12 junio 2012

Suum cuique tribuere - dar a cada uno lo suyo.

El domingo pasado, como muchos otros domingos, fui a desayunar con mi amigo Josep, y si bien no seré yo quien saque el tema de su infidelidad con su ya ex esposa (ya saben ustedes que se folló a la segunda mejor amiga de su ex mujer, y esta le puso las maletas  en la acera, al lado del contenedor de color verde) porque desde hace tiempo, la verdad, es que todas las redes sociales ya lo saben, hay prueba de ello, debo decir que  me dejó preocupado. No, no se asusten ustedes, no está enfermo, ni tiene previsto estarlo, es solo que me di cuenta de lo confuso y confundido que está con la situación socio-política actual. Sí, ya sé que no es el único, muchos millones de españoles lo están, pero en su caso es mucho más grave: es un desorden inextricable. Vean sino parte del diálogo que sostuvimos:

-Ton, he oído las declaraciones de Luis de Guindos y de Rajoy, y necesito, ya que tú eres tan inteligente,  que me aclares unos puntos. Verás, Luis de Guindos: ha dicho que “Es un apoyo financiero que no tiene nada que ver con un rescate”. “No hay ni el más mínimo rescate al respecto”.  ¿Tú qué opinas?
-Falso de toda falsedad. El dinero sale de los fondos europeos de rescate y se presta al Estado, no directamente a los bancos, como pretendía España. Aunque las condiciones sean algo diferentes al de los demás países rescatados, la realidad es que España se ha convertido en el cuarto país de Europa en recurrir a estas ayudas, tras Grecia, Irlanda y Portugal. Así lo ve toda Europa y la prensa internacional.
 
  -Ton, también Mariano Rajoy ha dicho que: “Lo que hay es una línea de crédito”.
-Falso de toda falsedad. Quien pide el dinero prestado a Europa, se compromete a devolverlo y paga los intereses. No son los bancos. Es España, a través de una entidad pública: el FROB. La mayoría de los bancos no recibirán préstamos desde el FROB –no los podrían devolver–, sino inyecciones de capital.

-Pero Mariano Rajoy ha dicho que: “No afecta al déficit público”.
-Falso de toda falsedad. Todo el dinero que pida prestado al FROB irá a la deuda pública y sus intereses, al déficit. Si se alcanzan los 100.000 millones y el tipo de interés, como se dice, es del 3%, supondrá 3.000 millones de euros más en el déficit anual: por comparar, es dos veces lo que ahorró Zapatero congelando las pensiones en 2010.
 
  -Vale, entendido. Ahora explícame esto:. Mariano Rajoy también ha dicho que: “El que ha presionado he sido yo. A mí nadie me ha presionado”.
-Falso de toda falsedad. Europa –especialmente Alemania y los países del norte– ha presionado a España para que acepte esta opción. Dentro del desastre, el procedimiento de rescate no es especialmente malo: había opciones mucho peores. Pero tampoco es el modelo soñado por el Gobierno español, que habría preferido una intervención del BCE o un rescate directo a los bancos sin que el Estado tuviese que avalar la operación.

 -Tengo otra duda, Ton. Luis De Guindos dijo el otro día: “Este préstamo ayudará a las familias y a las empresas”. “Servirá para que vuelva a fluir el crédito para que crezca la economía y se cree empleo”
-Falso de toda falsedad. El dinero público inyectado a los bancos irá a provisiones de pérdidas, no al crédito. De hecho, a corto plazo lo más probable es que el crédito se restrinja aún más porque todas las entidades financieras –las buenas, las malas y las regulares– tendrán que aumentar aún más sus provisiones, por lo que no podrán prestar.
 
  -Y dime ton, ha dicho la verdad Cristóbal Montoro cuando ha asegurado que: “No van a venir los hombres de negro”.
-Falso de toda falsedad. La temida troika –el FMI, el BCE y la Comisión Europea– también va a aterrizar en España. Serán ellos quienes decidan la reestructuración del sector financiero y también quienes vigilen “de cerca y regularmente” el cumplimento de los compromisos españoles contra el déficit.
 
  -Vamos bien...Y por último, he leído que Luis de Guindos ha dicho que: “Las condiciones se las van a imponer a los bancos”.
-Falso de toda falsedad. España va a tener que firmar un ‘memorándum of understanding’: un tratado, como el de Grecia, Irlanda y Portugal. Y en el propio comunicado del Eurogrupo queda claro que la ayuda al sector financiero está condicionada al cumplimiento de los compromisos anteriores de España en la lucha contra el déficit. No hay condiciones explícitas, pero sí las hay implícitas. En breve veremos nuevos recortes y subidas de impuestos, por mucho que el Gobierno hoy los niegue con la misma contundencia con la que antes negó el rescate.

-Joder Ton, entonces ¿ya no puedo creer ni confiar en mi gobierno? Si todo eso que me has dicho es verdad, ¿no es injusto? ¿Como se puede ayudar a la banca de esta manera tan descarada y cínica dejando al pueblo español en la más absoluta miseria por décadas y décadas? ¿Ya no hay justicia en España?
-No, no la hay. La Justicia no es el dar o repartir cosas a la humanidad, sino el saber decidir a quién le pertenece esa cosa por derecho. La Justicia es ética, equidad y honestidad. Es la voluntad constante de dar a cada uno lo que le corresponde. Es aquel referente de rectitud que gobierna la conducta y nos constriñe a respetar los derechos de los demás. El jurista Ulpiano, uno de los más grandes creadores del derecho romano clásico, en un pasaje muy citado de una de sus obras, recopilado posteriormente en el Digesto de Justiniano, proporciona una brillante definición de la justicia:

«Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi. Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere alterum non laedere, suum cuique tribuere.»

"La justicia es la voluntad constante de conceder a cada uno su derecho. Los preceptos del derecho son estos: Vivir honestamente, no dañar a otros y dar a cada uno lo suyo."

