismísimo Lucifer, de estar éste presente. Muchos hombres habían debido babear noches enteras por Pamela en aquella caverna del pecado. Noches como esta pasada, en la que recuerdo tuve que respirar hondo para tranquilizar mi corazón, sin éxito.
Entonces encendí un cigarrillo y miré el cielo encapotado, moteado de manchas oscuras y amenazantes. No podía quitármela de la cabeza, y siguiendo mi instinto, di una vuelta más de tuerca a mí atormentada existencia y me sumergí una vez más en los recuerdos. Como en un flash back cinematográfico recordé como nos conocimos. Recordé la noche anterior, gélida y negra, y como vagaba sin rumbo, buscando un último puerto en el que dejar amarrado mis sentidos. Recordé como me sentía; como un naufrago de un velero sin velas escudriñando el horizonte en busca de una lengua de tierra donde saciar el ansia de seguir viviendo. El antro que tenía más próximo se llamaba “La casita blanca”, un local cuya atmósfera macerada por un irrespirable humo y vapor de alcohol, cobijaba la bailarina más cautivadora del “Ensanche barcelonés”, y cuya temperatura en su punto de inflexión era la del hierro candente. No lo dudé ni un segundo, y con lentitud y seguridad entré. Me acerqué a la barra, punto de anclaje para los náufragos de la loca esperanza, y pedí un gin-tonic con tres cubitos, ni uno más, ni uno menos. Luego me giré y dirigí la mirada al escenario, donde la vi. Movía su llamativo cuerpo entre un bosque de velos multicolores que caían desde un cielo artificial moteado de estrellas destellantes que formaban la decoración del pequeño escenario. Recuerdo que me estremecí y palpité al contemplarla. Mirarla bailar tan sensualmente era como ver la vida extenderse, y la conciencia expandirse. Aquella mujer era lo más semejante a una princesa Maya, y parecía tener la facultad de plegar el espacio y el tiempo, es decir, de viajar a cualquier corazón yermo y desolado sin necesidad de moverse. Esa divinidad era Nancy, también conocida con el nombre de Pamela. Tenía unas piernas cálidas y bien torneadas y una mirada inteligente que parecía desprender polvos siderales. Recuerdo que en aquel momento sentí que mi corazón sufría una presión atmosférica que bordeaba los límites permitidos para la fisiología de cualquier ser corpóreo. De todas las mujeres que había conocido, en la larga travesía de mi desierto emocional solo ella mostraba el verdor de la vegetación y el brillo del agua propio del Amazonas. Era como una pócima milagrosa e inesperada, y poseía un magnetismo irresistible que no me hizo suponer que un destino terrible se cernía sobre ella, ni que desde las tinieblas del deseo carnal, empezaba a caer en un viaje sin retorno…en una noche eterna de frio perpetuo.
Terminó su actuación y se dirigió a la barra. Se sentó en uno de los taburetes y pidió un Whisky con Red Bull al camarero negro con pinta de mandingo. Encendió un cigarrillo, y a través de las delgadas gasas de humo que ascendían parsimoniosas y cimbreantes hacia la tenue luz que coronaba su hermosa y refulgente cabellera, me miró. Aquellos dos ojos de depredadora de la noche habituados a traspasar la oscuridad me tenían apresado. Era como si una fuerza poderosa e invisible me hubiera inmovilizado. Recuerdo como primero me inspeccionó con fría brevedad. Sus ojos observaban con mirada ambigua. Luego mutaron, empezaron a brillar, y me miraron directamente, sin pestañear, con atención, como si quisiera traspasar mi mente para saber que estaba pensando en ese preciso momento. Todo eso duró muy poco…unos segundos…pero si se midiera por mi impresión, transcurrió casi una eternidad…desde luego mucho más tiempo que el que pasó realmente…
Entonces giró levemente sobre sí y con un gesto de sensualidad que nunca podré olvidar, me dijo:
-Me acompañas y charlamos un rato.
Cogí mi copa, apagué el cigarrillo en el cenicero mal oliente repleto de colillas, y me senté a su lado, rozando su cadera involuntariamente.
-¿Como te llamas? -me preguntó mientras recorría mi cuerpo con la mirada, en una lenta declinación.
