El deseo se muestra en el desvanecimiento de la forma a la que se ata...
cambia al mismo tiempo que lo que persigue, va a aprehender el objeto
en una forma distinta, y esa forma es entonces tan intima a ese
movimiento, que le trae la satisfacción de su propia ley: que no es la
de detenerse o dejar de expandirse, sino la del triunfo de uno mismo en
una gozo perpetuo.
12 junio 2012
Suum cuique tribuere - dar a cada uno lo suyo.
El domingo pasado, como muchos otros domingos, fui a desayunar con mi amigo Josep, y si
bien no seré yo quien saque el tema de su infidelidad con su ya ex
esposa (ya saben ustedes que se folló a la segunda mejor amiga de su ex
mujer, y esta le puso las maletas en la acera, al lado del contenedor
de color verde) porque desde hace tiempo, la verdad, es que todas las
redes sociales ya lo saben, hay prueba de ello, debo decir que me
dejó preocupado. No, no se asusten ustedes, no está enfermo, ni tiene
previsto estarlo, es solo que me di cuenta de lo confuso y confundido
que está con la situación socio-política actual. Sí, ya sé que no es el
único, muchos millones de españoles lo están, pero en su caso es mucho
más grave: es un desorden inextricable. Vean sino parte del diálogo que
sostuvimos:
-Ton,
he oído las declaraciones de Luis de Guindos y de Rajoy, y necesito, ya
que tú eres tan inteligente, que me aclares unos puntos. Verás, Luis de Guindos: ha dicho que “Es un apoyo financiero que no tiene nada que ver con un rescate”. “No hay ni el más mínimo rescate al respecto”. ¿Tú qué opinas?
-Falso de toda falsedad. El
dinero sale de los fondos europeos de rescate y se presta al Estado, no
directamente a los bancos, como pretendía España. Aunque las
condiciones sean algo diferentes al de los demás países rescatados, la
realidad es que España se ha convertido en el cuarto país de Europa en
recurrir a estas ayudas, tras Grecia, Irlanda y Portugal. Así lo ve toda
Europa y la prensa internacional.
-Ton, también Mariano Rajoy ha dicho que: “Lo que hay es una línea de crédito”.
-Falso de toda falsedad. Quien
pide el dinero prestado a Europa, se compromete a devolverlo y paga los
intereses. No son los bancos. Es España, a través de una entidad
pública: el FROB. La mayoría de los bancos no recibirán préstamos desde
el FROB –no los podrían devolver–, sino inyecciones de capital.
-Pero Mariano Rajoy ha dicho que: “No afecta al déficit público”.
-Falso de toda falsedad. Todo
el dinero que pida prestado al FROB irá a la deuda pública y sus
intereses, al déficit. Si se alcanzan los 100.000 millones y el tipo de
interés, como se dice, es del 3%, supondrá 3.000 millones de euros más
en el déficit anual: por comparar, es dos veces lo que ahorró Zapatero
congelando las pensiones en 2010.
-Vale, entendido. Ahora explícame esto:. Mariano Rajoy también ha dicho que: “El que ha presionado he sido yo. A mí nadie me ha presionado”.
-Falso de toda falsedad. Europa
–especialmente Alemania y los países del norte– ha presionado a España
para que acepte esta opción. Dentro del desastre, el procedimiento de
rescate no es especialmente malo: había opciones mucho peores. Pero
tampoco es el modelo soñado por el Gobierno español, que habría
preferido una intervención del BCE o un rescate directo a los bancos sin
que el Estado tuviese que avalar la operación.
-Tengo otra duda, Ton. Luis De Guindos dijo el otro día: “Este
préstamo ayudará a las familias y a las empresas”. “Servirá para que
vuelva a fluir el crédito para que crezca la economía y se cree empleo”
-Falso de toda falsedad. El
dinero público inyectado a los bancos irá a provisiones de pérdidas, no
al crédito. De hecho, a corto plazo lo más probable es que el crédito
se restrinja aún más porque todas las entidades financieras –las buenas,
las malas y las regulares– tendrán que aumentar aún más sus
provisiones, por lo que no podrán prestar.
-Y dime ton, ha dicho la verdad Cristóbal Montoro cuando ha asegurado que: “No van a venir los hombres de negro”.
-Falso de toda falsedad. La
temida troika –el FMI, el BCE y la Comisión Europea– también va a
aterrizar en España. Serán ellos quienes decidan la reestructuración del
sector financiero y también quienes vigilen “de cerca y regularmente”
el cumplimento de los compromisos españoles contra el déficit.
-Vamos bien...Y por último, he leído que Luis de Guindos ha dicho que: “Las condiciones se las van a imponer a los bancos”.
-Falso de toda falsedad. España
va a tener que firmar un ‘memorándum of understanding’: un tratado,
como el de Grecia, Irlanda y Portugal. Y en el propio comunicado del
Eurogrupo queda claro que la ayuda al sector financiero está
condicionada al cumplimiento de los compromisos anteriores de España en
la lucha contra el déficit. No hay condiciones explícitas, pero sí las
hay implícitas. En breve veremos nuevos recortes y subidas de impuestos,
por mucho que el Gobierno hoy los niegue con la misma contundencia con
la que antes negó el rescate.
-Joder
Ton, entonces ¿ya no puedo creer ni confiar en mi gobierno? Si todo eso
que me has dicho es verdad, ¿no es injusto? ¿Como se puede ayudar a la
banca de esta manera tan descarada y cínica dejando al pueblo español en
la más absoluta miseria por décadas y décadas? ¿Ya no hay justicia en
España?
