16 septiembre 2012

La isla misteriosa (Parte II)


Estar en aquella isla misteriosa era como volver a los inicios de la creación, al Génesis,  cuando la vegetación estalló sobre la faz de la tierra y los árboles se convirtieron en reyes. Un gran silencio, una selva impenetrable. El aire era caliente, denso, pesado, embriagador. Aquel camino corría desierto, en la penumbra de las grandes extensiones.  Era tan fácil perderse en aquel lugar como en un desierto, y tratando de encontrar el rumbo se chocaba todo el tiempo contra el gran muro de vegetación, una masa exuberante y confusa de troncos, ramas, hojas, guirnaldas, era como una tumultuosa invasión de vida muda, una ola arrolladora de plantas, apiladas, con penachos, dispuestas a derrumbarse sobre nosotros, a barrer nuestra pequeña existencia. Todo aquello era grandioso, esperanzador, mudo, hasta que uno llegaba a tener la sensación de estar embrujado, lejos de todas las cosas conocidas...en alguna parte... lejos de todo...tal vez en otra dimensión.

El ruido agudo de la radio me sacó de mis pensamientos. Era la voz del capitán.

— ¿Señor García, va todo bien?

— Si señor hemos completado la recogida de muestras.

— Bien es suficiente,  llévenlas al punto de encuentro. Ahí le estaremos esperando. He desembarcado con la señorita Mendoza y dos tripulantes.

— ¿La señorita Mendoza... mi ayudante? —pregunté sorprendido—.

— Sí, insistió en acompañarnos.

— Está bien, voy para allá.

De regreso cogí un atajo y llegué donde  estaban en poco tiempo.

— Una isla muy tranquila, Señor García,  después de lo que hemos pasado resulta muy difícil creer que exista un lugar tan bonito  —dijo el capitán al verme llegar—.

— Es hermoso, sí,  y tranquilo—repliqué yo—.

— Señor García, ¿le han contando algún chiste de conejos últimamente?

— Sí, de hecho sí, pero esto no es ningún chiste capitán, mire aquí —dije señalando unas huellas—. ¿Qué le parece esto? ¿Vi lo que vi… o… tal vez aluciné? Eche un vistazo, quiero su opinión.

Él se agachó y miró.

— Huellas…por la forma podrían ser de conejo, sí. Pero su tamaño es  anormalmente grande. Y dígame señor García, ¿el señor Meléndez confirmará lo que usted vio?

— Negativo, en ese momento estaba examinando la flora.

— ¿Donde está ahora Meléndez?

— Recogiendo muestras, señor.

El capitán con cara de preocupación llamó por radio al barco.

— Aquí el capitán, ¿han hecho ya los preparativos para desembarcar?

— En este momento están terminando, señor.

— Transmita este mensaje al alférez Hernández y a toda la tripulación: permanecer a la espera, no abandonen el barco.

— Pero señor, ¿va a denegarles el desembarco? Llevan semanas sin tocar tierra —interrumpí yo—.

— Usted señor García, es el biólogo, puede explicarme esto —dijo señalando las enormes huellas de conejo—.

— Yo…no.

— Yo tampoco, y hasta que no sepa qué está ocurriendo aquí, nadie más desembarcará. Por cierto, ¿donde está el resto de la expedición?

— Están todos en un radio de 1 km inspeccionando el lugar, señor.

En ese momento se oyó el ruido atronador de un disparo. Corrimos todos hacia el lugar de donde provenía, y vimos a Rodríguez, otro miembro de mi equipo.

— ¿Pero que está haciendo? —Preguntó el capitán—.

— Puntería señor. ¿No es bonito? Dijo mostrándonos una pistola de duelo del siglo XVIII. No tengo nada parecido en mi colección.

—¿De dónde coño la ha sacado, señor Rodríguez? —preguntó el capitán—.

— La he encontrado, es una rara coincidencia porque justamente estaba pensando en pistolas, y siempre he querido tener una de estas. No se lo van a creer, la encontré ahí tirada. Una pistola de duelo del siglo XVIII. Y en buenas condiciones. No se ha hecho nada parecido en un par de siglos.

— Señor Rodríguez, deme eso —dijo el capitán—.

— ¿Sabe señor que dispara balas redondas propulsadas por gases expansivos a partir de una explosión química?

— Me parece señor Rodríguez que el aire libre le ha puesto eufórico.

En ese momento, la señorita Mendoza que había permanecido callada señaló un camino de tierra que estaba a dos metros de nosotros.

-—Mire señor, mas huellas. Parece que el conejo del señor García vino de allí.

— ¿Está seguro señor García que en la primera inspección no detectaron vida animal? —Me preguntó el capitán con cara seria—.

— Absolutamente señor, no hay aves, mamíferos, insectos, nada. Estoy convencido de que algo extraño está pasando.

— Esto se está convirtiendo en una expedición de reconocimiento  muy poco corriente —contestó él—.

— Podría haber sido peor, señor—repliqué yo—.

Me miró sorprendido y sonrió con sequedad.

— Sí… ¿Cómo?

— Podría haber visto usted el conejo-contesté riendo-.

— ¿Qué  le pasa García, tiene manía persecutoria?

— Bueno, empiezo a sentirme un poco acechado si es a lo que se refiere.