Creo que se trata de una definición magistral.

01 junio 2012

El primer encuentro (Final)

Era el mes de septiembre, uno de esos septiembres maravillosos en que el verano parece que no va a terminar nunca. El Paseo de la Malvarrosa de cuatro kilómetros de largo, aparecía todo engalanado de banderas y gallardetes, y sobre esta playa, la más larga de Valencia, todavía seguían en pie los toldos de alegres colores, extendiéndose hasta la línea de mar.
            Todo esto me producía, sin saber por qué, una profunda emoción. Este espectáculo me recordaba mi propia infancia casi hasta el punto de hacerme llorar: la finísima arena de la playa que, seca y caliente, me producía la sensación acariciadora del terciopelo, o que me lastimaba al crujir entre mis pies cuando estaba mojada; aquellos preciosos montoncitos de conchas que siempre tenía que dejar en la playa sin poder llevármelos a casa; la delicia de nadar y nadar sin descanso sobre las danzantes olas, y también mi enojo cuando me decían que ya era hora de salir del agua.
Con un gesto de impaciencia, encendí un cigarrillo y arrojé estos recuerdos sentimentales al archivo de las cosas muertas y enterradas hacia ya mucho tiempo en mi memoria. Ahora ya era un hombre, con una experiencia de largos años vividos plenamente, y ahora era Yolanda la que ocupaba mis pensamientos. Durante las últimas horas la había echado mucho de menos, recordándola con cierta preocupación. Había recibido tres mensajes alegres e insustanciales que ella me había enviado desde su móvil. El último era para citarme aquí.
            El sol se acercaba ya a la línea del horizonte. Uno tras otro, casi en tropel, se iban retirando rápidamente los numerosos bañistas. Y desde un extremo al otro de la playa, los vigilantes del servicio de salvamento daban su último aviso anunciando el fin de su horario de servicio. La música de los altavoces enmudeció bruscamente en mitad de un compás, y el inmenso arenal de la playa quedó desierto en un abrir y cerrar de ojos.
Por fin, cuando la anaranjada esfera del sol tocaba ya la superficie del mar, de repente... ¡la vi! Como surgida de la nada, apenas tuve tiempo de captar más que unos cuantos detalles -unos brazos bronceados por el sol, un lindo rostro trigueño con ojos oscuros muy brillantes, chispeantes de pura animación, y labios pintados en un rosa intenso, un vestido blanco de corte sencillo, una cabellera cobriza que le caía hasta los hombros que ella se peinó hacia atrás con ambas manos al verme, sentado en la mesa de la terraza del Café de la Playa. Un camarero recogía las monedas de la mesa contemplando aquella diosa azteca que se acercaba. Su brillante cabellera flameaba como una bandera al viento, azotando suavemente sus mejillas.
Me levanté y fui hacia ella; le cogí una mano y, suavemente, la atraje hacia mí. Tenía los dedos fríos, pero su cuerpo era cálido y anhelante. La miré unos instantes, aparté suavemente unos mechones de cabello de su rostro, alcé su barbilla y deslicé mis dedos por entre su densa melena, y cuando mis dedos acariciaron sus mejillas sonrió, bajó los ojos y toda aquella belleza que me tenía cautivado surgió mágicamente. Al mismo tiempo, tuve la sensación de que emanaba de toda ella un olor a fricción, un olor limpio, acre, que parecía segregarse distintamente del perfume que llevaba.
Sus ojos eran grandes y oscuros, óvalos suaves bajo las delicadas cejas; su boca, exquisitamente dibujada, de carnosos labios, pronta a la sonrisa. Acaricié con mis dedos su hombro terso y ella, reclinando la cabeza, entreabrió sus labios. Yo me incliné,  la besé, y vi que un imperceptible estremecimiento recorría su cuerpo.  Me miró, con una expresión gozosa en su rostro; después atiesó su cuerpo, y mostró, por la forma en que llamearon sus ojos, ese loco deseo de manifestar su agradecimiento de un modo u otro. Esta vez no era la “femme fatale” segura de sí misma o suficiente de la noche pasada. Era una mujer calmosa, tímida, que se prendió de mi brazo y se apretujó contra mí con una auténtica sonrisa en los labios.

— ¿Adónde vamos, Ton?

Era la segunda vez que me llamaba así, y me gustó la forma de pronunciar mi nombre. La voz era baja y suave, una voz que jamás olvidaría aunque viviera un millón de años. Era como un clarín de gloria.

—Adonde tú quieras —repliqué.
—Entonces sigamos la puesta de sol.

Y echamos a andar por el ancho paseo, sin prisas, como un par de enamorados.
Mientras caminábamos,  sus ojos me escrutaron lentamente. Al principio había en su mirada un vislumbre de curiosidad, pero, luego, la curiosidad cedió el paso a un sentimiento extraño, hondo, indefinible. Los ojos parecían más grandes, abismos oscuros que reflejaban ansias secretas inexpresables.

—Me pareces un hombre excelente, Ton. No he conocido a muchos como tú, si es que he conocido a alguno, que lo dudo.
—No te fíes de tus primeras impresiones, Yolanda —le dije—. Muchas veces, me he preguntado si era un sentimentaloide y no he hallado la respuesta adecuada. En este momento, eres para mí una mujer enormemente interesante, y esta actitud mía, nada desinteresada, podría darte una falsa impresión de mi persona. Soy lo bastante leal para prevenirte. Soy un sujeto del que no puede uno fiarse por completo.

Su sonrisa se extendió por todo el rostro.