-No, no la hay. La
Justicia no es el dar o repartir cosas a la humanidad, sino el saber
decidir a quién le pertenece esa cosa por derecho. La Justicia es ética,
equidad y honestidad. Es la voluntad constante de dar a cada uno lo que
le corresponde. Es aquel referente de rectitud que gobierna la conducta
y nos constriñe a respetar los derechos de los demás. El jurista
Ulpiano, uno de los más grandes creadores del derecho romano clásico, en
un pasaje muy citado de una de sus obras, recopilado posteriormente en
el Digesto de Justiniano, proporciona una brillante definición de la
justicia:
«Iustitia
est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi. Iuris
praecepta sunt haec: honeste vivere alterum non laedere, suum cuique
tribuere.»
"La
justicia es la voluntad constante de conceder a cada uno su derecho.
Los preceptos del derecho son estos: Vivir honestamente, no dañar a
otros y dar a cada uno lo suyo."
Creo que se trata de una definición magistral.
01 junio 2012
El primer encuentro (Final)
Era
el mes de septiembre, uno de esos septiembres maravillosos en que el
verano parece que no va a terminar nunca. El Paseo de la Malvarrosa de
cuatro kilómetros de largo, aparecía todo engalanado de banderas y
gallardetes, y sobre esta playa, la más larga de Valencia, todavía
seguían en pie los toldos de alegres colores, extendiéndose hasta la
línea de mar.
Todo esto me
producía, sin saber por qué, una profunda emoción. Este espectáculo me
recordaba mi propia infancia casi hasta el punto de hacerme llorar: la
finísima arena de la playa que, seca y caliente, me producía la
sensación acariciadora del terciopelo, o que me lastimaba al crujir
entre mis pies cuando estaba mojada; aquellos preciosos montoncitos de
conchas que siempre tenía que dejar en la playa sin poder llevármelos a
casa; la delicia de nadar y nadar sin descanso sobre las danzantes olas,
y también mi enojo cuando me decían que ya era hora de salir del agua.
Con
un gesto de impaciencia, encendí un cigarrillo y arrojé estos recuerdos
sentimentales al archivo de las cosas muertas y enterradas hacia ya
mucho tiempo en mi memoria. Ahora ya era un hombre, con una experiencia
de largos años vividos plenamente, y ahora era Yolanda la que ocupaba
mis pensamientos. Durante las últimas horas la había echado mucho de
menos, recordándola con cierta preocupación. Había recibido tres
mensajes alegres e insustanciales que ella me había enviado desde su
móvil. El último era para citarme aquí.
El sol se acercaba ya a la línea del horizonte. Uno tras otro, casi en
tropel, se iban retirando rápidamente los numerosos bañistas. Y desde un
extremo al otro de la playa, los vigilantes del servicio de salvamento
daban su último aviso anunciando el fin de su horario de servicio. La
música de los altavoces enmudeció bruscamente en mitad de un compás, y
el inmenso arenal de la playa quedó desierto en un abrir y cerrar de
ojos.
Por fin, cuando la anaranjada
esfera del sol tocaba ya la superficie del mar, de repente... ¡la vi!
Como surgida de la nada, apenas tuve tiempo de captar más que unos
cuantos detalles -unos brazos bronceados por el sol, un lindo rostro
trigueño con ojos oscuros muy brillantes, chispeantes de pura animación,
y labios pintados en un rosa intenso, un vestido blanco de corte
sencillo, una cabellera cobriza que le caía hasta los hombros que ella
se peinó hacia atrás con ambas manos al verme, sentado en la mesa de la
terraza del Café de la Playa. Un camarero recogía las monedas de la mesa
contemplando aquella diosa azteca que se acercaba. Su brillante
cabellera flameaba como una bandera al viento, azotando suavemente sus
mejillas.
Me levanté y fui hacia ella;
le cogí una mano y, suavemente, la atraje hacia mí. Tenía los dedos
fríos, pero su cuerpo era cálido y anhelante. La miré unos instantes,
aparté suavemente unos mechones de cabello de su rostro, alcé su
barbilla y deslicé mis dedos por entre su densa melena, y cuando mis
dedos acariciaron sus mejillas sonrió, bajó los ojos y toda aquella
belleza que me tenía cautivado surgió mágicamente. Al mismo tiempo, tuve
la sensación de que emanaba de toda ella un olor a fricción, un olor
limpio, acre, que parecía segregarse distintamente del perfume que
llevaba.
Sus ojos eran grandes y
oscuros, óvalos suaves bajo las delicadas cejas; su boca, exquisitamente
dibujada, de carnosos labios, pronta a la sonrisa. Acaricié con mis
dedos su hombro terso y ella, reclinando la cabeza, entreabrió sus
labios. Yo me incliné, la besé, y vi que un imperceptible
estremecimiento recorría su cuerpo. Me miró, con una expresión gozosa
en su rostro; después atiesó su cuerpo, y mostró, por la forma en que
llamearon sus ojos, ese loco deseo de manifestar su agradecimiento de un
modo u otro. Esta vez no era la “femme fatale” segura de sí misma o
suficiente de la noche pasada. Era una mujer calmosa, tímida, que se
prendió de mi brazo y se apretujó contra mí con una auténtica sonrisa en
los labios.
— ¿Adónde vamos, Ton?
Era
la segunda vez que me llamaba así, y me gustó la forma de pronunciar mi
nombre. La voz era baja y suave, una voz que jamás olvidaría aunque
viviera un millón de años. Era como un clarín de gloria.
—Adonde tú quieras —repliqué.
—Entonces sigamos la puesta de sol.
Y echamos a andar por el ancho paseo, sin prisas, como un par de enamorados.
Mientras
caminábamos, sus ojos me escrutaron lentamente. Al principio había en
su mirada un vislumbre de curiosidad, pero, luego, la curiosidad cedió
el paso a un sentimiento extraño, hondo, indefinible. Los ojos parecían
más grandes, abismos oscuros que reflejaban ansias secretas
inexpresables.
—Me pareces un hombre excelente, Ton. No he conocido a muchos como tú, si es que he conocido a alguno, que lo dudo.