Yo la seguía mirando. Parecía envuelta en una especie de aura a la que contribuía su exótica belleza. Una verdadera delicia para los sentidos –pensé, mientras mis ojos chispeantes prendían la luz modelada por aquel cuerpo hermoso-. Saboreé su perfección durante unos segundos antes de contestar. Quería grabar aquel lienzo iluminado en mi memoria para siempre. Era cobriza clara, con una melena brillante y exuberante que resplandecía como el pelaje de un felino. Mis ojos se detuvieron en la suave curva de sus senos, que el amplio escote dejaba casi al descubierto. Los dorados pechos marciales de aquella mujer no cesaban de mirarme con descaro, y sus ojos de color miel, rutilantes y rodeados por oscuras y largas pestañas negras, me miraban con mayor fijeza si cabe, y debo reconocer, que aquella efervescencia de sensualidad que escapaba avivada y deliberadamente de sus rojos labios húmedos y carnosos, llegó casi a turbarme.
-¿Tiene importancia? -contesté.
Ella no hizo ni caso. Seguramente porque mi nombre, como yo pensaba, le importaba un bledo.
-Ves esto-me dijo señalando sus piernas ligeramente entreabiertas.
Sorprendido, bajé la mirada, y las miré. Eran preciosas, como las columnas jónicas que siempre pensé debían sostener el frontispicio de la puerta de entrada al paraíso. Luego, levanté la vista, clavé mis ojos en los suyos, y un sudor ardiente me recorrió de arriba abajo.
- Hace frío fuera, mete la mano y calientalas-me dijo manteniendo el pulso de mi mirada, sin permitir tan solo un pestañeo de sus párpados pintados de argéntea purpurina.
Menudo comienzo-pensé para mis adentros-. Un comienzo es un tiempo muy delicado, y solo el conocimiento puede tener el poder suficiente para controlar los instintos. Mi instinto me decía que metiera la mano. Pero sabía que si lo hacía, moriría de pasión. Dicen que el ser humano puede resistir cualquier dolor, si éste está localizado, pero yo estaba a punto de explotar, esa es la verdad. También sabía sin embargo que era una prueba que tenía que superar. Si no, sería enteramente suyo, hasta el punto de controlarme por completo. Yo ya había conocido en mi pasado reciente los efectos devastadores que una mujer de esas características podía producir en un corazón convaleciente. Ninguna criatura terrenal había soportado tanto como yo. Entonces, en un giro inesperado del destino, sonó la melodía de mi teléfono móvil “Still got the blues” de Gary Moore. Ella me miró y sin darme tiempo a reaccionar, se deslizó del taburete con una sensualidad que nunca había ni imaginado, y dijo:
-Espérame, ahora vuelvo…
A los dos minutos estaba frente a mí nuevamente. Tenía en su mano un móvil Nokia C7, nuevo, resplandeciente, y me dijo:
-Me lo han regalado el otro día, el cliente estaba sin blanca y me pagó con esto. Está vacío y me gustaría que me grabaras la melodía que acabo de oír, es preciosa.
-Es “Still got the blues” de Gary Moore-le dije-.
-No sé quién es, pero me gusta, ¿me la grabas, por favor?
-Claro, configúralo en Blutooth y te la paso -dije yo sencillamente-.
En ese momento vi como un velo de inquietud y ansiedad empañaba sus ojos.
-Toma-me dijo poniendo su móvil en mi mano- nunca llevo las gafas para trabajar y no veo bien las letras pequeñas del teléfono.
Su respuesta me extrañó, sus ojos no eran de miope, y tampoco vi señales de gafas en su preciosa nariz.
-Muy bien, no te preocupes, ya lo hago yo.
Cogí su teléfono, lo configuré, y me di cuenta que estaba efectivamente completamente vacío, ni un solo contacto, ni una sola imagen, ni una sola canción. Me chocó.
-¿Quieres que te agregue algo más?
-Sí, tu número de teléfono, y más música si tienes.
Le di mi tarjeta donde constaba mi teléfono, quería comprobar algo, y le dije:
-Toma, ahí está mi número y dirección, guárdala y ya lo anotarás más tarde.
No miró la tarjeta, ni hizo el ademán de cogerla.
-No, grábalo tú mismo por favor.
Clavé la mirada, un poco sorprendido, en sus hermosos ojos unos segundos y le dije:
-¿Cómo te llamas?