—Tú no me engañas. Te lo acabas de inventar. Acabas de retratarte con la iimágen que tienes de mí.
—Sí, es verdad.
— ¿Me quieres?
—Mucho —le dije—.  Tú eres para mí la más guapa y adorable de las chicas. Te quiero, por cómo eres ahora, reflexiva, insegura, comedida y al mismo tiempo por como eras ayer por la noche, lanzada, decidida, disoluta y descarriada. —Le sonreí y puse mi mano sobre la suya—. Bueno. No soy únicamente un tipo romántico ya lo irás viendo.
—No me importa, todo lo contrario.

Me hizo un guiño cariñoso,  sus dedos se enlazaron tiernamente con los míos, y recogí de sus labios, levemente, el tierno beso que temblaba en ellos. Noté que su cabello olía a heno recién cortado; su boca, a frambuesa, y su cuerpo, a selva tropical. Con la caída del sol se había levantado un poco de viento, que gemía en torno a nosotros. Todo esto creaba una atmósfera especial, un estado anímico en que los abrazos adquirían mayor intimidad y calor de nido; ahora ya éramos algo más que dos desconocidos: teníamos la sensación de ser verdaderos enamorados.
Volvimos a quedar en silencio. Yolanda respiraba ahora a un ritmo normal, completamente regular, y pensé: "¡Qué extraño me parece todo esto! Aquí, lejos de mi casa, a una distancia abrumadora de mi entorno más querido; aquí, en esta ciudad, hasta ahora extraña para mi, en este preciso momento, hay paz, quietud, calor de nido, felicidad, y por lo tanto muchos de los elementos que constituyen el verdadero amor"."¡Diablos!"- pensé súbitamente-, jamás encontraré otra chica como ésta. Tiene todo cuanto yo he deseado siempre encontrar en una mujer. Es guapa, dotada de un espíritu de aventura, intrépida, fértil en recursos, siempre interesante. Y Creo que ella me quiere.
Me di cuenta de pronto de que estaba enamorado. Y pronuncie las palabras que nadie habría podido esperar que salieran de mi boca.

 — Yolanda, te quiero. ¿Quieres que lo intentemos?

            Ella se puso muy pálida. Levantó los ojos, fijando en mí una mirada interrogante. Sus labios temblaban.

—  ¿De verdad hablas en serio?
— Completamente en serio. Con todo mi corazón.

            Ella ocultó la cara entre las manos. Cuando las retiró, brillaban lágrimas en sus ojos, lágrimas que nunca hubiera imaginado. Se las secó rápida y furiosamente con el dorso de la mano.
                       
    — Perdona, Ton, si te he asustado. ¡Esto es precisamente lo que yo tanto soñaba! ¡Así, tan de repente, me ha producido una emoción tremenda...! ¡Pues claro que quiero intentarlo! Pero no quiero hacerte aquí ninguna escenita. Bésame una vez más y llévame a casa.
Entonces la miré, y vi una  hermosa muñeca con el pelo cobrizo y ojos singulares que habían visto mucho mundo y muchas cosas extrañas. Pero, ahora, y aquí, parecía feliz.

Y yo también. Entonces recordé estas hermosas palabras de Nietzsche: ¿De dónde surgen las pasiones repentinas de un varón por una mujer, las pasiones hondas, entrañables? De lo que menos, de la sola sensualidad; pero cuando el varón halla juntos en una sola criatura el desamparo, la debilidad y, a la vez, la altanería, en su interior es como si su alma quisiera desbordarse: queda conmovido y ofendido en un mismo instante. En ese punto brota la fuente del gran amor.

FIN.

El primer encuentro (penúltima entrega).

Amanecí en casa de mi amigo Paco. Él estaba en el extranjero y me había dejado disfrutar de su chalet durante esos días de feria. Al bajar las escaleras, me salió al encuentro el aroma del café recién hecho. Al parecer, Yolanda se había levantado temprano. Inhalé profundamente y sonreí con placer. Cuando abrí la puerta de la cocina, la sonrisa seguía todavía en mi rostro.

—Buenos días, nena —dije—. Ese café huele maravillosamente.
—Gracias —replicó ella, desde el otro extremo de la estancia—. Siempre suelo hacer buen café. Sírvete una taza.

Me detuve y la miré. Estaba apoyada contra la encimera con una taza de café en la mano derecha y una revista en la otra. Estaba muy sexy, casi más que cuando la conocí.  Su cabello castaño oscuro brillaba a la luz del sol que entraba por la ventana.

—Gracias —dije, cogiendo la taza que me ofreció—. Parece que eres muy madrugadora.
—Parece que tú también —sonrió ella, mirándome a los ojos—. Una cosa más que tenemos en común.

Ella tomó un sorbo de café.
Antes de que Yolanda pudiera darse cuenta de mis intenciones, dejé la taza sobre la mesa y tendí los brazos hacia ella. Me miró sorprendida.

— ¡Ton!

La atraje hacia mí con gentileza y no pudo reunir fuerzas para resistirse. Su curiosidad era más poderosa que su sentido común.

—Anoche quise hacer esto —le murmuré.

Incliné la cabeza y mis labios rozaron suavemente los suyos. El beso contenía una invitación y una promesa de algo más. Las cosas ya eran bastante complicadas en aquel momento en mi vida sin necesidad de añadir además una relación explosiva a mis problemas. Pero la noche anterior había sido muy especial. La alegría de aquella experiencia no me había abandonado todavía por completo. Si cerraba los ojos, podía todavía revivir aquel glorioso momento.
Ella levantó la cabeza casi al momento, y me miró con ojos brillantes.

— ¿No lo hicimos todo ayer noche?
— No, y no de este modo, porque me pareció que era demasiado pronto —le murmuré, pasándole los brazos en torno al cuello—. Tú estás acostumbrada a tomar decisiones rápidas sobre la gente, y yo también. Nos parecemos mucho, Yolanda. Sabes cómo mirar a los ojos a una persona y descubrir si te está engañando, la vida te ha llevado a ello, pero a mí también se me da muy bien. Llevo tanto tiempo separando la mentira de la verdad que en mí es como una segunda naturaleza.