—No
te fíes de tus primeras impresiones, Yolanda —le dije—. Muchas veces,
me he preguntado si era un sentimentaloide y no he hallado la respuesta
adecuada. En este momento, eres para mí una mujer enormemente
interesante, y esta actitud mía, nada desinteresada, podría darte una
falsa impresión de mi persona. Soy lo bastante leal para prevenirte. Soy
un sujeto del que no puede uno fiarse por completo.
Su sonrisa se extendió por todo el rostro.
—Tú no me engañas. Te lo acabas de inventar. Acabas de retratarte con la iimágen que tienes de mí.
—Sí, es verdad.
— ¿Me quieres?
—Mucho
—le dije—. Tú eres para mí la más guapa y adorable de las chicas. Te
quiero, por cómo eres ahora, reflexiva, insegura, comedida y al mismo
tiempo por como eras ayer por la noche, lanzada, decidida, disoluta y
descarriada. —Le sonreí y puse mi mano sobre la suya—. Bueno. No soy
únicamente un tipo romántico ya lo irás viendo.
—No me importa, todo lo contrario.
Me
hizo un guiño cariñoso, sus dedos se enlazaron tiernamente con los
míos, y recogí de sus labios, levemente, el tierno beso que temblaba en
ellos. Noté que su cabello olía a heno recién cortado; su boca, a
frambuesa, y su cuerpo, a selva tropical. Con la caída del sol se había
levantado un poco de viento, que gemía en torno a nosotros. Todo esto
creaba una atmósfera especial, un estado anímico en que los abrazos
adquirían mayor intimidad y calor de nido; ahora ya éramos algo más que
dos desconocidos: teníamos la sensación de ser verdaderos enamorados.
Volvimos
a quedar en silencio. Yolanda respiraba ahora a un ritmo normal,
completamente regular, y pensé: "¡Qué extraño me parece todo esto! Aquí,
lejos de mi casa, a una distancia abrumadora de mi entorno más querido;
aquí, en esta ciudad, hasta ahora extraña para mi, en este preciso
momento, hay paz, quietud, calor de nido, felicidad, y por lo tanto
muchos de los elementos que constituyen el verdadero amor"."¡Diablos!"-
pensé súbitamente-, jamás encontraré otra chica como ésta. Tiene todo
cuanto yo he deseado siempre encontrar en una mujer. Es guapa, dotada de
un espíritu de aventura, intrépida, fértil en recursos, siempre
interesante. Y Creo que ella me quiere.
Me
di cuenta de pronto de que estaba enamorado. Y pronuncie las palabras
que nadie habría podido esperar que salieran de mi boca.
— Yolanda, te quiero. ¿Quieres que lo intentemos?
Ella se puso muy pálida. Levantó los ojos, fijando en mí una mirada interrogante. Sus labios temblaban.
— ¿De verdad hablas en serio?
— Completamente en serio. Con todo mi corazón.
Ella ocultó la cara entre las manos. Cuando las retiró, brillaban
lágrimas en sus ojos, lágrimas que nunca hubiera imaginado. Se las secó
rápida y furiosamente con el dorso de la mano.
— Perdona, Ton, si te he asustado. ¡Esto es precisamente lo que yo
tanto soñaba! ¡Así, tan de repente, me ha producido una emoción
tremenda...! ¡Pues claro que quiero intentarlo! Pero no quiero hacerte
aquí ninguna escenita. Bésame una vez más y llévame a casa.
Entonces
la miré, y vi una hermosa muñeca con el pelo cobrizo y ojos singulares
que habían visto mucho mundo y muchas cosas extrañas. Pero, ahora, y
aquí, parecía feliz.
Y yo
también. Entonces recordé estas hermosas palabras de Nietzsche: ¿De
dónde surgen las pasiones repentinas de un varón por una mujer, las
pasiones hondas, entrañables? De lo que menos, de la sola sensualidad;
pero cuando el varón halla juntos en una sola criatura el desamparo, la
debilidad y, a la vez, la altanería, en su interior es como si su alma
quisiera desbordarse: queda conmovido y ofendido en un mismo instante.
En ese punto brota la fuente del gran amor.
FIN.
El primer encuentro (penúltima entrega).
Amanecí
en casa de mi amigo Paco. Él estaba en el extranjero y me había dejado
disfrutar de su chalet durante esos días de feria. Al bajar las
escaleras, me salió al encuentro el aroma del café recién hecho. Al
parecer, Yolanda se había levantado temprano. Inhalé profundamente y
sonreí con placer. Cuando abrí la puerta de la cocina, la sonrisa
seguía todavía en mi rostro.
—Buenos días, nena —dije—. Ese café huele maravillosamente.
—Gracias —replicó ella, desde el otro extremo de la estancia—. Siempre suelo hacer buen café. Sírvete una taza.
Me
detuve y la miré. Estaba apoyada contra la encimera con una taza de
café en la mano derecha y una revista en la otra. Estaba muy sexy, casi
más que cuando la conocí. Su cabello castaño oscuro brillaba a la luz
del sol que entraba por la ventana.
—Gracias —dije, cogiendo la taza que me ofreció—. Parece que eres muy madrugadora.
—Parece que tú también —sonrió ella, mirándome a los ojos—. Una cosa más que tenemos en común.
Ella tomó un sorbo de café.
Antes
de que Yolanda pudiera darse cuenta de mis intenciones, dejé la taza
sobre la mesa y tendí los brazos hacia ella. Me miró sorprendida.
— ¡Ton!
La atraje hacia mí con gentileza y no pudo reunir fuerzas para resistirse. Su curiosidad era más poderosa que su sentido común.
—Anoche quise hacer esto —le murmuré.
Incliné
la cabeza y mis labios rozaron suavemente los suyos. El beso contenía
una invitación y una promesa de algo más. Las cosas ya eran bastante
complicadas en aquel momento en mi vida sin necesidad de añadir además
una relación explosiva a mis problemas. Pero la noche anterior había
sido muy especial. La alegría de aquella experiencia no me había
abandonado todavía por completo. Si cerraba los ojos, podía todavía
revivir aquel glorioso momento.