-Nancy, pero aquí en “La casita blanca” me llamo Pamela.
- Pamela... mírame a los ojos fijamente y dime una cosa: ¿no sabes leer, verdad?
Apartó sus ojos de mí.
-No, pero no lo sabe nadie, y quiero que siga así…tampoco creo que le importe a la gente que viene aquí.
Dijo esto con una nota de amargura, suave y triste a la vez.
-A mi me importa- dije cogiendo su mano tiernamente, al tiempo que encendía un cigarrillo y observaba cómo las volutas de humo ascendían hasta el techo y se desvanecían-.
Pamela por su parte no apartó la vista de mí y sonrió tristemente, pero sonrió.
-La verdad es que me avergüenzo de mí misma. He sido una desdichada toda mi vida y, además, nunca he ido a la escuela. Pensarás que soy una analfabeta, y no te censuro, pero me defiendo bien como soy. La vida no ha sido fácil para mí, y por mucho que te dijese, jamás me creerías, pero sigo adelante, y pienso seguir si Dios me ayuda.
Esa chica me fascinaba. De noche y desde aquí todo parecía tan diferente. Resultaba tan misterioso y a la vez tan luminoso. Y sin embargo yo seguía en la oscuridad más absoluta en todo lo tocante a esa chica. Pero le veía algo diferente a las demás, algo que no sabría explicar… ella era otra cosa. No era una copia más. Ella era como sirio, la estrella más brillante del Universo conocido. Veinte veces más brillante que nuestro sol. También como sirio, ella parecía ser en realidad un sistema estelar binario compuesto de dos estrellas que orbitaban mutuamente alrededor de un Yo común. Y esto, creo, es lo que me atraía de ella, casi de forma obsesiva. Esa dualidad. Esa plasticidad mental y emocional que le permitía ser engañosamente feliz. Aristóteles dijo que la felicidad es un hábito, o el resultado de varios hábitos. Yo sabía que ella no sabía quién era Aristóteles, ni lo había leído nunca, pero cuanto habría aprendido él, de conocer a esa chica.
Entonces, en un giro espectacular, para retornar supongo al principio de su acercamiento a mí, su rostro mutó, sonrió como una niña traviesa y danzándole los ojos adoptó una postura como jamás habría imaginado ni el mejor de los dibujantes eróticos. Era una Circe, una bruja tentadora, la imagen viva de la voluptuosidad, una figura de mármol caliente cuya contemplación sólo les estaba reservada a los dioses. El borde del vestido había ascendido rápidamente, permitiendo que las redondeces bajo el vaporoso vestido adoptasen una simetría mágica, terminando en la súbita tersura de sus muslos cobrizos. Dije entonces:
-Cuando quieras, yo te enseño a leer y escribir.
Me miró, con aquella mirada profunda suya, parecía una niña, una hermosísima niña que hubiese crecido demasiado y alcanzado las formas opulentas de una mujer, pero que lo seguía siendo, con su sonrisa maliciosa y traviesa. Su boca seguía siendo una cosa húmeda, deliciosamente roja, firme, y, sin embargo, pronta a vibrar como un diapasón en el instante que fuera tocado. Me envió un beso y me dijo, sonriente:
-Si, ¿lo harás? Me encantaría.
Encendió dos pitillos al mismo tiempo e introdujo uno en mi boca. Sabía a carmín de labios, y no me desagradaba el gusto. Habría querido saborearlo de nuevo, pero esta vez en su propia fuente. Nos cogimos de la mano, como novios o amantes, o como si nos hubiéramos conocido toda la vida, y nos pusimos a conversar como la cosa más natural del mundo. Luego me despedí, y quedé en llamarla al día siguiente.
Y aquí me encontraba, en el día siguiente, delante de un cuerpo inerte, rígido y frio. Su cuerpo. Ese cuerpo que solo unas horas antes había hecho babear a muchos náufragos de la noche, y que a mí me había hecho soñar.
Me giré, miré al policía y le expliqué la historia. Toda la historia tal como la recordaba, y hasta el momento en que me despedí de ella, ya de madrugada, en aquel local llamado “La casita blanca”. El me escuchó. Todo se redujo a un simple monologo. Cuando terminé, le pregunté de qué había muerto, y él me contestó:
-De lo que suelen morir todas esas chicas: Cocaína y tristeza. Ah, por cierto, la hemos encontrado con los auriculares de su móvil puestos y escuchando la única canción que tenía: Still got the blues, de Gary Moore. Por lo menos murió acompañada...de música.