—Tienes razón —replicó ella, sin aliento—. Los dos tenemos esa habilidad. Así que, ¿cómo sabré si me dices la verdad sobre ti?
— ¿Y cómo lo sabré yo? -repliqué rapidamente-.

Yolanda sonrió con nerviosismo, apretó los labios. Aquélla no era la primera vez que le insinuaba que no me fiaba. Tenía que admitir que, desde mi punto de vista, tenía sentido. Después de todo, ella fue la que me abordó sin conocerme de nada, y hacía poco que acababa de separarme.
La voz de mi yo resentido al otro lado de mi córtex  cerebral era como un constante zumbido, pero si uno la escuchaba el tiempo suficiente se convertía en una sorda y sarcástica rechifla que impulsaba a millones y millones de impulsos eléctricos a los empeños más inútiles, y entonces, por suerte, esta rechifla tomaba su forma definitiva: una explosión de risa despectiva ante las pequeñas tragedias de la vida, la sangre que mana de una herida abierta es una cosa divertida, y la muerte sólo la más pesada de las bromas.

—Tendrás que creerme-dijo-, o por lo menos intentarlo. Ahora disculpa. Será mejor que me marche ya. No quiero que sigas pensando que lo que pasó anoche entre tú y yo fue solo una aventura más surgida de mis incontrolables necesidades emocionales. Tengo que darme prisa, Ton, mi amiga estará preocupada al ver que no he dormido en casa. Por cierto, la mermelada está a punto de acabarse. Será mejor que la pongas en la lista de la compra.

Bebí un trago de café y sonreí.

—Lo haré. Pero recuerda que, si necesitas de nuevo un guía, estaré encantado de ayudarte. No busques a otro. Hay mucho sinvergüenza suelto.

Yolanda sonrió.

—Gracias. Lo tendré en cuenta. Ha sido una noche maravillosa, Ton. Te llamaré —dijo, bajando los escalones en dirección a su coche.

Moví la cabeza con tristeza teatral.

—Eso lo dicen todas.

Yolanda me miró furiosa.

—En mi caso, da la casualidad de que es cierto. Te llamaré.
—Sí, probablemente lo harás, solo bromeaba —repuse, ayudándola a sentarse en el asiento anatómico del coche.
—A pesar de lo que pienses, te puedes fiar de mí, no soy una “destroza corazones” —repuso ella, poniendo el motor en marcha. Dame la oportunidad de demostrártelo—se apresuró a decir—. Dame sólo  tiempo. Es todo lo que te pido. ¿De acuerdo?

Le toqué el rostro con gentileza y me incliné hacia ella. Le acaricié el labio inferior con el pulgar. Luego bajé mi boca hasta la de ella y la besé.
Sentí que todo mi cuerpo reaccionaba intensamente. Una oleada de deseo me recorrió de nuevo por completo.
Cuando ella se movió al fin, fue sólo para pasarme los brazos en torno al cuello. Me di cuenta de que me costaba trabajo mantener el control. El efecto que Yolanda tenía sobre mi era electrificante. Me sentía hambriento de ella, pero no quería que lo notara. Me acordé que tenía que avanzar despacio, conocerla más, pero no estaba seguro de poder conseguirlo. Nunca me había ocurrido algo así con mujer alguna. Cuando levanté la cabeza para mirarla, vi que sus ojos  expresaban deseo. Percibí su rendición  y me sentí maravillado. Comprendí que me estaban ofreciendo un regalo maravilloso y no me atreví a arruinar aquella experiencia exigiendo más de lo que ella estaba dispuesta a darme en aquel momento. Nos miramos un momento en silencio y  vi que la expresión de sus ojos empezaba a cambiar. Comprendí que  estaba pensando que la noche no había terminado aún, que era solo el principio. Sus ojos luminosos y chispeantes así lo expresaban.

— ¿Por qué no arrancas ya el coche, Yolanda? Yo seguiré en Valencia hasta el lunes. Hablaremos de lo nuestro por la noche, si quieres.

Ella vaciló un momento y luego asintió con rapidez.

—Tienes razón, hasta la noche, Ton.

La observé mientras se alejaba y tuve que hacer un enorme esfuerzo de voluntad para no retenerla, pero sabía que debía dejarla marchar. Los dos teníamos que pensar. Los dos necesitábamos tiempo. Yo más que ella.  Y como escribió Doménico Cieri: Aunque somos nuestro propio tiempo, a veces somos el tiempo de otros y otros son nuestro tiempo, a veces sin quererlo, a veces queriendo, a veces durmiendo, a veces despiertos. Además, no sería un tiempo desaprovechado, el recuerdo de su cuerpo temblando en mis brazos en el maravilloso orgasmo que había conocido la noche pasada sería más que suficiente para acompañarme aquel soleado día de principio de otoño en mis fantasías adobadas en testosterona.

(Continuará…)

El primer encuentro (Primera parte)