Ella levantó la cabeza casi al momento, y me miró con ojos brillantes.
— ¿No lo hicimos todo ayer noche?
—
No, y no de este modo, porque me pareció que era demasiado pronto —le
murmuré, pasándole los brazos en torno al cuello—. Tú estás
acostumbrada a tomar decisiones rápidas sobre la gente, y yo también.
Nos parecemos mucho, Yolanda. Sabes cómo mirar a los ojos a una persona
y descubrir si te está engañando, la vida te ha llevado a ello, pero a
mí también se me da muy bien. Llevo tanto tiempo separando la mentira
de la verdad que en mí es como una segunda naturaleza.
—Tienes razón —replicó ella, sin aliento—. Los dos tenemos esa habilidad. Así que, ¿cómo sabré si me dices la verdad sobre ti?
— ¿Y cómo lo sabré yo? -repliqué rapidamente-.
Yolanda
sonrió con nerviosismo, apretó los labios. Aquélla no era la primera
vez que le insinuaba que no me fiaba. Tenía que admitir que, desde mi
punto de vista, tenía sentido. Después de todo, ella fue la que me
abordó sin conocerme de nada, y hacía poco que acababa de separarme.
La
voz de mi yo resentido al otro lado de mi córtex cerebral era como un
constante zumbido, pero si uno la escuchaba el tiempo suficiente se
convertía en una sorda y sarcástica rechifla que impulsaba a millones y
millones de impulsos eléctricos a los empeños más inútiles, y
entonces, por suerte, esta rechifla tomaba su forma definitiva: una
explosión de risa despectiva ante las pequeñas tragedias de la vida, la
sangre que mana de una herida abierta es una cosa divertida, y la
muerte sólo la más pesada de las bromas.
—Tendrás
que creerme-dijo-, o por lo menos intentarlo. Ahora disculpa. Será
mejor que me marche ya. No quiero que sigas pensando que lo que pasó
anoche entre tú y yo fue solo una aventura más surgida de mis
incontrolables necesidades emocionales. Tengo que darme prisa, Ton, mi
amiga estará preocupada al ver que no he dormido en casa. Por cierto,
la mermelada está a punto de acabarse. Será mejor que la pongas en la
lista de la compra.
Bebí un trago de café y sonreí.
—Lo
haré. Pero recuerda que, si necesitas de nuevo un guía, estaré
encantado de ayudarte. No busques a otro. Hay mucho sinvergüenza
suelto.
Yolanda sonrió.
—Gracias.
Lo tendré en cuenta. Ha sido una noche maravillosa, Ton. Te llamaré
—dijo, bajando los escalones en dirección a su coche.
Moví la cabeza con tristeza teatral.
—Eso lo dicen todas.
Yolanda me miró furiosa.
—En mi caso, da la casualidad de que es cierto. Te llamaré.
—Sí, probablemente lo harás, solo bromeaba —repuse, ayudándola a sentarse en el asiento anatómico del coche.
—A
pesar de lo que pienses, te puedes fiar de mí, no soy una “destroza
corazones” —repuso ella, poniendo el motor en marcha. Dame la
oportunidad de demostrártelo—se apresuró a decir—. Dame sólo tiempo.
Es todo lo que te pido. ¿De acuerdo?
Le
toqué el rostro con gentileza y me incliné hacia ella. Le acaricié el
labio inferior con el pulgar. Luego bajé mi boca hasta la de ella y la
besé.
Sentí que todo mi cuerpo reaccionaba intensamente. Una oleada de deseo me recorrió de nuevo por completo.
Cuando
ella se movió al fin, fue sólo para pasarme los brazos en torno al
cuello. Me di cuenta de que me costaba trabajo mantener el control. El
efecto que Yolanda tenía sobre mi era electrificante. Me sentía
hambriento de ella, pero no quería que lo notara. Me acordé que tenía
que avanzar despacio, conocerla más, pero no estaba seguro de poder
conseguirlo. Nunca me había ocurrido algo así con mujer alguna. Cuando
levanté la cabeza para mirarla, vi que sus ojos expresaban deseo.
Percibí su rendición y me sentí maravillado. Comprendí que me estaban
ofreciendo un regalo maravilloso y no me atreví a arruinar aquella
experiencia exigiendo más de lo que ella estaba dispuesta a darme en
aquel momento. Nos miramos un momento en silencio y vi que la
expresión de sus ojos empezaba a cambiar. Comprendí que estaba
pensando que la noche no había terminado aún, que era solo el
principio. Sus ojos luminosos y chispeantes así lo expresaban.
—
¿Por qué no arrancas ya el coche, Yolanda? Yo seguiré en Valencia
hasta el lunes. Hablaremos de lo nuestro por la noche, si quieres.
Ella vaciló un momento y luego asintió con rapidez.
—Tienes razón, hasta la noche, Ton.
La
observé mientras se alejaba y tuve que hacer un enorme esfuerzo de
voluntad para no retenerla, pero sabía que debía dejarla marchar. Los
dos teníamos que pensar. Los dos necesitábamos tiempo. Yo más que ella.
Y como escribió Doménico Cieri: Aunque somos nuestro
propio tiempo, a veces somos el tiempo de otros y otros son nuestro
tiempo, a veces sin quererlo, a veces queriendo, a veces durmiendo, a
veces despiertos. Además, no sería un tiempo
desaprovechado, el recuerdo de su cuerpo temblando en mis brazos en el
maravilloso orgasmo que había conocido la noche pasada sería más que
suficiente para acompañarme aquel soleado día de principio de otoño en
mis fantasías adobadas en testosterona.