-Diga, ¿quién me llama?
Al principio, no oí ningún ruido, pero, al rato, percibí el sonido de una respiración honda, jadeante.
-Diga.
-Le llama la policía, ¿donde está usted? preguntó una voz sutil y a la vez recia.
Me quedé turbado, con los labios muy apretados y la garganta contraída, por un instante creí que alguien me había propinado un golpe en la boca del estómago, y entonces, cuando recobré el aliento, Llevé un pitillo a mis labios y lo encendí.
-¿Me escucha usted? -dijo la voz misteriosa.
Está claro que uno no tiene muchas ganas de hablar en momentos como éste y pronuncié un lacónico "le escucho”, volví a decirlo y entonces una voz, muy suave y gentil me preguntó nuevamente donde me encontraba.
-Estoy en el hotel Gran Plaza, ¿por qué? -Pregunté inquieto-.
-Un coche le recogerá en 5 minutos, espere en el hall.
-Pero por qué, ¿ha pasado algo? -dije nervioso-.
-Se lo explicaré cuando le recoja en el hotel.
Colgó sin dejarme oportunidad de seguir preguntando. Lancé el teléfono sobre la cama y aplasté la colilla de mi cigarrillo en el cenicero - qué habrá pasado, pensé para mí-.Me vestí rápidamente, prescindiendo de la deseada ducha reparadora, y bajé al hall. A los pocos minutos entraron dos hombres jóvenes con ojos viejos, sagaces. Vestían con elegancia discreta. Rostros fuliginosos, curtidos. Policías, desde luego, encuadrados en la secreta, seguro. Cambiaron rápidas miradas entre sí como si se preguntaran cuáles podrían ser mis intenciones. Entonces el tipo más alto, con traje gris marino, se acercó, me mostró una placa y me dijo:
—Creo no equivocarme. Nuestro coche está aparcado ahí fuera, sígame.
Me puse a su lado y flanqueado por el otro salimos del hotel. Subimos al coche y éste nos llevó al barrio de Pedrales. Luego, a la altura de la Calle Santa Teresa, enfilamos la calle Platón hasta llegar a un callejón sin salida. Allí otro coche y cuatro hombres esperaban. Me hicieron bajar del automóvil, la verdad es que eran unos muchachos poco simpáticos. Me cogieron del brazo y me llevaron ante el que parecía ser el jefe. Este me preguntó si me sentía con fuerzas para identificar el cuerpo de una mujer muerta, al final del oscuro y frio callejón.
La pregunta, tal como me la planteó, me hizo sonreír.
—Claro que sí. Lo hago siempre antes de desayunar -contesté con ironía. ¿Me van a decir qué coño pasa aquí? -añadí algo cabreado-.
Entonces me enseño un móvil, modelo Nokia C7, y me dijo:
-Hemos encontrado su número grabado en la memoria, el único número, por cierto. Por eso está usted aquí.
Clavé la mirada unos segundos en el teléfono, alargué el brazo y dije:
-Déjeme verlo.
No me lo podía creer, era el mismo aparato que vi la noche anterior en aquel local de la calle Ganduxer. El que me enseñó aquella chica preciosa, Pamela.
-Donde está el cuerpo de la muchacha -pregunté muy serio.
-Allí-dijo señalando el fondo oscuro del callejón.
Le devolví el teléfono, y sin decir nada me dirigí hacia un bulto en posición fetal que estaba tapado con pedazos de cartones mohosos. Aparté uno de ellos y la vi. Era ella, Pamela, la chica que conocí la noche anterior en la barra de "La casita blanca". Pamela era la bailarina principal. Cuando empezaba su número ya tenía al público como loco. Se movía como los ángeles y el aurea que desprendía hubiera redimido al mismísimo Lucifer, de estar éste presente. Muchos hombres habían debido babear noches enteras por Pamela en aquella caverna del pecado. Noches como esta pasada, en la que recuerdo tuve que respirar hondo para tranquilizar mi corazón, sin éxito.