Duele mucho el desamor, pero más duele dormir con él. Te despiertas y el dolor se acrecienta, de forma que intentas volver a dormir. Hay un dolor espiritual, interior, una tortura que el cuerpo se esfuerza en dominar y que dominaría si no fuera porque el dolor anímico es aún más intenso. Un rosario de pensamientos te obsesiona, te atormenta, hasta que el cerebro alucinado busca cualquier especie de alivio. Pero no se produce ese alivio. Es como una hoguera que lo envolviera a uno, lenguas de fuego titilantes, cada vez más cerca, que quemaran las carnes. El cerebro grita para confortarte, pero si lo logra, viene de nuevo el tropel de pensamientos y el dolor se hace más agudo, más intenso, y uno tiene que luchar desesperadamente hasta que la mente vence y se tiene la sensación de que el despertar tampoco es la escapatoria.
¡Qué raras son algunas mujeres!- pensé-. Chicas bonitas, capaces de todo en un momento dado y, al momento siguiente, ya están jodiéndote la vida, dejándote tirado como una colilla. Eso sí, una colilla manchada de carmín.
Uno no es un pardillo en eso del amor, eso lo llevo repitiendo fracaso tras fracaso, pero mi experiencia la llevo colgada de mi espalda, como un farolillo rojo, y como dijo Confucio: solo sirve para alumbrar el camino recorrido. Aún recuerdo, palabra por palabra, lo primero que le dije aquella noche de luna  lunera en aquel antro donde nos cobijamos: “Nena, eres una chiquilla encantadora. Y bonita como un sueño. Bonita como para parar un tren. No sé si eres sincera conmigo, pero aunque lo fueras, no me fiaría. Podría enamorarme de ti como un demente y, seguramente ocurrirá, no obstante, seguiría sin fiarme.”
Proféticas palabras que no me impidieron lanzarme al vacío, porque sabía que esa chica lo iba a ser todo para mí. Así soy yo, y así me va.
Dicho esto, vayamos a la historia. Todo empezó una noche aciaga del mes de Septiembre. Era sábado por la noche, la feria del mueble de Valencia estaba en sus estertores, y yo tenía ganas de fiesta. Conducía el coche por el paseo asfaltado que llevaba a la entrada de “Les fleurs du mal”, un club nocturno punto de encuentro de los náufragos y desertados de la noche Valenciana. Me detuve enfrente. De algún lugar de dentro del local, el viento me trajo risas de mujeres y los débiles acordes de una melodía conocida. Creo que era un soul, concretamente el Put your spell on me. A dos metros de la puerta, un borracho, sentado en el bordillo de la acera, se desahogaba vomitando en el arroyo, entre sus piernas.

       Paré el motor y salté a la acera, tratando de decidir cuál era la mejor fórmula para entrar en el local. En estas cavilaciones, oí el sordo rumor de unos neumáticos en el paseo y, al volverme, vi avanzar hacia mí un deportivo de color negro que al llegar a mi altura se detuvo, después de saludarme con un breve toque de claxon.
Apearse de un coche tan bajo es algo que las mujeres no suelen hacer airosamente, pero, en esto, esta chica era una excepción. Sin que pareciera proponérselo, convirtió el acto en un espectáculo. No porque exhibiera mucho, todo lo contrario, pero era tanto lo que podía mostrar que no pude resistirme a ver si se producía o no la exhibición… Y si quiero ser sincero, aún cuando no ocurriera nada, seguro que no me sentiría defraudado por ello.

La hermosura es una cosa rara. Como la que tienen todos los recién nacidos, estén o no bien formados. La que posee cualquier mujer en un momento dado, cuando responde al ideal que uno se ha formado. Es algo impalpable, imponderable, subjetivo. Es una superposición de cualidades, algo que no puede describirse, pero que se reconoce al instante que se tropieza con ella. Y esta mujer del coche negro la tenía.
Admiré su figura esbelta, arrogante. La gabardina beige que llevaba puesta parecía hecha exclusivamente para ella; se amoldaba a su cuerpo y realzaba deliciosamente sus armoniosas formas. Sus piernas eran encantadoras columnas de seda, y sus curvas suaves lo bastante sugestivas para obligarle a uno a apartar los ojos de la opulenta mata de cabellos color castaño claro que se le escapaba por debajo del glamuroso sombrero “Borsalino”. En cierto modo era muy atractiva, aunque su rostro fuese más interesante que perfecto. En sus ojos llameaba ese fuego bravío, primitivo, del animal poderoso, ojos ávidos, voraces, cuya mirada me hacía estremecer de ansias también ancestrales. Su boca pecadora era expresiva, con labios abultados, lozanos, brillantes, una floración carmínea que escondía unos dientes blancos y perfectos.
Me sonrió, haciendo con su boca una curva tan atractiva que llegué a olvidarme del cuerpo que la sustentaba. Su boca era llena y húmeda, como si acabaran de mojarla, una boca jugosa, suculenta, con voluntad propia, y siempre ansiosa.
Caminó hacia mí, contra la brisa suave, sonriendo levemente. Y cuando sonreía, las comisuras de su boca temblaban un poco y su mirada aún era más ansiosa.

—Hola. ¿Vas a entrar aquí? —me gritó señalando en dirección a la entrada del Club.

Le contesté del mismo modo que ella hizo la pregunta. Sin rodeos, abiertamente.

—No. He venido para quedarme delante. Y hacer compañía a ese borracho. Lo siento.

Su sonrisa se hizo más amplia, sus dientes asomaron por debajo de las suaves curvas y, durante un instante,  me observó inquisitivamente, frunció el ceño con una mezcla de curiosidad y de perplejidad y  de un modo adorable la risa llenó su garganta.
Parecía una niña, una hermosísima niña que hubiese crecido demasiado y alcanzado las formas opulentas de una mujer, pero que lo siguiera siendo, con su sonrisa maliciosa y traviesa. Su boca seguía siendo una cosa húmeda, deliciosamente roja, firme, y, sin embargo, pronta a vibrar como las cuerdas de un violín en el instante que fuera tocada.

—Por de pronto, eres distinto de la gente que conozco, eres irónico —me dijo.

No le contesté y me tendió la mano.

—Me llamo Yolanda.

Le sonreí y se la estreché.

—Y yo Tony.
—Vaya, tuve un novio que se llamaba como tú.
—Diste en el clavo, hace un momento. Soy distinto… seguro.

Me apretó fuertemente la mano y su risa cascabelera apagó todos los ruidos en torno nuestro.

—Sabes, llegué a Valencia hace poco, no conozco a nadie todavía. Me hospedo en casa de una amiga, pero esta noche ha quedado con su novio, y ya ves, aquí estoy yo, intentando conocer la ciudad y, sin guía.

Le sonreí y dije:

—Pues yo soy como un perro lazarillo.