(Continuará…)
El primer encuentro (Primera parte)
Duele
mucho el desamor, pero más duele dormir con él. Te despiertas y el
dolor se acrecienta, de forma que intentas volver a dormir. Hay un
dolor espiritual, interior, una tortura que el cuerpo se esfuerza en
dominar y que dominaría si no fuera porque el dolor anímico es aún más
intenso. Un rosario de pensamientos te obsesiona, te atormenta, hasta
que el cerebro alucinado busca cualquier especie de alivio. Pero no se
produce ese alivio. Es como una hoguera que lo envolviera a uno,
lenguas de fuego titilantes, cada vez más cerca, que quemaran las
carnes. El cerebro grita para confortarte, pero si lo logra, viene de
nuevo el tropel de pensamientos y el dolor se hace más agudo, más
intenso, y uno tiene que luchar desesperadamente hasta que la mente
vence y se tiene la sensación de que el despertar tampoco es la
escapatoria.
¡Qué raras son algunas
mujeres!- pensé-. Chicas bonitas, capaces de todo en un momento dado y,
al momento siguiente, ya están jodiéndote la vida, dejándote tirado
como una colilla. Eso sí, una colilla manchada de carmín.
Uno
no es un pardillo en eso del amor, eso lo llevo repitiendo fracaso
tras fracaso, pero mi experiencia la llevo colgada de mi espalda, como
un farolillo rojo, y como dijo Confucio: solo sirve para alumbrar el
camino recorrido. Aún recuerdo, palabra por palabra, lo primero que le
dije aquella noche de luna lunera en aquel antro donde nos cobijamos:
“Nena, eres una chiquilla encantadora. Y bonita como un sueño. Bonita
como para parar un tren. No sé si eres sincera conmigo, pero aunque lo
fueras, no me fiaría. Podría enamorarme de ti como un demente y,
seguramente ocurrirá, no obstante, seguiría sin fiarme.”
Proféticas
palabras que no me impidieron lanzarme al vacío, porque sabía que esa
chica lo iba a ser todo para mí. Así soy yo, y así me va.
Dicho
esto, vayamos a la historia. Todo empezó una noche aciaga del mes de
Septiembre. Era sábado por la noche, la feria del mueble de Valencia
estaba en sus estertores, y yo tenía ganas de fiesta. Conducía el coche
por el paseo asfaltado que llevaba a la entrada de “Les fleurs du
mal”, un club nocturno punto de encuentro de los náufragos y desertados
de la noche Valenciana. Me detuve enfrente. De algún lugar de dentro
del local, el viento me trajo risas de mujeres y los débiles acordes de
una melodía conocida. Creo que era un soul, concretamente el Put your
spell on me. A dos metros de la puerta, un borracho, sentado en el
bordillo de la acera, se desahogaba vomitando en el arroyo, entre sus
piernas.
Paré el motor y
salté a la acera, tratando de decidir cuál era la mejor fórmula para
entrar en el local. En estas cavilaciones, oí el sordo rumor de unos
neumáticos en el paseo y, al volverme, vi avanzar hacia mí un deportivo
de color negro que al llegar a mi altura se detuvo, después de
saludarme con un breve toque de claxon.
Apearse
de un coche tan bajo es algo que las mujeres no suelen hacer
airosamente, pero, en esto, esta chica era una excepción. Sin que
pareciera proponérselo, convirtió el acto en un espectáculo. No porque
exhibiera mucho, todo lo contrario, pero era tanto lo que podía mostrar
que no pude resistirme a ver si se producía o no la exhibición… Y si
quiero ser sincero, aún cuando no ocurriera nada, seguro que no me
sentiría defraudado por ello.
La
hermosura es una cosa rara. Como la que tienen todos los recién
nacidos, estén o no bien formados. La que posee cualquier mujer en un
momento dado, cuando responde al ideal que uno se ha formado. Es algo
impalpable, imponderable, subjetivo. Es una superposición de
cualidades, algo que no puede describirse, pero que se reconoce al
instante que se tropieza con ella. Y esta mujer del coche negro la
tenía.
Admiré su figura esbelta,
arrogante. La gabardina beige que llevaba puesta parecía hecha
exclusivamente para ella; se amoldaba a su cuerpo y realzaba
deliciosamente sus armoniosas formas. Sus piernas eran encantadoras
columnas de seda, y sus curvas suaves lo bastante sugestivas para
obligarle a uno a apartar los ojos de la opulenta mata de cabellos
color castaño claro que se le escapaba por debajo del glamuroso
sombrero “Borsalino”. En cierto modo era muy atractiva, aunque su
rostro fuese más interesante que perfecto. En sus ojos llameaba ese
fuego bravío, primitivo, del animal poderoso, ojos ávidos, voraces, cuya
mirada me hacía estremecer de ansias también ancestrales. Su boca
pecadora era expresiva, con labios abultados, lozanos, brillantes, una
floración carmínea que escondía unos dientes blancos y perfectos.
Me
sonrió, haciendo con su boca una curva tan atractiva que llegué a
olvidarme del cuerpo que la sustentaba. Su boca era llena y húmeda,
como si acabaran de mojarla, una boca jugosa, suculenta, con voluntad
propia, y siempre ansiosa.
Caminó hacia
mí, contra la brisa suave, sonriendo levemente. Y cuando sonreía, las
comisuras de su boca temblaban un poco y su mirada aún era más ansiosa.
—Hola. ¿Vas a entrar aquí? —me gritó señalando en dirección a la entrada del Club.
Le contesté del mismo modo que ella hizo la pregunta. Sin rodeos, abiertamente.
—No. He venido para quedarme delante. Y hacer compañía a ese borracho. Lo siento.
Su
sonrisa se hizo más amplia, sus dientes asomaron por debajo de las
suaves curvas y, durante un instante, me observó inquisitivamente,
frunció el ceño con una mezcla de curiosidad y de perplejidad y de un
modo adorable la risa llenó su garganta.
Parecía
una niña, una hermosísima niña que hubiese crecido demasiado y
alcanzado las formas opulentas de una mujer, pero que lo siguiera
siendo, con su sonrisa maliciosa y traviesa. Su boca seguía siendo una
cosa húmeda, deliciosamente roja, firme, y, sin embargo, pronta a
vibrar como las cuerdas de un violín en el instante que fuera tocada.