— Me gustaría creer que se trata de una broma— dijo el capitán—. Bien, vamos a ver qué está pasando aquí. Señorita Mendoza, acompañe al señor Rodríguez, averigüe de donde vienen las huellas de ese maldito conejo gigante. Señor García, usted acompáñeme seguiremos las huellas de la niña rubia que según usted le perseguía.

— Muy bien señor,  el asunto del conejo y la niña rubia se ha convertido en un asunto personal — repliqué yo—.

Nos separamos, pero a los pocos minutos oímos un grito espantoso. El capitán se volvió hacia mí y me preguntó:

— ¿Qué ha sido eso?

— Es mi ayudante, la señorita Mendoza —contesté alarmado—.

Y salimos corriendo en dirección a los gritos. Cuando llegamos al lugar, la vimos sollozando, el vestido desgarrado y tapándose el pecho con la mano.

— ¿Qué  ha pasado? —le pregunté—.

— Oooh, no lo sé... no lo sé — dijo vacilando y  llorando— bueno si que lo sé…yo estaba siguiendo las huellas y allí estaba él — añadió balbuceando —.

— ¿Quien? — preguntó el capitán—.

— Él —replicó ella sin dejar de llorar—.

— Ya basta, señorita Mendoza. Es suficiente, tranquilícese — dijo en un tono carente de calidez o de paciencia—. Quiero que me explique todo.

Ella levantó la vista y  se dio cuenta por primera vez de lo fríos que podían ser los ojos del capitán en situaciones extremas.

— Tenía un reloj y una caja de joyas. Iba vestido como Don Juan Tenorio, y era igual que él. Capitán sé que parece increíble, pero no lo he imaginado. Como tampoco he imaginado esto — dijo enseñando su vestido roto—.

— ¿Don Juan Tenorio?

— Así es —sollozó ella—. Sí…sí…pasear por aquí es como pasear por un cuento. Yo iba pensando que a cualquier chica le gusta Don Juan…Y...pensaba con quien me gustaría estar paseando cuando…

—Comprendo —dijo él sonriendo—.

A la señorita Mendoza  no le gustó la sonrisa burlona del capitán. La puso nerviosa y eso la irritó. Para terminar de empeorar las cosas, no podía negar que además se sentía físicamente atraída por él.

— Bien ¿Algo más? Por cierto el señor Rodríguez estaba con usted, ¿donde está ahora? — le preguntó—.

— Salió tras él — contestó ella secamente—.

La investigación en esta isla era cada vez más sorprendente. Veíamos cosas que eran imposible que existieran. Aunque parecían absolutamente reales. En ese momento se oyó la voz de Rodríguez por la radio.

— Rodríguez a capitán…Rodríguez a capitán…

— Sí, rodríguez, ¿donde está?

— Señor, salí corriendo tras ese Don Juan, y lo perdí. Pero no va a creerse lo que acabo de ver: una bandada de pájaros.

— No le gustan los pájaros señor rodríguez?

— Si me gustan señor, pero en nuestra inspección preliminar no hemos encontrado rastros de vida animal y…

— Entonces —interrumpió el capitán—  está claro que la inspección preliminar fue defectuosa. Es muy evidente que hay vida animal en esta isla.

El capitán me miró pensativo y me dijo:

— Señor García, reúna a todo su equipo en el claro del bosque. Necesitamos una explicación a todos estos hechos inverosímiles. Ah, y llame al  alférez Hernández que sigue en el barco, para saber si todo va bien allí.

— Está bien señor.

Me dirigí al borde de la densa vegetación, a la maleza, hacia el resplandor del sol, buscando las condiciones óptimas para realizar la llamada

—Aquí García llamando a alférez Hernández…García llamando a alférez Hernández…García llamando a alférez Hernández…

No había respuesta. Un tipo de energía altamente sofisticada que aumentaba parecía afectar a nuestras comunicaciones.

— ¿Qué pasa señor García? –preguntó el capitán inquieto-.

— No lo sé señor, es como si una energía desconocida afectara la comunicación.

— ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Puede detectar la fuente?

Algo me decía que esa misteriosa energía no era de origen natural. Y mis presentimientos casi siempre resultaban acertados.

— Es extraño señor, creo que surge de debajo de la superficie, parece que existe un tipo de actividad subterránea.

Es curiosa la vida. Ese inexplicable acomodo de lógica implacable con propósitos triviales! Lo más que de ella se puede esperar es cierto conocimiento de uno mismo que siempre  llega demasiado tarde. Una cosecha de interminables penitencias. He luchado a brazo partido con toda clase de sinsabores. He estado en mil aventuras, he surcado los siete mares. He peleado con la muerte. Es la contienda menos estimulante que podéis imaginar. Tiene lugar en un gris impalpable, sin nada bajo los pies, sin nada alrededor, sin espectadores, sin clamor, sin gloria, sin un gran deseo de victoria, sin un gran temor a la derrota, en una atmósfera enfermiza de tibio escepticismo. Si tal es la forma de la última sabiduría, la vida es un enigma mayor de lo que alguno de nosotros piensa. Me hallaba a un paso de aquel trance y sin embargo descubrí, con humillación, que no tenía nada que decir. Por esa razón afirmo que el Capitán era un hombre notable. Él tenía algo que decir. Y lo dijo.

— Muy bien —declaró en tono autoritario—. Si existe esa energía misteriosa, si emana de debajo de la superficie, la encontraremos. Aunque tengamos que llegar al centro mismo de la tierra, o al mismísimo Infierno.


(Continuará…)

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