La sonrisa que jugueteaba en torno a sus labios se hizo más tierna. Y sin soltarla, caminamos juntos hasta la entrada. Pude percibir que su cuerpo, tan cercano al mío, estaba artificialmente contraído por el frescor de la noche, y observé el truquito de su lengua que dejaba sus labios húmedos y expectantes. Aparté mis ojos de ella, empujé la puerta del Club que se hallaba entreabierta, y entramos.
 Había, por lo menos, una docena de individuos alineados contra el mostrador del bar, hablando en voz alta. Los chistes y las obscenidades amenizaban sus charlas, ornamentadas por los chillidos histéricos de las mujeres que les acompañaban.
Yolanda se quitó la gabardina y la arrojó a una silla. Jamás me cansaría de mirarla, pensé entonces. Era todo lo que uno podía ambicionar, una mujer cuyas emociones podrían ser duras, blandas o pavorosas, pero que fueran lo que fueren eran precisamente lo que uno necesitaba. Era la belleza primitiva, diabólica, de la jungla, con la sofisticación de la ciudad. Como ya he dicho al principio, lo iba a ser todo para mí, y la suave luz del local se reflejaba en una sortija que ceñía su anular, una sortija que seguramente  le habían regalado.
Pedí unas bebidas, y seguidamente me disculpé para ausentarme unos minutos e ir a los servicios. No tenía ganas de orinar, solo quería ver si seguía manteniendo mi buen aspecto. Cuando volví Yolanda estaba esperándome en un rincón de la barra. Había hombres que también estaban esperando y aprovechaban la ocasión para mirarla. Algunos de ellos habían tomado posiciones estratégicas para lanzarse al ataque en el caso de que la persona que ella esperaba no se presentase. Al divisarme me sonrió y fue como si su boca viniese a mi encuentro a través de la sala.
Su pelo era como una llama viva, ardiente y vivaz como toda su persona. No hay muchas palabras para describir a Yolanda, tal como yo la conocí entonces. Era un peregrino conjunto de perfecciones. No había fragilidad en ella, y su esbeltez era la de un felino musculoso y bien nutrido; sus hombros eran modélicos, y sus caderas, deliciosamente combadas, recordaban la armonía de una ánfora griega. Estaba perezosamente sentada, y había doblado la pierna exquisitamente formada que tensaba la falda alrededor de su muslo.
Le sonreí y me alargó la mano. La mía la envolvió tiernamente; y sin soltarla, le pregunté:

— ¿Has esperado mucho?

Me apretó el brazo contra el suyo.

—Más de lo que acostumbro a esperar a nadie. Cinco minutos.
—Supongo que los valgo.
—Pues supones mal.
— ¡No lo puedo remediar, y tú estás encantada! —exclamé por fin.

Me dio un codazo cariñoso.

— ¿Cómo lo sabes?
—    No lo sé —le dije—. Estoy fanfarroneando.

La sonrisa apareció de sus labios.

— ¡Maldito seas, Ton, no te burles de mi! -me dijo-.
—    Nos acabamos de conocer y ya me has cambiado el nombre. ¿Qué más sabes hacer?
—    Me gusta más Ton. Tony es demasiado largo, y cuando grito, o gimo,  me gusta usar nombres cortos. Es más efectivo. Pero no sé por qué digo esto. Es verdad, no te conozco, ni tú a mí. Esto no tiene sentido.
¿Qué podía contestarle? Le acaricié la mejilla y le pellizqué la oreja, por fin le dije, sonriendo:
—Hay cosas que no tienen sentido. Ocurren, sencillamente.

Se inclinó hacia el camarero, le dijo algo que no llegué a entender, y se arrellanó en su asiento.
Pareció que el acercamiento gradual de los dos venía lentamente, como viene el sueño cuando uno está demasiado cansado. Primero, con morosidad, luego, con rapidez creciente y, por último, con un impulso súbito, arrebatado. Sus brazos me rodearon, mis manos la estrecharon fuertemente y mis dedos se hundieron en la masa sedosa de su pelo. Miré su boca, que no estaba ahora húmeda sino mojada, y ella me dijo:

—Ton, ¡maldita sea tu estampa! ¡Me gustas, y ya está!

Su boca estaba muy cerca de la mía y era demasiado tentadora. Mis dedos se enredaron como por ensalmo en sus cabellos y, súbitamente, aquellos labios  deliciosos, se hallaron a milímetros de los míos, y muy pronto ya no hubo distancia entre ellos.
El delicioso ardor fue precisamente el que esperaba. Su boca era un nido blando, cálido y vibrante. Saboreé suavemente la dulzura acre de sus ansias hasta que se hicieron demasiado frenéticas y hube de apartarme de ella.
Algunas se echan a temblar, otras lloran, y muchas formulan en el acto sus quejas; pero ella se limitó a cerrar los ojos, a sonreír, a abrirlos de nuevo y a retreparse, laxa, junto a mí. Las puntas de sus dedos acariciaron mi rostro, y actos seguido cogió dos cigarrillos, los encendió y me puso uno en los labios.

— ¿Sabes que no se puede fumar aquí?-le dije -.
— ¿Y qué? ¿Me van a detener? Además, le he pedido permiso al camarero y me ha dicho que si no hacemos mucho humo nos dejaba. Así que ya sabes, te tragas el humo y punto… Y no cambies de tema, Ton,  dime: ¿por qué te has apartado de mí?
—Nena, eres una chiquilla encantadora. Y bonita como un sueño. Bonita como para parar un tren. No sé si eres sincera conmigo, pero aunque lo fueras, no me fiaría. Podría enamorarme de ti como un demente y, seguramente ocurrirá, no obstante, seguiría sin fiarme.


(Continuará...)

30 mayo 2012

España entre el coraje mal entendido y la obstinación.