—Por de pronto, eres distinto de la gente que conozco, eres irónico —me dijo.
No le contesté y me tendió la mano.
—Me llamo Yolanda.
Le sonreí y se la estreché.
—Y yo Tony.
—Vaya, tuve un novio que se llamaba como tú.
—Diste en el clavo, hace un momento. Soy distinto… seguro.
Me apretó fuertemente la mano y su risa cascabelera apagó todos los ruidos en torno nuestro.
—Sabes,
llegué a Valencia hace poco, no conozco a nadie todavía. Me hospedo en
casa de una amiga, pero esta noche ha quedado con su novio, y ya ves,
aquí estoy yo, intentando conocer la ciudad y, sin guía.
Le sonreí y dije:
—Pues yo soy como un perro lazarillo.
La
sonrisa que jugueteaba en torno a sus labios se hizo más tierna. Y sin
soltarla, caminamos juntos hasta la entrada. Pude percibir que su
cuerpo, tan cercano al mío, estaba artificialmente contraído por el
frescor de la noche, y observé el truquito de su lengua que dejaba sus
labios húmedos y expectantes. Aparté mis ojos de ella, empujé la puerta
del Club que se hallaba entreabierta, y entramos.
Había,
por lo menos, una docena de individuos alineados contra el mostrador
del bar, hablando en voz alta. Los chistes y las obscenidades
amenizaban sus charlas, ornamentadas por los chillidos histéricos de
las mujeres que les acompañaban.
Yolanda
se quitó la gabardina y la arrojó a una silla. Jamás me cansaría de
mirarla, pensé entonces. Era todo lo que uno podía ambicionar, una
mujer cuyas emociones podrían ser duras, blandas o pavorosas, pero que
fueran lo que fueren eran precisamente lo que uno necesitaba. Era la
belleza primitiva, diabólica, de la jungla, con la sofisticación de la
ciudad. Como ya he dicho al principio, lo iba a ser todo para mí, y la
suave luz del local se reflejaba en una sortija que ceñía su anular,
una sortija que seguramente le habían regalado.
Pedí
unas bebidas, y seguidamente me disculpé para ausentarme unos minutos e
ir a los servicios. No tenía ganas de orinar, solo quería ver si
seguía manteniendo mi buen aspecto. Cuando volví Yolanda estaba
esperándome en un rincón de la barra. Había hombres que también estaban
esperando y aprovechaban la ocasión para mirarla. Algunos de ellos
habían tomado posiciones estratégicas para lanzarse al ataque en el
caso de que la persona que ella esperaba no se presentase. Al divisarme
me sonrió y fue como si su boca viniese a mi encuentro a través de la
sala.
Su pelo era como una llama viva,
ardiente y vivaz como toda su persona. No hay muchas palabras para
describir a Yolanda, tal como yo la conocí entonces. Era un peregrino
conjunto de perfecciones. No había fragilidad en ella, y su esbeltez
era la de un felino musculoso y bien nutrido; sus hombros eran
modélicos, y sus caderas, deliciosamente combadas, recordaban la
armonía de una ánfora griega. Estaba perezosamente sentada, y había
doblado la pierna exquisitamente formada que tensaba la falda alrededor
de su muslo.
Le sonreí y me alargó la mano. La mía la envolvió tiernamente; y sin soltarla, le pregunté:
— ¿Has esperado mucho?
Me apretó el brazo contra el suyo.
—Más de lo que acostumbro a esperar a nadie. Cinco minutos.
—Supongo que los valgo.
—Pues supones mal.
— ¡No lo puedo remediar, y tú estás encantada! —exclamé por fin.
Me dio un codazo cariñoso.
— ¿Cómo lo sabes?
— No lo sé —le dije—. Estoy fanfarroneando.
La sonrisa apareció de sus labios.
— ¡Maldito seas, Ton, no te burles de mi! -me dijo-.
— Nos acabamos de conocer y ya me has cambiado el nombre. ¿Qué más sabes hacer?
—
Me gusta más Ton. Tony es demasiado largo, y cuando grito, o gimo, me
gusta usar nombres cortos. Es más efectivo. Pero no sé por qué digo
esto. Es verdad, no te conozco, ni tú a mí. Esto no tiene sentido.
¿Qué podía contestarle? Le acaricié la mejilla y le pellizqué la oreja, por fin le dije, sonriendo:
—Hay cosas que no tienen sentido. Ocurren, sencillamente.
Se inclinó hacia el camarero, le dijo algo que no llegué a entender, y se arrellanó en su asiento.
Pareció
que el acercamiento gradual de los dos venía lentamente, como viene el
sueño cuando uno está demasiado cansado. Primero, con morosidad,
luego, con rapidez creciente y, por último, con un impulso súbito,
arrebatado. Sus brazos me rodearon, mis manos la estrecharon
fuertemente y mis dedos se hundieron en la masa sedosa de su pelo. Miré
su boca, que no estaba ahora húmeda sino mojada, y ella me dijo:
—Ton, ¡maldita sea tu estampa! ¡Me gustas, y ya está!
Su
boca estaba muy cerca de la mía y era demasiado tentadora. Mis dedos
se enredaron como por ensalmo en sus cabellos y, súbitamente, aquellos
labios deliciosos, se hallaron a milímetros de los míos, y muy pronto
ya no hubo distancia entre ellos.
El
delicioso ardor fue precisamente el que esperaba. Su boca era un nido
blando, cálido y vibrante. Saboreé suavemente la dulzura acre de sus
ansias hasta que se hicieron demasiado frenéticas y hube de apartarme
de ella.