Entonces encendí un cigarrillo y miré el cielo encapotado, moteado de manchas oscuras y amenazantes. No podía quitármela de la cabeza, y siguiendo mi instinto, di una vuelta más de tuerca a mí atormentada existencia y me sumergí una vez más en los recuerdos. Como en un flash back cinematográfico recordé como nos conocimos. Recordé la noche anterior, gélida y negra, y como vagaba sin rumbo, buscando un último puerto en el que dejar amarrado mis sentidos. Recordé como me sentía; como un naufrago de un velero sin velas escudriñando el horizonte en busca de una lengua de tierra donde saciar el ansia de seguir viviendo. El antro que tenía más próximo se llamaba “La casita blanca”, un local cuya atmósfera macerada por un irrespirable humo y vapor de alcohol, cobijaba la bailarina más cautivadora del “Ensanche barcelonés”, y cuya temperatura en su punto de inflexión era la del hierro candente. No lo dudé ni un segundo, y con lentitud y seguridad entré. Me acerqué a la barra, punto de anclaje para los náufragos de la loca esperanza, y pedí un gin-tonic con tres cubitos, ni uno más, ni uno menos. Luego me giré y dirigí la mirada al escenario, donde la vi. Movía su llamativo cuerpo entre un bosque de velos multicolores que caían desde un cielo artificial moteado de estrellas destellantes que formaban la decoración del pequeño escenario. Recuerdo que me estremecí y palpité al contemplarla. Mirarla bailar tan sensualmente era como ver la vida extenderse, y la conciencia expandirse. Aquella mujer era lo más semejante a una princesa Maya, y parecía tener la facultad de plegar el espacio y el tiempo, es decir, de viajar a cualquier corazón yermo y desolado sin necesidad de moverse. Esa divinidad era Nancy, también conocida con el nombre de Pamela. Tenía unas piernas cálidas y bien torneadas y una mirada inteligente que parecía desprender polvos siderales. Recuerdo que en aquel momento sentí que mi corazón sufría una presión atmosférica que bordeaba los límites permitidos para la fisiología de cualquier ser corpóreo. De todas las mujeres que había conocido, en la larga travesía de mi desierto emocional solo ella mostraba el verdor de la vegetación y el brillo del agua propio del Amazonas. Era como una pócima milagrosa e inesperada, y poseía un magnetismo irresistible que no me hizo suponer que un destino terrible se cernía sobre ella, ni que desde las tinieblas del deseo carnal, empezaba a caer en un viaje sin retorno…en una noche eterna de frio perpetuo.
Terminó su actuación y se dirigió a la barra. Se sentó en uno de los taburetes y pidió un Whisky con Red Bull al camarero negro con pinta de mandingo. Encendió un cigarrillo, y a través de las delgadas gasas de humo que ascendían parsimoniosas y cimbreantes hacia la tenue luz que coronaba su hermosa y refulgente cabellera, me miró. Aquellos dos ojos de depredadora de la noche habituados a traspasar la oscuridad me tenían apresado. Era como si una fuerza poderosa e invisible me hubiera inmovilizado. Recuerdo como primero me inspeccionó con fría brevedad. Sus ojos observaban con mirada ambigua. Luego mutaron, empezaron a brillar, y me miraron directamente, sin pestañear, con atención, como si quisiera traspasar mi mente para saber que estaba pensando en ese preciso momento. Todo eso duró muy poco…unos segundos…pero si se midiera por mi impresión, transcurrió casi una eternidad…desde luego mucho más tiempo que el que pasó realmente…
Entonces giró levemente sobre sí y con un gesto de sensualidad que nunca podré olvidar, me dijo:
-Me acompañas y charlamos un rato.
Cogí mi copa, apagué el cigarrillo en el cenicero mal oliente repleto de colillas, y me senté a su lado, rozando su cadera involuntariamente.
-¿Como te llamas? -me preguntó mientras recorría mi cuerpo con la mirada, en una lenta declinación.