Orgulloso y valiente, Mariano Rajoy va repitiendo que España no solicita ni necesita  ayuda externa. “España no necesita salvaguardias especiales en la zona del euro” dice él, poco convencido, y con la boca chica. “Vamos a salir por nosotros mismos, sin pedir nada a nadie”, remata con firmeza. En resumen, la misma situación anterior al rescate de Portugal o Irlanda, por no hablar de la de Grecia.

La gran confianza de nuestro presidente huele a gesto quijotesco. "No habrá plan de rescate europeo para el sector bancario español", dijo nuevamente ayer después de un día de agitación en los mercados bursátiles. Esto se tambalea cada vez más: el estado de los bancos españoles alimenta ya una desconfianza cada vez mayor.

Nuestra situación, no olvidemos que somos la cuarta economía de la zona euro, pesa sobre el número tres, Italia - lo que realmente no necesita, mientras que Grecia está al borde del colapso.

De ahí la pregunta planteada por muchos observadores: ¿Hace bien España en no pedir ayuda exterior? Claro que no. Nuestra temeraria valentía en querer salvar, solos, nuestro sector bancario - qué tarea más difícil – lo único que hace es debilitar aún más la zona euro y por siguiente a nosotros.

Desde luego que los precedentes no están de nuestro lado. Tanto en Dublín como en Lisboa, han mantenido durante mucho tiempo el mismo discurso: no necesitamos ayuda. Y luego, cuando estos gobiernos ya no pudieron financiar su deuda en el mercado, tuvieron que resignarse a buscar ayuda externa. Pero eso, como todos sabemos,  demasiado tarde, cuando el estado general del paciente había empeorado considerablemente. En economía, y eso lo sabemos los que algo entendemos, el arte del momento propicio – el del buen timing – lo es casi todo.

El sector bancario español se ve obstaculizada por una deuda incobrable en el paisaje devastado del sector inmobiliario. El Estado quiere salvar a Bankia, el cuarto banco más grande, mediante la inyección de un total de 23.500 millones de euros. Y digo yo: ¿Dónde están?

Seguimos pidiendo prestado, y nos prestan, sin duda, pero cada día nos cuesta más y la loza es cada día más pesada. La falta de confianza de los inversores fue tal ayer martes que tuvimos que prometer un interés de 6,5% en la inversión de bonos públicos a diez años.

En estas condiciones, pasar bajo el cuchillo del Fondo Monetario Internacional (FMI) o Bruselas puede ser visto como humillante, y lo es, pero pienso que en el interés de todos, el señor Rajoy tal vez debería tomar su teléfono y llamar a Bruselas.

25 mayo 2012

La primera frase es siempre la más difícil.