Algunas se echan a temblar,
otras lloran, y muchas formulan en el acto sus quejas; pero ella se
limitó a cerrar los ojos, a sonreír, a abrirlos de nuevo y a
retreparse, laxa, junto a mí. Las puntas de sus dedos acariciaron mi
rostro, y actos seguido cogió dos cigarrillos, los encendió y me puso
uno en los labios.
— ¿Sabes que no se puede fumar aquí?-le dije -.
—
¿Y qué? ¿Me van a detener? Además, le he pedido permiso al camarero y
me ha dicho que si no hacemos mucho humo nos dejaba. Así que ya sabes,
te tragas el humo y punto… Y no cambies de tema, Ton, dime: ¿por qué
te has apartado de mí?
—Nena, eres una
chiquilla encantadora. Y bonita como un sueño. Bonita como para parar
un tren. No sé si eres sincera conmigo, pero aunque lo fueras, no me
fiaría. Podría enamorarme de ti como un demente y, seguramente
ocurrirá, no obstante, seguiría sin fiarme.
30 mayo 2012
España entre el coraje mal entendido y la obstinación.
Orgulloso y valiente, Mariano Rajoy va repitiendo que España no solicita ni necesita ayuda externa. “España no necesita salvaguardias especiales en la zona del euro” dice él, poco convencido, y con la boca chica. “Vamos a salir por nosotros mismos, sin pedir nada a nadie”, remata con firmeza. En resumen, la misma situación anterior al rescate de Portugal o Irlanda, por no hablar de la de Grecia.
La gran confianza de nuestro presidente huele a gesto quijotesco. "No habrá plan de rescate europeo para el sector bancario español", dijo nuevamente ayer después de un día de agitación en los mercados bursátiles. Esto se tambalea cada vez más: el estado de los bancos españoles alimenta ya una desconfianza cada vez mayor.
Nuestra situación, no olvidemos que somos la cuarta economía de la zona euro, pesa sobre el número tres, Italia - lo que realmente no necesita, mientras que Grecia está al borde del colapso.
De ahí la pregunta planteada por muchos observadores: ¿Hace bien España en no pedir ayuda exterior? Claro que no. Nuestra temeraria valentía en querer salvar, solos, nuestro sector bancario - qué tarea más difícil – lo único que hace es debilitar aún más la zona euro y por siguiente a nosotros.
Desde luego que los precedentes no están de nuestro lado. Tanto en Dublín como en Lisboa, han mantenido durante mucho tiempo el mismo discurso: no necesitamos ayuda. Y luego, cuando estos gobiernos ya no pudieron financiar su deuda en el mercado, tuvieron que resignarse a buscar ayuda externa. Pero eso, como todos sabemos, demasiado tarde, cuando el estado general del paciente había empeorado considerablemente. En economía, y eso lo sabemos los que algo entendemos, el arte del momento propicio – el del buen timing – lo es casi todo.
El sector bancario español se ve obstaculizada por una deuda incobrable en el paisaje devastado del sector inmobiliario. El Estado quiere salvar a Bankia, el cuarto banco más grande, mediante la inyección de un total de 23.500 millones de euros. Y digo yo: ¿Dónde están?
Seguimos pidiendo prestado, y nos prestan, sin duda, pero cada día nos cuesta más y la loza es cada día más pesada. La falta de confianza de los inversores fue tal ayer martes que tuvimos que prometer un interés de 6,5% en la inversión de bonos públicos a diez años.
En estas condiciones, pasar bajo el cuchillo del Fondo Monetario Internacional (FMI) o Bruselas puede ser visto como humillante, y lo es, pero pienso que en el interés de todos, el señor Rajoy tal vez debería tomar su teléfono y llamar a Bruselas.
25 mayo 2012
La primera frase es siempre la más difícil.
“La primera frase, siempre, es la más difícil”. Eso es lo que dicen los escribidores; cronistas, periodistas, poetas, escritores en general. Todos habrán visto, en algún momento, la clásica escena cinematográfica donde nos muestran a un personaje frente a una máquina de escribir (el ordenador no sirve para esta escena) intentando empezar una historia, un relato, o una carta, arrugando y finalmente tirando de mala manera la hoja de papel a una papelera rebosante. En mi caso, que no soy ni cronista, ni poeta, ni periodista, ni escritor, lo más difícil es rematar, culminar. Empezar me es muy fácil, siempre lo ha sido, me sirvo de cualquier palabra, comentario o fantasía, vista o oída, y a partir de ahí todo es cuesta abajo. Pero rematar, culminar la historia o el relato, eso, amigos, eso es harina de otro costal. Para empezar un relato, o una historia, lo primero que hago es descubrir qué quiero contar y desde qué punto de vista. Parece una tontería, pero no lo es. Es cierto que un buen escritor hace algo más o menos bueno con una historia banal, solo hay que fijarse en mí, pero localizar una buena historia es importante y vale la pena esforzarse en esa etapa porque va a facilitar el resto. Muchas veces uno no lo toma en cuenta y termina confiando en recursos complicadísimos para salvar una historia que no valía. Otra cosa muy importante es saber elegir el género que mejor dominamos. Elegir es más significativo de lo que uno cree. Dilucidar para lo que valemos, y para lo que no, ahí está el corazón de la cosa. Yo que no valgo para nada no tengo este problema, pero eso no quita que soy consciente que hay que saber elegir un estilo, un género, y a ser posible, siguiendo lo que “el cuerpo te pide”; ese simple hecho va a hacer que valga la pena, que tu historia sea distinta a cientos de miles ya escritas.