Yo la seguía mirando. Parecía envuelta en una especie de aura a la que contribuía su exótica belleza. Una verdadera delicia para los sentidos –pensé, mientras mis ojos chispeantes prendían la luz modelada por aquel cuerpo hermoso-. Saboreé su perfección durante unos segundos antes de contestar. Quería grabar aquel lienzo iluminado en mi memoria para siempre. Era cobriza clara, con una melena brillante y exuberante que resplandecía como el pelaje de un felino. Mis ojos se detuvieron en la suave curva de sus senos, que el amplio escote dejaba casi al descubierto. Los dorados pechos marciales de aquella mujer no cesaban de mirarme con descaro, y sus ojos de color miel, rutilantes y rodeados por oscuras y largas pestañas negras, me miraban con mayor fijeza si cabe, y debo reconocer, que aquella efervescencia de sensualidad que escapaba avivada y deliberadamente de sus rojos labios húmedos y carnosos, llegó casi a turbarme.
-¿Tiene importancia? -contesté.
Ella no hizo ni caso. Seguramente porque mi nombre, como yo pensaba, le importaba un bledo.
-Ves esto-me dijo señalando sus piernas ligeramente entreabiertas.
Sorprendido, bajé la mirada, y las miré. Eran preciosas, como las columnas jónicas que siempre pensé debían sostener el frontispicio de la puerta de entrada al paraíso. Luego, levanté la vista, clavé mis ojos en los suyos, y un sudor ardiente me recorrió de arriba abajo.
- Hace frío fuera, mete la mano y calientalas-me dijo manteniendo el pulso de mi mirada, sin permitir tan solo un pestañeo de sus párpados pintados de argéntea purpurina.
Menudo comienzo-pensé para mis adentros-. Un comienzo es un tiempo muy delicado, y solo el conocimiento puede tener el poder suficiente para controlar los instintos. Mi instinto me decía que metiera la mano. Pero sabía que si lo hacía, moriría de pasión. Dicen que el ser humano puede resistir cualquier dolor, si éste está localizado, pero yo estaba a punto de explotar, esa es la verdad. También sabía sin embargo que era una prueba que tenía que superar. Si no, sería enteramente suyo, hasta el punto de controlarme por completo. Yo ya había conocido en mi pasado reciente los efectos devastadores que una mujer de esas características podía producir en un corazón convaleciente. Ninguna criatura terrenal había soportado tanto como yo. Entonces, en un giro inesperado del destino, sonó la melodía de mi teléfono móvil “Still got the blues” de Gary Moore. Ella me miró y sin darme tiempo a reaccionar, se deslizó del taburete con una sensualidad que nunca había ni imaginado, y dijo:
-Espérame, ahora vuelvo…
A los dos minutos estaba frente a mí nuevamente. Tenía en su mano un móvil Nokia C7, nuevo, resplandeciente, y me dijo:
-Me lo han regalado el otro día, el cliente estaba sin blanca y me pagó con esto. Está vacío y me gustaría que me grabaras la melodía que acabo de oír, es preciosa.
-Es “Still got the blues” de Gary Moore-le dije-.
-No sé quién es, pero me gusta, ¿me la grabas, por favor?
-Claro, configúralo en Blutooth y te la paso -dije yo sencillamente-.
En ese momento vi como un velo de inquietud y ansiedad empañaba sus ojos.
-Toma-me dijo poniendo su móvil en mi mano- nunca llevo las gafas para trabajar y no veo bien las letras pequeñas del teléfono.
Su respuesta me extrañó, sus ojos no eran de miope, y tampoco vi señales de gafas en su preciosa nariz.
-Muy bien, no te preocupes, ya lo hago yo.
Cogí su teléfono, lo configuré, y me di cuenta que estaba efectivamente completamente vacío, ni un solo contacto, ni una sola imagen, ni una sola canción. Me chocó.
-¿Quieres que te agregue algo más?
-Sí, tu número de teléfono, y más música si tienes.
Le di mi tarjeta donde constaba mi teléfono, quería comprobar algo, y le dije:
-Toma, ahí está mi número y dirección, guárdala y ya lo anotarás más tarde.
No miró la tarjeta, ni hizo el ademán de cogerla.
-No, grábalo tú mismo por favor.
Clavé la mirada, un poco sorprendido, en sus hermosos ojos unos segundos y le dije:
-¿Cómo te llamas?
-Nancy, pero aquí en “La casita blanca” me llamo Pamela.
- Pamela... mírame a los ojos fijamente y dime una cosa: ¿no sabes leer, verdad?
Apartó sus ojos de mí.