“La primera frase, siempre, es la más difícil”. Eso es lo que dicen los escribidores; cronistas, periodistas, poetas,  escritores en general. Todos habrán visto, en algún momento, la clásica escena cinematográfica donde nos muestran a un personaje frente a una máquina de escribir (el ordenador no sirve para esta escena) intentando empezar una historia, un relato, o una carta,   arrugando y finalmente tirando de mala manera la hoja de papel a una papelera rebosante. En mi caso, que no soy ni cronista, ni poeta, ni periodista, ni escritor, lo más difícil es rematar, culminar.   Empezar me es muy fácil, siempre lo ha sido, me sirvo de cualquier palabra, comentario o fantasía, vista o oída, y a partir de ahí todo es cuesta abajo. Pero rematar, culminar la historia o el relato, eso, amigos, eso es harina de otro costal. Para empezar un relato, o una historia, lo primero que hago es descubrir qué quiero contar y desde qué punto de vista. Parece una tontería, pero no lo es. Es cierto que un buen escritor hace algo más o menos bueno con una historia banal, solo hay que fijarse en mí, pero localizar una buena historia es importante y vale la pena esforzarse en esa etapa porque va a facilitar el resto. Muchas veces uno no lo toma en cuenta y termina confiando en recursos complicadísimos para salvar una historia que no valía. Otra cosa muy importante es saber elegir el género que mejor dominamos. Elegir es más significativo de lo que uno cree. Dilucidar para lo que valemos, y para lo que no, ahí está el corazón de la cosa. Yo que no valgo para nada no tengo este problema, pero eso no quita que soy consciente que hay que saber elegir un estilo, un género, y a ser posible, siguiendo lo que “el cuerpo te pide”; ese simple hecho va a hacer que valga la pena, que tu historia sea distinta a cientos de miles ya escritas.
¿Por qué digo todo esto? Simple y llanamente porque hoy voy a romper esta regla, y voy a escribir una historia en un estilo y en un género que no es el mío. ¿Y por qué? Se preguntaran ustedes. Vaya pregunta más tonta. Porque me da la gana, como siempre. Esto último (lo de “porque me da la gana”) me ha hecho recordar una situación divertida que me pasó no hace mucho tiempo. Estaba tomando una copa con una buena amiga, y me dice: “¿Ton, tú que eres conocedor del mundo griego clásico, con qué personaje de estos tres te identificas más: Paris, Héctor, o Aquiles?”. Yo la miré, sonreí y le dije sin vacilar: Aquiles. Ella se extrañó, y entonces comprendí que no me conocía tan bien como yo creía. Y también me hizo pensar que tal vez la culpa de que no me conociera lo suficiente era mía. Lo que intento decir, y no es fácil expresarlo ya que no es ni mi estilo ni mi género, es que en lo tocante a sentimientos, emociones y desvestir mis entrañas soy más bien reservado, por eso ella se extrañó cuando me decanté por Aquiles y no por Héctor que era el que ella había imaginado. Paris estaba descartado desde el principio porque aunque mi buena amiga no había acertado de pleno, me conocía lo bastante para saber que Paris se parece a mí lo mismo que un huevo a una castaña. Luego me preguntó por qué había elegido a Aquiles, y le dije: Te diré primero por qué he descartado a Paris y Héctor. Paris era un niño de papá, mimado y tonto. Héctor por lo contrario, era el yerno perfecto; responsable, valiente, sensato, seguidor de las normas y reglas establecidas, honesto, digno y con ética. Ya ves que ninguno de los dos casa conmigo. Sin embargo Aquiles era, rebelde, arrogante, vanidoso, atormentado, desafiante, sin más dueño y señor que el mismo…Aquiles era glorioso. Y aunque toda Troya lloró la muerte de Héctor, y muy pocos griegos la de Aquiles, él pasó a la historia y el mismísimo Alejandro Magno lo quiso imitar.
Ya lo ven amigos, todo esto me ha venido a la memoria cuando he dicho “porque me da la gana”. Está claro que me enrollo más que una boa constrictora, así que vayamos ya a la historia, que de eso se trata.
La historia de hoy tiene que ver con la Amistad…con mayúscula. Yo tengo pocos amigos, creo que lo he dicho miles de veces aquí, lo que no quiere decir que muchos se crean amigos míos. La amistad auténtica no es muy frecuente por mucho que la gente en general piense lo contrario. Vivimos en una sociedad que lo confunde todo, que tergiversa y manipula, y eso provoca que las palabras pierdan su sentido, se corrompan y acaben sin valor alguno. En la vida real, en el día a día, esto es muy fácil de detectar, pero en el mundo virtual, ahí queridos amigos, es más difícil. Se deben de producir circunstancias, hechos, situaciones especiales para determinar, o percibir,  quien es amigo, o tan solo contacto. Personalmente he tenido la suerte de contactar con algunas personas que merecen todo mi respeto y cariño, pero hay una en especial, y alguna vez he hecho mención de ella aquí en tono divertido y cariñoso, que se merece después de más de tres años de hablar con ella, un reconocimiento público. Es una chica especial. Muy especial. No, no es como las chicas que describo en mis historias; no tiene las piernas como columnas de seda, ni llamea fuego bravío de sus ojos, tampoco su boca es una floración carmínea, ni su melena es brillante con la de una pantera negra bajo la luz de la luna. Todo eso está muy bien para una historia de fantasía y ficción, pero todos sabemos que no es real, que es puro cuento. Lo real, lo que cuenta, y es lo que quiero transmitir hoy con esta historia, es la empatía, la bondad, la simpatía, la entrega, la inteligencia, la picardía a ratos, la solidaridad, la fidelidad, la lealtad, el respaldo, el apoyo, el apego, en resumidas cuentas…el dar sin esperar nada a cambio. Todo esto que acabo de decir, todo, absolutamente todo, lo tiene esta chica. También tiene carácter, y mala leche a veces, no es perfecta, lo sé, ha sido en el pasado lectora de Milán Kundera, es multiorgásmica, le gusta una isla llamada Cabo Verde y la música descatalogada, se ralla a veces cuando vuelve a casa a las 4 de la mañana con unas copitas de más, pero todo esto yo se lo perdono… porque me da la gana. Recuerdo cuando nos conocimos hace ya más de tres años, yo sabía que ella hablaba muy bien el inglés, y le dije: “ai spik inglís veri veri guel, laik iú. Bat ai sink zata i nid uan o tri lisons for writen perfecli.” Creo que no me entendió muy bien, alguna coma faltaría, pero desde ese día no hemos parado de reírnos juntos. ¿Os he dicho que es especial? Sí, pues mejor, porque lo es de verdad. En esos tres años, no me ha fallado ni un solo día, lloviese o no. Me ha ayudado en todo, ha leído todo lo que he subido, lo bueno y lo malo, me aportado información, ha intentado enseñarme inglés, a trazar las curvas Besiers, me ha solucionado problemas informáticos, aún teniendo como tiene ahora, a su madre ingresada muy grave, ha tenido siempre un momento para saludarme, hasta ha perdido un amigo por mi culpa. Sí, bueno, vale, ya lo sé, eso último teniéndome a mí de colega es muy fácil, pero es de agradecer que no me haya matado, ¿no?
En fin queridos amigos, lo que quiero decir a mi manera, sin hacer poesía, eso lo dejo a los poetas, es que si hay alguien en esta red social, llamada Facebook, que sé, rotundamente además, que nunca me olvidará y que nunca me defraudará, es ella. Y lo sé, porque me ha demostrado en todo este tiempo que es de fiar. Para terminar, como siempre, sacaré la brocha de la pedantería y dejaré una pincelada, no lo puedo remediar, ya me conocéis, y nada mejor para eso que una frase de Charles Péguy: El amor es más raro que el genio propio…Y la amistad es más rara que el amor.
Ah, coño, que se me olvida, no he dicho su nombre. Esta mujer tan especial se llama: Belén Trincado.
Un besote Belén, eres lo mejor de lo mejor. Y otra cosa, no he etiquetado a nadie en esta nota, porque sé que ella, sin necesidad de estar etiquetada, la leerá, como lee todo lo que subo. Si es que ya lo he dicho... es un amor.

20 mayo 2012

Nosce te ipsum...

Nosce te ipsum et nosces universum et deos (conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses).

Esta inscripción, puesta por los siete sabios en el frontispicio del templo de Delfos, es clásica en el pensamiento griego.

“En ninguna época se ha sabido tanto y tan diverso con respecto al hombre como en la nuestra. En ninguna época se expuso el conocimiento acerca del hombre en forma más penetrante ni más fascinante que en ésta. Ninguna época, hasta la fecha, ha sido capaz de hacer accesible este saber con la rapidez y facilidad que la nuestra. Y, sin embargo, en ningún tiempo se
ha sabido menos acerca de lo que el hombre es. En ninguna época ha sido el hombre tan problemático como en la actual”
Estas palabras las escribió el filósofo alemán Martin Heidegger en 1927. Qué poco han cambiado las cosas desde entonces.