¿Por qué digo todo esto? Simple y llanamente porque hoy voy a romper esta regla, y voy a escribir una historia en un estilo y en un género que no es el mío. ¿Y por qué? Se preguntaran ustedes. Vaya pregunta más tonta. Porque me da la gana, como siempre. Esto último (lo de “porque me da la gana”) me ha hecho recordar una situación divertida que me pasó no hace mucho tiempo. Estaba tomando una copa con una buena amiga, y me dice: “¿Ton, tú que eres conocedor del mundo griego clásico, con qué personaje de estos tres te identificas más: Paris, Héctor, o Aquiles?”. Yo la miré, sonreí y le dije sin vacilar: Aquiles. Ella se extrañó, y entonces comprendí que no me conocía tan bien como yo creía. Y también me hizo pensar que tal vez la culpa de que no me conociera lo suficiente era mía. Lo que intento decir, y no es fácil expresarlo ya que no es ni mi estilo ni mi género, es que en lo tocante a sentimientos, emociones y desvestir mis entrañas soy más bien reservado, por eso ella se extrañó cuando me decanté por Aquiles y no por Héctor que era el que ella había imaginado. Paris estaba descartado desde el principio porque aunque mi buena amiga no había acertado de pleno, me conocía lo bastante para saber que Paris se parece a mí lo mismo que un huevo a una castaña. Luego me preguntó por qué había elegido a Aquiles, y le dije: Te diré primero por qué he descartado a Paris y Héctor. Paris era un niño de papá, mimado y tonto. Héctor por lo contrario, era el yerno perfecto; responsable, valiente, sensato, seguidor de las normas y reglas establecidas, honesto, digno y con ética. Ya ves que ninguno de los dos casa conmigo. Sin embargo Aquiles era, rebelde, arrogante, vanidoso, atormentado, desafiante, sin más dueño y señor que el mismo…Aquiles era glorioso. Y aunque toda Troya lloró la muerte de Héctor, y muy pocos griegos la de Aquiles, él pasó a la historia y el mismísimo Alejandro Magno lo quiso imitar.
Ya lo ven amigos, todo esto me ha venido a la memoria cuando he dicho “porque me da la gana”. Está claro que me enrollo más que una boa constrictora, así que vayamos ya a la historia, que de eso se trata.
La historia de hoy tiene que ver con la Amistad…con mayúscula. Yo tengo pocos amigos, creo que lo he dicho miles de veces aquí, lo que no quiere decir que muchos se crean amigos míos. La amistad auténtica no es muy frecuente por mucho que la gente en general piense lo contrario. Vivimos en una sociedad que lo confunde todo, que tergiversa y manipula, y eso provoca que las palabras pierdan su sentido, se corrompan y acaben sin valor alguno. En la vida real, en el día a día, esto es muy fácil de detectar, pero en el mundo virtual, ahí queridos amigos, es más difícil. Se deben de producir circunstancias, hechos, situaciones especiales para determinar, o percibir, quien es amigo, o tan solo contacto. Personalmente he tenido la suerte de contactar con algunas personas que merecen todo mi respeto y cariño, pero hay una en especial, y alguna vez he hecho mención de ella aquí en tono divertido y cariñoso, que se merece después de más de tres años de hablar con ella, un reconocimiento público. Es una chica especial. Muy especial. No, no es como las chicas que describo en mis historias; no tiene las piernas como columnas de seda, ni llamea fuego bravío de sus ojos, tampoco su boca es una floración carmínea, ni su melena es brillante con la de una pantera negra bajo la luz de la luna. Todo eso está muy bien para una historia de fantasía y ficción, pero todos sabemos que no es real, que es puro cuento. Lo real, lo que cuenta, y es lo que quiero transmitir hoy con esta historia, es la empatía, la bondad, la simpatía, la entrega, la inteligencia, la picardía a ratos, la solidaridad, la fidelidad, la lealtad, el respaldo, el apoyo, el apego, en resumidas cuentas…el dar sin esperar nada a cambio. Todo esto que acabo de decir, todo, absolutamente todo, lo tiene esta chica. También tiene carácter, y mala leche a veces, no es perfecta, lo sé, ha sido en el pasado lectora de Milán Kundera, es multiorgásmica, le gusta una isla llamada Cabo Verde y la música descatalogada, se ralla a veces cuando vuelve a casa a las 4 de la mañana con unas copitas de más, pero todo esto yo se lo perdono… porque me da la gana. Recuerdo cuando nos conocimos hace ya más de tres años, yo sabía que ella hablaba muy bien el inglés, y le dije: “ai spik inglís veri veri guel, laik iú. Bat ai sink zata i nid uan o tri lisons for writen perfecli.” Creo que no me entendió muy bien, alguna coma faltaría, pero desde ese día no hemos parado de reírnos juntos. ¿Os he dicho que es especial? Sí, pues mejor, porque lo es de verdad. En esos tres años, no me ha fallado ni un solo día, lloviese o no. Me ha ayudado en todo, ha leído todo lo que he subido, lo bueno y lo malo, me aportado información, ha intentado enseñarme inglés, a trazar las curvas Besiers, me ha solucionado problemas informáticos, aún teniendo como tiene ahora, a su madre ingresada muy grave, ha tenido siempre un momento para saludarme, hasta ha perdido un amigo por mi culpa. Sí, bueno, vale, ya lo sé, eso último teniéndome a mí de colega es muy fácil, pero es de agradecer que no me haya matado, ¿no?
En fin queridos amigos, lo que quiero decir a mi manera, sin hacer poesía, eso lo dejo a los poetas, es que si hay alguien en esta red social, llamada Facebook, que sé, rotundamente además, que nunca me olvidará y que nunca me defraudará, es ella. Y lo sé, porque me ha demostrado en todo este tiempo que es de fiar. Para terminar, como siempre, sacaré la brocha de la pedantería y dejaré una pincelada, no lo puedo remediar, ya me conocéis, y nada mejor para eso que una frase de Charles Péguy: El amor es más raro que el genio propio…Y la amistad es más rara que el amor.
Ah, coño, que se me olvida, no he dicho su nombre. Esta mujer tan especial se llama: Belén Trincado.
Un besote Belén, eres lo mejor de lo mejor. Y otra cosa, no he etiquetado a nadie en esta nota, porque sé que ella, sin necesidad de estar etiquetada, la leerá, como lee todo lo que subo. Si es que ya lo he dicho... es un amor.
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