-No, pero no lo sabe nadie, y quiero que siga así…tampoco creo que le importe a la gente que viene aquí.
Dijo esto con una nota de amargura, suave y triste a la vez.
-A mi me importa- dije cogiendo su mano tiernamente, al tiempo que encendía un cigarrillo y observaba cómo las volutas de humo ascendían hasta el techo y se desvanecían-.
Pamela por su parte no apartó la vista de mí y sonrió tristemente, pero sonrió.
-La verdad es que me avergüenzo de mí misma. He sido una desdichada toda mi vida y, además, nunca he ido a la escuela. Pensarás que soy una analfabeta, y no te censuro, pero me defiendo bien como soy. La vida no ha sido fácil para mí, y por mucho que te dijese, jamás me creerías, pero sigo adelante, y pienso seguir si Dios me ayuda.
Esa chica me fascinaba. De noche y desde aquí todo parecía tan diferente. Resultaba tan misterioso y a la vez tan luminoso. Y sin embargo yo seguía en la oscuridad más absoluta en todo lo tocante a esa chica. Pero le veía algo diferente a las demás, algo que no sabría explicar… ella era otra cosa. No era una copia más. Ella era como sirio, la estrella más brillante del Universo conocido. Veinte veces más brillante que nuestro sol. También como sirio, ella parecía ser en realidad un sistema estelar binario compuesto de dos estrellas que orbitaban mutuamente alrededor de un Yo común. Y esto, creo, es lo que me atraía de ella, casi de forma obsesiva. Esa dualidad. Esa plasticidad mental y emocional que le permitía ser engañosamente feliz. Aristóteles dijo que la felicidad es un hábito, o el resultado de varios hábitos. Yo sabía que ella no sabía quién era Aristóteles, ni lo había leído nunca, pero cuanto habría aprendido él, de conocer a esa chica.
Entonces, en un giro espectacular, para retornar supongo al principio de su acercamiento a mí, su rostro mutó, sonrió como una niña traviesa y danzándole los ojos adoptó una postura como jamás habría imaginado ni el mejor de los dibujantes eróticos. Era una Circe, una bruja tentadora, la imagen viva de la voluptuosidad, una figura de mármol caliente cuya contemplación sólo les estaba reservada a los dioses. El borde del vestido había ascendido rápidamente, permitiendo que las redondeces bajo el vaporoso vestido adoptasen una simetría mágica, terminando en la súbita tersura de sus muslos cobrizos. Dije entonces:
-Cuando quieras, yo te enseño a leer y escribir.
Me miró, con aquella mirada profunda suya, parecía una niña, una hermosísima niña que hubiese crecido demasiado y alcanzado las formas opulentas de una mujer, pero que lo seguía siendo, con su sonrisa maliciosa y traviesa. Su boca seguía siendo una cosa húmeda, deliciosamente roja, firme, y, sin embargo, pronta a vibrar como un diapasón en el instante que fuera tocado. Me envió un beso y me dijo, sonriente:
-Si, ¿lo harás? Me encantaría.
Encendió dos pitillos al mismo tiempo e introdujo uno en mi boca. Sabía a carmín de labios, y no me desagradaba el gusto. Habría querido saborearlo de nuevo, pero esta vez en su propia fuente. Nos cogimos de la mano, como novios o amantes, o como si nos hubiéramos conocido toda la vida, y nos pusimos a conversar como la cosa más natural del mundo. Luego me despedí, y quedé en llamarla al día siguiente.
Y aquí me encontraba, en el día siguiente, delante de un cuerpo inerte, rígido y frio. Su cuerpo. Ese cuerpo que solo unas horas antes había hecho babear a muchos náufragos de la noche, y que a mí me había hecho soñar.
Me giré, miré al policía y le expliqué la historia. Toda la historia tal como la recordaba, y hasta el momento en que me despedí de ella, ya de madrugada, en aquel local llamado “La casita blanca”. El me escuchó. Todo se redujo a un simple monologo. Cuando terminé, le pregunté de qué había muerto, y él me contestó:
-De lo que suelen morir todas esas chicas: Cocaína y tristeza. Ah, por cierto, la hemos encontrado con los auriculares de su móvil puestos y escuchando la única canción que tenía: Still got the blues, de Gary Moore. Por lo menos murió acompañada...de música.
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